Las Vegas, Death Valley, Bishop

10 de septiembre de 2011

Despertamos por última vez en la ciudad de Las Vegas. Con las maletas ya preparadas y el resto del equipo debidamente avisado sobre la hora de partir, nos echamos enseguida a la calle para cumplir los dos últimos objetivos antes de abandonar el lugar. El primero, visitar los interiores del Bellagio, el casino de lujo que tenemos justo al otro lado de la calle. El segundo, conseguir fichas de 1 dólar para repartir a la vuelta entre los compañeros de trabajo.

Como todas las mañanas, reviso la cotización del dólar para saber si hoy somos un poco más ricos o más pobres. Desde hace varios días, el euro parece estar en caída libre y ya hemos perdido varias décimas al cambio respecto a cuando empezamos. Los hoteles que están por llegar serán un poco más caros que hace unos días.

Rodeamos las fuentes, que a esta hora descansan, para acceder al interior del Bellagio. No tenemos mucho tiempo, pero lo poco que recorremos por sus espacios comunes nos basta para verificar que está varios peldaños por encima de la media. Todo mantenido de forma impecable, con estancias muy amplias y una decoración sobresaliente. Me dirijo a las ventanillas de caja para conseguir mis fichas, y no me ponen mayor impedimento que esperar unos minutos a que vayan a buscarlas al depósito. Sospecho que en un casino de esta categoría las fichas de 1 dólar resultan casi anecdóticas y no las tienen precisamente a mano. Mientras espero, en la ventanilla contigua un hombre con sombrero de cowboy canjea el ticket de un premio y recibe a cambio una buena montaña de billetes de 100 dólares.

Nos dirigimos ahora hacia nuestro casino vecino, el Planet Hollywood. Efectivamente, teníamos un starbucks a escasa distancia de nuestro hotel en su interior, sin necesidad de caminar tanto como hicimos ayer en la otra dirección. En la cola nos encontramos a M y F, media hora antes de la hora que habíamos acordado para reagruparnos. El Barça está ganando 0 a 2 en Anoeta y el Sevilla 0 a 1 en El Madrigal. Todos contentos. Tomamos cafés y cruasanes, ya que hoy no ha habido suerte y no quedan buenísimos bizcochos de banana y nueces.

Recordando las conversaciones mantenidas durante los últimos días, siento que mi inglés ha mejorado una barbaridad en este escaso periodo de tiempo. Mi comprensión oral ha dado un salto cualitativo y casi alcanzo ya el nivel para mantener una conversación fluida sin detenerme apenas en pensar cómo formular alguna frase. Si viniera a vivir aquí durante un año, no quiero ni imaginarme cual sería el resultado.

Regresamos por última vez a nuestras habitaciones del París. Antes de partir, el sistema interactivo de la televisión se cuelga cuando intentamos consultar la factura y aparece una imagen que recuerda sospechosamente a un Windows 3.11, de los de hace muchísimo tiempo. Rellenamos la tarjeta del "Checkout Express" que nos entregaron al llegar, y las depositamos en un pequeño buzón en el hall de los ascensores, con las llaves magnéticas dentro.

F intenta conseguir sus propias fichas de recuerdo, pero no tiene tanta suerte. Primero desde las cajas le indican que debe cambiarlas en la propia mesa de juego, y posteriormente un croupier le informa de que el canje mínimo es de 20 dólares. No pensaba gastarse tanto, así que desiste. Cargamos con las maletas y bolsas con ropa para lavar hasta el aparcamiento. Con el coche ya cargado tras varios días sin hacerlo, salimos en dirección al sur, a la búsqueda de una foto de grupo más. El cartel de Welcome to Las Vegas no tarda en aparecer en la mediana del Strip poco después de pasar el Mandalay Bay, con un parking junto a él especialmente habilitado para que los turistas se detengan a conseguir su foto.

Nos unimos a la que, en palabras de F, debe ser la cola más estúpida que jamás realizaremos. Empieza a chispear y el cielo se ha tapado por primera vez desde que estamos en Nevada. Según se acerca nuestro turno, configuro la cámara en modo manual para dejarla a punto, ya que quedaremos a expensas de la pareja que tenemos detrás y no necesariamente deben tener ojo para la fotografía. La cosa sale bien, e irónicamente conseguimos nuestra foto de bienvenida a Las Vegas en el preciso instante que abandonamos la ciudad.

Continuamos por la misma vía y dirección, buscando un enlace con la interestatal 15 en sentido hacia el sur. La primera salida que nos indica María nos lleva a una carretera cortada sin más opciones que dar media vuelta e intentarlo por la siguiente. Definitivamente, el GPS y Las Vegas jamás se reconciliarán.

Nos ponemos en ruta, voy yo al volante. Todavía en pleno desierto, la temperatura exterior es de unos insólitos 20 grados. Coincidimos en ruta con un grupo de moteros a bordo de sus Harley Davison. Uno de ellos, detenido en el arcén, se incorpora a la vía sin mirar y afortunadamente puedo evitarlo a tiempo invadiendo el carril contrario en ese momento vacío. Por lo menos ahora sabemos que el claxon del Dodge funciona. Las nubes no abandonan el paisaje, pero ha dejado de llover cuando Las Vegas desaparece definitivamente en los retrovisores.

Alcanzamos el pueblo de Pahrump, una de las paradas previas a nuestro próximo destino y que para L y para mi tiene un significado especial gracias a un capítulo de la infravalorada serie "Studio 60 at the Sunset Strip". Repostamos gasolina y compramos la cantidad de agua recomendada para cruzar el valle de la muerte: un galón (algo menos de 4 litros) por persona. La dependienta de la gasolinera, señora mayor para variar, caza al vuelo hacia donde nos dirigimos cuando me ve llegar con las garrafas de agua.

Poco después de salir de Pahrump, giramos a la izquierda por el desvío de Bell Vista Road, que nos llevará directos al cruce de Death Valley Junction. Una vez superado Las Vegas, el GPS vuelve a ser una herramienta muy útil. Pasado el cruce, iniciamos la travesía por la carretera 190 que atraviesa el Parque Nacional. La temperatura ya ha subido a los 30 grados.

No tardamos en topar con el cartel que nos da la bienvenida a Death Valley National Park. Como consecuencia del calor, aquí no hay garitas donde enseñar el pase anual, y no es hasta llegar a la villa dentro del parque cuando nos darán un resguardo para el coche tras mostrar nuestra entrada. Por ahora no está haciendo ese temible calor que imaginábamos, pero si sopla viento fuerte. El paisaje ya se ajusta a lo que esperábamos encontrar.

Tras varias millas nos desviamos a la izquierda para iniciar el ascenso a Dante's View. El límite de velocidad hasta llegar a la cima es ridículamente bajo, en mi opinión solo justificado en un último tramo que no permite el paso de camiones y otros vehículos de cierto tamaño. Bajamos del coche y llegamos al primer "ooooh" de la jornada.

La vista aparece de forma abrupta: una gran caída al vacío que apunta a Badwater Basin, una extensa superfície de sal a 86 metros bajo el nivel del mar. El mirador consta de un sendero con caída pronunciada a ambos lados, pero lo suficientemente ancho para no provocar inseguridad. La temperatura ha descendido hasta los 24 grados como consecuencia de ascender a 1669 metros.

Usamos la carretera para descender hasta el punto en el que nos desviamos, y seguimos el curso de la 190 hasta Zabriskie Point, que supone una muy grata sorpresa. Tras un leve ascenso a pie, asomamos a un paisaje con muchas tonalidades de amarillo y un fuerte viento que viene del este. Las alarmas de calor ya empiezan a dispararse, 35 grados y subiendo.

Seguimos hasta la villa del parque, en Furnace Creek. La oficina de correos está cerrada, por lo que nuestras postales de Arizona y Las Vegas quedarán sin sello una jornada más. El restaurante steakhouse también permanece cerrado, parece que la norma en este tipo de local es servir solo cenas. Comemos en el Saloon por 24 dólares de media, raciones aceptables pero tampoco excesivas. Buena variedad de cervezas y la camarera, una vez más, un encanto.

Por una vez, terminamos el plato sin salir rodando y me toca preguntar si sirven postres. En inglés, los postres se llaman "dessert", pronunciado como una palabra aguda. Sin embargo, fallo el tiro y le pregunto a la camarera si tienen "desert", que es una palabra llana. El resultado es que le acabo de preguntar a una camarera, en pleno Death Valley, si tienen desierto. Afortunadamente hace caso omiso del error y se limita a contestar que no tienen, aunque mis compañeros de viaje ya empiezan a reírse del asunto.

Ya comidos, iniciamos la carretera que se dirige al sur en dirección a Badwater Basin. Cogemos un desvío más, correspondiente a Artist Drive, que es de un único sentido. Cometemos el error de hacerlo en la ida hacia Badwater, cuando en realidad debe recorrerse a la vuelta para evitar repetir varios kilómetros.

Artist Drive, y el punto de Artist Palette en concreto, están bien pero no llegan a sorprendernos. Las rocas se tiñen de colores insólitos como producto de la oxidación de varios metales, dándole la apariencia de paleta de pintor que le da nombre. Aunque curioso, el contraste de colores no es tan impactante como parecía en las fotografías que habíamos visto con anterioridad al viaje. Puede que fuera una cuestión de iluminación. Solo lo considero una parada imprescindible para el que tenga un gran interés geológico o fotográfico.

La tarde ya ha avanzado demasiado cuando llegamos a Badwater Basin. El GPS nos asusta al decir que todavía faltan 5 horas para alcanzar nuestro hotel de esta noche, así que recorremos el "embalse" durante escasos minutos. Una verdadera pena, porque a mi juicio resulta el lugar más insólito e interesante de todo el Death Valley que hemos tenido tiempo de ver. Le apetece a uno caminar y caminar hacia el horizonte hasta verse completamente rodeado de sal, pero ya no podemos permitirnos esa opción si no queremos poner en riesgo la reserva.

Empezamos el eterno trayecto hasta nuestro hotel en Bishop. Muchos puntos de interés del parque se quedan en el tintero: Devil's Golf Course, Mosaic Canyon, las dunas. Las distancias han resultado más grandes y los límites de velocidad más bajos de lo que preveíamos. La sensación que me queda de Death Valley es que tiene muchísimo potencial, más del que creía, pero para descubrirlo sin perder detalle es necesario hacer noche en el único hotel disponible dentro del parque.

Hace unas horas, habíamos repostado en Pahrump al precio de 3,4 dólares el galón. Antes de abandonar Death Valley, tenemos tiempo de ver que el coste dentro del parque es de 5,5 dólares por galón. Como los internautas recomendaban, lo más sensato es repostar justo antes de adentrarse en el valle.

Ponemos rumbo a Bishop. El trayecto es largo, entretenido, y divertido si te gusta conducir a escasa distancia de un precipicio sin apenas protección. O por lo menos eso me cuentan L y F, ya que tanto M como un servidor caemos redondos de sueño en los asientos traseros del coche y no despertamos hasta que nos detenemos en una gasolinera cerca de la meta.

Tras pasar los pueblos anteriores, todos llenos de moteles pero carentes de hoteles, llegamos al Holiday Inn Express a las 22:30 horas. Decidimos avanzar hasta uno de los últimos pueblos disponibles para empezar la mañana siguiente lo más cerca posible de la entrada a Yosemite. Ahora tenemos 17 grados centígrados, 23 menos que hace apenas unas horas. Un día complicado para elegir vestimenta. La habitación para 4 nos cuesta algo menos de 140 euros.

Todavía le queda tiempo al día para que F salve la maleta de M por segunda vez, esta vez trampeando la cremallera después de que su dueño perdiera la llave del candado. Paseando por las instalaciones del hotel, vemos a través de las ventanas una piscina interior con un aspecto fantástico pero que, lamentablemente, no podremos disfrutar ya que al día siguiente saldremos muy temprano.

Solo queda revisar el correo gracias a una conexión wifi bastante deficiente, y descansar para una próxima jornada que se preveé igualmente intensa. La vuelta a la mecánica de carretera ha sido duro, y estamos todos exhaustos.

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