Playa del Carmen, cena en El Jardín

28 de mayo de 2010

Comienza el tercer día, que en los planes que improvisamos durante la noche anterior tiene un objetivo claro: visitar Playa del Carmen.

Playa del Carmen es el principal núcleo urbano de la Riviera Maya. Con permiso de Tulum, es aquí donde los turistas suelen recalar para cambiar sus divisas y hacer acopio de souvenirs aunque, como veríamos más adelante, no es la opción más económica para lo segundo. Se encuentra a unos 70 km al sur de Cancún, y llegar hasta él es tan fácil como llegar a Tulum: el itinerario de las furgonetas-taxi que utilizamos para ir a las ruinas de Tulum tienen en Playa del Carmen uno de los puntos de partida.

Tras desayunar -como siempre- en el Restaurante El Jardín y mirar el reloj, caemos en la cuenta de que todavía faltan dos largas horas para que los comercios de la ciudad abran, así que decidimos hacer tiempo en la piscina Royal. Craso error... o no.

Estamos tan cómodos, relajados, y vacíos de estrés en la piscina Royal, que no tardamos en decidir que mejor invertir aquí la mañana y dejar la excursión para después de comer. Así lo hacemos: nuestra mañana del tercer día consiste en repetir una y otra vez el mismo camino: echarse en una cama a pie de piscina, darse un baño y pedir algo de beber. Una y otra vez, hasta que llega el mediodía.

Es durante esta mañana cuando presto atención, por primera vez, en el hilo musical de muchas de las zonas del complejo, especialmente las de los huéspedes Royal. Durante todo el día, la música que acompaña a los clientes consiste en versiones en clave de jazz de éxitos pop y rock de distintas épocas, desde los 80 hasta la actualidad. Versiones del It's My Life de Bon Jovi, el Don't Speak de No Doubt, el Purple Rain de Prince, el Tainted Love de Soft Cell... quedo prendado de esa música, que se puede tararear al mismo tiempo que te relaja con sus instrumentos suaves y su ritmo pausado. No tardaría, a los pocos días de volver, en descubrir de qué se trataba: Vintage Café, una serie de recopilaciones de eso mismo, versiones jazz de temas más comerciales. Están disponibles en Spotify.

Ya con la mirada puesta en ir a comer, encontramos un atajo para llegar hasta los buffet más cercanos desde nuestra villa. En lugar de dar un rodeo al lago pasando por las recepciones de los hoteles, podemos tomar el sendero de puentes que hay justo enfrente de nuestra terraza. Este sendero, tras cruzar el lago a lo ancho, termina precisamente frente a la puerta de uno de los buffets, el Kabah. Durante el camino, pasamos por encima del hogar del más grande de los cocodrilos que el complejo tiene apadrinados.

Tras la comida, paramos en una de las recepciones para hacer las tradicionales llamadas a casa a través de Skype. Y, esta vez si, tras pasar por la habitación para dejar el portátil y cargar con lo mínimo para la excursión, nos subimos a bordo de un carrito para ir a la salida del complejo.

Esta vez no hay ninguna furgoneta esperando cuando salimos a la carretera, así que caminamos unos pocos metros hasta la parada. Allí nos reunimos ya varios turistas, cosa de la cual se percata un taxista que intenta que algunos de ellos muerdan el anzuelo. Se ofrece a llevar a una pareja por el mismo precio que suponen dos pasajes en la furgoneta. Nosotros, por reticencia, preferimos seguir con el plan previsto, pero por los comentarios de algunos empleados que también esperan la furgoneta, era una buena oferta.

Llegamos a Playa del Carmen tras algo más de media hora de viaje. La travesía dura algo más que en el caso de las ruinas de Tulum, pero es debido a que el acceso principal a la ciudad está en obras y los vehículos se detienen tras cada puñado de metros. Por lo que parece, están construyendo una autovía que atraviesa Playa del Carmen por arriba, sostenida con grandes pilares de hormigón. Parece una obra descomunal.

Ponemos nuestros pies en la acera. Las calles de Playa del Carmen tienen una numeración similar a la que se puede encontrar en Manhattan. Las avenidas, de mayor a menor según nos alejamos de la costa, fluyen paralelas al paseo marítimo. Las calles, también numeradas de menor a mayor, las cruzan transversalmente. Aún con eso, nadie nos libra de empezar a andar en la dirección contraria a dónde queríamos ir.

Queremos empezar yendo a Walmart, una empresa de grandes almacenes estadounidense que también cuenta con una gran superficie en Playa del Carmen. El objetivo es comprar algunas cosas de utilidad: una botella pequeña de detergente, antimosquitos y cremas solares algo más potentes que las que traemos de casa.

Entramos a Walmart y nos topamos con la sección de ocio y electrónica. Hacerse una idea de los precios no es complicado, gracias a la aproximación 1 peso = 10 pesetas. No parece que haya una diferencia de precios demasiado grande con lo que puedes encontrar en España. Definitivamente, Playa del Carmen debe ser un lugar demasiado caro para la gente que cobra sueldos de la zona.

Pasamos por la sección de series de televisión en DVD. Ahí están las cajas de Perd... no, espera, de Perdidos nada, aquí la serie no se traduce y se sigue llamando Lost. Aunque no es lo habitual: otras series y películas tienen traducciones diferentes a las españolas, y van a la par en lo que a no tener en cuenta el título original se refiere.

La últimamente recurrida táctica de poner comparativas entre los precios de la cadena y los de la competencia (como Carrefour y Mercadona), aquí también se utiliza. De forma más agresiva si cabe: junto a la comparación, se muestran dos tickets reales para que no quede duda de que "nuestros precios son más baratos".

Tras realizar las compras -incluidos dos aerosoles de antimosquitos Off, los más recomendados-, viramos a la izquierda al salir de Walmart y topamos con la playa del Ayuntamiento de Playa del Carmen. Una gran bandera mejicana preside la plaza.

Nos movemos hacia el mar, en dirección al este, hasta llegar a la Quinta Avenida. Que nadie se engañe: pese a ser la vía con más afluencia de turistas, esta Quinta Avenida no tiene nada que ver con la neoyorquina. De hecho, no nos gusta demasiado lo que vemos. Una sucesión de sobrecargadas entradas a tiendas de recuerdos, con empleados haciendo todo lo posible -hasta llegar al punto del agobio- para que entres a ellas. Nada que no puedas encontrar en cualquier pueblo turístico de la Costa Brava.

Entramos en alguna de las tiendas de recuerdos, aunque no compramos gran cosa, solo aquello que no creamos poder comprar en los sitios que visitaremos a posteriori. Por tradición, en cada viaje suelo comprar un dedal con motivos del lugar para la colección de mi madre, pero en este caso resulta misión imposible.

Las casas de cambio -tan cacareadas en los foros y por los agentes de viajes- no ofrecen una conversión tan beneficiosa como pensábamos. Entre ésta y la conversión que el propio Palladium ofrece en la recepción de los hoteles, apenas hay diferencia. A menos que la intención sea cambiar cantidades ofensivas de dinero, merece la pena esperar a necesitar más pesos para irlos cambiando. Así se evita llegar al último día con divisa extranjera sobrante y perder euros en el cambio a la inversa para recuperar la divisa original.

Damos por finalizada nuestra visita a Playa del Carmen. La conclusión es que no merece la pena visitarlo a menos que sea para comprar algunos artículos concretos, o bien para salir de fiesta -lo cual no es nuestro caso-. No sin esfuerzo, localizamos el cruce en el que las furgonetas hacen cola para llenarse de turistas y volver hacia los hoteles. En una de nuestras consultas, a ella se le escapa lo inevitable: "¿Sabe dónde se cogen las vans?". No hace falta decir lo que en este lado del mundo significa el verbo "coger".

Llegamos al hotel en pleno atardecer, lo que descarta cualquier posibilidad de ir a la playa o a alguna piscina. Probamos suerte con el jacuzzi de la habitación.

Misión imposible. En el breve lapso de tiempo entre abrir los grifos, entrar de nuevo a la habitación para ponerse el bañador y regresar a la terraza, en el agua del jacuzzi ya flotan una docena de mosquitos que se han ahogado en su intento de echar un trago. Ni rociar la barandilla de antimosquitos, ni los artículos para prevenirlos a base de quemar algo parecido al incienso, parecen útiles. Definitivamente, usar el jacuzzi cuando el sol se pone no es una opción.

No nos movemos del cuarto. Estamos algo cansados de caminar por Playa del Carmen, así que hacemos tiempo hasta la cena tumbados en las camas viendo la televisión. Seguimos descubriendo la programación, especialmente la de VH1.

Llega la hora de la cena. Para la de esta noche no tenemos reserva del restaurante, ya que se trata de El Jardín, el mismo al que acudimos cada mañana para desayunar y de uso exclusivo para clientes de The Royal Suites.

Entramos con recelo, creyendo que quizás el menú sea demasiado exquisito para nuestro gusto. Ninguno de los dos somos precisamente admiradores de la comida moderna. Somos más tradicionales, y la cantidad de comida que suelen exhibir esos restaurantes nos tira para atrás. Nos recibe a la entrada Damián, y es aquí donde empieza su leyenda. Es el mismo maître que cada mañana, a las 7, nos recibe con un enérgico "Buenos días, ¿cómo se encuentran?". Ahora se repite la fórmula, pero ya son. ¡las 9 de la noche!

El primer plato, por ahora, verifica nuestros temores. Una ensalada de pollo que consiste en cuatro hojas de lechuga (sí, se podían contar), y un modesto trozo de pollo a la plancha en el centro. Como segundo plato pedimos capellini con langosta. Y es entonces cuando llega la sorpresa.

Aparece junto a nuestra mesa un camarero equipado de un carrito con distintos tazones y un pequeño fogón y nos pregunta: "¿Langosta?". Nosotros asentimos, sin saber muy bien qué está pasando. Entonces el camarero empieza a usar los tazones, que albergan los ingredientes necesarios, y empieza a cocinar nuestro segundo plato enfrente de nosotros, explicando en cada paso qué está haciendo. Un verdadero espectáculo.

Cocinar el plato le lleva unos 15 minutos, pero el resultado no podía tener mejor aspecto. Y tampoco el sabor, ya que está buenísimo. La langosta también cumple, aunque tampoco entendemos el porqué de la popularidad de este marisco. Definitivamente no somos de paladar exquisito.

Tras el postre -y una buena propina para el camarero/cocinero- salimos del restaurante por un acceso trasero, que comunica directamente con las butacas del Teatro Riviera. Se está celebrando la actividad que suele precedir al espectáculo, con la intención de empezar a crear ambiente. En este caso, voluntarios del público se pasan una carta de naipes de boca en boca, eliminando a aquel que no consiga evitar que la carta caiga. El premio de estas actividades suele ser una botella de tequila para el ganador.

Empieza el espectáculo y no duramos demasiado en nuestras butacas. Bailes exóticos de chicas que mueven el trasero a ritmo de música latina. Es como viajar a un plató de Telecinco 15 años atrás. Tras alcanzar la habitación a través del atajo de los puentes, el día no da para más.

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