Del hotel no nos mueve nadie, cena en Mare Nostrum

31 de mayo de 2010

El día empieza con buenas noticias. Arturo -el taxista con el que más habían avanzado las negociaciones- ha contestado lamentando no haber confirmado a tiempo el trato, pero no hay problema en celebrarlo mañana.

Así que el día siguiente nos tocará madrugar. Por ello, reservamos mesa para las cenas de hoy y de mañana, ya que según nuestros planes, no estaremos de vuelta en el hotel antes de que se cierre el horario de reservas.

A estas alturas de viaje, cada mañana la pregunta tras el desayuno es la misma: ¿piscina Royal, playa La Jarra, piscina Las Rocas o Renova Spa? Son las cuatro zonas del hotel que más nos han encandilado, y habiendo visitado el resto, los días restantes son para disfrutar de ellas. Para esta ocasión, nos decidimos por ir a la playa, ya que a primera hora de la mañana es cuando mejor se está, tanto por el poco calor como por la poca gente.

Ya en remojo, volvemos a tener como compañía a varios pelícanos que se tiran en barrena contra el agua para cazar. No vemos peligrar nuestras cabezas, aunque alguno aterriza a escasos metros de nosotros. Una lástima no haber tenido la cámara de fotos a mano en ese momento, ya que podríamos haberle retratado con todo detalle. Si podemos, sin embargo, dejar para la posteridad alguno de sus bruscos amerizajes en busca de comida.

Tras abandonar la playa -la espera para un carrito sigue siendo la mayor de todas- y quitarnos la arena en la ducha de la habitación, pasamos vía puente por encima del cocodrilo -al que ya hemos bautizado como Coqui- para ir a comer. En todos estos días, apenas hemos visto moverse al inmenso reptil. No hace más que buscar la sombra, y echar cabezadas.

Llegamos por enésima vez al buffet Kabah -por cercanía, el que más veces hemos visitado-. Vamos variando lo que echar en el plato, pero siempre con un denominador común: las patatas gajo. Quizás sea porque últimamente habíamos dejado de prepararlas en casa, pero nos saben a gloria. De postre vemos que como novedad hay torrijas, pero no son de nuestro agrado.

Todos los días, a la salida del buffet, comprobamos en un panel que tipo de cena se anuncia para la noche. Cada día todos los buffet del complejo se especializan en una temática: mejicana, italiana, española, cena "de gala". nos gustaría haberlo probado alguna vez, pero disponemos de las noches justas para probar todos -o casi, ya que a ella no le va la comida japonesa- los restaurantes a la carta.

Decidimos invertir parte de la tarde en nuestro jacuzzi privado, al que habíamos abandonado tras el intento de baño al atardecer que los mosquitos boicotearon hace ya varios días. Una de las ventajas de tener la habitación en la tercera planta es que, a pesar de no tener cortinas en la terraza como el resto, mientras te mantengas dentro de la bañera nadie puede verte desde fuera. Esto permite que nos tomemos ciertas libertades para que, digamos, el moreno de piel no te deje la marca de los bañadores.

Cuando ya hemos tenido suficiente jacuzzi -entre llenado y baño, alrededor de dos horas-, decidimos ir a la recepción portátil en mano para verificar que el trato con nuestro taxista sigue adelante. Ya que estamos en la terraza del lobby, tomamos el catamarán que tiene aquí uno de los extremos de su recorrido. Nos lleva hasta la recepción del hotel White Sand cruzando todo el lago en un paseo muy recomendado. Con el viento de cara, no podemos evitar tararear la sintonía de Corrupción en Miami.

Tras dar un paseo por las zonas White Sand & Riviera, decidimos invertir los últimos rayos de sol en la piscina. Pero la intención dura poco tiempo, ya que por primera vez aparece la lluvia. Nos vamos a la habitación, y en apenas 20 minutos da tiempo a que pase de chispear a caer una lluvia torrencial, y del diluvio universal pase a la más absoluta calma y el cielo vuelva a abrirse. Ha soplado un fuerte viento lateral, pero apenas ha durado 5 minutos. Posteriormente nos enteraríamos de que hubo algo parecido a un tornado en el Golfo de Méjico, pero queda demasiado lejos de esta zona.

Tras una hora de cama y televisión que ya nunca perdonamos, nos vamos hacia la zona del hotel Kantenah con la vista puesta en la cena. Vamos con algo de tiempo, por lo que antes entramos -ya en la misma zona- en el Bar Hemingway.

Hay dos bares de temática similar en el complejo, y uno de ellos es el Hemingway: solo para adultos, con un aspecto algo más "exclusivo", gente vestida de largo, librerías en las paredes y un pianista amenizando la estancia. Las normas de vestuario son las mismas que en los restaurantes a la carta: nada de bañadores o pantalones cortos. Y entre todo este glamour, nos pedimos dos pepsi, reconocemos canciones del pianista sentados en el sofá, y nos vamos.

El restaurante elegido para hoy es el Mare Nostrum, de temática mediterránea -como si en todo el mediterráneo la gastronomía fuera homogénea-. Poca cosa a decir: la isla de ensaladas es bastante discreta en comparación con otras que hemos visitado, el pollo con pasta que pide ella no produce demasiado entusiasmo y el cous cous con salmón que pido yo resulta ser un filete de salmón con un pequeño colchón de cous cous bajo el pescado. Además, los camareros, ya sea por aptitudes o porque una mala noche la tiene cualquiera, no son especialmente destacables. Definitivamente, sin poder catalogarlo como "malo", el Mare Nostrum nos parece uno de los peores restaurantes de nuestra experiencia.

No salimos muy tarde de la cena, pero la excursión ya está -por fin- confirmada y Arturo pasará a recogernos a la entrada del hotel a las 6 AM, por lo que programaremos el servicio de despertador a las 5. Esta noche toca hacer acopio de sueño e ir pronto a la cama.