San Francisco, Boston, Zúrich, Palma de Mallorca

17 y 18 de septiembre de 2011

Escalas del vuelo de vuelta

Esto se acaba. Aquello que empezó a gestarse hace ya muchos meses, y se puso serio hace más de dos semanas, hoy toca a su fin. Bueno, no exactamente: estaban por llegar largas jornadas de revisar fotos, comprimir videos, recuperar notas y redactar este mismo diario. Pero la parte de acción de nuestra película tenía las horas contadas.

Empieza el día de nuestra despedida a las 6:30, con una más que suficiente hora y media por delante hasta que el shuttle se detenga frente a nuestro hotel con la intención de llevarnos al aeropuerto. Todos los preparativos para la marcha están listos desde la noche anterior, así que solo nos queda desperezarnos, comprobar que no nos dejamos nada y desayunar.

Nos quedan todavía 50 minutos cuando terminan los dos primeros puntos, así que L y yo lo consideramos tiempo suficiente para visitar por última vez nuestro amado Starbucks, en esta ocasión para llevarnos un último desayuno que disfrutar en el silencio de nuestra habitación. La intención de disfrutar de una última de las inmejorables cookies del chocolate parece peligrar cuando no hay ninguna en el expositor, pero basta con preguntar para descubrir que tienen la cocina surtida de ellas.

Bajamos con unos pocos minutos de antelación hasta la acera de Columbus Avenue, acompañados de un carro cargado hasta los topes con todo nuestro equipaje, que no es poco. Mientras F y yo tramitamos el checkout más rápido de la historia, el shuttle aparece y su conductor empieza a llenar el maletero.

El vehículo nos regala un último recorrido por el centro de San Francisco, con paradas en dos hoteles más (uno de ellos un Hilton) hasta completar el pasaje. Sin más asientos libres, toma la autopista hacia el sur para alcanzar en pocos minutos el aeropuerto. Los pasajaros van apeándose en diferentes terminales, y la nuestra queda para el final, aquella desde la que operan los vuelos nacionales de la compañía United. Y aquí, lo que debía ser un día de trámite, da paso a las 3 peores horas que recuerdo haber pasado jamás en un aeropuerto.

Nada más quedarnos frente a la terminal, vemos una organizada cola de pasajeros esperando a su turno en un mostrador habilitado todavía en el exterior. En el interior, más colas se forman con gente esperando a su turno en el lateral con mostradores. La señalización brilla por su ausencia: lo único que puede deducirse es que algunos mostradores son solo para pasajeros de primera clase, pero en el resto de colas no parece haber distinción alguna. Decidimos quedarnos en el mostrador exterior.

Tras media hora arrastrando las maletas a paso de tortuga, la empleada de United nos despacha rápidamente. Todo amabilidad, eso sí, lamenta que hayamos esperado en el lugar equivocado y desea que tengamos margen de tiempo suficiente, ya que ella no puede facturar equipaje cuyo destino final esté fuera del país. Por ahora nos parece un percance menor que no pasa de anécdota, así que nos adentramos en la terminal y nos añadimos a, esperemos que esta vez sí, la cola de facturación correcta.

Otra espera enorme, ya que pese a avanzar a buen ritmo tenemos gente suficiente por delante como para que nuestro turno se demore otra larga hora. Llega nuestro turno, sin topar por el camino con ningún empleado que asista a los pasajeros indicándole que pasos deben seguir. Solo nos encontramos ante un mostrador vacío, una cinta portaequipajes y una pantalla electrónica. Utilizando el sistema informático intentamos acceder a nuestra reserva y, pese a encontrarla, en ella solo figura la escala que va de San Francisco a Boston.

En un mostrador contiguo encontramos a un empleado del aeropuerto, de apariencia asiática y al parecer con muy poca intención de ayudarnos. Nos delega a una mujer que en aquel momento pasa detrás nuestro. Una mujer que, cuando apenas le he dicho "Perdone, señorita...", ya empieza a hacer aspavientos a viva voz recriminando que todo el mundo le esté interrumpiendo por allá donde pasa. Apenas nos ha dejado atrás cuando vuelve a enfadarse con otro grupo de turistas.

Empezando a sudar, un segundo empleado del aeropuerto al que comunicamos nuestra situación nos envía a... lo habéis adivinado, una tercera larga cola. Lo que era un amplísimo margen para embarcar empieza a ser más ajustado, más teniendo en cuenta que ni siquiera hemos depositado todavía nuestro equipaje. Otra vez una larga espera, y cuando llega nuestro turno el poco personal que había tras los mostradores empieza a marcharse sin dar explicaciones. Quedamos nuevamente solos frente a la pantalla, que esta vez ya no nos deja seguir bajo el pretexto de que estamos fuera de tiempo, instando a que contactemos con personal de la compañía.

Conseguimos tras mucho insistir, y casi llamándola a gritos desde la distancia, que una chica se acerque a nuestra posición. Por fin nos confirma que estamos en el lugar correcto, y empieza a realizar los trámites manualmente. Emite las etiquetas para las maletas, indicando correctamente las escalas y destino final en Palma de Mallorca. Nos entrega nuestras tarjetas de embarque, pero para nuestra sorpresa solo son las de la escala hasta Boston. ¿Qué pasa con el resto? Nadie lo sabe, incluída ella.

Y todavía nos quedaba lo peor. Empezamos a colocar nuestras maletas una a una sobre la báscula habilitada al principio de la cinta transportadora. Cuando llegamos a la mía, observamos un exceso de 4 libras sobre las 50 permitidas sin pagar una tasa adicional. La empleada se niega a que el exceso de una maleta quede compensado por el margen restante de otras, cosa que todavía considero comprensible si se trata de alguien que se limite a acatar las reglas.

El problema llega cuando tampoco accede a que pague la tasa adicional, alegando que para ello debo ir a ¡sí, un cuarto mostrador!, y no me daría tiempo a llegar a mi avión antes de que se cerrara el embarque. Aquí ya empezamos a manifestar visiblemente nuestra indignación, ya que hemos llegado con 3 horas de tiempo por delante y si hemos llegado a esta situación ha sido por culpa exclusivamente de United y su nula capacidad para organizar su propia terminal. La chica, con una absoluta carencia de tacto y paciencia con los clientes, me amenaza diciendo que o aligero la carga, o "You're not going". Vamos, que me quedo en tierra. En este punto ya empiezo a perder los estribos y arriesgarme a que un empleado de seguridad con el día malo la pague conmigo.

Tenemos que quitar peso a mi maleta, pero el resto del equipaje, en otra gran decisión de los empleados, ya han desaparecido rumbo hacia el avión. En un encaje de bolillos milagroso, podemos reubicar algunas cosas en el equipaje que llevamos de mano. Vuelvo hasta el mostrador donde nos espera nuestra amiga, coloco la maleta sobre la báscula, y no hay adjetivos para expresar mi alivio cuando leo un "48 lb" en la pantalla. Nos vamos pitando hacia el control de seguridad, en el que nos espera... ¡otra gigantesca cola!

Pasamos finalmente por el arco, portátil en mano y descalzados sin excepción. Cuando llegamos a la puerta 73, vemos como están entrando los últimos pasajeros en el avión. Nos hemos salvado por los pelos, y gracias a que la terminal que hay más allá de los controles de seguridad era tan pequeña que apenas hemos tenido que recorrer más distancia.

Las 5 horas del vuelo de United son suficientes para bajar la adrenalina tras el monumental cabreo que la compañía nos ha provocado. Durante el vuelo, pantallas compartidas y auriculares disponibles en algunos asientos, pero en otros no. En la ventanilla, vemos por primera vez Alcatraz y el Golden Gate en toda su magnitud, sin un atisbo de niebla. Hasta San Francisco parece burlarse hoy de nosotros. L y yo nos compramos sandwiches por 8 dólares cada uno. Será la última vez que dé mi dinero a United, no pienso viajar nunca más en esta compañía si tengo alguna alternativa.

Por lo menos, los refrescos que reparten dos o tres veces durante el vuelo sí van incluídos en el precio del billete. Aterrizamos en Boston de noche, con la visibilidad justa para intuir que es un sitio, cuanto menos, interesante. Bonitas vistas de la bahía, y estadios de béisbol iluminados. Probablemente nos veamos las caras algún día, aunque no puedo aventurar cuándo.

Batimos un récord. El de tiempo para viajar a pie desde la Terminal C hasta la Terminal E del Aeropuerto Internacional de Boston. Allí nos espera un mostrador de Swiss, cuyos empleados vuelven a ser tan atentos y organizados como de costumbre. Damos por cerrada la crisis que United había provocado, al fin tenemos nuestras tarjetas de embarque para el resto del itinerario, y llegamos con media hora de margen a la puerta de embarque E4. Todavía nos queda tiempo para conectarnos a internet gratuitamente a cambio de ver un anuncio en el dispositivo.

Agotamos nuestros últimos dólares en efectivo comprando paquetes de chicles y los últimos cafés en el Starbucks de la terminal. Unas horas antes, el Barcelona se ha dado un festín en el Camp Nou ganando por 8 goles a 0 a Osasuna. Todavía nos queda tiempo para ver los ocho tantos a través de internet.

Recuperamos las buenas sensaciones que Swiss nos había dado en el viaje de ida. Qué gozada de compañía. Nos lleva 6 horas y 20 minutos recorrer la distancia que va de Boston hasta Zürich. Durante el vuelo, veo la película Hanna, que responde a la pregunta: ¿Cómo hubiera sido Kill Bill de no haberla dirigido Tarantino?. También tengo tiempo para revisionar los primeros minutos de X-Men: First Class, un trozo de capítulo de Glee, e intentar echar una cabezada. Comparado con el vuelo de 12 horas de la ida, éste se nos hace mucho más corto.

Siendo Swiss, no podían perder la costumbre de cebarnos durante el viaje. Nos sirven una cena a los pocos minutos de despegar, y un desayuno poco antes de aterrizar. No podía faltar la chocolatina suiza de despedida, y el pasar junto a los asientos de primera clase cuando salimos del avión. Envidia insana.

El Aeropuerto de Zürich no nos tiene guardada ninguna sorpresa. Y eso que le damos opción a ello, ya que debemos esperar casi 5 tediosas horas hasta que salga nuestra conexión hacia Mallorca. 18 días después, revisitamos el tren que conecta las terminales. Pasamos los últimos momentos lejos de casa sin pena ni gloria, aferrándonos al clavo ardiendo de la lectura, los paseos, y la mirada perdida hacia las pistas de aterrizaje.

Muchas, muchísimas horas después de despertar en San Francisco, tocamos tierra en el Aeropuerto de Son Sant Joan. Estamos en casa y, lo más importante, nuestras maletas también.