Las Vegas, día 2. Premium Outlets South, Stratosphere, Fremont Street

9 de septiembre de 2011

Tercer y último día completo en Las Vegas. Mañana volveremos a echarnos a las carreteras de la costa oeste, pero antes nos queda una jornada más para disfrutar o, según se mire, sufrir de esta ciudad que a todos nos ha dejado estupefacto.

Dicen las voces de la experiencia que, al programar un viaje, no hay que excederse en los días reservados para la ciudad del pecado. Que, en realidad, basta con una o dos noches para satisfacer la curiosidad y, tras eso, lo mejor es ganarle tiempo a otros destinos más interesantes. No estoy del todo de acuerdo: Las Vegas es superflua, su interés turístico es relativo, pero nunca te va a sobrar tiempo a menos que pases aquí semanas enteras. Siempre habrá algo que haya quedado en el tintero o, en su defecto, algo que te haya gustado lo suficiente como para repetir. En nuestro caso, creo que nos hubiéramos podido permitir un día más aprovechando los bajos precios y buenas instalaciones del hotel.

Todo este discurso viene a coalición de que, a la hora de la verdad, no tuvimos ni un momento de respiro para descansar durante varias horas seguidas. Y es que, desde el momento de iniciar el día, el plan de disfrutar de la habitación y la piscina se fue diluyendo en favor de otra posibilidad: la de visitar el otro centro comercial de la ciudad, situado al sur del Strip.

Pasamos la primera hora del día meditando qué hacer finalmente mientras ponemos en orden un equipaje que ha engordado sensiblemente en las últimas horas. Y es durante ese proceso cuando L descubre que compró por error dos sudaderas de GAP idénticas. Era la excusa que necesitábamos para terminar de decidirnos.

Nos ponemos de acuerdo con M y F, a los que evidentemente no vamos a arrastrar a un oasis de compras dos días seguidos. Les hemos despertado, pero cuando recuperan la lucidez oyen nuestra propuesta de separarnos y reunirnos para la hora de comer y les parece bien. L y yo nos ponemos en marcha.

El estómago empieza a pedir su ración de protagonismo, así que antes de poner rumbo al outlet buscamos el Starbucks más cercano. Y erramos: en lugar de salir hacia la izquierda y encontrar uno a escasos metros dentro del Planet Hollywood, salimos hacia la derecha y perdemos casi 1 hora entre ir y venir hasta el Harrah's, allí donde termina el enorme Caesar's Palace en la acera contraria. A estas horas de la mañana baja la densidad de sudamericanos ofreciéndote chicas ligeras de ropa, pero su acoso lo reemplazan comerciales de empresas de excursiones y espectáculos.

Tras el café de rigor, otra espectacular cookie y la vuelta al París, cojo las riendas del Dodge Journey y nos vamos hacia el sur. Tras una salida a la autopista casi anecdótica, en apenas 15 minutos nos plantamos frente al Las Vegas Premium Outlets South. Tanto el aparcamiento como los exteriores parecen muy tranquilos, pese a haber pasado un rato desde el centro abrió sus puertas. Salvo un par de edificios satélites, todo el centro comercial está en un mismo recinto cerrado, así que olvidaremos el calor de Nevada durante unas horas.

Empezamos por lo que nos ha empujado definitivamente aquí: la tienda GAP Outlet donde devolver la sudadera repetida y, ya que estamos, echar un nuevo vistazo. Le siguen las mismas preferencias que ayer: Levis, Tommy, Skechers... Tras dar un repaso a las compras del día anterior, queremos compensar algunos desequilibrios como la falta de ropa de manga larga, algo de calzado para L o ropa interior.

Encuentro una tienda que no me esperaba: Hot Topic, un paraíso de temática friki-punk lleno de camisetas con referencias televisivas, cinematográficas y del mundo de la música. Discos en vinilo de grupos como Green Day, y música de Blink-182 sonando por megafonía. Es tal la saturación de tentaciones, que termino por no comprar ninguna.

Nos cunde la mañana y volvemos a darle un buen susto a la cuenta bancaria, especialmente en Levis y Tommy Hilfiger. A ratos encuentro redes wifi, aunque no funcionan demasiado bien. Al contrario que ayer, no compramos ni una sola botella de agua, cosas de estar en interiores.

A través de mensajes de texto que nos sacan del apuro cuando la comunicación entre las parejas es muy necesaria, quedamos finalmente en vernos a las 15:00 en la entrada del comedor buffet del casino Excalibur. Es uno de los más recomendados, especialmente por la relación calidad-precio. Además, no podíamos abandonar Las Vegas sin probar como mínimo uno de sus cacareados buffets.

La improvisación sobre la marcha augura algunos lamentos: creyendo que pasaríamos por el hotel antes del mediodía, no llevo encima más que la cámara compacta. Sin embargo y aprovechando la cercanía, despues de comer visitaremos algunos hoteles de los cuales estaba muy interesado en sacar instantáneas. En el trayecto hacia el Excalibur pasamos junto al popular cartel de "Welcome to Las Vegas", pero esa es una parada que pertenece al próximo día.

Dejamos el coche en un aparcamiento escondido entre el castillo del Excalibur y la pirámide del Luxor. Quedamos aliviados al ver aparecer a M y F casi al mismo tiempo que nosotros en el buffet. Ellos han venido caminando, repitiendo a la luz del día parte del trayecto que hicimos en nuestra primera noche en Las Vegas. Es tan necesario como aconsejable dividir el grupo periódicamente, de hecho ya teníamos en mente aprovechar las grandes ciudades para tomar caminos diferentes, aunque con el factor novedad de Los Ángeles no llegamos a ponerlo en práctica.

Efectivamente, el buffet del Excalibur es muy barato en contraste con otros. 16 dólares más tasas, e incluye todas las bebidas excepto las alcoholicas. El repertorio está muy bien: ensaladas y entrantes buenísimos, tanto que llego sin apetito a los platos fuertes. Moldes y relleno para hacer tus propios tacos mejicanos. Los postres tienen un aspecto fantástico, porciones de mil y una tartas posibles dispuestas en bandejas. El servicio de autorellenado de bebida incluye una máquina de capuccinos que me animo a probar, pero apenas consumo la mitad de la gigantesca taza en la que se sirve. Buenísimo con un toque de vainilla, en cualquier caso.

Salimos rodando del buffet, hacía muchos días que no comía tanto. Alcanzamos la entrada del Luxor. Esperaba que la pirámide fuera mucho más grande: no es tan fácil como imaginaba verla desde lejos ya que no está en primera línea de la calle y queda oculta por sus vecinos, y desde cerca la impresión no es la misma. De noche, eso si, su rayo de luz apuntando al cielo puede verse desde cualquier zona que no esté infestada de luces parpadeantes.

Entramos a la pirámide. La ambientación egipcia está medianamente bien lograda, y observar las paredes interiores gana enteros cuando sabes que en esos diminutos pasillos es donde están los accesos a las habitaciones. Salir de ellas y mirar hacia abajo debe ser espectacular, pero desde la planta baja no resulta tan impresionante. Vemos puertas de habitaciones en los lugares más inesperados, como en una planta intermedia demasiado cerca del alboroto, o junto a los baños públicos. Por muy barato que sea (que lo es) no sería el hotel que más recomendaría si piensas invertir muchas horas en descansar en tu habitación.

Como es lógico, solo los huéspedes pueden acceder a la piscina y nosotros nos limitamos a adivinar una pequeña esquina de ésta. Lo suficiente para ver la enorme afluencia de gente, semejante a la de un parque acuático. Definitivamente, si es posible conseguir un buen descuento en hoteles de mayor categoría como el París, descartaría la pirámide.

En una planta superior se habilitan exposiciones. A día de hoy hay dos opciones: una llamada Bodies sobre anatomía que puede resultar interesante, y otra sobre el Titanic. Es dentro de este hotel donde vemos nuestra primera capilla en Las Vegas. Y no solo eso, además está en pleno funcionamiento: sale una novia y llega otra, con la dama de honor aguantando el vestido con una mano y sujetando una cerveza con la otra. Ah, Las Vegas...

Volvemos sobre nuestros pasos para volver al Excalibur y atravesar la pasarela que lo conecta con el MGM. Dejamos atrás definitivamente el Mandalay Bay, ya que no nos atrae especialmente y el tiempo disponible empieza a escasear. En el camino vemos, esta vez con luz del día, la fachada "buena" del New York New York, con su montaña rusa en marcha. Soy el único del grupo al que le gusta este tipo de atracciones, así que me quedo con las ganas.

Entramos al MGM Grand, junto a una pequeña selva tropical en la que no habíamos reparado la primera vez. Y esta vez si, vemos a los leones... o leonas, en este caso. Las miramos con admiración, aunque con una mueca que se podría traducir como "esto no está bien". A las dos leonas que salen a la superficie se les ve confusas. Una de ellas no hace más que dar vueltas en un espacio de pocos metros, desorientada. Ni mucho menos dan la sensación de encontrarse en su hábitat natural.

Y para colmo, en una pequeña sala visible a través de un gran cristal, una empleada alimenta a dos cachorros en fase de biberón mientras los turistas golpean la ventana y disparan cientos de flashes en cuestión de segundos. Aunque fuera igualmente ignorado, no estaría de más un mísero cartel que diga "Respeten a los animales", pero ni eso. Salimos con un sentimiento muy desagradable.

Damos por terminada la expedición en esta zona del strip. Volvemos al coche y hacemos una parada en nuestro hotel para que yo vaya disparado hacia la habitación y coger la cámara. El tiempo se agota y es deseable llegar al próximo destino antes de que caiga el sol. Perdemos unos minutos preciosos y no todos están de acuerdo, pero no pienso subir al mayor mirador de Las Vegas sin la mejor cámara de que dispongo.

Hacemos el recorrido al Stratosphere por la calle paralela al este del Strip con la esperanza de ganar algunos minutos. Las vistas traseras del Palacio de Versalles donde nos hospedamos son deprimentes: un solar lleno de camiones aparcados y un parque eléctrico. Definitivamente, el show de los pasaportes valió la pena.

Cuando volvemos a Las Vegas Boulevard ya estamos a la altura del Wynn y el Encore, los hoteles gemelos con aspecto sobrio y fachada dorada. Seguimos rectos hasta el parking del Stratosphere, a mano izquierda justo antes de alcanzar la torre.

El acceso al mirador en lo alto del edificio cuesta 14 dólares. Pagando aparte, hay disponibles distintas atracciones a disfrutar desde las alturas. El Big Shot es un ascensor que sale disparado hacia arriba para luego caer al peso, como un Hurakán Condor de Port Aventura en sentido inverso. El X-Stream es un pequeño tramo de montaña rusa en cuyo extremo la vagoneta frena en seco, con la consecuente impresión de precipitarse al vacío. El Insanity es una atracción giratoria con la peculiaridad de mantenerse suspendida sobre la ciudad de Las Vegas. Y por último, el Sky Jump es una caída libre controlada por cables emulando lo mejor posible cómo sería practicar puenting desde lo alto de la torre.

Alcanzamos vía ascensor los más de 260 metros de altura a los que se sitúa el mirador. En el primer piso, todavía bajo techo, las vistas están presentadas por una pared acristalada. Es aquí donde está la plataforma de lanzamiento del Sky Jump. Y yo, que me considero bastante osado en lo que a montar en atracciones se refiere, encuentro mi límite. Solo de ver a los valientes caer al vacío desde esa altura, con el sonido de los cables y el viento que asoma por la pasarela, se me pone la piel de gallina. Me aterra la mera posibilidad de hacer algo así... y creo que muchos de los que se atreven lo comparten, ya que por su aspecto diría que han necesitado un par de cervezas para decidirse.

En la tienda de souvenirs más alta de Las Vegas, a M y a mi nos clavan 5 y 4 dólares por cerveza y agua. Subimos unas escaleras y salimos al exterior, al verdadero mirador. Aquí están el resto de atracciones: visto el Sky Jump, el resto me parecen bastante más asequibles, pero tambien merecen un respeto.

Por desgracia el sol se despedía justo cuando subíamos en el ascensor, y a estas alturas ya tenemos noche casi cerrada. Hacemos lo que podemos: la zona noble del Strip queda demasiado lejos y con un objetivo réflex "normalito" tampoco se pueden hacer grandes alardes. Una de las cosas más impresionantes es ver como la cuadrícula de luces se pierde en el horizonte. Las Vegas, olvidando los casinos y concentrándose en la ciudad en si, es una colmena sin fin.

Terminada la experiencia del mirador, nos volvemos a dividir. F y M quieren aprovechar su última noche en Las Vegas para descubrir, más si cabe, la oferta de ocio a estas horas. L y yo les dejamos en el París y volvemos a recorrer el Strip hacia el norte, buscando esta vez alcanzar la "vieja" Las Vegas.

El GPS acierta esta vez al llevarnos a Fremont Street, y como no quiero dar muchas vueltas accedo al parking oficial, con una tarifa de 1 dólar por cada media hora alcanzando un máximo diario de 10 dólares. Debe tratarse de uno de los pocos parkings no gratuitos de Las Vegas, ya que en todos los casinos de la zona noble puedes dejar tu coche sin que nadie te lo impida.

Basta atravesar un cruce para llegar a nuestro destino. Se presenta ante nosotros Fremont Street, hogar de los casinos que antaño eran la élite de la ciudad y cubierta con una gigantesca pantalla donde se proyecta el espectáculo del Viva Vision. Desde las 20h y hasta medianoche, cada hora tiene lugar un pase ambientado en diversas épocas y bandas míticas. Nosotros sentimos preferencia por ver los dedicados a Queen y Kiss, pero no hemos revisado la agenda y no sabemos si habremos acertado.

Hacemos un primer alto en el casino Fitzgerald's para entrar al baño y, sorpresa, encontrar por fin las salas de máquinas que esperábamos ver. Lejos de moderneces, aquí todavía se estila usar vasos de cartón para acumular los centavos. Y de propina, desde aquí conseguimos una conexión a internet desde la que dentro de un rato transmitiremos nuestra felicidad.

Volvemos a la calle justo a tiempo para ver los últimos minutos del pase de Viva Visión. No reconocemos su temática, pero igualmente nos gusta. Han habilitado una tirolina que cruza la calle de extremo a extremo por la que la gente se lanza. Debe ser toda una sensación que tu turno coincida con el momento en el que todo el público mira al techo.

Terminada la proyección, nos adentramos en nuestra primera tienda de souvenirs de la antigua Las Vegas. Y es cierto lo que dicen, los artículos de recuerdo son mucho más baratos aquí que en cualquier otro sitio del Strip. Y además, algunos son de un hortera que asusta, lo cual es perfecto para objetos que pretenden transmitir la naturaleza del lugar.

Salimos a Fremont Street por segunda vez y ambos sentimos que algo está ocurriendo. Desde que llegamos a Las Vegas hemos tenido momentos de diversión, pero no ha sido hasta ahora cuando por acto reflejo se nos ha dibujado una sonrisa en la cara. La antigua Las Vegas resulta ser nuestro lugar favorito y de ello tiene culpa el ambiente, igualmente alcoholizado pero no impregnado de esa sensación continua de vicio y lujuria. Pero, sobre todo, la clave está en la música.

Observamos que hay habilitados en ambos extremos de la calle sendos escenarios bajo el rótulo de "Fremont Street Experience". En el más cercano a nosotros un grupo con batería, guitarra y otros variopintos componentes interpretan el que podría ser perfectamente un concierto oficial de M80 Radio. Suenan temas de Michael Jackson, B-52's, David Bowie... y como fin de fiesta, el inevitable Walking on Sunshine. Entre los cantantes bailarines tenemos al rapero, el elegante, el rockero, la mujer fatal, el friki, o la chica colorida. Algunos cantan mejor que otros, pero toda la actuación está cubierta de un halo de fiesta de fin de año que te obliga a mover los pies al ritmo de la música.

Investigamos los letreros y descubrimos de qué va la cosa. De jueves a martes, cada noche interpretan el mismo concierto repetidamente entre pase y pase del Viva Visión. Y viendo como se mueven todos (incluído el friki, que es todo un personaje), deduzco que debe ser agotador. En el otro escenario descubriríamos más adelante que el concierto es mucho más en clave de rock duro, perfecto para un perfil más cercano al de uno de mis hermanos mayores, obseso del guitarreo.

Termina el pase del concierto al que nos hemos enganchado y las luces se apagan para dar paso a una nueva proyección. ¡Empieza a sonar We Will Rock You! Aquí tenemos el ansiado pase de Queen. Cuando de vez en cuando quito el ojo del visor de la cámara y contemplo a mi alrededor, no puedo evitar emocionarme. Este sitio es muy especial.

En algunos momentos del recital de Freddy Mercury y compañía el público enloquece. Termina la proyección, y no pasa ni un minuto cuando ya han vuelto los ochenteros al escenario. La fiesta no se detiene ni un instante. Parece que en este oasis en pleno Nevada la década de los 80 nunca terminó, y todo el que me conozca sabe que no en cuerpo, pero si en alma pertenezco a esos tiempos. Vemos el fragmento de concierto al que no habíamos llegado a tiempo previamente, y acto seguido compramos algún souvenir más.

Antes de marcharnos, hacemos tiempo paseando por casinos emblemáticos, como el 4 Queens o el Golden Nugget. Todavía no nos vamos por dos motivos: primero, porque me quedaría aquí horas y horas, y segundo, porque tras la proyección de Queen ya han anunciado cual es la temática del siguiente. Las canciones de KISS ponen el broche perfecto a una noche maravillosa en pareja.

Recogemos el coche, pagando 5 dólares por las casi 2 horas y media de aparcamiento. Y más que hubiera pagado a cambio de lo vivido. Volvemos "a casa" por el Strip, observando por última vez el espectáculo de luces de la zona norte de la calle.

Ya en París, L no se atreve a cenar por su frágil estómago pero yo, todavía cargado con las compras que hicimos a primera hora de la mañana, me detengo frente a la ya conocida crepería. Esta vez pido una crêpe dulce para llevarme a la habitación. Acabo escogiendo la de nueces y pera, que viene acompañada con nata y caramelo. Pese al hambre que tenía soy incapaz de terminarla, aún siendo un regalo para el paladar.

Solo queda negociar la mañana siguiente antes de ir a dormir. Mediante un papel bajo la puerta de su habitación, hacemos saber a M y F a que hora deben estar listos mañana para abandonar la locura de Las Vegas. Una locura con la que, gracias a Fremont Street, L y yo nos hemos reconciliado sobre la campana.

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