Yosemite, San Francisco

13 de septiembre de 2011

Es el momento de volver a echarse a la carretera y recorrer un buen puñado de millas para seguir descubriendo la costa oeste de Estados Unidos en general, y el estado de California en particular. Sin embargo, esta vez es diferente. Tras casi dos semanas en el país, el de hoy será el último gran recorrido de nuestro viaje. El recuerdo de lo vivido en las primeras jornadas en Los Ángeles queda ya muy lejano, como si se tratara de un viaje diferente al que nos ocupa. Pero no, aquí seguimos, y ya solo queda un último esfuerzo para completar el plan.

En nuestra última mañana en Yosemite, ya tenemos la lección aprendida. Nos vamos a desayunar al Curry Village, lejos de los altos precios para tan poca oferta de la zona de nuestro hotel. El desayuno de buffet cuesta 11,5 dólares, pero nos basta con pedir cosas concretas en el bar adyacente. Por ejemplo, un generoso capuccino y un enorme muffin de chocolate por 9 dólares.

El Curry Village es, tambien a esta hora, la zona de servicios más concurridas de la villa. Quizás, al igual que en nuestro caso, mucha gente alojada en el resto de hoteles acuda aquí para las comidas, uniéndose a los que ya hacen noche en las cabañas. También se divisan muchos grupos de escolares en viaje organizado.

Ya desayunados, abandonamos la mediocre habitación que nos ha tocado en suerte y compramos en el último momento un par de osos de peluche, los únicos que veremos durante nuestra estancia en el parque.

Durante el check-out en recepción, leemos sobre el mostrador una lista comparativa de precios con el coste por noche de cada hotel de Yosemite Village. Las tiendas del Curry Village cuestan la mitad que las habitaciones de nuesto hotel, el Lodge at the Falls. Las del lujoso Awanahee Hotel cuestan el doble. Definitivamente, si algún día vuelvo a Yosemite, será durmiendo en una cabaña completa (con baño propio) del Curry Village.

Son las 08:45 cuando nos despedimos de la zona hotelera y ponemos dirección al sur, hacia Mariposa Grove. Nos espera una última parada antes de abandonar Yosemite: las secuoyas gigantes. Descartamos visitar en el último momento los exteriores de la capilla del parque, ya que para alcanzarla debemos dar un excesivo rodeo que nos llevaría demasiado tiempo. F sigue frustado por no haber avistado ningún oso y no quita ojo a las ventanillas del coche mientras L conduce.

Tras una muy larga hora de viaje siguiendo las indicaciones en dirección a Fresno, llegamos a lo que debe ser Mariposa Grove. Y no lo puedo asegurar, porque allí nos esperaba un último chasco. El aparcamiento está completo y para visitar el área nos obligan a deshacer las últimas 4 millas, aparcar y tomar un autobús para entrar y otro para salir. Demasiada complicación y pocas garantías sobre cuánto tiempos nos llevará, en un día en el que nos espera un buen puñado de kilómetros antes del atardecer. De repente las secuoyas no nos parecen tan imprescindibles y abandonamos Yosemite.

Superadas varias localizaciones del Sierra National Forest, atravesamos en coche el pueblo de Oakhurst. Una larga carretera llena de hoteles y zonas de servicios con muy buen aspecto. Sin embargo, esto queda demasiado lejos de Yosemite como para considerarlo una opción práctica para alojarse durante la visita al parque, obligándote a recorrer demasiada distancia cada día para entrar y salir de Yosemite. Como ocurre en muchos hoteles de carretera, aquí también se utiliza como reclamo para los posibles huéspedes el eslógan "Free HBO", indicando que desde las habitaciones puede sintonizarse una de las cadenas de televisión con mejor reputación del país, responsable de algunas series de éxito como "The Soprano", "The Wire", "Six Feet Under" o "Sex and the City".

Llega el que probablemente sea mi último turno al volante, tras detenernos en el Starbucks de un pueblo llamado Madera y saber que el Barça está perdiendo 0 a 1 contra el Milán. Conduzco mis últimas 100 monótonas millas en suelo estadounidense, hasta realizar una nueva parada a 60 millas de San Francisco. Por enésima vez confirmamos que las carreteras de California se encuentran en un estado lamentable. Por lo menos, el paisaje según nos acercamos a San Francisco es mucho más rico y atractivo que el de los alrededores de Los Ángeles.

Los retrovisores de nuestro Dodge Journey son muy extraños, con un peligroso ángulo muerto que no conseguimos hacer desaparecer por mucho que los manipulemos. Nos encontramos con varios coches adornados con pegatinas del Tea Party o eslóganes como "Jesus loves you". La "américa profunda" está en todas partes, y California no es una excepción.

Descubrimos, a buenas horas, que el coche viene equipado con radio vía satélite. Vamos saltando entre dos emisoras contiguas, dedicadas a las décadas de los 80 y 90 exclusivamente. La temperatura todavía no baja de los 30 grados, no parece que vaya a descender hasta que lleguemos a la costa.

San Francisco nos recibe, en un hecho que iba a ser premonitorio, con un espeso banco de niebla. Pagamos el peaje de 5 dólares para acceder a la ciudad a través del Bay Bridge. Como en la mayoría de los casos, los puentes solo cobran una tasa en el sentido de entrada a la ciudad, pero no en el de salida. Pasado el puente, avanzamos con el agua de la bahía a nuestro mismo nivel y escasos metros de distancia por el lado derecho. Cualquier subida de la marea en la bahía sería fatal para esta zona. Incluso con toda la niebla que a duras penas deja ver más allá de la orilla, la postal merece la pena.

La entrada a San Francisco es una auténtica locura, sin un solo vehículo respetando el orden lógico de los carriles ni la velocidad máxima permitida. Afortunadamente tenemos a nuestra mejor baza para conducir al volante, y vistas las dificultades no creemos que nadie vaya a tomar el relevo de F. Ladeamos el distrito financiero, por lo que podemos ver ya la Transamerica Pyramid. Para mi recogijo, la emisora de los 80 ha dado paso a Photograph de Def Leppard.

Superada la crisis de entrada a la ciudad, los últimos giros son algo más relajados. Alcanzamos la última plaza libre del aparcamiento inferior en nuestro hotel, el Columbus Motor Inn, en la avenida del mismo nombre. Luego supimos que entrando por un lateral existe otra planta entera de parking.

Nuestra última habitación del viaje es también una de las más caras, fruto de que el alojamiento en San Francisco no es precisamente barato. Aún así, encontramos una tarifa bastante ajustada: 600 euros por 4 noches para 4 personas, en régimen de solo alojamiento. La habitación nos parece suficiente, amplia, con baño y aseo separados y afortunadamente, volviendo a un tamaño de las camas más grande que el que habíamos sufrido en Yosemite.

Hemos superado ampliamente el mediodía, así que no perdemos mucho tiempo en salir a la búsqueda de un sitio de comer. No he olvidado mi encuentro con Maurizio y Karina días antes en Las Vegas, así que nos decidimos por hacerles una visita. Tras ascender por Columbus Avenue apenas 10 minutos alcanzamos el número 561, la dirección del Restaurante Volare. La cara de Maurizio al verme es todo un poema, pero en cuestión de segundos me abraza y agradece la visita.

Solo hemos recorrido 5 manzanas, pero F dice que ya está convencido de que San Francisco es una ciudad en la que le gustariá vivir. Mientras esperamos a nuestra comida, por la ventana vemos las calles empinadas, los autobuses eléctricos, las variopintas fachadas, el ambiente desenfadado y la amplia oferta de bares y locales de ocio. Desde luego, la cosa promete.

Gracias a los cocineros de Maurizio, descubrimos cuánto echábamos de menos la comida mediterránea. Lasaña, pasta, ñoquis, calamares... todo lo que pedimos está estupendo. A L se le saltan las lágrimas cuando nos sirven, con aceite, pan de barra "del de toda la vida". Maurizio nos invita a la segunda ronda de cerveza Miller. Al final, 110 dólares incluyendo la propina para la comida de los 4.

En un acto de valentía, decidimos subir a pie, con el estómago lleno, hasta la Coit Tower, relativamente cerca de nuestra ubicación. La subida va aumentando en dificultad por momento, siendo el último tramo tan empinado que la acera se transforma en unas escaleras. Desafortunadamente el día sigue sin parecer arreglarse y la visibilidad es escasa, así que no merece la pena pagar los 7 dólares que cuesta ascender al mirador de la torre. Durante el ascenso ya hemos podido divisar el distrito financiero, y en la base de la torre la vista ya alcanza para ver la isla de Alcatraz.

Bajamos por la calle Grant y tras dar un giro de 90 grados alcanzamos la zona de ocio en el puerto, Fisherman's Wharf. Más concretamente, nos adentramos en el Pier 39, que es el área más moderna y aclimatada con una amplia oferta de tiendas y restaurantes. Alcanzando el final del embarcadero, tenemos nuevas vistas a Alcatraz y, si la niebla lo hubiera permitido, podríamos ver el Golden Gate a mano izquierda. En un lateral del embarcadero, los leones marinos nos dan la bienvenida con sus simpáticos gruñidos.

Los precios de los locales de restauración nos parecen un poco caros y lo achacamos a estar en una zona turística, pero luego verificaríamos que ese es el precio habitual de la ciudad. La mayoría de tiendas tienen la clásica colección de ropa y artículos de recuerdo de la ciudad. Pero hay excepciones, como el Lefty's, la versión en el mundo real del Zurdorium de Ned Flanders.

Los souvenirs tienen precios similares a los que pagamos en la Fremont Street de Las Vegas. En igualdad de condiciones creo que hubiera preferido llevar recuerdos de San Francisco, así que saber que me hubieran costado lo mismo que en Las Vegas es una pequeña frustración.

Volvemos al hotel cuando ya es noche cerrada, previo paso por un supermercado Safeway para comprar ensaladas y fruta por si decidimos cenar a última hora. El viento que sopla en la bahía es muy fuerte, y cuando damos un giro y las fachadas hacen de barrera nos sentimos aliviados. Ya en la habitación, finalmente nos decidimos a cenar y planeamos las primeras horas del día de mañana, en las que aprovechar nuestros últimos momentos con el coche de alquiler antes de entregarlo en la oficina de Alamo.

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