Los Ángeles, Calico Ghost Town, Kingman

3 de septiembre de 2011

Despertamos por última vez en el Best Western de Los Ángeles. Nuestro último desayuno y, aprovechando que la noche anterior habíamos dejado todo preparado, no tardamos en tramitar la salida del hotel y arrancar el coche para poner rumbo a Kingman. Nueva ciudad, nuevo estado.

Estamos utilizando ya el GPS alternativo del que disponíamos, un TomTom Start One al igual que el anterior, pero aparentemente de una revisión más actual. Medio en broma medio en serio, cambiamos el idioma del asistente de voz al catalán, y nace así María, un nuevo personaje que nos iba a acompañar durante el resto del viaje.

Soy yo quien está esta vez tras el volante. Y lo estoy durante 100 km a través de autopistas de hasta 5 y 6 carriles, todo un nuevo universo por descubrir cuando rara vez circulas por vías de más de 3. Seguimos echando en falta una mejor señalización de la velocidad máxima permitida, a veces el tipo de tramo cambia radicalmente pero no va acompañado de una variación de los límites.

Cuando ya nos hemos alejado, y no ha sido fácil, de la gran urbe que es Los Ángeles, paramos para hacer nuestro primer repostaje del viaje. No tenemos nada claro cuál es el proceso a seguir en las gasolineras del país, así que le pregunto a un hombre con aspecto de local que está repostando en el surtidor contiguo. Nos lo explica perfectamente: primero te diriges a caja, e indicas qué cantidad quieres repostar. Si pagas con tarjeta, no importa que el depósito alcance el máximo antes de la cantidad indicada, solo se te cargará lo que hayas consumido. Si en cambio has pagado en efectivo y se da el caso, debes regresar a la caja para que se te reintegre la diferencia. Y tras esta fantástica explicación, nos desea buen viaje con un amable "Welcome to the States!".

Rellenamos el medio depósito que llevábamos consumido, 42 dólares de gasolina "Regular". L me releva y debuta tras el volante. Viendo como está el maletero, a estas alturas sabemos ya que vamos a ir muy justos en lo que a espacio en el coche se refiere. Cuando nos surtamos de compras en fechas futuras y el número de maletas aumente, habrá que sacar el ingenio y hacer encaje de bolillos. La medida perfecta para cuatro pasajeros, un equipaje considerable y una nevera de viaje, parece ser la categoría "Full Size SUV".

Dije anteriormente que poníamos rumbo a Kingman, pero no es del todo cierto. Para amenizar una etapa que de otra manera no hubiera tenido paradas de interés, nos desviamos al norte hacia el área de Barstow. A 50 km de llegar al destino, el paisaje ya ha cambiado radicalmente y pasa a ser desértico. Por ahora vamos muy bien de tiempo, contábamos con una mayor congestión de tráfico al abandonar Los Ángeles.

Llegamos a Calico Ghost Town, un poblado del oeste reconvertido en punto turístico. El precio para acceder es de 6 dólares por persona.

Como nos habían anunciado, Calico es extremadamente comercial. Las fachadas de los edificios siguen respetando los originales, pero los interiores están en su totalidad reconvertidos en bares, tiendas de recuerdos, y otras cosas que rompen con la ambientación. La calle conserva algunos establos y el piso arenoso, pero incluye también carteles, mapas y letreros de ofertas que destrozan por completo la fotografía. El auténtico poblado del oeste que merece la pena visitar es Bodie, al noreste del parque nacional de Yosemite. Sin embargo, llegar allí no encajaba con nuestra planificación, así que visitar Calico es un plan de emergencia. Solo lo recomiendo para aquellos que se encuentren en la misma situación que nosotros.

Lo mejor de visitar Calico es que llega la hora de comer y a pocos kilómetros tenemos el Peggy Sue's Diner, un restaurante que conserva el estilo de los diner originales de los años 50. La camarera que nos atienda cumple todos los estereotipos: una señora mayor, muy simpática, y a la que solo le faltan los patines para completar el uniforme. Comemos hamburguesas con guarniciones a elegir y, de entrante, unos aros de cebolla para todos. Estamos a punto de reventar y todo por 57 dólares. Lamentablemente, el proceso de pagar es algo extraño y no acertamos a dar la propina en el momento adecuado.

Junto al Diner tenemos una base de los marines, en pleno desierto de Mojave. Recordar algunos capítulos de Expediente X es inevitable.

Empezando hoy, y en lo que será la nota predominante durante muchos días, tenemos largos periodos de tiempo en los que el coche prácticamente va solo a lo largo de millas y millas sin una sola curva. Por ello, hay que matar el tiempo como sea: escuchar música, charlar, contar chistes o como es el caso, consiguiendo cambiar el panel del vehículo para que muestre las unidades en nuestros añorados grados centígrados, litros y kilómetros. Al hacerlo descubrimos que en consumo medio desde que repostamos la última vez, siendo 4 pasajeros y bien cargados de maletas, es de 7,1 litros cada 100 km. Nada mal para un trasto como el que estamos conduciendo.

Aparece por los laterales de la carretera uno de los símbolos que también nos acompañarían durante muchas jornadas: las locomotoras arrastrando un interminable convoy de vagones de mercancías. Sin exagerar, algunos arrastran hasta 100 vagones. Seguro que en alguno de ellos viajan o han viajado camisetas y juegos que haya comprado a través de internet.

Tras pasar un área de servicio, un cartel nos informa de que la próxima se encuentra a 73 millas, lo que serían unos 120 kilómetros. Las salidas donde efectuar un cambio de sentido escasean, así que más vale no errar el sentido de la marcha cuando te incorporas a las autopistas.

Se divisan en los arcenes muchos neumáticos reventados. Tenemos dos teorías y no sabemos cual quedarnos: o aquí los neumáticos revientan con más facilidad por las temperaturas extremas, o bien el dinero para mantenimiento de carreteras escasea y rara vez pasan a limpiar los arcenes.

Cuando faltan 50 km para alcanzar Kingman, el Río Colorado nos saluda por primera vez acompañado de unas lanchas que parecen estar compitiendo en una carrera. Es el momento de abandonar California y entrar en el, en mi opinión, mejor estado de cuántos visitaremos a lo largo del viaje. ¡Estamos en Arizona!

Solo hacen falta unos metros para empezar a ver diferencias entre estados. Sin ir más lejos, el estado de las carreteras californianas roza lo lamentable, con el asfalto lleno de baches y estrías fruto del uso continuado sin el debido mantenimiento. En Arizona, sin embargo, la calzada está en perfecto estado. Parece que era cierto que Schwarzenegger dejo California sumida en la más absoluta ruina.

En nuestros primeros kilómetros en Arizona adelantamos a varios camiones con cebollas, uno de los cuales parecía ir perdiendo la carga a lo largo del camino. Los camiones, dicho sea de paso, parecen seguir la ya asumida norma de que nadie respeta los límites de velocidad a rajatabla. Habitualmente estos vehículos deben circular a unas 10 millas por hora menos que el resto, pero no solo no lo hacen, si no que a veces superan incluso el límite de los turismos convencionales. Si circulas con prudencia y te ves sorprendido a tu izquierda por un enorme trailer conducido por un hindú con turbante incluído, no te asustes. Nos ha pasado a todos.

Llegamos a la ciudad de Kingman, una de tantas que aprovechan su situación en la histórica Ruta 66 para hacer caja a base de museos y tiendas de recuerdos. Las primeras millas de paisaje consisten en pequeñas y encantadoras casas prefabricadas, y no es hasta el último tramo cuando nos adentramos en una pequeña sub-ciudad consistente en enormes centros comerciales y hoteles.

Llegamos a la recepción del Best Western Plus A Wayfarer's Inn. Lo avisé: los hoteles de esta cadena fuera de las grandes ciudades, son un espectáculo. Y empezando por la misma recepción: un enorme salón de estilo victoriano. El precio de nuestra única noche aquí es de 96 euros para el paquete habitual: habitación con 2 camas dobles para albergar a 4 personas.

El hotel sigue el estilo de los típicos de carretera, con un perímetro de habitaciones repartidas en dos pisos que rodean el aparcamiento y la piscina. Piscina que, en cuanto dejamos nuestras cosas en la habitación, no dudamos en probar aprovechando que hemos llegado antes de que el sol desapareciera. Y no nos arrepentimos: alternamos entre el agua fresca del exterior, y el agua casi hirviendo de un jacuzzi interior. Es el primer momento de relax que tenemos desde que iniciamos el viaje, y se agradece.

La desconexión en la piscina da paso a nuestra primera aventura con las lavanderías comunes. Llegamos al cuarto con lavadoras y secadoras con nula experiencia en estas cosas, así que vamos poco a poco. Compramos detergente por 1 dólar en recepción. Echamos 1 dólar en la lavadora para poder programar 10 minutos de lavado en frío, y posteriormente programamos 30 minutos de secadora a razón de 25 centavos por cada 6 minutos dando vueltas. Luego comprobamos que 30 minutos es quedarse corto, ya que la ropa no se había secado del todo y seguía oliendo a humedad.

Dejamos la ropa dando vueltas en la secadora y nos vamos a un Walmart situado a unos 10 minutos en coche desde el hotel. Esto ya es otra cosa, mucho mejor que el que visitamos ayer en Los Ángeles. Somos el típico grupo de turistas que se dedican a señalar con el dedo lo que nos llama la atención. Esta vez compramos unas ensaladas con una pinta estupenda, y un poco de fruta. Nos pasamos por la zona de música y decidimos ampliar nuestro repertorio para el coche: entre M y F compran un disco de grandes éxitos americanos de los 70, y yo me hago con el disco en directo de Def Leppard por 14 dólares.

Es en este Walmart cuando vemos dos grandes iconos de la absorbente cultura americana: la afición por las armas, y la obesidad mórbida que obliga a gente relativamente joven a circular por los pasillos con la ayuda de un carrito motorizado. La cosa se pone espeluznante cuando uno de esos obesos es un niño que no debía alcanzar los 15 años.

El aparcamiento del Walmart es una discoteca como casi todos, por una sencilla razón: los coches traen como comportamiento por defecto hacer sonar el claxon cuando se cierran con el mando a distancia, así que las bocinas nunca dejan de sonar.

Cenamos muy bien en la comodidad de nuestra habitación, las ensaladas están buenas y satisfacen. Apuro los últimos momentos del día para llamar a casa, aprovechando que con las 9 horas de diferencia está amaneciendo en España. La conexión no es muy buena, así que debo recurrir con mis padres al sistema de "cambio y corto", con cachondeo general de la habitación incluído.

Mañana, muy a nuestro pesar, abandonamos la tranquilidad de Kingman y volvemos a lanzarnos a la carretera.

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