Los Ángeles, día 2. Universal Studios, Beverly Hills

2 de septiembre de 2011

Despertamos un poco más tarde esta vez. No es hasta las 5:30 cuando nos ponemos en marcha. Segunda mañana en California, y segunda llamada con Skype, apenas 28 céntimos de euro por 13 minutos de conversación.

Bajamos a desayunar, esta vez a sabiendas de la oferta completa y esperando a que llenen el espacio de comidas calientes. Probamos las hamburguesas de bacon y salchicha. Son mejores de lo que creíamos y alimentan de lo lindo.

Hacemos tiempo en la habitación a sabiendas del horario de apertura de nuestro destino de hoy. Nos vamos a Universal Studios, que además de ser unos estudios de cine también son una suerte de parque temático. Hoy estrenamos conductor, M da el paso y se pone al volante.

Ponemos rumbo a Universal City, en el norte de Los Ángeles. M también se adapta enseguida al vehículo, a excepción de algún acelerón. Echamos en falta más señales indicando el límite de velocidad, ya que no abundan y muchas veces dudamos sobre si éste ha cambiado y no nos hemos dado cuenta.

Llegamos a la entrada de vehículos. Pagamos 15 dólares para aparcar en el "Parking General", que está bastante lleno pero al que todavía le queda espacio suficiente a partir de la tercera planta. Pagar más por el "Parking preferente" es una soberana tontería, apenas ahorras tener que caminar 200 metros.

El paseo desde el aparcamiento hasta las taquillas del parque ya está amenizado con locales, sobre todo de alimentación. El espíritu norteamericano no podía permitir que en todo este recorrido no tuvieras tentaciones para comprar. Un dato curioso: por ahora, no importa a qué hora y qué comercio observes, siempre hay algún cliente dentro. El paraíso de las transacciones.

Hace falta mucha paciencia para conseguir las entradas para el parque. Tras pasar por dos taquillas y tres inspecciones de mochila, conseguimos nuestras entradas para 3 días en la oficina de pases anuales. En realidad solo pensamos venir hoy, pero encontramos una oferta en la red por la que la entrada para tres jornadas resultaba más barata que una entrada simple. Las traíamos pre-pagadas de casa, y al cambio de divisas de aquel momento el precio fue de unos 45 euros por persona. Entramos al fin.

Nada más acceder al recinto, nos dirigimos rápidamente a la entrada del Studio Tour, una visita guiada por los estudios incluída en la entrada. El pase en español es a las 12:15, así que acordamos planificarnos para estar aquí con suficiente antelación para asegurarnos la entrada. Ya que estamos a pocos metros de la zona dedicada a Los Simpson, es por ahí donde empezamos nuestro paseo.

La zona está muy conseguida, con una gran cabeza de Krusty y una tienda de recuerdos disfrazada de Badulaque de Apu como principales atractivos. Accedemos a la atracción de "The Simpsons Ride", que resulta ser un cine de tipo Imax a bordo de vagonetas cuyo movimiento acompaña a la acción. El proceso de espera está muy conseguido, ya que cada grupo va avanzando en bloque a salas donde avanza la historia que precede a la atracción. Es prácticamente como ver un capítulo inédito de Los Simpson mientras llega tu turno.

La atracción en sí representa una vagoneta de montaña rusa justo detrás de la que ocupan Homer, Bart y compañía. La gracia está en que el Actor Secundario Bob ha saboteado la atracción, y a partir de ahí uno ya se puede imaginar el resto. Saltos, gritos, salpicaduras, y todo muy bien integrado en el universo Simpsons. Una sensación especial cuando la acción se traslada a las calles que tantas veces hemos visto en Antena 3 primero y Antena Neox después.

Salimos de la atracción muy satisfechos y con una cosa clara: hoy no es día para cargar con las cámaras réflex. Entre M, F y un servidor decidimos utilizar las taquillas del parque para liberarnos de la carga y limitarnos a divertirnos y quizás hacer alguna foto con la cámara compacta. Las taquillas son completamente electrónicas: tras pagar los 10 dólares que cuesta cada una, la que esté disponible se abre automáticamente y se te proporciona un código necesario para volverla a abrir más adelante.

Liberados de nuestra carga, el más cobarde del grupo (es decir, yo) se siente con ánimos suficientes para adentrarse en La Casa del Terror. Y en qué momento se me ocurrió... lo pasamos fatal, agarrándonos unos a otros, y hasta un grupo de desconocidos que llevamos justo detrás nos coge también cuando aparece, por ejemplo, la madre de Norman Bates. Confirmo que, cuando tengo miedo y grito, pongo acento andaluz. No digo "¡Aaaah!", digo "¡Ejeeeee!".

La casa del terror, pese al mal rato, es recomendable si te gusta el cine clásico del género. Respiramos aliviados cuando tras 15 minutos volvemos a salir a la luz del sol. Sol que, por otra parte, ya empieza a apretar. Caminamos sin una dirección fija hasta dar con uno de los límites del parque, y desde un mirador elevado divisamos por primera vez los estudios de la Universal. Una amplia extensión de naves industriales en las que se gesta lo que luego vemos en la pequeña y gran pantalla.

Entre unas cosas y otras, pasan ya 30 minutos de las 11 y decidimos dar paso ya al Studio Tour. Esperamos y esperamos, hasta que al fin subimos equipados con unas gafas 3D para el espectáculo de King Kong, una atracción que viene incluída en la visita. El azar nos coloca en el lado derecho de los cochecitos, lo cual no es una buena noticia sabiendo que en un momento de la visita, el Delorean de Regreso al Futuro quedará a la izquierda.

El tren con 4 o 5 vagones de 20 o 30 personas cada uno echa a rodar. Mediante pantallas y megafonía, todos podemos ver y escuchar al guía de turno, que es un norteamericano hablando español y soltando demasiados chascarrillos y tonterías para mi gusto.

El recorrido empieza con un descenso hasta los estudios por una carretera con carteles de películas célebres de la Universal a ambos lados. Cuando el descenso termina, entramos de lleno en una ciudad de cartón-piedra llena de fachadas que han protagonizado infinidad de escenas. Según el tren avanza, las pantallas muestran fragmentos de película en las que poder reconocer lo que tenemos a lado y lado del recorrido.

Alcanzamos un lugar muy especial: la plaza de Hill Valley. Es muy, muy pequeña, y el edificio del reloj de la torre está, pero sin reloj. Pese a ello, es reconocible y una visita obligada para los más fans de las aventuras de Marty McFly, como es mi caso.

Llegamos a la atracción en 3D de King Kong. El tren se adentra en una cueva, nos equipamos con nuestras gafas especiales, y se inicia una proyección en dos pantallas gigantescas a ambos lados del vehículo. King Kong lucha contra dos tiranosaurios, y la sensación de inmersión está muy bien conseguida. Acorde a la proyección, nos salpica el agua cuando una de las bestias cae en un charco, y ésta huele como si llevara mucho tiempo sin renovarse.

La siguiente parada es ante dos coches tuneados. De repente, ambos coches se elevan sobre unos anclajes en el techo y empiezan a realizar acrobacias. Y como si fuera el no va más... empiezan a bailar reggaeton. Muy lamentable.

Seguimos hasta la recreación de una plaza con pendiente por la que en la película Big Fat Liar caía una corriente enorme de agua. Y la corriente se repite, impactando esta vez contra el lateral izquierdo del vagón. Nos salvamos del agua esta vez.

Seguimos ahora hasta el lago donde se rodaron varias escenas de Tiburón. El guía comenta a modo de anécdota que el tiburón mecánico original fue un desastre que se averiaba tras cada escena, para desesperación de Spielberg. Cuando nos marchamos del escenario, las pantallas muestran que aquí también se han rodado escenas de la serie Se Ha Escrito Un Crimen.

Turno para uno de los puntos que más esperábamos: el Motel Bates. Un mes después de haber visto Psicosis por primera vez, pasamos junto a las puertas de las habitaciones así como de la casa de Norman. Un Norman que sale del edificio ataviado con un cuchillo y amago con quedarse algún turista de recuerdo.

El recorrido está llegando a su fin, pero queda antes el brutal escenario de La Guerra de los Mundos. Destrucción a lado y lado del camino, coches y aviones destrozados. Podría tratarse perfectamente de un decorado del episodio piloto de Perdidos.

Antes de terminar, pasamos por una gran llanura presidida por una monstruosa pantalla de croma, en la que lo último que se había hecho era rodar algunas escenas de Piratas del Caribe IV. En las pantallas, muestran como ejemplo una escena con Jim Carrey en Como Dios (Bruce Almighty).

La visita es muy larga, más de lo que esperábamos, y solo lamentamos (yo, sobre todo) no haber estado en el lado correcto para haber visto el Delorean de Emmett Brown en condiciones. En otras circunstancias, me hubiera animado a repetir el recorrido en la versión en inglés.

De nuevo a pie, descendemos ahora hasta el anexo del parque situado en una planta inferior. Aquí tenemos, entre otras, las atracciones de La Momia y Jurassic Park, y empezamos por ésta última. Se trata una barcaza al estilo Tutuki Splash con un recorrido muy bien ambientado y con una sola caída, pero muy pronunciada y larga.

A estas alturas, ya constato que las esperas para subir a las atracciones son muy cortas, pese a encontrarnos en plena ciudad, y no una pequeña. La clave debe estar en la enorme oferta de ocio que hay, provocando que el público potencial se fragmente y no acuda en masa a un solo lugar. Por ejemplo, si lo que más te interesa son las montañas rusas tu opción es el parque Six Flags. O si quieres que los niños lo disfruten, tienes Legolandia. O si solo te interesa conocer el mundo del cine, quizás deberías acudir a los estudios de la Warner Brothers. La Universal es una solución híbrida de todas ellas, buscando que todos disfrutemos la visita por igual.

Nos dividimos durante unos minutos. L se dirige a un pequeño museo, y el resto vamos a la atracción de La Momia. Por el camino, algunos empleados del parque montados en unos altos juncos y con vestimentas egipcias se dedican a ir asustando a los turistas. La atracción es una montaña rusa completamente a oscuras y basada en una aceleración muy alta y algunos giros bruscos. Se hace muy corta, y crees que en cualquier momento vas a recibir un susto mayúsculo, pero éste nunca llega. Los asientos son algo incómodos, tanto que en la entrada tienen uno de muestra para que decidas si quieres montar o no.

Nos reencontramos con L en el museo NBC. Es pequeño, pero muy completo. Multitud de artículos sobre películas de Alfred Hitchcock, y también otros de El Caso Bourne, Scott Pilgrim, House, Heroes, etc.

Ha llegado la hora de reponer fuerzas. Nos decidimos por Louie's, una pizzeria. Las pizzas completas son enormes, fácilmente pueden bastar para 6 personas. Nosotros preferimos pedir porciones individuales, por aquello de no tener que consensuar los ingredientes. A cada uno, la porción (que basta para comer) y una ensalada césar nos sale por 8 dólares. La de peperoni, la de queso... todas están muy buenas.

Con el estómago lleno, entramos en una de las múltiples tiendas de souvenirs repartidas por el parque. Todo es más bien caro, pero entre las sudaderas y los llaveros me encuentro una joya: los Delorean de la primera y segunda entrega de Regreso al Futuro por 17 euros cada uno. También debían tener el de la última entrada, pero parece estar agotado. Me siento moralmente obligado a comprar uno de ellos y me termino decidiendo por el de la segunda entrega, ya que fue la que realmente me enganchó a la saga de por vida. No esperaba llevar algo así.

Vamos ahora al show de animales de cine. Mientras esperamos a que abran las puertas, veo por primera vez un móvil del mismo modelo que el mío. El Motorola Milestone no es muy popular en Europa, pero su equivalente norteamericano (Motorola Droid) así como sus evoluciones, fueron uno de los causantes del auge de Android en este continente.

Accedemos a la grada, y durante la espera nos pasan escenas con animales combinadas con un pequeño juego de preguntas. El show dura un suspiro o por lo menos esa sensación da, luciendo sobre todo pájaros y perros adiestrados, todo ello con voluntarios del público. El colofón final es un simio. Un cerdo y una gallina luchan constantemente por cambiar un letrero con el "Menú del día". A la gallina no le gusta que se sirva pollo, y al cerdo no le gusta que se sirva jamón.

Nos dirigimos ahora con el tiempo justo al espectáculo sobre efectos especiales. Y nos lo perdemos por los pelos: entramos, pero ya no quedan asientos y desalojan a todos los que nos hemos sentado en las escaleras (ya me parecía raro que nos lo permitieran). Decidimos ir con cierta antelación al espectáculo de Water World para evitar que nos ocurra lo mismo.

Water World es un espectáculo basado en el universo de la homónima película protagonizada por Kevin Costner. El guión no es nada del otro mundo: buenos que se ven amenazados por los malos, malos que parecen tener todo bajo control, y héroe que irrumpe en escena para conseguir a la chica. La gracia está en todo lo que lo rodea, explosiones y escenario destruible incluído. En los previos al espectáculo, unos brutos uniformados mojan de lo lindo al público, respetando las marcas de "Seco", "Mojado", "Empapado" (Dry, Wet, Soak) que figuran en la grada.

Damos por concluída nuestra aventura en la Universal. Hemos dejado en el tintero dos o tres atracciones y espectáculos que podríamos disfrutar con media jornada más, pero nuestra agenda esta repleta. Ahora salimos del aparcamiento en dirección a Rodeo Drive, pero paramos antes en el pijo Beverly Hills.

M suelta una de las frases del viaje. Literalmente, empieza a leer un cartel en la carretera: "Report drunk drivers. Call nou-cents onze" (Denuncie a los conductores bebidos. Llame al... 911, pero lo dice en mallorquín).

Ya en Beverly Hills, damos un par de vueltas buscando alguna clásica avenida rodeada de palmeras, a falta de una referencia mejor. Detenemos finalmente en Beverly Boulevard, cerca de un parque.

El parque es pequeño pero nos parece suficiente. Algunas ardillas campean libremente y hay poca gente por las calles. El tráfico es un pequeño caos organizado gracias a dos pilares: las señales de Stop, que aquí significan "primero que llega, primero que pasa", y el reinado absoluto de los peatones que cruzan por donde les viene en gana sin que nadie se lo recrimine. Aunque cueste creerlo, la consecuencia es que se puede pasear y conducir perfectamente por la zona.

Circulamos, ahora si, por Rodeo Drive. No encontramos aparcamiento, ni falta que hace: basta con ver los escaparates desde el coche. Todas las grandes marcas están representadas. Salimos de la zona, y de repente el paisaje vuelve a ser más mundano.

Localizamos un Walmart, conocidísima franquicia de supermercados. Este en concreto, es el más cercano a nuestro hotel. Aunque en aquel momento ni siquiera reparé en ello, al visitar otros Walmart posteriormente me percaté de que en éste éramos los únicos clientes blancos. Segregación demográfica, supongo.

Compro una sudadera para salir del paso, ya que por las noches refresca y no voy muy surtido de ropa de invierno. Compramos también una nevera de porexpan que nos acompañaría en todas las millas futuras por recorrer. 3 dólares. Algo de agua, y hacia el hotel.

Ni siquiera es necesario salir a cenar esta vez, nos basta con las manzanas y Pringles que compramos la noche anterior. Preparamos nuestras maletas para no perder más tiempo del necesario mañana por la mañana, cuando abandonemos Los Ángeles para siempre. Aprovechando que el equipaje ya no está invadiendo la habitación, ahí van unas cuantas fotos sobre cómo era nuestro hogar.

La conclusión es que, si vienes a la costa oeste por primera vez, Los Ángeles es un escenario que no puede faltar en tu agenda. Sin embargo, no quedarán muchos más alicientes para visitarlo en una segunda ocasión.