Disfrutando el hotel, cena en Portofino

29 de mayo de 2010

El día del que menos fotografías hemos conservado, es este. Y no porque lo pasáramos mal, no. Más bien todo lo contrario. Durante toda la jornada, no salimos del complejo hotelero.

Comenzamos, como siempre, con el desayuno en El Jardín. Y la leyenda de Damián se sigue fraguando: tras atendernos en la cena de la pasada noche, ahí le tenemos, impecablemente vestido y con su eterna sonrisa de oreja a oreja para darnos los buenos días. Con tal de conseguir un acercamiento, le preguntamos si tiene una litera para dormir en la cocina, y nos confiesa que pasa 16 horas al pie del cañón.

Con tanto tiempo para pensar, empezamos a sopesar la posibilidad de visitar Chichén Itzá en alguno de los días que nos quedan. El debate sobre ir o no ir dura desde antes incluso de que iniciáramos el viaje. El objetivo de venir a esta orilla del Caribe no era otro que desconectar de cualquier planificación y agenda durante nuestra estancia, por lo que las excursiones siempre habían quedado como una opción secundaria. Más todavía en el caso de Chichén Itzá, que se encuentra a 200 kilómetros en carretera y supone invertir un precioso tiempo del viaje.

Pero eran muchas las presiones. No había un solo amigo, conocido o compañero de trabajo que no dijera "Pero tienes que ir a Chichén Itzá, ¿eh?". Consejos que fueron más exigentes cuando, durante los primeros días de viaje, dejamos entrever que lo más probable es que nos ahorráramos la excursión. Así que, en pleno ecuador del viaje y a la vista de que quedaban todavía bastantes días por delante, empezamos a estudiarlo, siempre y cuando consiguiéramos un modo de ir más atractivo que los que conocíamos hasta el momento.

Ir en una excursión organizada no era una opción para nosotros. El autocar que oferta Travelplan no sale del hotel hasta bien entrada la mañana, más allá de las 108 AM. Luego, hay que sumarle cierto retraso adicional por el hecho de ir parando en otros hoteles para completar el pasaje. Cuando llega a Chichén Itzá es ya mediodía, coincidiendo con las horas de mayor calor y de mayor afluencia de turistas. Y para rematar, a la vuelta se incluye en el paquete la visita a un cenote que la empresa tenga convenido por algún tipo de acuerdo económico. Es el mismo debate de siempre: más económico que otras opciones, pero te obligan a ir cogido de la mano, y visitar los sitios mal y con prisas.

Nuestro primer acercamiento fue usar el transporte público. Para ello deberíamos coger una de las ya conocidas furgonetas hasta Tulum, y allí coger un autobús que sale en dirección a Chichén Itzá. Resulta bastante económico y te ofrece algo más de libertad, aunque sigues sujeto al horario de regreso de los autobuses. Además, las horas en las que llegar a las ruinas siguen sin ser las más idóneas.

Concluimos que la única opción que nos convence es ir totalmente por libre, es decir, utilizando un taxi. Pero somos recelosos en lo que concierne a contratar a un conductor, así que hacemos uso del foro de LosViajeros para conseguir una lista de taxistas recomendados. Iniciamos un primer envío de correos electrónicos indicando nuestras preferencias: salir a primera hora de la mañana, no hacer paradas intermedia, y estar esperándonos para volver cuando lo deseemos. Permaneceríamos atentos a las respuestas.

Todo este análisis de la posible excursión lo realizamos entre la noche anterior y la mañana que nos ocupa, así que tras enviar los correos, decidimos empezar el día regresando a "nuestra" playa, la playa La Jarra.

Llegamos -esta vez el carrito no nos deja en la otra punta como la primera vez- y nos adentramos en el pequeño espacio reservado a clientes Royal. Nos decantamos por pensar que debe haber llovido durante la pasada noche, ya que un ejército de mosquitos para estar esperándonos para declararnos la guerra. No hay problema mientras permanecemos en el agua salada, ataviados de nuestra colchoneta hinchable comprada en Walmart el día anterior, pero echarse en las tumbonas o las camas es un suicidio para nuestra integridad. Sin embargo, permanecemos lo necesario para descubrir que el camarero del bar no solo hace rondas apuntando pedidos de bebida, si no que también reparte periódicamente pequeños cuencos con fruta troceada. Ella descubre lo mucho que le gusta el melón que sirven aquí, que a diferencia del habitual es de color naranja en el interior.

Llega el mediodía, y no cuesta mucho decidir abandonar la playa y dejar atrás los mosquitos. Lejos quedan ya los días en los que entrábamos al buffet con ganas de arrasar. No tenemos demasiada hambre, ni queremos volver a caer en la tentación de llenar los platos por el afán de probarlo todo. Hoy comeremos a través del servicio de habitaciones, por segunda vez tras la cena del día de nuestra llegada.

Pedimos un sándwich para ella, y una fajita para mí. Los nachos del servicio de habitaciones son los mejores que hemos probado en todo el hotel, así que no resistimos la tentación de volver a pedirlos. Para regarlo todo, una botella de, según la carta, champagne francés. que resulta ser finalmente una botella de cava brut de Sant Sadurní d'Anoia. Personalmente, lo prefiero así.

Tras la comida y el paseo tradicional hasta la recepción para llamar a casa, decidimos revisitar el balneario, esta vez a sabiendas de por dónde iniciar el recorrido gratuito. En lugar de acceder por la zona húmeda, esta vez empezamos por la piscina, dejando nuestras toallas en sendas tumbonas para secarnos cuando hayamos terminado.

Volvemos a tener suerte, y no hay excesiva concurrencia. Relax, mucho relax. Siguen siendo pocos los que se atreven a zambullirse en la pequeña bañera de agua fría, pero qué demonios...

Aprovechando la cercanía, al salir del balneario paseamos hasta la recepción del hotel White Sand, uno de los dos más cercanos al spa. En esta recepción se encuentra uno de los dos "supermercados" -por llamarlo de alguna manera- del complejo. De momento solo miramos, ya que los precios resultan absurdamente caros, la habitual en un emplazamiento turístico.

Aprovechamos que el catamarán del lago está esperando huéspedes para atajar por agua hasta la recepción de The Royal Suites. Desde allí, en dos pasos nos plantamos de vuelta en nuestra villa.

Tras la habitual combinación de ducha y descanso tumbados viendo la televisión, salimos hacia el restaurante de la cena de hoy: el Portofino, de temática italiana.

A mi gusto, la isla de ensaladas del Portofino resulta ser la mejor de todas las que terminaríamos probando. Una de las opciones es una ensalada de camarones que sirve estupendamente para abrir boca. Los platos principales, sin embargo, no son especialmente destacables. Ella pide pollo, y yo un risotto.

Tras la cena, nos dirigimos hacia el Teatro Riviera, donde esta vez el espectáculo se antoja algo más prometedor que el de la noche anterior. Cuando llegamos ya ha empezado el previo, que vuelve a consistir en voluntarios pasándose una carta de boca en boca. Reímos al observar que los organizadores se encargan concienzudamente de que jamás haya dos hombres uno junto al otro, por aquello de evitar escenas extrañas. Curiosamente, no hay problema en que dos mujeres se junten los morros con el mismo propósito.

Según van subiendo al escenario, los voluntarios se presentan y anuncian de dónde vienen. Esta noche parecen predominar los canadienses y norteamericanos, especialmente procedentes de Texas y Colorado.

Empieza ahora sí el espectáculo, pero volvemos a caer decepcionados. Se trata de un especial ambientado en famosos musicales como Grease, El fantasma de la ópera o Chicago, pero la puesta escena resulta muy pobre. El baile es bastante discreto, y todas las voces son playbacks de la pieza original. Culpa nuestra por esperar algo un poco más... elaborado.

Termina así un día tranquilo y sin prisas. Una vez más, nos vamos a dormir más pronto que la mayoría de nuestros vecinos, aunque nos sigue pareciendo mejor opción con tal de aprovechar las horas de sol.