Chichén Itzá y cena en Bamboo

1 de junio de 2010

Suena a las 5 de la mañana el teléfono de nuestra habitación, dando el pistoletazo de salida a uno de los días más largos -y aprovechado- de nuestro viaje. Agradecidos al servicio de despertador y con más ojeras de lo habitual -que ya es decir-, enfilamos el camino hacia la recepción de The Royal Suites. Hoy no va a ser posible seguir con la tradición de desayunos en el restaurante El Jardín, ya que hasta las 7 de la mañana Damián no quita el cordón para dar acceso a los huéspedes.

Así que recurrimos al plan de emergencia, que es el pequeño bar incluido en la recepción de nuestro hotel. No hay ningún camarero dando servicio, pero ya a las 5 de la mañana se habilitan porciones de bollería y termos con café y leche para los huéspedes más madrugadores. o con necesidades de horario especiales, como es nuestro caso.

Para rematarlo, mientras nos desperezamos en la propia recepción, encargamos a través de recepción un par de sándwiches que poder llevar encima en el viaje. A través de un carrito, llegamos hasta la entrada principal del complejo, y es entonces cuando el empleado que vigila el acceso nos avisa de que acaban de llamarle para decir que los sándwiches vienen de camino.

Tenemos un pequeño momento de estrés en el que necesitamos dividir esfuerzos, ya que nuestro taxista contratado aparece por la puerta puntualmente a las 6 de la mañana, y todavía estamos esperando los sándwiches. Así que mientras yo voy presentándome y haciendo un poco de vida social antes de arrancar, ella va hasta la recepción más cercana donde han ido a dejar nuestros bocadillos. Finalmente, pasan 5 minutos de las seis de la mañana cuando el taxi de Arturo coge la carretera en dirección Tulum con nosotros en el asiento trasero.

Arturo es una de los mayores aciertos que hemos tenido en nuestra experiencia caribeña. Contactado a través de numerosas referencias favorables en los foros de losviajeros.com, no tardó en contestar a nuestro sondeo ofreciendo un precio final ante el que nada pudieron hacer sus competidores. Además, desde el primer momento quedó claro que es una persona que vive de dar un buen servicio y una buena experiencia a sus clientes: amable, respetuoso, guardando siempre las formas pero manteniendo siempre un perfecto equilibro de calidez y sobriedad.

Así que ahí tenemos al taxi con licencia de Quintana Roo de número 550 iniciando el buen puñado de kilómetros que separan la zona hotelera de la Riviera Maya y las ruinas de Chichén Itzá, dirigiéndose primero hacia el sur hasta la ciudad de Tulum para luego coger una carretera principal hasta la provincia de Valladolid.

El camino se hace largo, aunque la buena relación con nuestro chofer particular hace la mañana más llevadera. Según vamos ganando confianza el uno con el otro, vamos tocando diferentes temas, la mayoría de ellos girando en torno a la vida de los habitantes de la zona.

Tras varios cambios de carretera -todo un reto si alguien pretende alquilar un coche- y sortear un buen puñado de perros callejeros que aquí campean a sus anchas, llegamos al aparcamiento de Chichén Itzá a las 8 de la mañana, tal y como deseamos.

Arturo nos acompaña personalmente durante la compra de los tickets y el tiempo que pasamos en la antesala a las ruinas, siempre velando por nosotros. La entrada de cada persona cuesta 116 pesos (unos 7 euros), cuyo importe se divide entre un ticket y una pulsera que hay que colocarse. No nos quedó muy claro, pero al parecer la pulsera es lo que pagas a los dueños del recinto, y el ticket lo que cobra el estado en concepto de atracción turística.

Tanto en la antesala como en la plaza principal de la ciudad no hay un alma. O eso creemos hasta que divisamos, al otro lado de la plaza, un numeroso grupo de personas, todas ataviadas de ropas blancas y practicando algún tipo de ritual religioso. Desde luego, la soledad del lugar, lo apropiado de su historia y el remate de este grupo hubiera sido un marco perfecto para recibir el fin del mundo. Pero por ahora, hasta que Hollywood no rescate otro calendario antiguo que vaticine el fin de nuestros días, nos hemos adelantado al Apocalipsis por dos años.

Ya desde nuestra entrada al recinto, la impresión es que Chichén Itzá "no está mal". El calor aprieta, pero es el mínimo que pasaremos: si llegásemos al mediodía ya estaríamos derretidos, y visitar las ruinas con la iluminación nocturna debe ser digno de ver, pero los mosquitos no entienden de horarios.

La Pirámide -o Templo- de Kukulcán, principal icono del lugar, se eleva en el centro de la plaza, y la primera impresión de ella es que la imaginaba más alta. Yo me quedo con el contraste que produce su piedra blanquecina con el verde del césped y el azul del cielo recién amanecido. Según nos vamos acercando, observamos otros detalles: su agrietada fachada, sus cuatro escaleras -una de ellas en un estado deplorable-, y las cabezas de serpiente a ambos lados de la escalera orientada al norte. Es en el equinoccio cuando la sombra que los escalones proyectan sobre la pirámide dibuja la silueta de una serpiente que encaja perfectamente con las cabezas talladas en piedra.

Pasamos un largo rato en los alrededores de la pirámide, aprovechando estos momentos en los que la afluencia de turistas es mínima. Contemplamos de cerca el "Templo de los guerreros" y el "Grupo de las 1000 columnas" -que no son tantas-, intentamos mantener la distancia respecto a los "locos de blanco", y finalmente enfilamos el camino hacia la zona sur de la ciudad. Hubiera sido el momento perfecto para ascender los 365 escalones de la pirámide, pero desde que una turista perdió la vida hace unos años al caer por ellos, la organización no permite traspasar el cordón que rodea el templo.

Tampoco se libra este lugar de la numerosa presencia de iguanas, pero a estas alturas es algo que cualquier visitante ya tiene asumido. Ellas van a lo suyo, enfilándose en dirección al sol como si fueran paneles solares, y camuflándose entre las piedras para dar algún que otro sobresalto a los turistas más despistados cuando éstos detectan que algo se mueve entre las rocas.

Otro punto a destacar de Chichén Itzá -especialmente de la plaza principal- son las grandes extensiones de campo abierto, con el horizonte solo interrumpido por los edificios en ruinas. Es una característica que dificulta la búsqueda de sombras cuando más lo necesitas, pero agradable a su manera. Ni que decir tiene que, para hacer fotografías, es perfecto. No importa a que altura, con que ángulo o a que hora del día tomes imágenes del templo; lo más probable es que todas las fotografías queden bien.

En nuestro camino en dirección sur nos topamos con más pirámides en ruinas, estas de una escala muy inferior a la de Kukulcán, pero igualmente interesantes. Todos los emplazamientos acordonados tienen grabados donde se explica su historia, su presunta utilidad y otros detalles, en un intento de que los turistas aprendan algo más que lo esencial -y no se queden solo con historias apocalípticas-.

Según el camino empieza a estar más definido -nada de grandes extensiones- y aparecen los primeros árboles en los que cobijarse, una lluvia de pequeños gusanos se precipita sobre nosotros. Descienden colgados de un hilo imperceptible desde las ramas, y pueden pasar varios minutos hasta que te percates de que los tienes en pelo, hombros, pecho y espalda. Así que, pese al calor, intentamos evitar pasar por debajo de zonas pobladas de árboles.

Avanzados un buen puñado de metros, encontramos a nuestra izquierda un edificio grande que parece estar rematado con algo parecido a un observatorio planetario. Y no andamos equivocados: se trata de El Caracol, una edificación que los astrónomos han concluido que fue levantada con el fin de estudiar el universo, basándose en la estratégica construcción y orientación de la cúpula.

Según regresamos en dirección norte hacia la plaza principal, lo que hace una hora no eran más que mesas levantándose, empiezan a ser puestos de souvenirs llenos de artesanías. Este es otro de los grandes atractivos de la visita a Chichén Itzá: no justifica por si mismo la visita a la ciudad, pero si es algo que merece la pena aprovechar si ya se está en ella.

Los artículos que aquí se venden son todos fabricados artesanalmente por los nativos de la zona y, de hecho, en la mayoría de los casos son ellos mismos los que se encargan de la venta. El nivel de vida de estas personas, sumado a la ausencia de intermediarios, hacen de Chichén Itzá el lugar perfecto para hacer acopio de recuerdos y regalos para repartir a la vuelta del viaje.

Por poner un ejemplo, ella tenía la intención de comprar pequeñas pirámides de hueso para sus compañeros de trabajo, y se había marcado para la compra no pagar más de 200 pesos (12 euros) por 11 pirámides. Cuando llegamos al primer puesto que las ofrece y preguntamos el precio, la cifra se reduce a casi la mitad: 110 pesos, a 10 pesos por pirámide. El regateo está permitido, aunque se aconseja no abusar demasiado de él, ya que al fin y al cabo, los precios ya son desde un principio suficientemente atractivos y puede ser interpretado como un gesto de avaricia.

Teníamos entendido que era recomendable comprar aquí todos los souvenirs contemplados, pero de ninguna manera podíamos presagiar que los precios fueran tan bajos. Así que se podría decir que nos liamos la manta a la cabeza, y terminamos comprando bastantes artículos. A destacar un ajedrez con motivos mayas tallado a mano que costó 300 pesos (prácticamente 5 veces menos que en Playa del Carmen), y que no pude evitar asociar a mi padre en cuanto lo vi.

Con la mayoría de los recuerdos a comprar ya cubiertos, volvemos a encontrarnos en la plaza principal. Y aquí viene la observación "friki" del día: los colores y la arquitectura me recuerdan a algunos pasajes de la serie Battlestar Galactica, cuando se hace referencia a la historia mística de los Dioses de Kobol.

Todavía en los alrededores de la plaza principal, en uno de sus extremos encontramos El Gran Juego de la Pelota, una alargada extensión de tierra delimitada por dos altos muros en sus laterales, de los cuales nacen dos pequeños círculos de piedra a bastante altura. Es aquí donde se practicaba lo que al parecer era una actividad popular entre los mayas, en lo que podría considerarse un ancestro del actual baloncesto.

Nos dirigimos ahora hacia la zona norte de la ciudad, en cuyo extremo se encuentra el Cenote Sagrado. Los cenotes son, por decirlo rápido y mal, piscinas naturales situadas en cuevas, algunas de forma subterránea y otras bajo el cielo abierto. Normalmente cuando se llega a ellos se encuentran a varios metros de profundidad, por lo que en muchos casos una atracción turística es lanzarse y bañarse en ellos desde las alturas.

El Cenote Sagrado de Chichén Itzá es de cielo abierto y desciende hasta 15 metros desde la superficie. Al llegar a él nos parece un buen lugar para sentarse y almorzar nuestros sándwiches del hotel. Lo mismo debe pensar una iguana que nos alcanza subiendo las paredes del cenote y empieza a acercarse más de lo que desearíamos. Me parece una oportunidad única, así que arranco un trozo de sándwich y se lo lanzo desde la distancia. Funciona. Según ella, debí matar a la pobre iguana cuando el pan se hinchó en su estómago, pero eso nunca podremos confirmarlo.

Tras el almuerzo desandamos el camino de la zona norte, que ya está totalmente invadido por puestos de artesanía. En uno de ellos ella termina comprando las citadas pirámides de hueso, y yo encuentro unos imanes con forma de calendario maya y azteca que parecen perfectos para quedar bien con los compañeros de la oficina. Con una bolsa de recuerdos que ya empieza a abultar, llegamos por tercera -y última- vez a la plaza principal, que ahora ya está poblada por numerosos grupos de turistas acompañados de guías.

Escuchamos como uno de los guías menciona otra de las principales características de Chichén Itzá: la acústica. Dada su disposición, que ni mucho menos parece casual, alguien puede dar una palmada a cientos de metros y escuchar esta como si hubiera tenido lugar junto a nosotros. Esta virtud ha convertido a Chichén Itzá en escenario reciente de algunos conciertos "de copete", como pueden ser los de Sarah Brightman y Paul McCartney, entre otros. Desde luego, no puede decir cualquiera que haya disfrutado de un concierto en un marco como este.

Damos por concluida nuestra aventura maya cuando pasan las 10 de la mañana, algo más de dos horas después de nuestra llegada. La antesala que antes estaba vacía, ahora es una nube de cabezas ataviadas de gorras y gafas de sol. Los tornos que dan acceso a la ciudad no dan abasto. Pero si, efectivamente lo mejor es venir en excursiones organizadas -nótese la ironía-.

Encontramos a Arturo cerca de su coche en el aparcamiento, charlando con otros compañeros de profesión y con un cigarro en la mano. En cuanto nos ve se despide de sus colegas, y se dirige a recibirnos para saber qué tal nos ha ido. El camino de vuelta resulta igual de agradable que el de ida. En esta ocasión cambia parte del Itinerario para cruzar por Valladolid, una ciudad conocida por sus colegios y universidades y en la que su mujer hace vida mientras retoma sus estudios. Sí, tal y como nos contó a la ida, Arturo y su mujer pasan separados la semana laboral, y vuelven a reunirse junto a sus hijos en los fines de semana.

Aunque era algo de lo que podría haberme percatado en la ida, no es hasta ahora cuando reparo en el repertorio musical que nos está ofreciendo nuestro conductor. Led Zeppelín, Guns'n'Roses, Nirvana. es como si antes de aceptar nuestra propuesta hubiera investigado parte de mis gustos musicales para hacerme el trayecto más llevadero. Movido por la curiosidad, le pregunto cuales son sus preferencias musicales, y me confiesa que no conoce a la mitad de los artistas que suenan en su coche. Un día le pidió a un familiar que le proporcionara buena música para el taxi y éste le lleno un lápiz usb hasta los topes.

Las agujas del reloj -¿porqué sobrevive esta expresión, si cada vez hay menos relojes analógicos?- marca la una cuando el taxi de Arturo entra en el recinto del Grand Palladium. Como no podía ser menos, atraviesa las calles de adoquines del resort hasta llegar a la recepción de The Royal Suites, lo más cerca que puede dejarnos de nuestra villa.

No podríamos haber quedado más satisfechos con nuestra elección. Tanto por el transporte y las condiciones en si, como por el propio Arturo, que ha resultado un tío genial. Le pagamos con mucho gusto los 1900 pesos acordados, y un pequeño extra que acepta agradecido.

Pese a las idas y venidas de la mañana y que ya hayamos entrado en el mediodía, no tenemos hambre, así que nos parece buen momento para poner el contrapunto perfecto a una mañana de mucho caminar: el balneario. Tras descansar los pies en los hidromasaje del Renova Spa, ahora sí que nos dirigimos al buffet La Laguna -al aire libre- para comer algo. Hubiéramos preferido hacerlo en el Kabah -espacio cerrado, más variedad-, pero nos impiden sentarnos porque mi bañador sigue algo húmedo tras el spa.

Entramos a la habitación con el estómago lleno y todavía algo cansados, así que decidimos echarnos la única siesta de las vacaciones. No soy muy partidario de las siestas: pierdes un precioso tiempo, y personalmente me despierto peor de lo que estaba al echarme. Sin embargo, hoy el cuerpo no entiende de preferencias y caigo redondo en la cama.

Sin que sirva precedente, la siesta me sienta de maravilla. También a ella, pero eso no es ninguna noticia, ya que al contrario que en mi caso ella adora echarse a estas horas de la tarde. Tras una ducha, estamos listos para la cena y con las pilas recargadas. Hoy toca cenar en el Bamboo, el restaurante de temática china.

El Bamboo no se coloca el primero de nuestro ranking por una sencilla razón: nos gusta más la carne que la comida oriental. Pero si no fuera el caso, seguramente sería nuestro restaurante favorito del resort. Los platos no difieren de los que puedes encontrar en la carta de cualquier restaurante chino de este lado del Atlántico, pero evidentemente la calidad está por encima de esos casos. Permitiéndose una pequeña licencia, se dispone también de una buena variedad de sushi, aunque este manjar no sea japonés. Aunque por lo general el restaurante funcione como los demás -isla de ensaladas, plato fuerte a la carta-, en el caso del sushi hay que pedirlo explícitamente para que un cocinero a la vista de todo el salón lo prepare para servir.

Salimos satisfechos del Bamboo. Como hace escasas horas estábamos en plena siesta, hoy tenemos tiempo para aprovechar un poco más la noche. Nos instalamos en los aledaños -es decir, en el bar- del Teatro Riviera, y recuerdo mis tiempos de juergas con amigos pidiendo un vodka con limón, mi cubata favorito.

El espectáculo de esta noche es una mezcla de Apocalypto y las Mama Chicho. Trajes y decorados con motivos mayas, mucho baile de percusión y mucho humo y fuego con antorchas ardiendo. Aguantamos un rato, por aquello de tomar algunas fotografías. De vuelta a la recepción, comprobamos el correo -hoy casi no nos hemos conectado- y nos vamos a la habitación. Pasamos un largo rato comentando los videos de la VH1, y finalmente nos dormimos viendo una entrevista -de las de verdad, no como las de Pablo Motos- a Sandra Bullock en la BBC. Adoro que casi toda la oferta televisiva del hotel sea en inglés subtitulado.

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