Gran Cañón en helicóptero, Las Vegas

7 de septiembre de 2011

Puede sonar a tópico, más si cabe en un viaje en el que cada mañana nos espera una jornada llena de momentos remarcables, pero el de hoy ya apuntaba desde las 6:30 a que iba a ser una etapa muy especial. La agenda del día no es la más densa del viaje, pero los pocos puntos planificados corresponden a actividades y lugares que no se encuentran en cualquier parte.

Por ahora, Tuba City y Tusayan han sido las únicas ciudades cuyos hoteles nos han dejado la factura bajo la puerta en la mañana de nuestra marcha. Creía que era una práctica mucho más extendida en el país.

F lleva desde anoche algo inquieto, y no es para menos. En una mezcla de insistencia y chantaje emocional, conseguimos que tanto él como M se apuntaran a lo que L y yo teníamos clarísimo hacer: disfrutar del Gran Cañón desde las alturas de un helicóptero.

Nuestro hotel no tiene desayuno incluído y nos hemos levantado con mucha antelación respecto al vuelo ya reservado y confirmado, así que la mañana transcurre tranquila. Comprobamos la previsión del tiempo: en Tusayan tenemos 13 grados y ni una sola nube. En nuestro destino final del día, Las Vegas, las temperaturas máximas rondan los 40 y las mínimas 26. Y no es de esperar un descenso de éstas hasta el sábado, que es cuando abandonaremos la ciudad del pecado.

Parece que la noticia del día será la elección de Eddie Murphy como presentador de la próxima ceremonia de los Oscar. Por lo menos, los noticiarios y tertulias matinales no hablan de otra cosa.

Siendo ya nuestro tercer viaje a los Estados Unidos, estamos más que curtidos en experimentar con el café de dudosa calidad. Pero el peor café concecible por el ser humano nos estaba esperando aquí, en unos termos a disposición de los huéspedes en la recepción del Red Feather Lodge de Tusayan. Ni la leche en polvo quiere saber nada de él resistiéndose en forma de grumos.

Parece que gran parte de las habitaciones están ocupadas por turistas españoles. Ayer, durante la lavandería, nos topamos con unos gallegos que también estaban recorriendo varias localizaciones, y hoy en recepción escuchamos a una pareja hablando en catalán.

Antes de dirigirnos al aeródromo de Tusayan simulamos que vamos hacia el Gran Cañón para topar con el cartel de bienvenida de esta entrada del parque. Hay habilitado un poste de metal para apoyar la cámara en las fotografías de grupo, pero no parece muy fiable y ni mucho menos comparable a la estabilidad de un trípode. Mientras posamos junto al cartel, pasan sobre nuestras cabezas helicópteros como el que nos acogerá en unos minutos. Y no van precisamente despacio.

Llegamos en un visto y no visto a las oficinas de Papillon Tours en el aeródromo de la ciudad, y una báscula en el mostrador nos pesa por cuestiones de seguridad. Resulta que tras una semana en los Estados Unidos no he ganado ni perdido un solo kilo. O la báscula está rota, o el viaje no mandará al traste el reciente régimen como esperaba.

Durante la excursión en helicóptero no permiten más carga que la de tu cámara al cuello, así que volvemos hasta el coche para dejar nuestras mochilas. Al regresar, nos pasan un video de seguridad con las normas básicas y la localización del chaleco salvavidas inflable, que debe ser muy útil si te estrellas en pleno cañón.

Al cabo de unos minutos, nos comunican que por ajustes de pasaje nos van a trasladar hasta la recepción de Grand Canyon Helicopters, compañía hermanada con Papillon que necesita a cuatro españoles para completar una cabina. Lo mejor de todo es que esta compañía es de nivel superior, con helicópteros más modernos y, lo más importante, con mayores ventanas para disfrutar de las vistas. En otras palabras, que nos ha tocado el gordo.

Tras 2 minutos en una furgoneta más peligrosa que el helicóptero, estamos ya esperando en recepción. Por la asignación de asientos, deducimos que la aeronave tiene dos filas de 3 y 4 asientos respectivamente y, para desgracia de M y yo que ocupamos las plazas intermedias, todo nuestro grupo va a la fila trasera.

Nos echamos a volar. Ni un atisbo de miedo, y el que podían sentir M y F en los instantes previos se desvanece en cuestión de segundos. El helicóptero se despide del suelo y encara la recta de aceleración con una suavidad inesperada, sin un solo movimiento brusco. Tras la bienvenida de la piloto en la que nos confiesa que no sabe una sola palabra en español, reproducen en nuestros auriculares una grabación en la que primero suena Bruce Springsteen y luego unos sudamericanos empiezan a enumerar las maravillas e historia del Gran Cañón del Colorado.

Pasamos varios minutos sobrevolando la carretera y un frondoso bosque y, de repente, la superfície se corta y da paso al espectáculo. Incluso dentro del propio cañón descubrimos zonas donde predominan más los tonos verdes de los árboles que los marrones de la arena y piedra.

Disfrutamos de los 30 minutos en total que pasamos en el aire. Las ventanas dan muchos reflejos que nos alejan de la foto perfecta, pero eso no quita ni un ápice de recomendación si uno puede permitirse el precio, algo más de 100 euros por pasajero.

Las tiendas de recuerdos tanto en las oficinas de Grand Canyon Helicopters como de Papillon Tours son algo pobres. Entré en ellas ansioso por encontrar una maqueta a escala del helicóptero al que habíamos subido, pero no encontré nada ni remotamente parecido. Me parece una oportunidad de negocio perdido, seguro que muchos caerían como yo.

Nos despedimos del Red Feather Lodge y ponemos rumbo hacia Las Vegas. No nos queda más remedio que deshacer parcialmente parte del trayecto de etapas anteriores, así que volveremos a encontrarnos con la Ruta 66. Empezando por Williams, un pueblo al que por un malentendido en el grupo no llegamos a entrar. Y es una pena, porque según anuncian es uno de los más auténticos en lo que a recrear el ambiente de su mejor época se refiere. Lo más cerca que nos quedamos es en un KFC/Taco Bell de las afueras donde más que desayunar, a las horas que son podemos decir que hacemos el "brunch". Burrito, taco suave y bebida por algo menos de 6 dólares. Buenísimo.

L no es muy amiga del pollo frito y los tacos y prefiere entrar en un McDonalds. Y, por segunda vez, no le sienta demasiado bien a su estómago. F resulta ser la primera persona con la que me cruzo capaz de devorar un helado McFlurry más rápidamente que yo.

Configuramos una vía alternativa para llegar a la Presa Hoover pasando por Truxton. De ese modo evitamos repetir el tramo entre Seligman y Kingman y, en su lugar, unir esas dos ciudades por la mítica ruta 66. Nos esperan en total algo más de 5h de carretera. Enseguida alcanzamos Seligman y, tras un desvío, empezamos a movernos por primera vez por la carretera que une Chicago con Los Ángeles.

En Seligman encontramos lo que habíamos venido a buscar. Edificios antiguos muy coloridos, tiendas de souvenirs y muchas, muchas Harley Davison aparcadas en las aceras. La mejor de las tiendas, la de una señora de Wisconsin cuyo marido es un ex-militar que conoce Mallorca por haberlo sobrevolado estando de servicio. Compramos aquí algunos imanes y una matrícula de Arizona con la leyenda "Route 66" para la oficina donde F y yo trabajamos. Visitamos igualmente otras tiendas pero, pese a ser de mayor envergadura, son peores y más caras. Prácticamente todos los dependientes son un encanto, preguntándote al entrar de dónde vienes y iniciando casi automáticamente una conversación que puede prolongarse hasta cuando tú quieras. Ah, y te ofrecen café.

Dejamos Seligman muy ilusionados, creyendo que todas las paradas durante la ruta serían como ésta. Pero nuestro gozo en un pozo: Peach Springs, Truxton y Valentine resultan ser villas casi fantasmales, sin nada ni nadie que asome por la carretera. En Hackberry hay una tienda a pie del asfalto, pero pasamos por ella demasiado rápido como para apartarnos y la dejamos ir.

Volvemos a Kingman días después de haberlo dejado atrás en las primeras etapas. Termina aquí nuestro periplo por la ruta 66, que empezó muy fuerte pero fue yendo a menos a un ritmo vertiginoso. Nos quedaremos siempre con la duda de si Williams era una visita obligada o no. Aprovechamos el paso por Kingman para revisitar su Walmart, ya que fue aquí donde vimos algunos souvenirs interesantes a un buen precio. De paso nos reabastecemos un poco, ya que los tubos de pringles de la primera hornada están empezando a desaparecer.

Recorremos nuestras últimas millas de la maravillosa Arizona camino de la presa Edgar J. Hoover, que no es la más espectacular pero si una de las más populares que se pueden visitar. Tras un rodeo que ya nos introduce por primera vez en Nevada, conducimos por encima de la propia presa (es la que marca la separación entre los dos estados) y aparcamos gratuitamente en las áreas habilitadas para ello en el extremo de Arizona. Solo hay que descender a pie durante unos minutos para ahorrarse el coste del parking en el lado de Nevada.

La presa no tiene mayor interés que el simbólico que comentaba antes, y ya de paso la anécdota de cambiar de estado a pie. Una de sus características más conocidas es la de un par de relojes habilitados en cada torre, marcando la hora en cada uno de los estados... aunque durante el verano ambos marcan exactamente la misma.

La puesta de sol nos coge abandonando la presa, pero el termómetro de nuestro coche se resiste a bajar de los 39 grados. No hace falta recorrer muchos kilómetros para empezar a divisar casinos a pie de carretera. El primero: La Hacienda, anunciando habitaciones gratuitas para conductores de camiones.

Seguimos bordeando salidas y se repite una característica que ya habíamos observado antes: en los alrededores de cada pueblo o ciudad, en alguna colina hay escrito con gran letra blanca la o las iniciales del nombre del lugar. Nos ocurrió por ejemplo con una gran P que nos daba la bienvenida a Page, y nos ocurre ahora con una inscripción BC en honor a Boulder City.

Avanzamos, avanzamos, y por culpa de unas obras no llegamos a través del strip, si no por una de sus calles paralelas. En cualquier caso: bienvenidos a la locura. Es de noche y los neones ya están a pleno rendimiento. Echamos un primer vistazo a las decoradísimas fachadas del Luxor, el New York New York, el Mirage...

El GPS nos ordena girar, y damos de bruces con las fuentes del Bellagio. En pleno caos de luces, coches, gente y enormes pantallas, los chorros de la fuente explotan frente a nosotros y se elevan varios metros. Temíamos durante la preparación el tráfico que pudiera haber en Los Ángeles, pero esto supera con creces lo más caótico que podíamos imaginar. Y para rematarlo María, nuestro GPS, parece haberse quedado tan atónita como nosotros y no acierta a indicarnos por dónde se llega al aparcamiento del París.

Algunas de las pantallas, la mayoría de ellas anunciando espectáculos de dudosa moral, son capaces de cegarte si no andas atento a la carretera, así que recordad tener los cinco sentidos puestos en el volante si se os ocurre transitar por el Strip durante la noche.

Una vez más F nos saca del embrollo y, de alguna forma que ni él mismo es capaz de explicar, consigue alcanzar el self-parking (no confundirlo con el "valet" parking, que es el de los aparcacoches) del hotel París. El parking es de estilo americano, es decir, ofensivamente grande. Dejamos el coche en la cuarta planta y vamos hacia la recepción con la carga mínima. Nos lleva 15 minutos alcanzarla, cruzando antes las calles de un París de cartón-piedra con su cielo ficticio, sus boutiques y sus restaurantes bistro.

Llegamos a la sala de mostradores y nos ponemos a la cola, ya que solo los clientes Platinum tienen un mostrador propio menos concurrido. Empieza lo que podríamos denominar para la historia "El show de los pasaportes".

Durante los preparativos del viaje, en foros dedicados a hablar sobre Las Vegas encontramos varias referencias a cierta práctica aparentemente habitual para conseguir una buena habitación en el hotel. Dicha estrategia consiste en introducir un billete en el pasaporte que vas a entregar en el mostrador, acompañado de una inocente petición de conseguir una buena habitación.

Y allá vamos, M y yo con nuestro pasaporte debidamente cargados con 20 dólares por la página con nuestro nombre y fotografía. Llega el turno y una amable muchacha, al encontrarse el primer "regalito", nos mira algo perpleja y nos pregunta "¿Queréis alguna mejora?". Haciéndome el loco sobre el billete, le pregunto si sería posible tener una habitación en alguna planta elevada, que fuera tranquila y que tuviera unas buenas vistas. Sin un solo segundo de duda la chica accede y tras un "No problem" sigue con la reserva. A todo esto, el segundo pasaporte seguía sin abrir, y cuando por fin descubre el segundo billete nos mira timidamente y nos agradece el regalo. Puede, es más, estoy seguro de que cosas mucho peores y billetes mucho más grandes se ha encontrado esta misma chica en otras ocasiones, pero desde luego interpretó el papel de sorprendida y agradecida a la perfección.

Llegamos, no sin poner a prueba nuestra orientación, a la planta 11 del interior de un falso Palacio de Versalles que aloja las habitaciones del casino. En los pasillos la temperatura no debe superar los 15 grados, y llegamos tiritando a nuestras habitaciones. Evidentemente, todas las zonas comunes tienen una categoría bastante superior a las que hemos encontrado hasta la fecha.

La habitación nos despeja las dudas: a una altura suficiente, y con vistas a la Torre Eiffel y la piscina del hotel. Puede haber sido suerte, o puede haber influído el show de los pasaportes. Yo soy feliz pensando que fue lo segundo. Todavía estamos estudiando las vistas cuando de más allá de la torre asoman los chorros de las fuentes del Bellagio. De acuerdo, nos gusta la habitación. Por cierto, aprovechando los bajos precios del alojamiento en esta ciudad esta vez reservamos habitaciones separadas. El precio final fue de 450 euros por 2 habitaciones dobles durante 3 noches. Para hospedarse en Las Vegas, es muy recomendable seguir de cerca varías páginas web que ofrecen durante un tiempo limitado descuentos muy atractivos para hoteles de una categoría decente.

Volvemos a repetir la odisea para alcanzar el parking y recoger nuestras maletas. Paseamos por París con ellas y, al regresar a la habitación, descubro un mensaje conforme el cual no se puede utilizar la nevera para conservar artículos traídos de fuera. En mi cabeza empieza a sonar la música de McGyver junto a la de unos engranajes, e improviso una nevera de emergencia utilizando el lavabo, una buena cantidad de hielo y una toalla. Nuestras ensaladas de Walmart están a salvo.

Pasan ya las 21:00, así que acordamos cenar en la comodidad y grato silencio de nuestras habitaciones. M cena, echándole imaginación, la versión americana de los pamboli mallorquines: bocaditos de galletitas saladas con pavo y queso. Y oye, están para comérselas. Rematamos con un poco de sandía fresca, y acordarmos reunirnos en una hora para descubrir la ciudad.

Son las 22:30 cuando, ya más descansados, descendemos a los infiernos. No hemos abandonado todavía nuestro propio casino y ya nos parece una locura, sin saber hacia donde dirigir la mirada primero. Nos cuesta encontrar la salida del hotel en un mar de máquinas tragaperras y videopantallas que no dejan de emitir sonidos y luces.

Por fin en la calle, la cosa no cambia. Bastante gente circulando por las aceras, pero no la suficiente para hacer de pasear una experiencia desagradable. Empezamos el tour visitando el Planet Hollywood, que es colindante a nuestro hotel. El París, por fuera, bien merece un vistazo: el globo iluminado, la torre, el palacio al fondo, todo queda muy resultón.

El interior del Planet Hollywood tiene un ambiente mucho más jovial... y escandaloso. Al sonido de las máquinas se le une el de las voces y gritos, algunos de gente que parece haber empezado la noche demasiado pronto. Según habíamos leído, está permitido fotografíar planos generales en el interior de los casinos, así que me equipo con mi ISO 800 y realizo las primeras de muchísimas fotografías que se avecinan. Si me tomara más tiempo del necesario en fotografiar algún detalle de las máquinas y mesas, podrían llamarme la atención.

Vemos máquinas tragaperras de todos los tipos, tamaños y apuestas mínimas. Las hay desde 1 centavo hasta los 5 dólares. En las mesas de ruleta, poker o blackjack la apuesta mínima parece de un dólar y es necesario canjear tu dinero por fichas previamente. En el Planet Hollywood las croupier son chicas sugerentes, pero no las únicas: en algunas mesas vemos a bailarinas dando lo mejor de si a escasos centímetros de los jugadores.

Suena Sweet Home Alabama en un escenario cuando abandonamos nuestra primera parada. En la planta superior queda el teatro donde se celebra un espectáculo para adultos. Qué peligro.

Cambiamos de acera para acercarnos a las fuentes del Bellagio. Vemos un primer pase con música de la Pantera Rosa y, tras unos 15 minutos de espera, empieza el segundo con la banda sonora de Chicago. La fuente es increíble, aunque al nivel de calle no luzca tanto por no poder distinguir las distintas profundidades de los surtidores. Debe ser una de las pocas cosas a hacer en Las Vegas que no sean de tono elevado.

Vemos desde ya que en Las Vegas no aplican muchas de las normas a tener en cuenta cuando visitas Estados Unidos. La gente bebe por la calle sin ningún pudor, en los interiores se encienden cigarrillos donde les da la gana, no te piden identificación al comprar alcohol y en todo momento intentan venderte por la calle bailes privados y apostaría que prostitución, aunque no lo digan explícitamente.

Alejándose del Bellagio en dirección al suroeste tenemos el Cosmopolitan, un casino mucho más elegante. Más allá tenemos el Crystal, una de las últimas incorporaciones al Strip cuyo diseño recuerda al Museo Guggenheim de Bilbao.

Seguimos en la misma dirección, caminando por la acera más al sur. Este parece ser el lateral elegante, ya que al otro lado de la calzada vemos algunos casinos y locales que parecen ser de mucho menos nivel. Solo en Las Vegas podrías hospedarte en un casino de lujo ambientado en Mónaco, y por la ventana de tu habitación ver a gente entrando en un McDonalds.

Hablando de Mónaco, llegamos a la fachada del Monte Carlo. De diseño clásico, sobrio, emulando la porcelana, un efecto muy logrado hasta que se te ocurre ponerlo a prueba y al tacto se descubre el engaño.

Llegamos al New York New York. Desde su propia acera no luce en todo su esplendor, ya que a duras penas puedes ver los raíles de la montaña rusa, o los falsos rascacielos. Si llegamos a identificar el Edificio Chrysler y un pedacito de puente de Brooklyn, así como el cartel de Pepsi-Cola cuyo original descansa a orillas del East River. El interior del casino es, por ahora, uno de los que más nos convence. Espacioso, con muchas áreas de decoración diferenciada y muchos guiños a la gran manzana. Consultamos en algunos bares el precio de la cerveza, siendo entre 5 y 7 dólares el precio más habitual.

Llegamos al siguiente casino, con una decoración propia de un castillo encantado de Disney. Se trata del Excalibur, ambientado en la Edad Media. Parece de juguete, y por dentro la experiencia no empeora, aunque peca de cierta falta de iluminación. Como en todos, pasas junto a gente que parece llevar horas enganchado a una misma máquina. Tomamos tres cervezas negras de barril por 5 dólares cada una.

Podríamos seguir el curso de esta acera hasta alcanzar el Luxor (la pirámide egipcia) y el Mandalay Bay, pero las distancias engañan y nos llevaría más tiempo del que nuestras reservas de energía aconsejan. Cruzamos por un paso elevado que conecta el Excalibur con el MGM.

El mayor reclamo del casino de la Metro Goldwyn Mayer es el espacio de los leones, pero a estas horas ya se han retirado para dormir. Volveremos otro día antes de que los oculten a las 19. Tomamos el camino de vuelta hacia el noreste, pasando frente a una tienda M&M's y un Hard Rock Café ya cerrados.

Alcanzamos de nuevo nuestro hotel. L da por finalizado su día y se retira a la habitación, mientras que las 3 almas perdidas restantes volvemos al Planet Hollywood para saborear una cerveza Miller. En el camino, la frecuencia con la que nos intentan asaltar con folletos de chicas ligeras de ropa aumenta exponencialmente tras perder a la chica del grupo. Perdemos nuestros 2 primeros dólares en Las Vegas, uno mío en las máquinas de videopoker y otro de M en una enorme máquina tragaperras.

Tras las rondas del Excalibur y el Planet Hollywood, decidimos tomar la última en nuestro propio hotel para que cada uno haya pagado una. No les queda Guiness, así que pedimos unas Foster por 6 dólares cada una. Dejo la mía a medias, son las 2:30 y una alarma en mi interior me dice que ya es suficiente. Le digo a una de las mil cámaras continuamente observándonos que ésta ya no la termino y que me voy a dormir. Entro a tientas a la habitación y doy la intensa jornada por finalizada.

Hace apenas 16 horas, estábamos volando sobre el Gran Cañón, y en las últimas 4 o 5 hemos descubierto la locura hecha ciudad. Mucho cuidado con Las Vegas, basta con una noche para verificar que es un lugar peligroso. Hace falta una notable cantidad de autocontrol o alguien que vele por ti para no cometer estupideces. Mi consejo: abusar de las fuentes del Bellagio para pasar el tiempo, fijarse un presupuesto económico a perder diariamente, y no pasar de las dos cervezas. Y mantener la cabeza muy, muy fría. Es una ciudad en continua borrachera.

Mientras mis párpados se cierran, las tarjetas bancarias empiezan a temblar dentro de las carteras. Mañana visitamos un outlet.

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