San Francisco, día 2. Sausalito, Golden Gate, Union Square, Pier 39

14 de septiembre de 2011

Arranca nuestro primer día completo en la última parada del viaje. Es temprano, somos jóvenes y San Francisco nos está esperando. San Francisco, y la niebla, que nos ha cogido cariño y no parece tener intención de marcharse así como así.

Como nuestra reserva en el Columbus Motor Inn no incluye desayuno, traemos apuntados de casa varios posibles lugares para empezar el día con energía. El primero de la lista es el Mama's, un muy conocido negocio en Washington Square al que recomiendo ir temprano para evitar colas que ocupan toda la acera.

Son las nueve cuando, en apenas 5 minutos a pie, llegamos a la entrada del local. Ya hay un par de parejas esperando en la puerta, por lo que debemos aguardar unos 20 minutos a poder acceder según nos lo indique el encargado. Cuando lo hacemos, a nuestra espalda ya se ha formado una cola con 10 o 12 personas más.

El desayuno cuesta 14 dólares, y creedme si os digo que los vale. Nos ponemos tibios, con platos de tostadas, salchichas y tortilla más propios de un almuerzo más tardío para las costumbres españolas. Nos lo tomamos con calma, y al salir topamos en Washington Square con un numeroso grupo de asiáticos practicando Taichi, o algo parecido.

Regresamos al aparcamiento del hotel para coger, por última vez, nuestro Dodge Journey de alquiler. Nuestro plan inicial era visitar el otro lado del Golden Gate cruzándolo con bicicletas, y aprovechar las últimas horas de coche para subir a algunos miradores. Sin embargo, el cansancio acumulado por una parte, y la poca gracia que parece tener subir a un mirador cuando la ciudad está cubierta de niebla, nos llevan a hacer algunos ajustes. Decidimos que nuestro último viaje en coche será para cruzar el puente, visitar ese extremo y regresar hacia la oficina de alquiler.

No tardamos en empezar a elevarnos para ponernos a la altura del Golden Gate. Como estamos saliendo de San Francisco, en esta ocasión no nos toca pasar por el peaje. Incluso al pasar bajo ellas, apenas son visibles los dos primeros niveles de las dos columnas que sostienen el puente. Rebasamos la salida que nos llevaría a Vista Point, el mirador de este extremo, creyendo erróneamente que podríamos dirigirnos a él en el camino de vuelta.

Diez minutos después de haber superado el puente, aparcamos en una plaza con parkímetro en pleno corazón de Sausalito. Nos deshacemos de unas cuantas monedas de 25 centavos, las mismas que aceptaban las lavanderías, para poder dejar el coche durante algo más de una hora.

Sausalito, por lo menos en mi opinión, resulta decepcionante. A buen seguro la climatología no ayudó a potenciar sus encantos, pero lo cierto es que esperaba algo más humilde. En su lugar, lo que nos encontramos es un pequeño pueblo pesquero, con pretensiones de querer ser Monte Carlo. Es decir, dirigido a la clase alta de la población y, porque no decirlo, a la más pija. Sin embargo, no cumple del todo su propósito, ya que glamour hay más bien poco, y solo los caros locales y los yates atracados nos recuerdan esa intención.

Lo mejor de Sausalito, más aún si la niebla lo hubiera permitido, son las vistas a la bahía, con la inevitable isla de Alcatraz y la orilla de San Francisco más allá de la extensa superfície de agua.

Paseamos por el embarcadero, rodeados de barcas de todo tipo. Tenemos enormes yates, pequeñas embarcaciones de pescadores, e incluso algunas casas flotantes. A nuestro camino se nos aparece un pez manta pegado a los bajos de un barco, tan grande que intimida. No quisiera encontrármelo nadando en la misma agua. Las gaviotas campean a sus anchas, recogiendo mejillones y devorándolos sobre las tablas del embarcadero.

No ha llovido en toda la mañana, pero sin embargo tenemos la ropa, el pelo y los objetivos de las cámaras húmedos. Estamos completamente inmersos en un banco de niebla, y hay agua en el ambiente.

Tras confirmar con el GPS mi error de no haber visitado Vista Point cuando salíamos de San Francisco, improvisamos la búsqueda de algún mirador en este lado del puente. Encontramos una opción que, sin desmerecer lo que habíamos consultado sobre Vista Point, puede que fuera incluso mejor para un día en el que la estructura del puente no es completamente visible. Llegamos a Fort Baker.

Se trata de una suerte de recinto militar a pie del puente, con un pequeño muelle para poder pescar de forma controlada o, como nuestro caso, asomarnos al rojo metal del Golden Gate. Este mirador está a una altura inferior al de Vista Point pero como decía, puede que este ángulo sea incluso más adecuado para un día de niebla como el de hoy. Quien no se conforma es porque no quiere.

Volvemos a la ciudad, pagando esta vez si los 6 dólares de peaje del Golden Gate. A medida que nos acercamos a Union Square, F empieza a sudar por el caos circulatorio de la ciudad. Muchos coches, peatones, cuestas empinadas y tranvías que aparecen de sitios insospechados. Tras un par de vueltas de más localizamos el aparcamiento de Alamo para depositar nuestro vehículo.

Durante todo el viaje, hemos tratado nuestro coche con sumo cuidado. Siempre siendo conservador al asumir las distancias, sin darle un mal golpe, e incluso adecentándolo ligeramente antes de devolverlo. Pues bien, todo eso no importa. Aparcamos nuestro coche, y un empleado de Alamo nos pregunta si queremos devolverlo. Tras responderle, coge nuestro contrato y, para entrar en el coche y comprobar el kilometraje, abre la puerta con tal virulencia que le da un tremendo golpe contra el coche aparcado justo al lado. Y todo ello sin inmutarse.

Los trámites de devolución con Alamo no tienen mayor complicación. Pisamos la calle, ya sobre las suelas de nuestros zapatos. Caminamos brevemente hasta el cruce de Market y Powell Street, más conocido por ser el lugar donde varias líneas del "Cable Car" finalizan y sus empleados dan la vuelta al tranvía ayudados por una plataforma giratoria. No es ningún espectáculo ni hacen esfuerzos para ello, ya que para los trabajadores del tranvía es pura rutina.

Junto a la parada del Cable Car tenemos en una planta baja el Visitor Center, donde poder comprar un abono de transporte. Por 21 dólares cada uno, nos hacemos con los "3-day passport", que son unas cartillas individuales que te permiten utilizar sin ningún límite los servicios de tranvía, autobús y metro durante 3 días seguidos.

Decidimos dividir las parejas. L y yo queremos aprovechar la estancia en la zona más comercial para visitar algunas tiendas, así que dejamos a M y F que vuelen por libre hacia donde ellos prefieran. Visitamos Skechers y la tienda-museo de Levis, pero como siempre ocurre el recuerdo de los bajos precios en los outlets es muy reciente y no encontramos ninguna oferta apetecible.

Ni a L ni a mi nos entusiasma especialmente la zona más céntrica de la ciudad. Cumple su cometido de muchos locales, mucho ambiente y mucho turista, pero para algo así tenemos claro cual es nuestro lugar favorito, y se encuentra en la costa opuesta del país.

Decidimos volver hacia el norte, y para ello tomamos el tranvía que llega hasta Hyde Street. No podemos subirnos ni al primer ni al segundo tren que pasan, por estar ya abarrotados. Finalmente en el tercero encontramos hueco dentro de la cabina cubierta. En una parada posterior, bajamos para volver a subir en la zona de bancos descubierta, ideada para los turistas.

Llegamos a Lombard Street, la calle más curiosa y probablemente absurda de la ciudad. La inclinación es tal, que los coches deben circular por una vía sinuosa que va trazando una S tras otra para poder descender. A nuestro paso, cinco críos están grabando algo parecido a un proyecto audiovisual simulando caer a base de volteretas por la cuesta. Las fotografías de Lombard Street lucen mucho más si se toman desde el extremo inferior de la calle.

Aprovechamos la cercanía con nuestro hotel para comprobar el correo y, acto seguido, poner rumbo al puerto para revisitarlo a plena luz del día, comprar algunos souvenirs y tomar una cena temprana.

Compramos los últimos recuerdos que nos quedaban pendientes, en algunas tiendas más baratas que nos encontramos según nos aproximamos al puerto por el oeste. Por 20 dólares me compro una chaqueta con forro polar, con la certeza de que me va a hacer falta durante los dos días restantes en la bahía. Damos varias vueltas por el Pier 39, donde hoy nos espera una mayor afluencia de leones marinos que ayer.

Deben ser aproximadamente las 19h cuando nos decidimos a cenar. Hay que tener presente que tras un desayuno muy fuerte no nos hemos detenido para comer, así que en realidad se trata de unir la comida y la cena en una sola parada. El Hard Rock Café se nos antoja demasiado caro, y quizás decidamos ir a modo de despedida en nuestra última noche. Por ahora, nos confirmamos con una alternativa más económica, el clásico local self-service con precios más asequibles.

L se pide un sandwich, y yo me decido por el plato típico de la bahía: el Clam Chowder. Se trata de una crema de almejas servida en un pan hueco a modo de recipiente. En su versión más popular el pan es del tipo "Sourdough bread", con forma circular emulando a un cuenco para cereales. En mi caso es pan de tipo "baguette", sin tener muy claro que estoy pidiendo. Para acompañar, una ensalada césar para los dos. Todo el pedido y la bebida nos sale por 26 dólares.

Bien cenados, regresamos al hotel para recoger la ropa sucia. Con ayuda del recepcionista, localizamos una lavandería pública en el cruce de Chestnut con Mason Street, a escasas manzanas del hotel. El lugar es muy clásico... y caro, si lo comparamos con las lavanderías de los hoteles. El lavado cuesta 2,75 dólares, y cada 6 minutos de secado suman 25 centavos más. Por último, otros 2 dólares son necesarios para comprar detergente y suavizante. Cuando quedan pocos minutos para que termine el secado, llegan F y M que saben de nuestra ubicación gracias a la nota que les hemos dejado en la habitación.

Tras volver al hotel con la colada hecha, L se queda descansando y los tres varones nos echamos a la calle. Frente al hotel tenemos varios bares con buen aspecto, así que empezamos por uno en el que cada cerveza Guiness de barril nos cuesta 6 dólares. Con la esperanza de encontrar algo más económico vamos al siguiente, el International Sports Club.

Aquí el precio de un botellín de Budweiser es de 4 dólares. M cree que ha llegado el momento de cumplir un sueño: tomarse un buen bourbon en los Estados Unidos. Por 7 dólares a cada uno, nos sirven un trago de Marker & Mark. Misión cumplida. El camarero, con cierta apariencia hippy, nos confiesa ser un enamorado de Barcelona y nos da conversación durante un largo rato. Otro tío majo que apuntar a la lista.

El día termina con la sensación de haber descubierto un poco más la ciudad de San Francisco. Todavía nos quedan dos jornadas más, pero la sensación es que el viaje ya está llegando a su fin.

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