Palma de Mallorca, Zúrich, Los Ángeles

31 de agosto de 2011

Escalas del vuelo de ida

Empieza aquí la narración de una locura. Una locura que anhelábamos realizar desde que L y yo descubrimos cuánto nos gusta viajar, y que no ha tardado mucho tiempo en hacerse realidad desde aquel momento. El 31 de agosto de 2011 a eso de las 7 de la mañana sonaba nuestro despertador en Mallorca para dar el pistoletazo de salida a 18 días tan intensos como especiales.

En compañía de dos compañeros de trabajo (M y F), en pocas horas empezábamos nuestro viaje a la costa oeste de los Estados Unidos. En el horizonte, nombres como Los Ángeles, Las Vegas, San Francisco, Yosemite, Grand Canyon... pero todo eso ya llegaría. De momento, ponemos rumbo al aeropuerto pagando unos 20 euros por un taxi concertado la noche anterior.

Contratamos el vuelo con aproximadamente medio año de antelación. Encontramos el mejor precio de aquella época en el portal Expedia, operado por una combinación de las compañías Edelweiss, Swiss y United. El vuelo, con escala en Zürich para la ida hasta Los Ángeles y en Boston primero y Zürich después para la vuelta desde San Francisco, tenía el precio de 628 euros por persona.

Tomamos ventaja, como siempre que viajamos y la compañía lo permite, de haber obtenido nuestras tarjetas de embarque el día anterior a través de Internet. Esto nos ahorra una larguísima cola de turistas esperando a obtener sus tarjetas de Swiss, aunque finalmente perdamos la ventaja del mostrador express gracias a una familia de extranjeros despistados que nos precedían en la cola. Cuando al fin llega su turno, no nos lleva ni 5 minutos despedirnos del grueso de nuestro equipaje.

Llegamos a la puerta C61 en el preciso instante en el que el personal de tierra abre el embarque. Una vez a bordo del bastante espacioso Airbus A320, empezamos a sopesar la posibilidad de que seamos los únicos españoles. Bien sea por la apariencia física del pasaje o bien por el extremo silencio del ambiente, no parece que haya muchos más.

Pasadas las 9:30, ya en el aire, comenzamos a saborear las mieles de volar con Swiss (el vuelo es de Edelweiss, pero son compañías primas-hermanas). Un buen desayuno a base de bollería, mantequilla, mermelada, zumo, yogur, algo similar al mazapán y café o té. Y no hemos hecho más que empezar.

Tanto en la señalización del avión como en la preparación de la tripulación, el castellano brilla por su ausencia. Solo oímos o leemos mensajes en el idioma de Cervantes cuando se nos da la bienvenida y se nos despide por la megafonía. Si es el precio a pagar por lo bien que nos han tratado los suizos, lo pago con gusto.

Según avanza el vuelo, el comandante ejerce de guía turístico y nos informa de qué es lo que podemos observar por la ventana. Primero Marsella, luego los Alpes, y en un santiamén el paisaje se ha llenado de prados verdes y encantadores pueblos a pie de río. Bueno, y alguna central nuclear. Parece que ya estamos en Suiza.

Tras tener claro que Suiza, o por lo menos los alrededores de Zürich, bien merecen una visita, el avión toma tierra. Antes de abandonarlo, las pantallas informan de la puerta de embarque para todas las conexiones del pasaje, incluído el vuelo de Swiss hacia Los Ángeles. A su vez, el autobús que nos lleva hasta la terminal informa igualmente de cuándo deben apearse los pasajeros que todavía no han terminado su trayecto. Todo muy bien organizado.

Tras alcanzar la terminal A utilizamos un metro subterráneo, el Skytrain, para llegar hasta la terminal E. El trayecto apenas dura 3 minutos, y lo ameniza un efecto óptico a base de fotos en las paredes y el sonido ambiente de la naturaleza... vacas incluídas.

Es en la terminal E donde empiezan las formalidades típicas de un viaje de esta magnitud. Dos controles de pasaporte, ambos superados sin problemas y primeros chapurreos en inglés agradeciendo la amabilidad del personal del aeropuerto. Pasan unos minutos hasta que, al fin, subimos a bordo del Airbus A340.

La primera impresión, y no es la primera vez que nos ocurre, es que teníamos más espacio para las piernas en el vuelo previo de 2 horas y no en este, que va a alargarse durante 12. Supongo que en trayectos de esta magnitud las compañías intentan explotar la capacidad de cada avión al máximo. Menos espacio entre asientos, más asientos por avión, más ventas por trayecto.

Confirmamos la buena noticia que ya esperábamos: tenemos pantallas individuales en cada asiento. Independientemente de la oferta y calidad de películas, series, etc. de que disponga, en un vuelo tan largo toda ayuda para pasar el tiempo es poca. El colofón hubiera sido disponer de tomas de corriente, pero eso solo ocurrió una vez con Continental y no parece que sea lo habitual en la clase turista.

Poco antes de despegar las pantallas quedan desbloqueadas y, gracias al mando a distancia disponible en cada reposabrazos -se agradece que las pantallas no sean táctiles, así el pasajero de detrás no te desnuca- descubrimos que entre las opciones del menú se incluye el acceso a dos cámaras en tiempo real: una en el morro del avión y otra en el piso, para ver en directo qué estamos sobrevolando. Acompañando a las dos cámaras, la clásica opción del "Airshow" que resume continuamente el estado del vuelo. El resto de opciones, las esperadas: películas, series y documentales, música y juegos.

Lamentablemente, el catálogo de películas apenas ofrece dos o tres títulos con opción de subtítulos en castellano. Me lanzo a ver Sucker Punch en inglés "a pelo" pero es imposible, todavía no he alcanzado ese nivel. Lo dejo a los 15 minutos. Ya estamos sobrevolando las islas británicas. Pero no importa, están íntegramente cubiertas por unas densas nubes que no permiten ver más allá.

Todavía pensando en hora española, es a las 15:00 cuando nos sirven la primera comida -poco después de despegar ya nos habían repartido galletitas saladas-. A elegir entre pollo o pasta, acompañado en ambos casos de ensalada, pan y queso suizo. Me quedo con el pollo, que tambien trae puré de patatas y brócoli y para beber, un vino tinto. Que estamos de vacaciones, hombre... Hasta el café resulta mejor de lo que esperaba para un avión, encantados estamos con Swiss.

Visto el escaso atractivo del cine en las pantallas interactivas -solo me "atraen" para ver Thor y Hanna, y la segunda no funciona-, echo mano de las 4 horas de autonomía del portátil y me lo paso pipa durante dos viendo RED, una comedia de acción sobre agentes de la CIA retirados. Mientras disfrutaba con Bruce Willis, John Malkovich y Helen Mirren, el avión ha rozado la punta de Groenlandia, pero no lo suficientemente cerca para poder ver algo desde las ventanas. Ya hemos alcanzado el ecuador del vuelo, tenemos por delantre otras 6 horitas.

Más comida para los pasajeros: ahora, un buenísimo helado de Panna Cotta. Los de Swiss se han propuesto cebarnos ya incluso antes de llegar al paraíso de los excesos de comida y grasas.

Mucho antes de lo esperado -habitualmente ocurría en el último cuarto del vuelo- reparten los folletos para la aduana de los Estados Unidos. Nada ha cambiado: rellenamos la dirección de nuestro primer hotel, el número de vuelo, y un "No" sistemático a todas las preguntas acerca de traer al país enfermedades, cantidades ingentes de dinero, etc.

Sigamos comiendo. Bocadillo de pavo esta vez. Que no pare el festín...

Con tal de seguir acelerando el paso de las horas me animo a ver Thor, esta vez en las pantalla del asiento. M y F ya me habían preparado para lo peor, así que no me parece tan mala... aunque es cierto que al final se derrumba como un castillo de naipes. Muy flojita.

Ya hemos superado el Atlántico, y las nubes han decidido apartarse para dejarnos ver Canadá primero y, al fin, Estados Unidos después. Supuestamente dejamos a mano izquierda el Monte Rushmore, aunque dudo que a la distancia necesaria para verlo y, en cualquier caso, nos coge en el lateral opuesto de la cabina.

Cada vez queda menos, pero según pasa el tiempo éste parece avanzar más despacio. Según la información del AirShow, seguimos a 12.000 metros de altitud y con una velocidad de 800 kilómetros por hora. En 150 minutos tomaremos tierra en Los Ángeles.

Mis otros tres compañeros han conseguido echar pequeñas cabezadas durante el vuelo, así como la mayoría del pasaje. Yo, que rara vez lo consigo, lo intento durante 20 minutos para terminar desistiendo. Me espera un día más largo de lo habitual, pero no pasa nada, ya lo he hecho más veces y por motivos de menor peso (ceremonia de los Oscar...).

Los suizos siguen empeñados en adaptar nuestro nivel de obesidad al del país de destino. Nos brindan ahora ni más ni menos que una generosa porción de pizza margarita y, de propina, una nueva pastita para el próximo pase de café. Se suceden unas pequeñas turbulencias, pero insuficientes siquiera para que se encienda la luz de "Permanezcan en sus asientos". No se ha encendido ni una sola vez en todo el trayecto.

A una hora de alcanzar Los Ángeles, el comandante anuncia el inminente paso sobre la ciudad de Las Vegas. Y no mentía: por nuestras ventanillas asoma una pequeña isla de enormes edificios junto al aeropuerto McCarran, ambos rodeados por una interminable extensión de pequeñas casas. Distinguimos desde esta distancia la torre del Stratosphere, la pirámide del Luxor... toda una sorpresa ver Las Vegas, aunque sea desde las alturas, más de una semana antes de lo previsto.

Con el historial de comida que llevaba la compañía suiza, raro era que no hubiéramos probado el chocolate suizo. Y ahí llega, como detalle final a pocos minutos de tomar tierra.

Justo al terminar unas abruptas montañas, nace el paisaje de Los Ángeles. Y qué paisaje: millones de pequeños hogares en sus correspondientes parcelas, todas con su impecable césped. Es impresionante, la vista no alcanza el final de la sucesión de casas, y causa impacto pese a haberlo visto previamente con imágenes vía satélite en la red.

12 horas después de abandonar Zürich y unas 16 tras abandonar España, aterrizamos en Los Ángeles. Abandonamos el Airbus, y enfilamos un largo pasillo hasta alcanzar uno de los más pesados trámites para entrar en el país: el control de inmigración. Una tediosa espera de una hora hasta ser atendidos, agravada esta vez por el hecho de venir precedidos por un montón de turistas asiáticos que, por dificultades con el idioma, entretienen a los agentes mucho más tiempo del esperado.

Tarde, pero todo llega. En nuestro turno, respondemos a las preguntas que ya casi nos conocemos de memoria. ¿Para qué has venido a los Estados Unidos? ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? Ponga aquí su dedo para tomar su huella dactilar... Un trámite.

Y mientras esperábamos a que el agente norteamericano y el turista chino de turno se entendieran de una vez, al fondo de la sala empezaban a asomar maletas por la cinta correspondiente a nuestro vuelo. Afortunadamente no tuvimos problemas en ese aspecto: para cuando alcanzamos las cintas de equipaje, nuestras cuatro maletas ya estaban allí. Una preocupación menos.

En comparación con el de inmigración, el control de aduanas es un visto y no visto. Son las 6 de la tarde del último día de agosto cuando nos asomamos al cielo de California y... hace frío, tócate las narices. No es excesivo, pero desde luego los 20 grados que nos reciben no es lo que esperábamos.

Gracias a la señalización, no tenemos problemas en encontrar el autobús lanzadera de nuestra compañía de alquiler de coches. En 10 minutos, estamos en la oficina de National/Alamo, donde nos espera una nueva cola, por suerte no tan exasperante como la anterior.

El alquiler se tramita sin problemas: una reserva pre-pagada de un coche de categoría Standard SUV, contratado a través del portal e-Alquiler de coches con todos los seguros posibles menos el de asistencia en carretera, el cual contratamos en este preciso instante. Pagamos para que el depósito venga lleno, sin la obligación de devolverlo con ninguna cantidad de gasolina en concreto. En total, para 16 días de coche, 610 euros a repartir entre los cuatro. Elegimos dicho portal por ofrecernos el mejor precio de entre toda la oferta que consultamos, y porque puedes tramitar la reserva llamando a un teléfono gratuito y en español, con la garantía de que igualarían cualquier oferta mejor que puedas encontrar antes del viaje (y así fue).

El funcionamiento de la recogida del vehículo es el siguiente: tras abandonar la oficina, te diriges al aparcamiento disponible a pocos metros. El parking está dispuesto en pasillos en los que cada "acera" se corresponde a una categoría de vehículo. Eliges el que más te gusta de tu categoría, y al salir de las instalaciones un empleado relaciona tu contrato con el vehículo que te has llevado. Nosotros nos dirigimos al pasillo de los Standard SUV, y descubrimos que no queda ningún coche disponible: los cuatro que hay aparcados ya han encontrado dueño. Así que recurrimos a un empleado sudamericano que iba por allá y, por el mero hecho de poder hablarnos en español, nos da trato preferente y deja esperando a una familia de franceses a los que también estaba atendiendo.

Aprovechando la cercanía, le comento que nuestra mayor preocupación es el equipaje, así que nos gustaría el coche con mayor capacidad de maletero de entre todos los posibles. Y al poco aparece por la rampa un Dodge Journey. No es ninguno de los que apostábamos como posibles (Jeep Grand Cherokee, Nissan Pathfinder...), pero a primera vista parece que nos vale.

Llega el turno de que un primer valiente se preste voluntario. F será el primero en atreverse a conducir un coche automático (ninguno lo había hecho antes) por las calles de Los Ángeles. A mí la simple idea me hacía temblar, aunque luego vimos que el panorama no es tan fiero como lo pintan. Todo es cuestión de olvidar el embrague, y recordar pisar freno para cambiar de la marcha P (de Park) a la marcha D (de Drive). Más adelante, lecciones avanzadas sobre como pasar a control manual.

Tras casi 30 minutos familiarizándonos con lo básico del coche (las puñeteras palancas para regular el asiento cada vez están más escondidas), el Dodge empieza a rodar y nos lanzamos a la calle. El GPS, que traíamos preparado de casa, nos planta tras 15 minutos casi íntegros de autopista frente a nuestro primer hotel: el Best Western Plus Royal Palace Inn & Suites.

Escogimos este hotel gracias a las buenas experiencias que tuvimos con la cadena Best Western en viajes anteriores. Si bien hay que aclarar una cosa: nada tienen que ver los hoteles de BW en plena ciudad con los que dispone en zonas más aisladas. Los primeros son "correctos", los segundos son una gozada. En cualquier caso, en nuestra primera toma de contacto con las instalaciones consideramos bien invertidos los 416 dólares que hemos pagado por 3 noches en una habitación con 2 camas dobles. La reserva la realizamos llamando al teléfono gratuito ya que nos daban un precio mejor al de su página web y, además, te atendían en castellano.

Casi sin tiempo para escudriñar la habitación, nos echamos a la calle en busca de algo que traer al hotel para cenar. Preguntamos en recepción si hay algún supermercado cerca (lección primera: aquí no dicen "Supermarket", dicen "Grocery"). La recepcionista nos dice que a mano izquierda tenemos uno a tiro de piedra... y pagamos la novatada. En Los Ángeles, una ciudad donde si te ven caminando por la calle te miran raro, el concepto "a tiro de piedra" se basa siempre en moverse en coche. Si no coges el volante, esa distancia se traduce en 15 minutos a pie por una calle oscura sitiada por casas prefabricadas y algún vagabundo que se ha ido a dormir.

No es que nos sintamos amenazados, pero el paseo tampoco es especialmente agradable. Finalmente alcanzamos un pequeño complejo de tiendas presidido por un CVS Pharmacy, que es una cadena de supermercados abiertos las 24 horas. Compramos aquí algunas botellas de agua, y decidimos conseguir la cena en un Subway que hay a pocos metros.

En los Subway de este país te preguntan todos y cada uno de los pasos de tu bocadillo (desde el pan hasta salsas adicionales), así que nos lleva un rato salir de allí con cuatro bolsas y cada vez más cansados. Deshacemos nuestros pasos, y finalmente cenamos en el pequeño salón anexo al dormitorio de nuestra habitación. Ya solo queda tiempo para ducharse, dejar preparada la ropa para la mañana siguiente, y reponer fuerzas tras muchas horas deseándolo. Ya han pasado más de 24 horas desde que sonó nuestro despertador en Mallorca. Mañana más.

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