Las Vegas, día 1. Premium Outlets North, Strip

8 de septiembre de 2011

Incluyendo éste, L y yo acumulamos ya tres viajes a los Estados Unidos en los últimos años. Primero fue Nueva York, más adelante repetimos la gran manzana y de paso visitamos Washington DC, y en esta ocasión nos hemos lanzado con una agenda mucho más variada. Pero en todos ellos hay un denominador común: la visita a un centro comercial de descuento en el que aprovechar el cambio de divisa favorable, y los precios más bajos de muchas marcas de renombre de la industria textil.

Hoy es el día en el que cumplir con esa tradición, y lo haremos visitando el Las Vegas Premium Outlets - North. La cadena Premium Outlets cuenta con un buen puñado de centros a lo largo de todo el país siendo Woodbury, en el estado de Nueva York, uno de los más populares entre los turistas. En Las Vegas cuentan con dos superficies: una al norte del Strip con pasillos al descubierto, y una al sur íntegramente en interiores. Tras estudiar la lista de tiendas disponibles en una y otra, nos decidimos por la primera.

El plan inicial es que M y F, menos dados al consumismo, nos lleven en coche hasta el outlet, pasen allí un par de horas comprando algunas cosas y luego vayan por libre hasta la hora del cierre, cuando volverían a recogernos. Todo mentira, finalmente estuvieron con nosotros a lo largo de toda la jornada.

Cruzamos sobre ruedas por primera vez el strip a plena luz del día. Y, al contrario de lo que decía mucha gente, el paisaje no empeora tanto. Evidentemente la imagen que todos tenemos en mente de Las Vegas incluye muchas luces, pero las trabajadas fachadas y decorados de cada casino lucen igualmente bien bajo la luz del sol. Pasamos frente al Venetian, el Treasure Island, el Caesar's Palace, casinos todos ellos que revisitaríamos al cabo de unas horas. Tras un par de giros, damos con el sitio correcto para acceder al centro comercial, cuyo parking es gratuito.

No teníamos dudas sobre la primera parada: los hoteles en Las Vegas rara vez incluyen desayuno, así que el letrero de Starbucks se aparece ante nosotros como una bendición. Además, disponemos por primera vez desde que llegamos a la ciudad de conexión a internet. Tras el café, L visita el centro de información para conseguir un libro de vales de descuento gracias a un cupón que los usuarios registrados pueden imprimir desde la web.

Tampoco había que discutir mucho cual era la primera tienda a visitar: los cuatro entramos en Levis. Tras muchas vueltas, idas y venidas a probadores y alguna charla animada con jóvenes empleados, gastamos entre todos la nada despreciable cantidad de 570 dólares. Charlando con los dependientes en caja (debían ser cubanos o portoriqueños), nos confiesan que no es muy normal ver a gente llevarse tal cantidad de ropa. Será que no es normal en Las Vegas, porque en Nueva York era algo que ocurre con mucha frecuencia.

Segunda visita, con consecuencias catastróficas especialmente para L, la tienda de Tommy Hilfiger. M y yo compramos algun artículo, pero es ella quien entra en un vórtice de locura en el que le resulta imposible no coger casi todo lo que encuentra. Ella sola acumula género por valor de 400 dólares, y F dice que paga esta ronda. Habrá muchas cuentas que ajustar cuando termine el día.

Turno ahora para vestirse por los pies, en la tienda de Skechers. Tengo unas preferencias muy claras en lo que a calzado se refiere, y solo en las tiendas norteamericanas de la cadena encuentro exactamente lo que busco. M, F y yo nos llevamos una caja cada uno, y de propina unos zapatos para mi, que ya va siendo hora de renovarlos pensando en bodas, banquetes y comuniones. 150 dólares todo el paquete.

Hemos invertido toda la mañana en solo tres tiendas, pero no nos sorprende. Sabíamos que entre Levis y Tommy estaba el ganador del día, y así ha sido. Volvemos al aparcamiento para dejar el maletero a media carga y nos dirigimos al Food Court, el pabellón de restauración.

En el trayecto hasta la comida, topamos con la tienda de Armani Exchange. Tengo experiencias encontradas con esta cadena, ambas en el SoHo de Nueva York. La primera, encontré lo que han sido uno de los mejores pantalones tejanos que he tenido hasta la fecha. La segunda, me llevé un desengaño porque todo era demasiado "metrosexual" y los precios habían subido. En esta ocasión el género y los precios son más acorde con el primer caso, con cosas interesantes por 30 o 50 dólares, pero otra vez será.

Entramos en el Food Court, que consiste en una gran extensión de mesas y sillas y una serie de locales habilitados en un lateral con la misma mecánica: menú de uno o varios platos pudiendo escoger lo que ves tras las mamparas, cada uno de una temática distinta. Tenemos un italiano al estilo Sbarro, un chino, un mejicano, etc. F y L optan por el italiano, y M y yo tenemos antojo de comida china. El generoso menú nos sale a 10 dólares con bebida incluída, y nadie termina lo suyo.

Con nuevas energías, volvemos a ahogarnos en el mar de dólares, descuentos y ofertas del tipo "si me llevo 3 el tercero me sale gratis". Compramos cosas en Quicksilver, Calvin Klein, etc. En la tienda Adidas, tienen artículos del Real Madrid. En la tienda Nike, artículos del... Manchester United.

El colofón final lo pone la tienda de GAP Outlet. Disposición y catálogo idéntico al de su hermana en Woodbury. L y yo echamos el resto, pero F falla estrepitosamente. De 4 prendas a las que les echa el ojo, en 3 no hay talla para él y la restante es el único artículo de la tienda que parece no tener ningún descuento.

Damos por finalizado el ritual de renovación de armario. L ha comprado más que yo, pero me voy satisfecho: tras perder 15 kilos en el último medio año, me estaba quedando sin ropa que no me hiciera parecer un rapero o un vagabundo. El maletero queda lleno, pero sin necesidad de apilar unas bolsas sobre otras. Hemos hecho bastante gasto, pero muy poco diversificado: la compra se ha concentrado en gran medida en las 4 o 5 tiendas que traíamos en mente.

Volvemos hacia el hotel cruzando el strip e ignorando el GPS, que parece no llevarse muy bien con esta ciudad. Siempre nos desvía a la autopista que, aunque te haga ahorrar un par de minutos, tiene mucho menos jugo que sacarle que cruzar los casinos, y a la llegada a nuestra zona insiste una y otra vez en que pasemos junto a los aparcacoches del Bellagio. No hay que tenerle miedo a circular por Las Vegas Boulevard, basta con estar atento a cuando llega el desvío de tu casino. Llegamos al hotel justo a tiempo de probar la piscina, que cierra demasiado temprano, a las 19h.

El agua está fresca, pero no desmerece la experiencia. Dar una vuelta de 360 grados desde el agua y ver la Torre Eiffel, Versalles, el globo, el Bellagio, el Planet Hollywood, el Caesar's Palace...

Decidimos darnos un respiro separándonos por parejas para descansar un rato en nuestras habitaciones. Aprovechamos la ocasión para sacarnos algunas fotos frente a la ventana, aprovechando las vistas. Por desgracia el flash de las fotografías delata que los cristales no están demasiado limpios.

Bajamos a cenar aproximadamente a las 21 horas. Cada casino cuenta con su propio buffet, siendo unos más recomendables que otros. El del París cuesta 25 dólares y siempre viene precedido de una cola considerable. Existe la opción de comprar por 50 dólares un vale que te permite disfrutar de los buffets de la misma cadena hotelera durante 24 horas. Lo estudiamos, pero preferimos no atarnos a comer en unos sitios concretos.

Terminamos en el mostrador de una creperia en las "calles" de París. Por 15 dólares cada uno, tenemos una crêpe salada monstruosa y suministro continuo de bebida. La cena resulta buenísima, y una vez más nos sobra comida.

La noche de hoy está dedicada a recorrer el strip en dirección contraria a la jornada anterior. Todavía no hemos salido de nuestro propio casino cuando las dos parejas se separan y perdemos el rastro unos de otros. Qué fácil es perderse en esta locura.

L y yo, tras aguardar varios minutos en el punto donde nos hemos separado, decidimos seguir el itinerario que habíamos acordado con la esperanza de reencontrarnos de forma fortuita. Nos vamos hacia el Bellagio, para disfrutar nuevamente de las fuentes. Hoy la música corre a cargo de Elvis Presley con su Viva Las Vegas, muy oportuno. Alguno de los feriantes que se pasean por la acera exhibe una serpiente al cuello, qué ilusión. Nótese la ironía.

Seguimos la ruta acercándonos al Caesar's Palace. Por fuera es uno de los hoteles más colosales, ya que tiene muchísimos edificios satélite. Por dentro está bien, aunque esperábamos algo más ostentoso. Quizás las partes exclusivas para los huéspedes se ajusten más a lo que imaginábamos. Por ejemplo, observando un mapa nos hacemos a la idea de que el área de piscinas, emulando unas termas romanas, debe ser impresionante.

Gracias a que el móvil enlaza con T-Mobile y al envío de 2 mensajes de texto, el equipo se reagrupa al cabo de una hora en la recepción del Caesar's. Ambas parejas hemos hecho la misma ruta, pero siempre a una distancia aproximada de 200 metros.

Avanzamos en el itinerario, siendo ahora el turno del Mirage. Estuvo a punto de ser nuestro hotel, hasta que el jugoso descuento que encontramos para el París nos hizo cambiar de opinión. Y aunque la elección final fue un acierto, la segunda opción no la desmerece en absoluto. La entrada está muy conseguida, incluyendo una pequeña jungla a lado y lado de las pasarelas. En el exterior, el volcán que erupciona a cada hora, aunque no llegamos a verlo con nuestros propios ojos.

La siguiente parada, todavía sin cambiar de acera, es el Treasure Island. Cuando llegamos a su altura faltan 10 minutos para que inicie un espectáculo de piratas en el lago, así que decidimos darle una oportunidad. Permitidme dejar a un lado las formas por un momento: vaya pedazo de truño. El elenco de "intérpretes" enseña mucha pechuga, pero no acierta ni de lejos a cuadrar el playback de música y diálogos. Para el que lo conozca, es algo así como una "Festa dels súpers" para adultos. Frente a mí, un asiático observa el espectáculo con su hijo pequeño en brazos, bastante fuera de lugar.

Llega el momento de cruzar la calle, dando de frente con el Venetian. Teníamos muchas ganas de descubrir su interior, y no defrauda. Aunque en algunos tramos ya esté poco concurrido y con las luces apagadas, sigue siendo un deleite la decoración, el falso cielo (mucho más conseguido que el del París) y, sobre todo, los canales venecianos con sus góndolas ahora ya aparcadas. No faltan ni las palomas. Efectivamente basta un simple vistazo para ver que se trata de un hotel de mayor categoría, tanto por las instalaciones como por el aspecto de los que bajan del área hotelera.

Nos desorientamos en el interior del Venetian, pero acabamos hallando una salida. Con magníficas vistas a la torre, el lago al que van a parar los canales, y el casino Mirage al fondo del paisaje.

En Las Vegas es fácil perder la percepción de las distancias. Como los casinos se suceden uno tras otro sin dar tregua parece que esté todo cerca, pero cada uno de ellos se extiende varios cientos de metros. L lo acusa y ya está agotada, así que la dejamos a salvo en París y el resto nos dirigimos al Bill's, a dos "manzanas" de nuestro hotel. Por su decoración y el ambiente, se asemeja más a un bar que además es casino, y no al revés. Empezaba aquí una noche... diferente.

Vamos hacia la barra a repostar. El camarero, generoso él, nos recomienda la oferta del día: un cubo de Coors Light con material para llenar 6 vasos por solo 7 dólares. Irrechazable.

Nos sentamos frente al escenario, parece que hay concierto. Papeles sobre cada mesa anuncian que hay karaoke con la banda. Mi mente viaja un año al pasado y recuerda que, en la Riviera Maya, me quedé a las puertas de lanzarme al escenario y cantar algo. El dicho de "Lo que pasa en Las Vegas..." empieza a susurrarme. Miro la lista de temas, y encuentro La Canción. Qué demonios...

El concierto empieza bien, una banda con cantante rubia, guitarrista a medio camino entre Rosendo y Krusty el Payaso, bajo, teclado y batería. Alternan clásicos de los 80 con temas más actuales, todos interpretados en clave de rock. Tras varios temas, empieza la ronda de los valientes. Y soy el primero.

Pido clemencia por llevar bebida solo cerveza y media. La cantante elogia mi sexy voz, por si no estuviera bastante nervioso. El teclista empieza con los coros: "Step inside, rock this way...". A partir de ahí, 4 minutos de Pour Some Sugar On Me de Def Leppard. Un tema que he cantado en la intimidad cientos de veces, pero que esta vez termino con la boca más seca que nunca. Creo que me defendí, pero nunca podré verificarlo. Me negué a que F y M grabaran el episodio en video, y ahora me arrepiento. Han sido algunos de los minutos más intensos de mi vida.

Cuando bajo del escenario, una mesa junto a la nuestra me felicita. Minutos más tarde les invitaría a una cerveza y comprobaría oficialmente que yo y el inglés no nos llevamos tan mal. Paso una larga media hora hablando con ellos: Maurizio y Karina, un matrimonio con un restaurante italiano en San Francisco. Y, cosas de la vida, el local se encuentra en la misma calle en la que nos alojaremos al cabo de unos días. Con la frágil promesa de hacerles una visita, termina una conversación en la que hablamos sobre las gentes y el estilo de vida en Europa y Estados Unidos.

Hemos acertado con el lugar. En contra de lo esperado, según avanza la noche muchas zonas y locales de Las Vegas quedan algo apagados.

Tras un par de horas y otro par de cubos de cerveza entre los tres, iniciamos la retirada. Las mesas del Bill's siguen bastante animadas, con mucha juventud al igual que ocurría en el Planet Hollywood. Avanzamos a través del interior de los casinos, cruzando el Bally, otro recinto de perfil bajo que separa el Bill's del Paris. Nos encontramos con la máquina tragaperras más grande del viaje, y M echa mano de un dólar. Olvida fijar la apuesta antes de usar el tirador, y el video con él quedando suspendido ante la máquina impasible queda para la posteridad. En el segundo intento la máquina echa a rodar, y el dólar pasa igualmente a la historia.

Nuevamente alcanzo a tientas la habitación, todavía con la adrenalina disparada por culpa del karaoke. El objetivo principal para mañana, último día en Las Vegas, es relajarse hasta el mediodía y hacer una última ronda por la noche. Y habrá paseos, pero de relajación nada de nada.

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