Tuba City, Gran Cañón, Tusayan

6 de septiembre de 2011

Tras 7 horas de sueño ininterrumpido, se inicia una nueva jornada para los viajeros a las 6:30. Hace exactamente una semana a estas horas estábamos empezando a divisar tierra norteamericana desde el avión de Swiss. Parece mentira todo lo que llevamos a las espaldas y, mejor todavía, cuesta creer todo lo que nos queda por delante.

El día empieza con un problema en la maleta de M que impide que se recoja el asa metálica, lo que supondría un problema a la hora de encajar piezas en el maletero del coche. Por ello bajo a la recepción con la convicción que no me entenderán a la primera cuando les pida un destornillador ("screwdriver", en inglés), pero contra pronóstico la conversación marcha a la perfección.

Habíamos oído historias sobre la actitud, los modales e incluso sobre la higiene personal de los navajos, pero hasta ahora solo puedo decir que no ha habido ningún problema con ellos. No hemos tratado con ninguno que fuera descortés o carente de profesionalidad. Lo único, si es que es algo que se les puede achacar, es que no parecen ir muy sobrados en lo que a sentido del humor se refiere. Servidor intenta siempre hacer que las conversaciones sean amenas y dibujar una sonrisa, pero con ellos parece misión imposible.

Lo último que conoceremos de Tuba City son sus desayunos. Y madre mía, qué desayunos. Incluídos en la reserva del hotel, la noche anterior nos entregaron en recepción unos pequeños cupones canjeables por un desayuno a elegir o descuento equivalente de 6 dólares en el restaurante junto a éste, que asumo debe gestionarlo la misma gente. Una de las opciones de la lista eran las tortitas (pancakes) de banana y nueces con sirope, y el que nos conozca bien a L y a mi sabe que no podíamos dejar pasar tal oportunidad.

Los adjetivos "excesivo" y "monstruoso" se quedan cortos para lo que me plantan en la mesa. A su lado, los generosos platos que sirven al resto con tortilla, patatas o hasta bacon parecen un menú infantil. Evidentemente no conseguí terminar el plato ni siquiera con la ayuda de mis compañeros, pero confieso que di buena cuenta de él. Y sabía tan bueno como aparentaba.

Justo cuando salimos de recepción y abandonamos el hotel, descubro que tenía disponible una sala de fitness para los huéspedes. Me prometí que si algún hotel la incluía, sacrificaría una hora para compensar los excesos del viaje, pero en esta ocasión llegué tarde.

Circulamos durante dos horas en dirección oeste hacia el Gran Cañón del Colorado. Cuando abandonamos Tuba City las expectativas no eran buenas, con un cielo muy tapado y lluvia constante, pero cuando nos acercamos al acceso este del Parque Nacional, el cielo se abre por arte de magia.

Nos hacemos las obligadas fotos en el cartel que da la bienvenida al Grand Canyon. Las necesarias para descubrir una maldita mancha en la cámara compacta que apunta a ser un pequeño arañazo en la lente.

Previo nuevo aprovechamiento del Annual Pass, alcanzamos nuestro primer mirador de Grand Canyon, llamado Desert View. Emitimos el primer "ooooh" del día, y no sería el último. Una amable señora que dice vivir cerca de la zona se ofrece a hacernos las fotos, y no le salen nada mal. Junto al mirador tenemos ya la primera tienda de souvenirs, que son entre caros y muy caros. M compra una camiseta para su sobrina por 25 dólares.

El siguiente mirador se llama Lipan Point. A cada paso nos tropezamos con un cuervo, a cuya presencia ya nos hemos acostumbrado tanto como ellos a la nuestra. F echa mano del filtro polarizador de la cámara, y a la vista de los resultados no pasan ni dos minutos antes de que el resto le imitemos. Los distintos niveles de las paredes del cañón, el cielo, sus nubes... no hacemos más que disparar y disparar.

Seguimos saltando de mirador en mirador a base de pequeños tramos de unos cuantos minutos en coche, y ahora es turno para Moran Point. Encontramos aquí una bajada en las piedras para alcanzar un mirador natural en forma de saliente. La gente suele respetar los turnos, pero aquí debemos aguardar unos largos minutos a que un asiático (como no) haga la foto que busca... con un móvil.

La sucesión de miradores da paso ahora a un bosque, con claras señales de sufrir un incendio pero que parece estar restaurándose a buen ritmo. Podemos decir ya que el parque es una gozada, con la libertad que supone circular con tu propio vehículo en carreteras perfectamente conservadas y elegir qué puntos visitar entre las decenas disponibles.

Alcanzamos ahora el mirador de Grandview. Aquí nace una ruta de senderismo que desciende varios metros, por eso suponemos que el aparcamiento es algo más grande que en los anteriores casos.

Llegamos a la villa del parque, que dispone de hasta tres aparcamientos. Recomendamos el 1, ya que es el que más cerca queda de los puntos de interés. Tropezamos con montones de ardillas que prácticamente se abalanzan sobre la gente sospechosa de llevar comida. Una incluso se mete en la bandeja inferior de un carrito para bebé. Un grabado en el suelo homenaje a las diferentes tribus indias características de la zona. Tras caminar apenas un puñado de metros, llegamos a los miradores de Powell y Hopi, los dos más populares para ver el atardecer. Si a estas horas ya están atestados de gente, es de suponer que serán impracticables cuando el sol empiece a caer.

Con tanto mirador se nos ha echado el tiempo encima, y decidimos aprovechar nuestra decisión hotelera del día para comer fuera del parque. Hemos reservado habitación en el Red Feather Lodge de Tusayan, un pueblo que vive por y para hospedar a gente que visita el cañón, ya que se encuentra a escasos kilómetros de la salida sur de éste.

6 millas después llegamos a Tusayan, pero lamentablemente el Steakhouse que nos habían recomendado solo parece abrir para las cenas. En su lugar, encontramos un restaurante mejicano en la siguiente puerta. El camarero nos pregunta "How many?", y nosotros le contestamos "¡Cuatro!".

Sin haberlos pedido, nos sirven una generosa bandeja de nachos para ir matando el hambre mientras preparan nuestros platos. Eso que nos ahorramos. Llegan luego las ensaladas, que de ligeras tienen poco. Servidas en una ensaladera de trigo (la misma masa que los nachos), y con un sustancioso relleno de tacos o fajitas. Buena y picante. Si paráis aquí no pidáis nada de entrante, porque no será necesario.

Nos cobran por toda la mesa 94 dólares, algo más de lo que esperábamos. Las tres cervezas Corona cuestan la friolera de 6 dólares cada una. Marcaba esto el inicio de una bastante pobre impresión de Tusayan, que al fin y al cabo es una sola calle plagada de hoteles y que no parece necesitar ningún gran esfuerzo en el trato y los servicios, ya que con la cercanía al parque le basta y le sobra.

Volvemos al coche que tenemos aparcado frente a una Grocery Store (lo que sería un supermercado), y aprovechamos para comprar detergente en vistas a lavar la ropa esa noche. M se enamora de un sombrero vaquero de buena calidad, y se decide a comprarlo por 60 dólares antes de repensárselo. Compramos otra ración de Coors Light y nos piden el pasaporte a todos, lo cual nos resulta excesivo.

Llegamos ya al Red Feather Lodge situado, como todos los hoteles de Tusayan, en el extremo más al sur de la calle. La habitación nos cuesta unos 150 euros a repartir entre los cuatro, esta vez sin desayuno y ni siquiera nevera en la habitación. Por primera vez vemos en la máquina de hielo un cartel que pide que no se utilice para rellenar neveras personales. La cosa no mejora, por ahora Tusayan es uno de los destinos más caros y con peor oferta.

Descansamos un rato en el cuarto, descubriendo los titulares del día según la cadena ABC15: aparecen unos graffitis en Flagstaff, se detiene a un ladrón de bicicletas, y un reportaje sobre un orangután que limpia cristales. Apasionante.

La televisión del hotel incluye contenidos a la carta. Videojuegos de Nintendo64 a 7 dólares la hora, películas todavía en cartelera por 17 dólares, y cine para adultos... solicitándolo en recepción, menuda situación.

Volvemos al Grand Canyon con el objetivo de disfrutar la puesta de sol. Unos cuantos coches se detienen provocando un atasco a causa del avistamiento de los "elk", un tipo de ciervo de gran tamaño característico de la zona. Más adelante encontraríamos algunos a escasos metros de la calzada sin necesidad de detenerse.

Aparcamos en Market Place y nos equivocamos al empezar a caminar. En algún momento hemos errado la dirección y nos estamos adentrando en los bungalows del hotel Yavapai. El tiempo corre en nuestra contra.

Volvemos hacia el coche y con más fortuna que saber hacer damos con la ruta correcta. Llegamos a Yavapai Point y nos colamos en el único sitio que parecía quedar libre, agazapados y apoyados contra una pared. Montamos las cámaras en tiempo record, porque ya son las 18:30 y el sol empieza a desvanecerse. Hay bastante gente, pero si le echas agallas puedes colocarte en las filas de más adelante, que se encuentran ya a escasos metros del precipicio y dan algo más de sensación.

Hubiera sido preferible llegar media hora antes, pero todavía podemos salvar el atardecer. Espectacular la paleta de tonos rojizos que cubren el cañón cuando en el lado opuesto se pone el sol.

Empieza a sonar música de fondo, y son tres hippies equipados con guitarra y malabares en llamas. La canción es "The Rockafeller Skank" de Fatboy Slim, conocida por algunos (me incluyo) por ser el tema de introducción del videojuego FIFA99. Le da al ambiente un toque kumbaya que no le sienta mal a la escena. Algunos se unen a la fiesta y bailan.

Topamos con más ciervos en el camino de salida, pero estamos ya a oscuras y nuestros intentos por iluminarnos son en vano. Llegamos de vuelta al hotel, y tal cual dejamos las cosas empaquetamos la ropa sucia y vamos hacia la lavandería, que consta solo de dos kits lavadora+secadora provocando que haya que esperar turno. Por un dólar lavamos en frío durante 23 minutos, y por otro secamos durante 45. Con nuestra ropa limpia termina el día.

Lo de mañana apunta muy alto, y no es solo una forma de hablar. Solo dos conceptos: Helicóptero por la mañana, y Las Vegas por la noche.

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