Yosemite, día 2. Bridalveil Falls, Taft Point, Glacier Point, Yosemite Lower Falls

12 de septiembre de 2011

Despertamos con la promesa de un día mejor en lo que respecta a la climatología, y con mucho frío en el exterior de la habitación. La aplicación WeatherBug para el móvil nos asegura que la temperatura actual es de 2 grados. Nos equipamos con capas y más capas de ropa, y vamos a desayunar al mismo lugar donde cenamos la noche anterior, el Food Court. L se decide por un plato ligero, entendiendo como definición americana de "ligero" huevos revueltos, tostada y fruta fresca. Yo me decanto por un burrito vegetariano. Pese a que el café nos salga gratis gracias a unos vales que nos entregaron al llegar al hotel, entre los dos pagamos 15 dólares. El desayuno también es caro, pues.

Sin lluvia y con buena visibilidad, usamos el coche con el objetivo de visitar Tunnel View, Valley View y Bridalveil Falls para empezar. Lo primero que nos encontramos es Valley View, pero en esta época del año no luce lo suficiente. Para el resto, volvemos a perdernos en las erráticas señalizaciones del parque. Finalmente, entre F y L nos sacan del apuro y con ayuda del mapa oficial conseguimos enfilar el camino hacia Bridalveil Falls.

La cascada está bien, aunque no nos despierta el impacto que esperábamos. Tal y como observamos ayer, lleva una mayor cantidad de la agua de la que preveíamos para esta época del año. Lo peor es sin duda el reducido espacio del que dispone el mirador para observarlas frontalmente, ya que la gente se amontona y no todos se dignan a esperar 2 segundos para que termines de lanzar tu foto.

Mucho más disfrutamos del descenso del río procedente de la cascada. Aquí si tenemos espacio y tiempo para regodearnos, y con ayuda del trípode de M conseguimos algunas fotografías con efecto de seda en el agua.

Sin alejarnos demasiado de Bridalveil, alcanzamos ya la parada de Tunnel View, lugar marcado en nuestras agendas como "La Vista" a visitar, en mayúsculas. Sin embargo, a estas horas el sol no está en la mejor posición y el paisaje queda demasiado quemado y falto de nitidez. Nos prometemos regresar más tarde, cuando los rayos del sol no incidan directamente en el valle y podamos distinguir toda su paleta de colores.

Iniciamos ahora una travesía de 16 millas hasta Glacier Point, por una carretera que en algunos tramos limita su velocidad en demasía. En una parada intermedia nos detenemos en un pequeño valle que resulta estar encharcado, pero nada que nos impida otra sesión de fotos.

A 4 millas de alcanzar Glacier Point, nos detenemos en el punto de salida del sendero de Taft Point. El Parque Nacional de Yosemite cuenta con un amplio directorio de rutas de senderismo a realizar, debidamente clasificadas según su nivel de exigencia. Tenemos así opciones marcadas como "fáciles", otras como "moderadas", y por último las "extenuantes". Es posible programar un pequeño paseo de apenas una hora, o una excursión de día completo que conlleve varias horas de ida y otras tantas de vuelta.

El sendero de Taft Point, como luego sabríamos, está marcado como "de fácil a moderado" y apenas se prolonga por 2,2 millas de ida y el mismo camino para el regreso. No presentaba grandes complicaciones.

Tras atravesar un río, un bosque y una extensión más bien yerma hasta asomar al saliente final, llegamos a Taft Point, un precioso mirador desde el que se pueden distinguir perfectamente algunos tejados de Yosemite Valley y las dobles cascadas de Yosemite Falls a mano derecha. A mano izquierda tenemos mucha, muchísima naturaleza en forma de pequeños bosques y senderos a más de 2000 metros de altura.

Invertimos un tiempo considerable en Taft Point. Las grandes rocas que asoman al precipicio son un lugar fantástico para sentarse y limitarse a disfrutar del paisaje. Ha sido un acierto escoger esta pequeña excursión. En el camino de vuelta, pasamos 20 largos minutos persiguiendo sigilosamente a una ardilla escurridiza. Horas después nos encontraríamos rodeados de ellas, en un hábitat en el que están mucho más acostumbradas a la presencia humana.

Tras regresar al coche alcanzamos, ahora sí, el aparcamiento de Glacier Point. El impacto habría sido mayor de no haber visitado anteriormente Taft Point, pero incluso así merece mucho la pena. Muchos miradores concentrados, la mayoría acompañados de unos carteles con indicaciones e información de lo que se puede observar que son de agradecer. Junto a los miradores, una pequeña tienda de recuerdos y comida para almorzar en las alturas. Un poco más allá, una caseta sobre una colina con información geológica sobre el lugar.

Las vistas cubren una panorámica muy amplia. Lo más destacable, el colosal Half Dome, una enorme roca de granito que puede ascenderse en grupo con reserva previa. No le desmerecen las cataratas de Nevada y Vernal, que van mucho más cargadas que las demás. Incluso desde aquí asombra la cantidad de agua que colisiona contra el suelo tras una larga caída. Por último, deberíamos desde aquí ser capaces de distinguir Mirror Lake, pero en este caso si parece cumplirse la previsión de que en septiembre queda completamente seco.

Pasadas ya 2 horas del mediodía, revisitamos Tunnel View, tras recorrer en sentido inverso las 16 millas que separan Glacier Point de Yosemite Valley. Siempre circulamos al máximo que nos permite la señalización de las carreteras, pero cuando éstas son de un único carril para cada sentido, cada 10 o 15 minutos arrastramos una cola de 4 o 5 vehículos que nos sobrepasan a toda velocidad cuando nos echamos a un lado en algún apartadero.

Entramos al valle a través del pequeño tunel y, ahora si, a mano izquierda queda en condiciones óptimas el maravilloso mirador de Tunnel View. A nuestra llegada aparca tambien un pequeño tren lleno de turistas, así que hacemos algo de tiempo para que cumplan su horario y dejen la zona más despejada. Finalmente nos colocamos en el punto perfecto para una nueva foto de grupo, justo frente a un pequeño atril que muestra moldeado en el metal el relieve del valle.

El sol va y viene provocando sombras, pero la vista ya no puede empeorar. Tenemos, entre otras, los macizos de El Capitán, el Half Dome (que a diferencia de hace unas horas, en este marco parece mucho más pequeño), las Bridalveil Falls escupiendo agua a mano derecha.

Llega la hora de comer, y decidimos buscar alternativas más económicas sin salir del valle. Vamos a Curry Village, la zona del hotel compuesto por pequeñas cabañas de lona y madera. Encontramos puestos de hamburguesa, pizza, tacos y un buffet, que cuesta 15 dólares. Nos decidimos por una pizza mediana a repartir entre los 4 viajeros. Con 4 ingredientes, nos cuesta 20 dólares, más 2 por cada refresco y la cerveza, como siempre, como elemento más caro (hasta 6 dólares).

Mientras comemos en una de las mesas de madera, empieza la invasión de ardillas. Aquí están por todas partes, y no les importa lo más mínimo tu presencia. A escasos metros de nuestra ubicación, una de ellas se encarama a una mesa y con total naturalidad mete las narices en un vasito de salsa barbacoa. 20 minutos persiguiendo a una en el bosque, y ahora prácticamente nos las tenemos que quitar de encima.

Tras varias horas de provecho, volvemos a nuestra habitación. Si la primera impresión del hotel no fue buena, la segunda no es mucho mejor. La limpieza brilla por su ausencia, y las camas están hechas al estilo "soltero", cubriendo las sábanas revueltas con el edredón. Las toallas colgadas están húmedas, como si se hubieran dedicado a recogerlas del suelo y no a sustituirlas.

Volvemos a recepción para pedir nuevas claves para la conexión a internet y, de paso, mostrar nuestra preocupación por el estado de la habitación. El chico de recepción, muy atento, se disculpa reiteradamente y nos informa de que han recibido varias quejas procedentes del mismo bloque de habitaciones. Literalmente, nos dice que "el responsable será castigado por ello". Mientras hablamos, una pantalla tras el mostrador advierte de los riesgos de toparse con un oso que pueda oler que llevas comida encima. Aparece una de esas descomunales bestias colándose por la ventanilla de un coche para salir al cabo de unos segundos agarrando algo que parece una nevera.

Con las claves de internet y la promesa de que más tarde nos traerán toallas secas, hacemos una parada adicional aprovechando las últimas horas de sol y el poder desplazarnos a pie debido a la corta distancia. Llegamos a las Yosemite Lower Falls, la cascada inferior por la que desciende el agua de las Yosemite Upper Falls, la caída de agua que podemos observar desde el hotel. Alcanzar la cumbre de la cascada superior implica una excursión de dificultad moderada y varias horas de duración.

La cascada nos resulta más vistosa que la que vimos a primera hora en Bridalveil. La observamos desde la media distancia, en un mirador habilitado en un puente que supera el río fruto del agua que desciende. Nos dedicamos a hacer un poco de cabra montesa y acercarnos a la cascada a través de las rocas, algo impensable en otras épocas del año donde el agua desciende con mucha más violencia. Avanzar por las piedras no implica una gran dificultad, aunque ir equipado con una réflex al hombro y un trípode en la mano lo hace más emocionante.

Ya de vuelta en la habitación y sin previsión de cenar por falta de apetito, F vuelve al exterior a las 9 de la noche con la intención de alcanzar una máquina de vending en el extremo opuesto de la calle. A esa hora los aledaños del hotel ya están desiertos y oscuros, así que cuando suenan sus llaves intentando abrir la habitación dudamos entre si ha salido ileso o un oso se las ha robado.

El día nos ha dado la oportunidad de confirmar lo que ya creíamos: que Yosemite es un lugar fantástico en el que poder invertir varios días, gracias a las múltiples excursiones y miradores disponibles a lo largo de todo el parque. Sin embargo, nuestro tiempo termina aquí, y mañana solo quedará la ocasión de dirigirnos hacia el sur con la intención de ver secuoyas antes de alcanzar nuestro destino final del viaje.

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