San Francisco, día 3. Chinatown, Painted Ladies, Castro, Alcatraz

15 de septiembre de 2011

Un despertar menos y restando. En 48 horas estaremos ya pensando en las largas horas de vuelo que tendremos por delante, pero por ahora resulta mucho más atractivo centrarse en lo que nos queda. Y lo que nos queda es seguir descubriendo San Francisco, una ciudad que ofrece suficientes alternativas como para que la mitad del grupo tenga unas preferencias y la otra mitad tenga otras. Así que a dividirse toca.

L y yo desayunamos en el Starbucks más cercano a nuestro hotel. La situación es perfecta: apenas 5 minutos caminando, y precisamente junto a la parada donde empieza la línea de tranvía que nos lleva hacia el centro de la ciudad. Descubro la buenísima tarta de limón y nos subimos a bordo en Bay con Taylor Street.

El cable car nos lleva, subiendo y bajando cuestas, hasta las cercanías de Chinatown, con cuya puerta nos topamos tras asomarnos en uno de los cruces. Caminamos durante varias manzanas por la vía principal de la pequeña China, y concluímos que nos gusta más que su equivalente de Nueva York. Por ejemplo, aquí los comerciantes no te acosan en la acera con la intención de que entres en sus tiendas clandestinas de imitaciones, y la acera permanece limpia, sin excesivos puestos al aire libre que te obligan a invadir el asfalto de los coches una y otra vez.

Justo cuando cruzamos en sentido de salida la puerta de Chinatown y nos dirigimos hacia Market Street nos encontramos con M y F, que por ahora han decidido empezar el día de forma idéntica al nuestro. Solo nos faltaba la música de fondo para sentirnos protagonistas de "Españoles por el mundo".

Ya en Market Street, nos acercamos a la Apple Store, única alternativa ya que la Virgin Megastore en la esquina contigua, al igual que toda la cadena, lleva meses clausurada. La tienda es como cualquier otra Apple Store: todo impoluto, todo sonrisas y más empleados deseosos de acosarte que clientes. A modo de curiosidad, el precio y detalles de cada producto se muestra mediante iPads en lugar de clásicas cartones.

Antes de abandonar la vía más comercial de San Francisco nos aguardaba una última sorpresa. Nos acercamos desde la distancia a un escaparate frente al que un grupo de turistas escuchan atentamente las explicaciones de un guía. Extrañamos, miramos hacia el comercio, que resulta ser una tienda Camper, empresa de calzado con sede en Inca, Mallorca. Y no solo eso, si no que los cristales del local están decorados con motivos de la "somera mallorquina", una especie autóctona del burro propia de las islas.

Tomamos nuestro primer autobús en San Francisco, aprovechando que el abono de 3 días los incluye. Usamos la línea 21 para trasladarnos desde Market Street a Alamo Square. Nos lleva un rato, pero se hace corto si lo comparamos con la sensación que da al mirar la distancia a recorrer en un mapa.

Apenas tenemos un solo pie en la acera y ya nos topamos con las Painted Ladies, la hilera de casas de estilo victoriano que forman ya parte del patrimonio turístico de la ciudad. La televisión ha hecho mucho por hacer de estas fachadas un símbolo, siendo uno de los casos más populares el de la serie en España conocida como "Padres Forzosos". L no tiene mejor idea que empezar a cantar "Single ladies" de Beyoncé cambiando "single" por "painted", y la dichosa canción se nos pega durante horas y horas. All the painted ladies, all the painted ladies...

Aunque el motivo principal sea fotografiarse junto a las Painted Ladies, aprovechamos la ocasión para pasear por Alamo Square. Es un pequeño parque (en relación a lo que suelen ser los parques en Norteamérica) situado en plena cuesta, y lo que más nos llama la atención es la escandalosa afluencia de perros sueltos con la supervisión de sus dueños, con incluso una extensa superfície habilitada para ello.

Alcanzamos, en el extremo opuesto del parque, una parada de la línea del bus 24. Tenemos dos opciones: desplazarnos al norte hasta Alta Plaza Park o ir en sentido contrario hasta el barrio de Castro. La primera opción solo cobra sentido si el día da suficientes garantías para disfrutar de las vistas desde dicho parque, y no es el caso. Nos decidimos por visitar una de las cunas de la liberación sexual.

El autobús nos deja a escasos metros del cine Castro y la enorme bandera gay en lo alto de la calle. En el cine están proyectando una versión karaoke de La Sirenita. Descendemos varias manzanas sin encontrarnos nada extremadamente escandaloso o por lo menos del nivel que esperábamos toparnos. Si es cierto que al regresar por la acera contraria vemos algunos escaparates subiditos de tono que serían impensables en muchas partes no solo de este país, si no del mundo occidental en general. En Castro, como en toda la ciudad en general, un sinfín de gente se pasea junto a su perro.

Tras regresar a lo más alto de la calle nos decidimos a probar los tranvías de la línea F, unos vehículos completamente cerrados y cuyo recorrido nos llevará por todo Market Street (y es bastante largo), para acto seguido aparecer por el extremo este de la línea de costa y ascender hasta la parte que ya conocemos.

El recorrido es toda una experiencia. No solo por lo largo (el recorrido supera holgadamente la media hora), si no porque en todo el tramo previo a la llegada a los puertos somos los únicos turistas dentro de un vehículo abarrotado de gente. Disfrutamos así de un ambiente más auténtico, rodeados de las conversaciones cotidianas de la gente de San Francisco.

Haciendo un repaso a lo vivido en San Francisco hasta ahora, una de las cosas que más nos ha llamado la atención es que la ciudad está prácticamente tomada por los asiáticos. Su presencia es notable a ambos lados del mostrador, ya que una amplia mayoría de los comerciantes, así como de los turistas que visitan la ciudad, guardan rasgos orientales.

Tras el largo recorrido, nos encontramos por tercera vez ya en el Pier 39, la versión californiana del Maremagnum de Barcelona. Sin embargo, es la primera vez que nuestra llegada al lugar coincide con momentos de sol radiante, así que nos dirigimos rápidamente al final del embarcadero con la esperanza de gozar de mejoras vistas. Es inútil, la visibilidad al lejano Golden Gate sigue siendo tan mala como siempre.

Ya que tenemos tiempo de sobra, hacemos un nuevo repaso a las tiendas concentrándonos en aquellas a las que no prestamos atención las ocasiones anteriores, y nos topamos con todo un hallazgo. Un comercio dedicado exclusivamente a artículos de coleccionista, como fotografías firmadas por intérpretes y músicos o enormes cuadros compuestos por distintos elementos y autógrafos con una película, banda o serie como denominador común. Los precios son igualmente llamativos. Por ejemplo, un cuadro con imágenes y firmas de Batman en todas sus épocas cinematográficas, cuesta la friolera de 5.000 dólares. Un fotograma de la serie Perdidos autografiado por Evangeline Lilly (Kate) y Matthew Fox (Jack), cuesta unos más asequibles 300 dólares. En el escaparate, por 500 dólares puedes llevar tu propia réplica del condensador de fluzo con el que viaja por el tiempo el Delorean de Regreso al Futuro.

Empezamos a bordear la costa hacia el oeste, y tras superar más muelles de los que creíamos, alcanzamos Girardelhi Square, más allá del Pier 47 y la zona más antigua de Fisherman's Wharf, que es como se conoce a todo este lateral marítimo reconvertido en área comercial.

En el punto acordado esperamos a M y F con la intención de comer juntos, y aparecen poco antes de las 15h. Entramos en el local de Lori's Diner, una franquicia con varios restaurantes repartidos por San Francisco, todos ambientados como los auténticos Diner de antaño habilitados en el interior de vagones de tren en desuso. M y F ya probaron otro de sus locales ayer y debieron quedar satisfechos, ya que no les importaba repetir.

Efectivamente la ambientación está muy cuidada y este local en concreto goza de buenas vistas hacia el puerto. Finalmente la cuenta asciende a 56 dólares por cuatro buenos platos (hamburguesas, sandwiches, etc.) y bebida con suministro ilimitado. Traemos impreso de su web un descuendo del 20%, así que la suma baja a 40 dólares pero pagamos los mismos 56 para compensar la inevitable propina.

Nuestro próximo punto de la agenda tiene reserva y hora concreta pero nos sobra tiempo respecto a la planificación, así que hacemos antes una parada en el hotel. Tras un breve descanso, nos damos un paseo por Bay Street hasta alcanzar el Pier 33, en la punta noreste de la ciudad. Desde aquí salen los ferry que inician la visita guiada a la prisión de Alcatraz.

Pasamos por taquilla para luego resultar que no era necesario, ya que con las entradas que llevamos impresas, compradas y pagadas por internet, es suficiente para acceder al tour. Las entradas nos costaron al cambio unos 95 euros a repartir entre los cuatro. Antes de subir al barco, nos obligan a pasar frente a un mural con la isla de fondo para hacernos una foto e intentar cobrárnosla a la vuelta. Buen intento.

Subimos al barco y nos dirigimos directamente a la cubierta superior, en el laterla izquierdo. Hacemos mal, ya que desde este lateral la única ventaja es poder divisar un Golden Gate oculto por la niebla, mientras que en el lateral derecho es donde mejor puede divisarse el acercamiento a la prisión.

El trayecto hasta Alcatraz es corto pero intenso. 15 minutos surcando las aguas de una bahía con un oleaje más propio de mar abierto, y acompañados por un viento fuerte y frío contra el que hay que luchar cuando durante el acercamiento al muelle te levantas para hacer fotos. A sabiendas del vaivén que tiene el barco, debe ser infernal adentrarse en las aguas del Pacífico.

Todavía tenemos luz del sol cuando pisamos la isla. Nos tienen 15 minutos reunidos en grupo siguiendo a un guía que entre cuesta y cuesta que subir se para y cuenta curiosidades sobre la isla. Por ejemplo, en una de ellas nos explica el dilema que supuso decidir qué hacer con la isla tras clausurar su prisión. Algunas de las propuestas fueron demoler todo el complejo, levantar una pequeña Las Vegas flotante, hacer de la isla un complejo hotelero, transformarla en reserva nudista, y finalmente hacer de la prisión un recorrido turístico-cultural.

Superada la introducción, el guía nos deja a nuestra suerte ya bajo el techo de la prisión. La sala de duchas hace las funciones de recepción, y a cada usuario le entregan una audioguía configurada en el idioma de su elección.

Empieza aquí el recorrido por todos los espacios que se conservan de la prisión. Tenemos los largos pasillos, las celdas, los atajos transversales, el comedor, la cocina, la zona de visitas, el patio de recreo. El sistema de audioguía está bien diseñado: se divide en capítulos que al final te informan de dónde debes encontrarte antes de avanzar hasta el siguiente episodio. La narración combina una voz en off con testimonios de carceleros y prisioneros que convivieron en Alcatraz.

Conseguir fotos del interior se convierte en una obsesión bastante absurda. Es muy difícil que el resultado sea satisfactorio dadas las condiciones de luz, y si es tu primera vez en la isla nunca sabrás si prestar más atención a la cámara o a la audioguía. Si tuviera la ocasión, me gustaría repetir la experiencia sin una cámara en la mano, con la única preocupación de prestar atención a la historia que te cuentan y disfrutando de cada rincón sin prisas ni ajetreo.

El recorrido no es lineal salvo por el hecho de seguir la audioguía. Puedes moverte libremente y sin la obligación de seguir a un grupo concreto, lo cual te da una libertad que pocas veces se dispone en visitas turísticas. Cuando ya hemos revisado todas las estancias nos encontramos con un bonus: solo durante 30 minutos entre las 20:00 y las 20:30, se permite el acceso de los turistas a la porción de la planta superior donde se hallaba el hospital de la prisión. Este area resulta tétrica, con ténues focos de luz iluminando mesas de rayos X y camillas para los enfermos.

Cogemos el penúltimo ferry del día para volver a San Francisco, a las 20:40h. El frío sigue siendo notable, pero esta vez ya no nos pilla de sorpresa y nos impacta menos. Tras la aproximación a una ciudad ya con todas las luces encendidas, vamos a pie hasta el hotel.

De nuevo en la calle, F, M y yo encontramos a pocas puertas de nuestro hotel un restaurante mejicano con la dueña de un local más surrealista de la ciudad. Primero nos pide que seamos rápidos porque van a cerrar. A los 10 segundos, vuelve para decirnos que estemos tranquilos. A partir de ahí, una conversación extraña y sin ritmo que sospecho venía provocada por el estado de la señora, que ya sea alcohol, sustancias o medicamentos, parecía claro que de algo había abusado. Ni siquiera se si nos sirvió exactamente lo que le habíamos pedido, pero sinceramente, a esas alturas ya era lo que menos nos importaba.

Subimos con tres burritos de carne con arroz y una buena ración de nachos a la habitación. F se asusta nada más abrir el suyo, del que apenas come la mitad. M acepta el desafío, pero acaba renunciando a falta de un tercio. Yo traía mucha hambre desde hace varias horas y me lo termino, pero horas más tarde me pasaría factura la digestión y me costaría dormir. Estaban buenos, pero eran una bomba.

Se apagan las luces por penúltima vez en nuestra habitación. Solo nos queda una última jornada completa en San Francisco, reservada para alguna pequeña visita de última hora y, sobre todo, pasear sin prisas con la intención de degustar nuestros últimos momentos de viaje.

Enlaces de interés