Último día de hotel, cena en Rodizio

2 de junio de 2010

Empieza el que será nuestro último día completo en el Grand Palladium, aunque todavía quedan muchas horas por delante. Nuestro vuelo de regreso sale bien entrada la tarde, así que en realidad todavía tenemos día y medio para apurar nuestra estancia en el Caribe.

Desayunamos, tras una mañana sin poder hacerlo, en El Jardín. Aunque todavía le veremos mañana, charlo con Damián para comentarle mi plan de "los empleados más carismáticos". Mi intención es hacer saber a aquellos empleados que por distintas circunstancias nos han marcado el viaje el buen recuerdo que guardaremos de ellos, y rematarlo con una foto que poder conservar. Damián se muestra agradecido -en la medida de lo posible, ya que conserva las formas incluso en una ocasión así-, y aquí tenemos la foto.

Repasamos un poco la actualidad vía Internet, y comprobamos que ya están ingresadas tanto mi nómina como la de ella. Por casualidad, nuestros últimos viajes siempre coinciden con los días del mes en los que se cobra. Y es un gustazo. Para celebrarlo, nos vamos a la playa, en lo que a posteriori sería nuestra última visita a las aguas del Mar Caribe.

Siendo nuestra última presencia en la playa del hotel, tenemos que decidir que estancia nos gusta más: las camas de la zona royal, con más privacidad, servicio de camarero pero más mosquitos y distancia de la orilla, o las tumbonas para todos los huéspedes, sin camarero, con la necesidad de buscar una sombra pero más cerca del mar. Lo tenemos claro: en este caso, las ventajas de ser huésped de The Royal Suites son discutibles. Nos vamos a las tumbonas.

Nos damos nuestros últimos baños en las cristalinas aguas del hotel, alternándolo con momentos de lectura en las tumbonas -Dan Brown sigue como siempre, para qué cambiar una fórmula que te ha dado millones-. Vemos moverse algo entre los arbustos creyendo que era una iguana, pero no. Es un lagarto mucho más pequeño, de esos que parecen correr sobre las aguas por lo liviano que son y lo rápido que caminan. No fue hasta semanas después cuando supe que su nombre común es basilisco común, típico de América Central. La biología nunca fue mi punto fuerte.

Como nos resistimos a despedirnos de la playa definitivamente, preferimos abandonarla por última vez caminando por la orilla. Nada de carritos a los que esperar durante unos minutos eternos con el calor acumulado bajo la piel. En esta ocasión, caminaremos hasta la recepción más cercana a nuestra posición.

Durante el camino, pasamos junto al puesto de socorrista en la Playa Colonial. Esto no tendría mayor relevancia de no ser porque bajo el techo de la caseta está instalada la webcam que estuvimos visitando una vez tras otra contando los días que faltaban para aparecer en ella. Por si quedaba alguna duda, un cartel te avisa de su presencia.

Dejando definitivamente la arena, atravesamos la piscina y la recepción del hotel Colonial, no sin antes desviarse para ver -esta vez con la luz del día- la capilla del resort.

Ya hemos tenido suficiente paseo, así que aguardamos a un carrito para dirigirnos a la piscina Royal. Nuestra experiencia nos dice que los únicos sitios donde está garantizada una espera corta por un carrito son la recepción de los hoteles Royal Suites, Riviera y White Sand. En el resto de recepciones, así como en las paradas intermedias repartidas por todo el complejo, el tiempo de espera es una lotería.

Pasamos tres o cuatro horas en nuestra piscina favorita. A nuestra llegada, un numeroso grupo de americanos se ha adueñado de uno de los extremos en el agua. No son especialmente escandalosos, salvo cuando se ríen. Están rodeados de vasos de mojito y otros combinados ya vacíos, y en toda nuestra estancia ni uno solo de ellos sale del agua. Ni para mear. Sacad vuestras propias conclusiones.

Hemos alcanzado el mediodía y no tenemos excesiva hambre, ni mucho menos la suficiente como para ir a uno de los buffet. Pedimos un par de sándwiches en el propio bar de la piscina. Al contrario de lo que creíamos, no son bocadillos calientes preparados al momento, si no que los reparten y almacenan envasados en la nevera. No están muy allá, especialmente el de salmón.

No es hasta que faltan 24 horas para que abandonemos el hotel cuando recordamos la tradición de enviar postales a la familia. Decidimos ir a comprarlas al supermercado de la zona Kantenah, el cual solo habíamos visto desde fuera y sentíamos curiosidad por comparar sus precios con el de la zona White Sand.

Nuevamente pedimos un carrito para ir hasta la otra punta del complejo, y el que llega conduciéndolo es Josua. El mismo Josua que en nuestra primera noche provocó la embarazosa situación de no estar preparados para darle una propina al traernos el equipaje. Sin embargo, con el paso de los días hemos cogido confianza con él, promovida por el hecho de admirar como parece ser el que "mueve los hilos", siempre pendiente del walkie talkie para conocer la posición exacta de sus colegas.

Josua es otro de nuestros "empleados fetiche", así que le soltamos el mismo discurso que a Damián cuando fuimos a desayunar. Se muestra igual de agradecido con nuestros comentarios, y nos pide un minuto para quitarse el sudor antes de hacerle la foto. Con su confianza ganada, el paseo hasta la recepción Kantenah nos sirve para que nos cuente un poco su historia en el Grand Palladium. Nos confiesa como la situación era algo precario por culpa de los huracanes y la gripe porcina, y eso promovió que se le asignaran más responsabilidades con tal de evitar tener que despojarle de su empleo. Tras haber remontado el bache, ahora es, extraoficialmente, el encargado de todo el personal de los carritos.

Llegamos al supermercado del Kantenah. Los precios son más o menos como los que encontramos en su homónimo del White Sand. Los recuerdos siguen siendo mucho más caros que en Playa del Carmen y, por supuesto, infinitamente más costosos que en Chichén itzá. Las pirámides que nos costaron 10 pesos (0,60 euros), aquí cuestan 11 dólares (unos 9 euros).

Pese a los precios, compramos un par de artículos en los que habíamos reparado a última hora: un segundo marco de fotos -el primero era para nosotros-, y un vestido con motivos mejicanos para una niña pequeña. Y por supuesto, las postales: tres para la familia, y una para la agencia de viajes.

Al salir del supermercado, aprovechamos que estamos en la recepción que menos hemos visitado durante el viaje para echarle un vistazo. Tomamos algo en el bar al aire libre, y descubrimos un pequeño estanque donde tienen cocodrilos más jóvenes y pequeños que el que se encuentra vallado en el lago. No obstante, presentan algo más de actividad que "coqui", consiguiendo que temiéramos por la vida de una iguana que reposaba en la orilla y no reparaba al hecho de que uno de los cocodrilos se acercaba sigilosamente a ella. Finalmente no hubo que lamentar víctimas.

Caminamos hacia la piscina Colonial. Al igual que ocurre entre las zonas Riviera y White Sand, las zonas Kantenah y Colonial se podrían considerar un único espacio, con la piscina como nexo de unión. Metemos los pies en una piscina de poca profundidad, donde el agua debía estar a treinta y tantos grados. Si lleváramos puestos los bañadores nos hubiéramos dado un chapuzón, ya que hay menos gente que en nuestras anteriores visitas a la zona.

No hemos llegado a probar ninguno de los bares incrustados en el agua de las piscinas, pero tampoco hace falta. Basta con echar un vistazo al conjunto de las piscinas para saber donde se aglomera la gente, especialmente en las horas posteriores a la comida. La verdad, somos los primeros que hemos intentado aprovechar al máximo el concepto "barra libre" que incluye contratar un todo incluido, pero pasar las horas en las cercanías de la barra del bar nos resulta excesivo.

Volviendo a la calle principal a través de la recepción Colonial, hacemos una parada en el Sports Bar. Habíamos visto en la carta unos nachos que prometían bastante, pero nuestras horas de visita nunca coincidían con la cocina abierta. Esta es nuestra última oportunidad y la cocina acababa de abrir -son ya las 6 de la tarde-, así que nos animamos a probarlo. Por lo menos, estos llevan carne, algo que hemos echado a faltar en todos los demás -excepto los del servicio de habitaciones-. Parece irónico, pero estando en Méjico no hemos encontrado unos nachos mejores que los que tenemos en la pizzería Via Taccioli, en Mallorca.

Consigo, no sin insistir, que ella se anime a jugar al ping pong. Al final lo disfruta más de lo que imaginaba, y peloteamos un rato sin forzar demasiado, que ya hace suficiente calor como para andar sudando en interiores.

Esperando a un carrito en la recepción Colonial, los flamencos -disponibles aquí y en el Riviera- empiezan a gruñir. Cuando lo hacen, emiten un sonido similar al de los patos.

Pasamos nuestra última sesión de cama, televisión y ducha antes de la cena, y nos preparamos para visitar nuestro último restaurante: el Rodizio, de temática brasileña. El único restaurante a la carta que se queda fuera de nuestra visita es el japonés, cosa que ella no lamenta excesivamente.

La mecánica del restaurante brasileño se desmarca de la del resto de la oferta. Conservamos el concepto de "isla de ensaladas" para confeccionarse el primer plato, pero aquí no hay carta para escoger el plato fuerte. En su lugar, se coloca en cada mesa un pequeño artilugio de madera en vertical con dos colores: verde y rojo. Inicialmente se coloca el extremo verde en la zona superior. Cuando se da por terminado el entrante y se desea pasar al plato fuerte, se gira para colocar el rojo visible. Es entonces cuando el personal te trae el plato con la guarnición -patata asada, maíz y brócoli-, y a partir de ese momento los camareros empiezan a parar en tu mesa cuando pasan proveídos de espadas con carne de distintos orígenes clavada.

Intentamos probar todas las carnes que nos ofrecen: la de cerdo, la de ternera, la de pollo, algo similar a unas salchichas... cuando ya han pasado por nuestros platos varias de ellas, nos recuerdan que podemos solicitar salsas de champiñones -con un sabor similar a la vinagreta- o chimichurri. Se agradece el consejo, aunque lo hubiera agradecido más antes de servir.

La sensación general es buena, pero enseguida nuestro estómago dice basta. El servicio resulta algo lento, algo comprensible teniendo en cuenta que los camareros deben ir paseando permanentemente con las espadas. De postre pedimos los "dulces brasileños", que terminan siendo conglomerados de coco y trufa. Es decir, lo mismo que los panallets que se preparan en Cataluña con motivo del día de Todos los Santos.

Llegamos a la habitación y terminamos de empaquetar las cosas que no necesitaremos mañana. No tardamos mucho, ya que el grueso del equipaje había quedado listo antes de que nos fuéramos a cenar. Deshacemos las camas por última vez.