Bishop, Mono Lake, Yosemite

11 de septiembre de 2011

Arranca el día a las 8 de la mañana en Bishop. Descansados de un día anterior que fue más duro de lo previsto, el de hoy no se presenta mucho más liviano. Lamentablemente, más adelante la metereología decidiría privarnos de toda la tarde por lo que en retrospectiva fue este uno de los días con menos material para el recuerdo. Por ahora, empecemos con un desayuno correcto (con la máquina de pancakes más automática que recuerdo haber visto) debidamente amenizado por las primeras imágenes de ceremonias en recuerdo a las víctimas de 11 de septiembre. Porque sí, a modo anecdótico estamos en los Estados Unidos en el décimo aniversario del atentado a las Torres Gemelas.

Tramitando la salida del hotel, la simpática recepcionista nos confiesa estar enamorada de Madrid y Barcelona, llegando a comparar el Parque del Retiro con el Parque Nacional de Yosemite. Siento aprecio por la ciudad de Madrid y su parque, pero con todo el respeto creo que la señora se ha pasado unos cuantos pueblos.

Damos de desayunar tambien al depósito del coche, augurando una jornada de bastantes millas por recorrer. El precio que encontramos hoy es de 3,45 dólares el galón, bastante bueno. En muchas gasolineras, por el hecho de pagar en efectivo puedes ahorrarte hasta 5 centavos por galón respecto a hacerlo con tarjeta. El precio puede variar bastante entre gasolineras, incluso dentro de la misma zona. Sin ir más lejos, todavía en Bishop encontramos alternativas hasta 40 centavos más caras.

El piso del coche presenta un aspecto lamentable. Con lo que llevamos recorrido las alfombras han ido acumulando, entre otras cosas, tierra de Monument Valley, arena de Death Valley y sal de Badwater Basin. Será necesario adecentarlo un poco para no sentir vergüenza cada vez que abrimos las puertas.

La carretera que nos lleva hacia el norte desde Bishop hasta el acceso por el este de Yosemite es preciosa, divisando pueblos de montaña a la izquierda y un lago con pescadores a la derecha. Antes de acceder al área del parque tenemos dos paradas previstas. La primera es en Mammoth Lakes, un pequeño pueblo junto a una estación de esquí y lugar de encuentro de pescadores. Tiene su encanto, pero no es exactamente lo que buscamos y ni siquiera nos apeamos del coche.

Tras dudar por un instante si podíamos permitírnoslo o bien era un gasto de tiempo excesivo, decidimos continuar hacia el norte para alcanzar Mono Lake, ubicado a 5 millas al norte del acceso de Tioga Pass. Tras un descenso y aparcar el coche en batería, podemos acceder hasta la orilla del lago gracias al Annual Pass.

El lago es una de las mayores sorpresas a lo largo del viaje. Sabíamos que tenía potencial a través de fotografías muy vistosas, pero también muy retocadas. Lo que no imaginábamos es que al natural resultaba igualmente impresionante. Una gran superfície de agua totalmente en reposo de la que asoman pequeños salientes de roca en tonos claros a las que llaman "tufa towers". En la orilla pasean gaviotas por encima de manchas negras que parecen algas, pero en realidad son insectos de tamaño diminuto que van abriendo un camino según avanzan las aves.

Lamentamos no haber previsto que nos gustaría tanto el sitio, ya que es una tentación empezar a caminar bordeando el lago durante un largo tiempo. Sin embargo, es hora de volver hacia el coche y tomar la carretera de Tioga Pass para, esta vez sí, llegar al Parque Nacional de Yosemite.

Todavía no hemos alcanzado la entrada oficial al parque cuando ya hemos hecho dos paradas en miradores dispuestos a lo largo del camino. El primero, impresionante: precipicios, dos cascadas y pequeñas zonas nevadas en las cotas más altas. Al contrario de lo que esperábamos, las caídas de agua todavía llevan un caudal aceptable, evidentemente mucho más reducido que el que puede encontrarse en primavera, la mejor época para visitar Yosemite. Este mirador nos despide con las primeras gotas de lluvia cuando volvíamos hacia el coche.

El ordenador a bordo indica 7 grados en el exterior a las 12:13, en el preciso instante que atravesamos las barreras del parque utilizando el Annual Pass. F le da el toque de humor: cuando el funcionario nos da la bienvenida con un "Welcome to the park" el responde por instinto "Welcome", para acto seguido girarse hacia el coche y emitir un "¡ouch!" como lo haría Homer Simpson.

Nuestra primera parada dentro del parque es en Tuolumne Meadows. Nos topamos con la primera gran roca de granito, a la que nos encamaramos un puñado de metros con sumo cuidado, ya que el suelo está mojado y muy resbaladizo. Produce un impacto considerable ver una colina de ese tamaño y geología. Siguiendo un poco más la carretera, todavía sin perder de vista la gran roca, alcanzamos un paisaje idílico con ciervos comiendo del pasto en la orilla de un río.

Ha llegado la hora de comer, y nos paramos en una zona de descanso junto a Tuolumne Meadows. Compramos algo ligero en el supermercado junto a las mesas, con la idea en mente de cenar pronto y algo de sustancia, ya que en todo el viaje ni una sola vez hemos comido por la noche en condiciones por falta de apetito. Algunos recaemos en la versión norteamericana del pamboli: galletitas saladas con lonchas de queso cheddar y pavo.

Tras el mediodía, alcanzamos al fin el primero de los puntos que traíamos anotados de casa. Tenaya Lake está bien, pero con esta temperatura es impensable bañarse en sus aguas aprovechando una pequeña orilla formada en un lateral dando la ilusión de tratarse de una playa. No tocamos el agua, ni falta que hace. Se da aquí la curiosa situación de tener agua frente a nuestros pies, y nubes a escasos metros por encima de nuestras cabezas, recordándonos que nos encontramos ya a 3000 metros de altura. El lago no está para nada seco, aunque eso era para lo que nos habían preparado las experiencias de otros viajeros que habían visitado el parque en esta época del año.

No nos lleva mucho tiempo el recorrido en coche hasta Olmstead Point. Desde aquí se tienen vistas al lago desde un punto elevado, pero queda demasiado lejos, desluciendo el paisaje. Cuesta creer que en tan poco tiempo hayamos avanzado lo suficiente por la ladera para que el lago resulte tan lejano. Retomamos la marcha hacia el valle, con 7 grados en el termómetro. Tras varios días de calor sofocante, a estas alturas ya tenemos un frío considerable.

Hasta ahora y exceptuando el chaparrón de Monument Valley, el tiempo había sido benevolente con nosotros. Eso iba a cambiar en este preciso instante, cuando el cielo queda totalmente cubierto por nubes y dan paso a un diluvio considerable. Sin atisbo de que se trate de una tormenta esporádica, parece claro que esta tarde en Yosemite ya está perdida.

La circulación hacia el Village donde se ubican todos los hoteles es cada vez más complicada, con una visibilidad casi nula, utilizando como única referencias las luces del coche que tenemos delante y con el termómetro marcando ya apenas 2 grados. Pasamos junto a grandes extensiones de bosque y creemos intuir más bloques de granito, pero pararse a confirmarlo no es una opción.

Nos acercamos tras un eterno viaje a la villa. Pasamos frente a las cascadas de Bridalveil, que todavía llevan suficiente agua como para poder distinguirse. Según avanzamos, deseamos con más fuerza que mañana el día despierte con mucho mejor aspecto, ya que sería una lástima no poder disfrutar en condiciones de todo lo que ahora estamos intuyendo.

Nos adentramos en Yosemite Village y, finalmente, en nuestro hotel, el Yosemite Lodge at the Falls. Yosemite Village cuenta con hasta cuatro zonas de alojamiento. Por orden de categoría y precio, tenemos el Housekeeping Camp, que no es más que una zona habilitada para acampar con tu propio equipo, el Curry Village, que alterna cabañas de tela y de madera, algunas de ellas con baño propio, el Yosemite Lodge at the Falls, pequeñas habitaciones en edificios de madera de dos plantas, y el Awanahee Hotel, supuestamente las instalaciones de mayor nivel del parque. Adicionalmente, en la zona más al sur del parque, cerca del área de secuoyas, se le añade el Wawona Hotel, supuestamente de nivel medio-alto. Nosotros nos quedamos con el segundo peldaño, así que tras varias vueltas damos con la recepción del Yosemite Lodge at the Falls.

Nos informan de que ya tenemos asignado un número de habitación pero, al haber llegado con una hora de antelación respecto a la indicada, debemos esperar para que este acondicionada y nos entreguen las llaves. Aprovechamos esta espera para localizar una lavandería, ya que tenemos acumulada ropa sucia de varios días. La encontramos, no sin dar antes un par de erráticas vueltas en coche, en la zona de acampada de Housekeeping Camp, tomando desde nuestro hotel las indicaciones que llevaban al Curry Village.

La lavandería es un absoluto caos, ya que comparte instalaciones con las duchas compartidas de los que se alojan en esta zona. Tras tomar un café bastante aceptable en el colmado cercano, conseguimos una lavadora libre y programamos un lavado en frío de 35 minutos. M y F se quedarán esperando a conseguir una secadora mientras L y yo llevamos el equipaje a la habitación, ahora que ya son las 17 horas. A la vuelta, traeremos vacía la mayor de nuestras maletas para usarla a modo de cesta de la ropa limpia.

La habitación asignada es la 4109, localizada en el edificio "Aspen". El acceso al edificio está empantanado, cuesta encontrar una vía por donde no hundir los pies y cargar con el equipaje no ayuda. La primera impresión del cuarto es buena, pero no tardamos mucho en encontrar los primeros defectos. Las camas son algo pequeñas, pero lo más grave vendría en lo que a higiene se refiere. Una trampilla frente al balcón deja entrever todo tipo de telarañas, y las repisas más elevadas tienen el aspecto de no haber pasado un trapo por ellas en muchísimo tiempo. No creo que haya que preocuparse por los osos, si quizás ya tengamos todo tipo de fauna conviviendo con nosotros. La habitación tuvo un coste de 386 euros por dos noches.

Lo que no se le puede negar al hotel es la maravilla que lo rodea, aunque eso no sea mérito suyo. Nada más salir del aparcamiento frente al edificio, tenemos a mano derecha las Yosemite Falls, viendo íntegramente la caída de agua en la cascada superior, y un pequeño avance de la cascada inferior.

Volvemos hacia la lavandería con nuestra monstruosa maleta roja vacía. Jack, la enésima amistad que había entablado mientras esperábamos a una lavadora, ha dejado libre su secadora a M y F, incluso con todavía 7 minutos de marcha que le habían sobrado. El lavado nos queda mejor que nunca tras 40 minutos de secado.

Descargamos la ropa renovada en la habitación y vamos a cenar, aunque apenas sean las 19 horas. Sin salir de la zona del Lodge, nuestro hotel, nos asustamos al pasar frente al Restaurante, que tiene aspecto más propio de gran salón de ceremonias que de área donde comer tras un día de excursión. Los precios también van más en la línea del primer caso.

Decidimos que lo mejor será comer en el Food Court, que es la clásica superfície de mesas con un rincón habilitado con algo a medio camino entre los kioskos de comida y un auto-servicio. Unos nos decidimos por el cerdo, otros por el pescado, y L por la hamburguesa. Con suministro infinito de bebida, nos sale a cada uno por aproximadamente 15 dólares, algo caro para lo que vamos a cenar. Tanto el alojamiento, como la ropa y las tiendas de variedades están subiditas de precio. Mañana veríamos claramente que Curry Village parece la opción con mejor calidad/precio para permanecer en el parque.

Hace varios minutos que la lluvia ha cesado definitivamente, esperemos que no se haya tomado un descanso y mañana nos de una tregua. Pasan las 20h cuando volvemos a la habitación. El acceso a internet funciona mediante claves por dispositivo a solicitar en recepción y con validez por 24 horas. Ninguna de las 4 que nos han entregado funciona, así que vuelvo, linterna en mano, a por otras 4 esperando tener más suerte. Aprovecho el viaje para informar de que el teléfono del cuarto no tiene línea, y que solo se nos ha dispuesto 2 toallas cuando somos 4 huéspedes.

Los 5 minutos a pie desde el edificio Aspen hasta la recepción continúan embarrados. Jamás hubiera creído que un sitio como Yosemite, acostumbrado a fuertes lluvias y temporales dada su ubicación y altura, no estuviera debidamente preparado para disponer por lo menos de senderos de piedra por los que transitar.

Termina el día muy pronto, esperando despertar con los primeros rayos de sol y aprovechar el día. Por ahora nuestra impresión es que el parque es increíble, pero las instalaciones podrían estar muchísimo mejor diseñadas para evitar problemas como el ruido, los charcos o la escasa señalización sin suponer ello un aumento del coste.

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