Apurando el spa y regreso a casa

3 de junio de 2010

Ocho de la mañana en la habitación 6927. Despertamos con cuatro horas por delante antes de abandonar la habitación hasta la próxima ocasión. Porque habrá una próxima... no se cuándo, ni en qué condiciones, pero tiene que haberla. Este tipo de turismo le hace demasiado bien a uno como para despreciarlo.

Nos despedimos, esta vez si, de Damián. Como siempre es amabilidad y formas protocolarias, resulta imposible saber hasta qué punto agradece que dos jóvenes clientes tengan la deferencia de despedirse de él.

Ella decide cerrar el círculo y pedir a la carta el mismo desayuno que en nuestra primera mañana: pancakes. Y para que la simetría sea perfecta, vuelve a comerse solo la mitad, dejando tortita y media burlándose en el plato.

Nos gustaría visitar por última vez tres lugares, pero estimamos que solo tenemos tiempo para pasar por dos de ellos. Así que hay que descartar la piscina Royal, la piscina Las Rocas o el balneario. No aprovechar la piscina Royal sería un sinsentido, ya que es nuestro lugar favorito y además queda a un tiro de piedra de la zona por la que conviene permanecer cuando se acerque la hora de marcharse. Entre Las Rocas -la piscina de agua salada- y el balneario, concluimos que es mayor la variedad de cosas que nos ofrece el segundo, así que muy a nuestro pesar no veremos más ese rincón idílico a pie del mar.

Empezamos nuestro itinerario de despedidas en el balneario, en el que seguro irá llegando más gente según avance el día. Baños de agua caliente. Chorros cervicales. La piscina más tranquila del resort. Nos agarramos a la barandilla de la piscina... si quieren que nos marchemos, tendrán que cargar con nosotros.

Salimos del Renova Spa dos horas después. Debe ser la ocasión en la que más tiempo hemos pasado en sus instalaciones, pero es que nos daba lástima abandonarlas. Pedimos un carrito en recepción y esperamos. Pasan 5 minutos, y seguimos esperando. Pasan 10, y la cosa no mejora.

La peor de las experiencias en materia de carritos nos estaba aguardando en nuestro último día. Parece como si la llamada desde la recepción del balneario hubiera caído en el olvido, porque demoras de hasta 15 minutos se pueden justificar dada la distancia del complejo, pero pasada media hora allí seguíamos. Finalmente pasó uno de los carritos "para todos los públicos" que hace paradas en las recepciones y nos vamos en él. Algo que, de haber sabido lo que iba a pasar, podríamos haber hecho al minuto de salir del balneario cuando pasó el anterior.

Estamos de vuelta en nuestra habitación -por poco tiempo- a las 12 en punto. No esperábamos que hubiera nadie esperando con el reloj en la muñeca a que la habitación quedara libre, y afortunadamente así fue. Cargamos en la mochila lo que necesitamos para las pocas horas que nos quedan, y dejamos el resto empaquetado en las maletas. Avisamos por teléfono a recepción, y nos comunican que el botones ya se encargará de recoger el equipaje y llevarlo al punto de encuentro de donde saldrá nuestro autocar. Dejamos propina para el personal de limpieza que nos ha atendido todos estos días, y dejamos por última vez la villa 69.

Nos instalamos con nuestras mochilas en la piscina royal, desde donde podemos vigilar cuando se llevan nuestras maletas hasta la recepción. Como nuestra estancia ha durado algo más que los típicos 7 días de las lunas de miel, hemos "convivido" -por decirlo de alguna manera, ya que no solemos relacionarnos- con dos grandes grupos. Creía que ver llegar a gente con todo el viaje por disfrutar cuando a nosotros nos quedan pocas horas nos despertaría cierta envidia, pero no. Señal de que el tiempo que hemos estado, sentimos haberlo disfrutado con creces.

La cama que hemos conseguido para nuestras últimas horas en la piscina se encuentra en una esquina de la zona, quedando tras de si un trozo de hierba y el extremo del lago. Sin embargo, percibimos como la gente va acumulándose detrás de nosotros, como si hubiera allí algo que ver. Cuando se ha despejado un poco, nos giramos y vemos apoyada en un bordillo la mayor de las iguanas que nos hemos encontrado en todo el viaje. Aún con ello, parece lógico pensar que toda esa gente que acudía a verla debía ser recién llegada, porque tras varios días rodeado de iguanas uno ya las asimila como parte del paisaje.

Llegada la hora de la comida, parece lógico querer despedirse en alguno de los buffet, aunque no tengamos demasiada hambre. Lamento haber descubierto la última noche la salsa tártara que sirven aquí. De haberla conocido antes, hubiera abusado de ella muchísimo más. Quizás sea mejor así.

Muy a nuestro pesar, al salir del buffet el reloj ya ha avanzado demasiado, y no parece que vaya a haber tiempo para más cosas que las esenciales para prepararse para el viaje. No habrá una última propina de piscina. No importa, volveremos algún día.

Al pasar por delante de la recepción del Hotel Riviera, topamos con el clásico montón de maletas dispuestas para ser cargadas en los autocares de huéspedes que se marchan. Es una escena que se sucede casi a diario, con la diferencia de que hoy nuestras maletas están escondidas en algún lugar de ese laberinto. No nos cuesta mucho identificarlas: son las únicas que han sido "plastificadas" a mano, con un rollo de papel transparente comprado en el Mercadona. Si, vale, quedan más feas que las que han sido plastificadas con una máquina disponible en recepción... pero nos ha costado 20 veces menos.

Recalamos en la recepción de The Royal Suites para utilizar las duchas de cortesía. Es un espacio concebido para los huéspedes que han debido abandonar la habitación pero todavía disponían de cierto margen de tiempo antes de la salida del autocar. De ese modo, uno puede apurar sus últimas horas en el hotel con cualquier actividad que permita ducharse posteriormente. En la antesala se dispone de toallas, jabón, champú, y casi todo lo que el servicio de habitaciones reponía en el baño de las estancias.

Ya duchados y con ropa cómoda para el largo viaje, nos queda una hora por delante antes de que el autocar abra las puertas. Doy un paseo fugaz hasta la recepción Riviera, con tal de traspasar de la mochila a la bolsa de deporte a facturar todo lo que no sea necesario para el viaje: zapatillas, la ropa que llevábamos antes de la ducha, etc. Cuando vuelvo a la recepción Royal, prácticamente nos han dejado solos. La gente, aún con más de 45 minutos por delante, ya se ha marchado al punto de recogida. Deben ser los mismos que hacen cola frente a la puerta de embarque cuando ni siquiera ha llegado el avión a la terminal. Ir de la recepción de The Royal Suites hasta el punto de salida supone un mísero minuto a pie, no hace falta ponerse nervioso.

Quisiera despedirme de Josua, ya que no hemos tenido ocasión de darle una pequeña propina por el trato recibido todos estos días. Sin embargo, parece estar ilocalizable: en breves instantes se va a celebrar una boda a pie de playa y todo el personal de los carritos tiene que encargarse de que los invitados lleguen a tiempo al capitolio. Escuchamos la siguiente conversación:

  • Recepcionista (al teléfono): me llaman de la villa (...) para que acuda a buscarles Josua.
  • Al otro lado: Josua está ocupado llevando gente a la boda.
  • Recepcionista: ya... pero es que el que llama es el novio.

Se acerca la hora de marcharnos y no ha sido posible cruzarnos con él, así que intento que le dejen el aviso de que estaré en la recepción Riviera hasta que salga el autocar. Nos dirigimos hacia allá, y aparece cuando ya están empezando a cargar bultos en el autocar. Me despido efusivamente de él y charlamos durante los pocos minutos que nos permite el horario. Cuando ya parece que va a marcharse, le extiendo la mano y le dejo "el obsequio". Un buen actor: el primer día casi nos pide a gritos la propina, y hoy parecía no esperarse para nada recibirla.

Subimos al autocar, que al parecer solo carga a los huéspedes de The Royal Suites (los del hotel Riviera van en el siguiente). Sin embargo, antes de salir del recinto se para frente al hotel Kantenah y allí termina de completar el pasaje. Con apenas unos asientos todavía libres, enfilamos el camino hacia Playa del Carmen.

Pasada la ciudad, el autocar hace un pequeño rodeo para cargar a todavía más gente. Apenas unas 10 personas suben en un tal Hotel Princess que nada tiene que ver con el Grand Palladium.

Llegamos al aeropuerto de Cancún casi hora y media más tarde de salir de nuestro hotel. Cuando alcanzamos los mostradores de facturación, vemos que el otro autocar, el que llevaba a gente del Hotel Riviera, ha llegado hace ya un rato, probablemente porque no tuvo que hacer ninguna parada intermedia. No es una buena noticia, ya que los asientos se irán asignando por orden de llegada y según se complete el pasaje será más difícil conseguir una ventana... o incluso dos asientos juntos.

La cola para la facturación avanza lentamente. A medio camino, un mostrador improvisado con una empleada de la ley se encarga de cobrar el impuesto de salida que todo turista debe pagar antes de abandonar Méjico. Se permite pagar con 50 euros, 60 dólares o 750 pesos. Como ya conocíamos los precios, concluimos que al cambio que nos daba el hotel era lo mismo pagar en euros que pesos, así que usamos la moneda europea. Al pagar, recibes dos resguardos que debes entregar apenas 2 metros más allá, cuando llega tu turno para facturar.

Llega nuestro turno y, tal como temíamos, no quedan asientos libras en las filas laterales, las que son grupos de dos butacas. Sin embargo, existen todavía asientos consecutivos en la fila media, la que agrupa tres butacas. Todavía conservamos la esperanza de que no tengamos compañía en nuestro bloque y podamos improvisar una cama con dos asientos.

En unos minutos estamos pasando el arco de seguridad, sin ninguna cola previa. Excepto en la zona de facturación, no parece haber mucha actividad en el aeropuerto. Casi podría asegurar que los únicos turistas esperando a marcharse son los de nuestro paquete.

El Duty Free, al contrario que en los aeropuertos estadounidenses, resulta ser un engaño. No solo no existe nada que sea más barato que en otras zonas visitadas en el viaje, si no que cualquier artículo resulta más barato en supermercados españoles. Vemos a gente comprar botellas de ron y tequila y cargarlas en el equipaje de mano. Apuesto a que muchos de ellos tendrán que hacer escala en Barajas y se encontrarán una desagradable sorpresa, pero ellos sabrán.

Ya sentados frente a la puerta de embarque, una empleada del aeropuerto hace una ronda entregando encuestas sobre la calidad de éste, prometiendo un obsequio a aquellos que participen. No tenemos nada mejor que hacer -no hay wifi en la terminal-, así que invertimos 5 minutos en rellenar el formulario, mostrando conformidad con la higiene pero disconformidad con los precios de las tiendas y la ausencia de conexión a Internet. El obsequio resulta ser una camiseta... defectuosa, ya que tiene el estampado de Hard Rock Café cosido al revés. Servirá como pijama.

Con la espera nos entra sed, y no me queda más remedio que pasar por el aro de los precios del aeropuerto. Compro una botella de agua que por lo menos es Roland Springs, nuestra agua mineral favorita desde que estuvimos en Nueva York.

El embarque se abre diez minutos más tarde de lo esperado. Es decir, el vuelo técnicamente no sufre ningún retraso. Hubiera sido el colmo, todo el aeropuerto para nosotros y que el único vuelo de salida se retrasara...

Llegamos a nuestros asientos: estamos justo en la zona intermedia de la cabina, pero como no tenemos ventanilla, nos importa más bien poco que las alas puedan obstaculizar las vistas. Poco a poco se va completando el pasaje, y cada vez que alguien pasa de largo estamos más cerca de conseguir tres asientos para los dos. Finalmente se cierran las compuertas y a ella le hace falta tiempo para empezar a diseñar la cama donde intentará dormir durante el vuelo.

Al poco tiempo de despegar, el piloto anuncia por megafonía que estamos sobrevolando Miami. Ahora si que lamentamos no tener ventanilla.

Según se apagan las luces en cabina, yo me quedó sentado lo más cómodo que puedo dadas las circunstancias, y ella se echa acurrucada a lo largo que permiten dos asientos y mis rodillas. El resultado: ella no se duerme, pero yo si. No es un sueño profundo, pero lo suficiente como para que el vuelo se haga sustancialmente más corto. Antes de que me de cuenta, ya estamos sobrevolando la península y la luz del sol vuelve a entrar por las ventanas.

Llegamos a Barajas y, al pasar por el arco de seguridad para los tránsitos, asistimos al gran show que anticipábamos en el duty free de Cancún. El personal de seguridad no permite el paso de las botellas de alcohol que pasan las medidas permitidas. En ocasiones así es cuando ratifico que no podría trabajar de cara al público. Hay que tener nervios de acero para guardar la compostura cuando la gente reacciona de forma absolutamente irracional. Si llevas años escuchando la prohibición de llevar líquidos de ese calibre, ¿por qué confías en un mejicano que te dice que no habrá problema, más aún cuando es quien te está vendiendo el artículo? En algún lugar de Barajas debe haber una sala con más alcohol que una discoteca de Ibiza en pleno agosto, ya que las botellas van acumulándose junto al arco y, en algún momento, imagino que las retirarán para que aquello no parezca un botellón.

Llegamos al vestíbulo desde donde sale nuestro vuelo con mucho no, muchísimo tiempo. Cuando planificamos el viaje, había conexiones de regreso desde Barajas hasta Son Sant Joan a las 14 y las 16 horas. El primero resultaba muy justo, y cualquier pequeño retraso en el viaje transoceánico pondría en peligro que llegáramos a tiempo, así que fuimos a asegurar y solicitamos en la agencia de viajes el segundo. Como no podía ser de otra manera, el vuelo desde Cancún había ido como la seda, y ahora nos quedaban dos eternas horas de espera antes de poder llegar, por fin, a casa.

Con dos horas nos basta para hallarnos otro de esos especimenes que te hacen dudar de si toda la raza humana desciende del mismo mono. Un vuelo anterior al nuestro, con destino a Roma, provoca que el personal de tierra llame repetidas veces a una señora por megafonía. Mientras tanto, una señora con su hijo permanece sentada a pocos metros del embarque, absorta en sus pensamiento sobre vaya usted a saber qué. Finalmente y tras los tres avisos pertinentes, el embarque queda cerrado. Y apenas unos minutos después, antes incluso de que el avión abandone la pasarela y se dirija hacia las pistas, la señora se levanta, se dirige hacia la puerta y hace ademán de mostrar su tarjeta de embarque. El personal de tierra le informa de que el vuelo ya está cerrado en el sistema central, y nada se puede acceder para permitir el paso de más pasajeros al avión. Tras unos interminables minutos de insistir y gesticular con los brazos, la madre se marcha a pisotones del vestíbulo, convencida de que las compañías aéreas conspiran contra ella y que el personal de tierra no le ha dejado pasar porque sencillamente no le ha dado la gana. ¿Es una faena ver tu avión a pocos metros de ti y que no te permitan acceder a él? Desde luego. Pero también debe ser frustrante para el personal de tierra tener que guardar las formas ante alguien así sin poder decirle: "¿Y por qué no te levantabas cuando hemos dado tu nombre hasta tres veces?".

Tras la escena de la madre, un capítulo de El Ala Oeste en el portátil y alguna partida a la PSP, por fin llega la hora de nuestro embarque. Y justo cuando la gente empieza a mostrar sus tarjetas de embarque, aparece ese hambre caprichosa que nadie sabe prever con exactitud de después de un largo viaje. No hay tiempo suficiente para bajar a por algo de comer, y no habrá más oportunidades hasta que lleguemos a nuestra casa. Porque gastarse 6 euros en un triste sándwich a bordo del avión no es una opción, más aún con la pobre experiencia que Air Europa nos ha proporcionado en materia de servicios.

El vuelo a Palma transcurre como tantos y tantos que hemos hecho ya entre la isla y la península. Volvemos a divisar Ibiza y Formentera desde las alturas, en un guiño a nuestro vuelo de ida 10 días atrás.

Con el avión ya parado y acoplado a la pasarela, en el asiento delante del mío reposa un porta-tarjetas cargado hasta los topes. A primera vista, distingo un DNI y una tarjeta de débito. Parece que llega el momento de hacer una buena obra y llevarlo hasta las azafatas para que localicen a su dueño antes de que intente pagar un taxi y se lleve una desagradable sorpresa.

Mediante mi suegro llegamos al portal de nuestra casa cuando ya pasan las 18 horas. Hace 19 horas que abandonamos la recepción de The Royal Suites y, sin embargo, lo único realmente duro del viaje han sido las dos horas de espera en Barajas.

Nos esperarían ahora unos días muy extraños. Por primera vez desde que planificamos viajes de cierta envergadura, la experiencia parece habernos afectado al ánimo, por lo menos en mi caso particular. Durante varios días, incluso semanas, nada de la rutina diaria parecerá lo suficientemente importante, e incluso en casa con todo el tiempo por delante no habrá ninguna actividad que me llame la atención. La intención de este viaje era desconectar por completo, y creo que lo ha cumplido con creces.

Todavía ahora, 2 meses después de regresar de la Riviera Maya, creo que mi manera de afrontar las cosas sigue sin ser la misma que antes de marcharme. Ese agobio que me provocaba a mi mismo, estresándome por querer hacer demasiadas cosas y finalmente no avanzar en ninguna, ha desaparecido. Ahora ya no me importa pasar una, dos o tres horas sencillamente descansando, absorto en mis pensamientos.

Y una cosa está clara. No se si será a la Riviera Maya, o a Hawaii, o a la Polinesia Francesa. Pero este viaje de sol, palmeras y playa, no será el último de su especie.