Ruinas de Tulum, Playa Paraíso, cena en Ribs & More

27 de mayo de 2010

El segundo día completo en la Riviera empieza, aunque no de forma tan drástica como la mañana anterior, muy temprano. En lo que sería ya la tónica del viaje, nos levantamos cerca del amanecer, que tiene lugar ligeramente pasadas las 6 de la mañana. Para hoy el plan va algo más allá que disfrutar del hotel. Hoy saldremos de excursión a uno de esos sitios que, aunque solo sea por proximidad, te sientes obligado a visitar si te alojas en esta zona: las ruinas de Tulum.

Tulum es una ciudad con una de las mayores poblaciones de la zona. Capitanea el municipio con el mismo nombre, y es lugar de residencia de gran parte de los empleados de los complejos turísticos de la Riviera Maya. Pero lo más popular de Tulum no es la ciudad, si no las ruinas que se encuentran junto a la urbe.

Las ruinas de Tulum son los restos de una ciudad maya amurallada instalada a los pies del Mar Caribe, y es parte y principal atractivo turístico del parque nacional del mismo nombre. Su característica disposición, en la que las piedras de lo que otrora fue una torre de observación apuntan al mar, supone una de las postales más repetidas en las tiendas de souvenirs.

Una de las mejores opciones para ir desde el hotel hasta las Ruinas de Tulum son las "van" (del inglés furgoneta) o colectivos. Se trata de taxis con capacidad para 10 o 12 personas, utilizados por los propios habitantes de la zona para ir a trabajar. Las tarifas no se encuentran en ningún tablón de precios, y mucho menos en el caso de los turistas, a los que siempre se les exige un precio mayor que a los ciudadanos. Con todo y eso, resulta el modo más económico para los recorridos comprendidos entre la ciudad de Tulum y Playa del Carmen. El precio se sitúa alrededor de los 25 pesos (unas 250 pesetas, o 1,5 euros) por persona y trayecto, lo cual siempre resulta más barato que llamar a un taxi, por mucho que regatees. En casi cualquier hotel y punto de interés a lo largo de la carretera, existe una parada para ellas, por lo que esperar a una jamás supone un problema. No hay más que subir, decir a dónde te diriges, y lo más probable es que el conductor te avisa cuando alcance tu destino, si bien conviene estar atento. El pasaje se paga al bajarse en destino, y conviene no preguntar cuánto es; mejor dar lo que tú consideras adecuado, y evitar dar pie a que el conductor pueda inflar el precio.

Ahora que estamos ubicados, volvamos a donde lo dejamos: nos levantamos alrededor de las 7 de la mañana, evidentemente más descansados que la mañana anterior. Volvemos a desayunar en El Jardín -donde ya empezamos a reducir cantidades-, y sin perder más tiempo pedimos un carrito hasta la salida. El carrito nos deja en la recepción Colonial, que es la más cercana a la entrada del recinto, a apenas unas decenas de metros.

Al salir a la calle -¡por primera vez!- no es necesario ni que lleguemos a la parada de las furgonetas. Ya desde el otro lado de la carretera, el conductor de una de ellas se dirige a nosotros a gritos para saber si estamos interesados. Aguarda a que crucemos la carretera -la visibilidad es buena y la circulación bastante relajada, pero no conviene confiarse- y nos sentamos en la parte posterior de la furgoneta.

Treinta minutos después y tras ir dejando a empleados en los hoteles en los que trabajan, el conductor anuncia "¡Ruinas de Tulum!", y menos mal que lo hace, ya que desde la carretera nada indica que ya hubiéramos llegado.

Pagamos sin ningún inconveniente y enfilamos el camino hacia las ruinas. Es necesario caminar 1 km hasta llegar a las taquillas y la entrada del recinto, aunque siempre se tiene la oportunidad de derrochar el dinero y subirse en uno de esos trenecitos tan habituales en destinos turísticos.

Compramos nuestras entradas para la zona arqueológica a 51 pesos por persona, apenas unos 3 euros por cabeza. Tras pasar por el torno y cruzar un breve sendero rodeado de vegetación, aparecemos ante una pared de piedras que ya forma parte de las ruinas.

En los primeros minutos, resulta complicado pensar en otra cosa que no sea el calor. La naturaleza del lugar, que es una gran superficie sin sombras, con suelos de tierra y escasa vegetación, acompañado de la humedad típica de un lugar a pie de mar, provoca que el sol golpeé con todas sus fuerzas. Tanto a ella como a mí nos recuerda a lo que sentimos meses atrás en las Ruinas de Cáparra, en Extremadura.

Visitar Tulum es un buen aperitivo para realizar antes de hacer la clásica excursión que ningún turista de la Riviera Maya se pierde -hablo, claro está, de Chichén Itzá-. Evidentemente aquí las ruinas son de menor envergadura y todo se encuentra mucho más concentrado, pero no por ello resulta menos atractivo. Las informaciones a modo de carteles frente a cada estructura aportan información tan breve como útil para saber a qué estás observando.

No puedo más que recomendar imitar nuestra decisión de venir a primerísima hora, lejos de los grupos de ruidosos turistas que bajan de tres en tres de los autocares. Durante más de una hora, tenemos las ruinas casi para nosotros solos, exceptuando alguna que otra pareja de turistas que, lo más probable, no sean españoles -con el descenso de ruido ambiental que eso supone-.

Amortizamos nuestra entrada recorriendo las ruinas de esquina a esquina, haciendo la parada obligatoria en lo alto del pequeño acantilado que aparece en todas las guías de viaje. Una modesta escalera de madera permite desde aquí bajar hasta la pequeña playa al pie de las ruinas, pero nosotros tenemos reservado algo -a priori- mejor que eso, así que seguimos adelante. Por supuesto, aquí tampoco podían faltar las iguanas. Mayores en número, tamaño, y ganas de estirar el cuello hacia el sol como si fueran girasoles.

Tras dar por concluida nuestra visita cultural -más larga de lo esperado, ya que la salida por el acceso opuesto estaba cerrado sin ninguna indicación previa de ello-, volvemos al cruce cercano a las taquillas para esta vez caminar en dirección opuesta. A nuestro paso se cruzan grupos que acaban de llegar a bordo de sus autocares, así que vamos contracorriente. Tras caminar varios cientos de metros, ya solo quedamos nosotros dos caminando por el arcén, sin un solo coche ni al frente ni a la espalda.

Nos dirigimos a un pequeño tesoro que, aún siendo relativamente conocido, raramente aparece en los principales paquetes turísticos y excursiones contratadas. A poco más de un kilómetro a pie desde las ruinas de Tulum se encuentra Playa Paraíso. Tras dudar entre varias salidas de la carretera, nos decidimos por una que nos lleva hasta algo similar a un camping con bungalows de madera. Sin embargo, nadie nos pone impedimentos para cruzarlo hasta llegar a la orilla, desde donde vemos que nuestro objetivo final queda apenas unos metros más adelante.

Caminando ya sobre la fina arena blanca llegamos a Playa Paraíso, un fragmento de costa aderezado de palmeras, un enorme chiringuito y un servicio de tumbonas y "camas" de alquiler. También se presenta la posibilidad de contratar una pequeña embarcación para ir mar adentro y practicar snorkel sobre uno de los -según ellos- mejores arrecifes que se pueden encontrar. Yo siento indiferencia respecto al submarinismo y a ella no le entusiasma la idea, así que preferimos alquilar dos tumbonas -a 50 pesos cada una, sin límite de tiempo- y emular a las iguanas tostándose al sol.

Durante las aproximadamente dos horas que pasamos entre las tumbonas y el agua, apenas llegan una decena más de parejas. Es, con diferencia, la estancia en playa en la que más tranquilos hemos estado, y eso que en las playas del hotel tampoco es que haya una afluencia de gente demasiado notable. El agua, como en casi toda la zona, es cristalina y se mantiene templada, y el fondo en este caso no tiene más que arena, sin rocas que ir esquivando.

Pasan las doce del mediodía cuando decidimos emprender el camino de regreso al hotel. Se nos presentan varias opciones para la vuelta. Por ejemplo, podríamos deshacer los 2 kilómetros a pie que nos separan del punto en el que nos dejó la furgoneta a nuestra llegada, y allí coger otra de regreso hasta el hotel por el mismo precio. O podríamos usar un taxi -de los que hay aparcados a escasos metros de la playa- para que nos llevara a la ciudad de Tulum por unos pocos pesos, y desde allí coger igualmente una furgoneta. Claro que ninguna de las opciones resulta tan tentadora como pedirle al taxista que nos lleve directamente hacia el hotel, sin esperas y con aire acondicionado. Todo es cuestión de negociar.

Y allá que vamos. En el solar que hace las funciones de parking de la playa, tres taxistas aguardan a su presa jugando a las cartas. Cuando nuestra intención de acercarnos a ellos ya es evidente, uno se levanta para hacerse con la carrera y nos pregunta hacia dónde. Le pedimos el coste de llevarnos hasta el Grand Palladium y, tras discutirlo con sus dos compañeros, nos dice que el precio sería de unos 350 pesos. Como se aleja -y mucho- del tope que nos habíamos propuesto, le pedimos que nos lleve a Tulum, para lo que basta con apenas 50 pesos.

Y entonces empieza el espectáculo. En el preciso instante en el que abandona el aparcamiento y pierde de vista a sus compañeros, nos dice que podría llevarnos al hotel por 300 pesos. Nuestra respuesta sigue siendo la misma. Entonces, con una tranquilidad fingida, nos intenta convencer de que en la ciudad no hay nada que ver, que no merece la pena ir. Según pasan los kilómetros, baja el precio hasta los 280, pero pincha en hueso, y ella alega que por más de 200 pesos no hay nada que hacer. Él contesta con una sonrisa que no sabría como clasificar.

Entonces llegamos al punto de no-retorno, en el que la ciudad de Tulum queda a mano izquierda y el hotel a mano derecha. Se empieza a poner nervioso y, gesticulando con las manos lejos del volante, suelta la última oferta: "230 pesos, ¡no más!". Y entonces realizo el último arañazo con un "220 pesos, y está hecho". El taxista gira a la derecha. ¿Lo mejor de todo? Hubiéramos pagado 250 pesos.

El resto del viaje transcurre plácido, con música estadounidense sonando en la radio. Al llegar al complejo, el taxista pasa el control de la puerta -dando su nombre y nuestro número de habitación, como previsión ante posibles reclamaciones-, y da el largo rodeo por el interior hasta nuestra recepción. Por el detalle de no habernos dejado en la puerta principal, finalmente le pago los 230 pesos que él nos propuso. Y aquí terminan las historietas del taxista nervioso y sus dos pasajeros.

Seguimos sin demasiada hambre, por lo que no tenemos prisa por ir a comer. Tampoco queremos alejarnos demasiado de nuestra zona, así que decidimos estrenar la piscina reservada para las tres villas Royal. Y es entonces cuando nos enamoramos por completo de la piscina Royal.

De dimensiones pequeñas pero suficientes, con un jacuzzi en uno de los laterales, un bar con "bebidas premium" frente a la escalera de piedra, tumbonas de piedra sumergidas en el agua y, lo más importante, una afluencia de público mucho más discreta que en cualquier otra piscina del complejo, la Piscina Royal nos engancha desde el primer momento. Con el paso de los días, este sería el lugar más recurrente de nuestro viaje, ya que la tranquilidad y la cercanía de la habitación -ni 10 metros desde la entrada de la villa- lo hacen perfecto para acudir a ella en cualquier momento.

Un rato después, nos dirigimos al segundo buffet que visitaríamos, el buffet La Laguna. En ambas zonas del hotel, los dos buffet disponibles en cada zona se diferencian por ser uno cubierto, y el otro al aire libre. Los primeros suelen tener mayor oferta para escoger, pero en cambio no se permite la entrada con ropa que pueda estar húmeda, especialmente bañadores y camisetas que tengan la espalda mojada. Los segundos, en cambio, tienen el buffet en una pequeña caseta, mientras que todas las mesas se encuentran en amplias terrazas con vistas a las piscinas principales. La Laguna es uno de los que están al aire libre.

Nuestro segundo intento de fabricarnos nuestros propios nachos mejora bastante respecto al primero. Aquí hay que coger todos los componentes por separado: las tortillas de maíz, la salsa de queso fundido, el pico de gallo y el guacamole. Si también sirvieran carne picada para mezclar con los nachos, la felicidad sería completa.

De regreso hacia la zona Royal, realizamos nuestra segunda llamada a casa vía Skype, esta vez con muchas más cosas que contar y mucho entusiasmo detallando todo lo que hemos descubierto. Realizamos la llamada desde una pequeña terraza saliente de la recepción Royal, separada de la Piscina Royal por un río y con el paso de catamaranes que llegan hasta aquí para dar la vuelta y volver al lago. El ambiente es inmejorable. Tras las llamadas, vamos ahora a estrenar otra instalación más: el balneario.

El Grand Palladium cuenta con su propio balneario, llamado Renova Spa. Al parecer, funciona como una empresa totalmente independiente, con su propia gestión y personal, pero los huéspedes tienen incluido junto al alojamiento en el resort el acceso a su circuito. Los tratamientos de belleza, masajes y demás servicios, se pagan aparte -y vaya si se pagan...-.

Un carrito nos deja frente a las dos columnas de piedra que anuncian el spa, y entramos algo desorientados. Con ayuda de los empleados -tan amables como todos-, conocemos el procedimiento: en una recepción a mano izquierda solicitamos las toallas y, si lo deseamos, una llave de taquilla a cambio de depositar la tarjeta de la habitación.

Hay dos formas de acceder al circuito, una por cada extremo. En uno de los extremos, el que se encuentra junto a las taquillas, accedes a la zona húmeda, donde se encuentran las saunas, el pediluvio -un paseo de piedra en espiral con chorros de agua en los laterales-, y los jacuzzis de aguas extremas. Por el otro, se encuentra la piscina, con unas cuantas tumbonas -algo escasas, en mi opinión-. El problema es que, exceptuando el pasillo de la entrada, un punto del otro están separados por un pasillo de agua con corriente. Es decir, que si entramos por la zona húmeda no podemos llevar la toalla hasta las tumbonas, y si entramos por la piscina no podemos llevarla hasta la zona húmeda. En nuestra primera visita, aún sin saber esta cuestión, entramos por la zona húmeda.

El sitio está muy tranquilo a estas horas. Sin embargo, no supimos definir un patrón claro de afluencia de gente, ya que en ocasiones es precisamente después de la comida cuando la gente más acudía a relajarse a este lugar.

En la zona húmeda probamos todas las instalaciones. Empezamos por el pediluvio -que no volveríamos a probar más-, y nos metemos en la sauna de vapor. La sauna de leña permanece cerrada. Al parecer, por razones de seguridad hay que notificar por adelantado que se quiere utilizar. Tras la sauna de vapor -que a mi me encanta, pero a ella le agobia relativamente-, vamos hacia los hidromasajes de temperaturas extremas, siempre pasando por una ducha entre instalación e instalación.

Las bañeras de temperaturas extremas son fieles a su denominación. En una de ellas, la mayor de las dos, el agua está cercana al punto de ebullición. No voy a decir que sufras quemaduras, pero tampoco creo que resulte muy conveniente permanecer mucho rato en su interior, por lo que pueda repercutir en la temperatura corporal. La otra, sin cambio, es todavía peor. Con solo meter un pie, te olvidas del clima tropical que te rodea y te sientes rodeado de pingüinos y esquimales. El agua se percibe como un frío punzante, de los que te impiden respirar de forma fluida.

La gracia está en ir alternando en periodos cortos entre agua fría y caliente, pero solo uno de los dos -y no es ella- se atreve a probarlo. Lo máximo que he conseguido permanecer con el agua fría hasta el cuello ha sido un minuto y, viendo el ir y venir de la gente en posteriores días, creo que no es una mala marca.

Tras las bañeras, salimos ahora de la zona húmeda, no sin antes pasar por unas duchas de piedra que ella estaba convencida de que eran fuentes ornamentales. Antes de salir completamente al exterior, accedemos a la piscina de chorros para las cervicales. Un gran círculo con una fuente en el centro, y el perímetro copado por chorros que expulsan agua con violencia. Permanecemos un rato con la espalda contra los chorros. El agua aquí también es turbia, y no es extraño ver flotando una desagradable espuma fruto de las cremas solares diluidas.

Pasamos, ahora si, a la zona al aire libre del spa. A lo largo de un sendero de alrededor de metro y medio de profundidad, vas topando con bañeras de hidromasaje. No dejamos pasar la oportunidad de entrar en todos y cada uno de ellos. Si al salir a este pasillo acuático giras hacia la izquierda, acabas llegando a unas coquetas cabañas colgantes donde se realizan los masajes de pago. A mano derecha, sin embargo, el camino finaliza con un acceso a la piscina del balneario. ¡Y qué piscina!

La piscina del spa es de forma alargada, y uno de sus laterales utiliza la fórmula de la "piscina infinita". La ausencia de un borde, con el agua cayendo a modo de cascada en un espacio a un nivel inferior, consigue la sensación de un horizonte cuando miras hacia ella a ras del agua. Más allá del final, en una impoluta zona de césped -inaccesible para las personas- los pájaros canturrean. Es una estampa idílica.

En uno de los bordes de la piscina existe una última bañera de hidromasaje, a la que le llaman el "Jacuzzi mirador", ya que apunta a la misma zona verde el borde infinito. Al otro lado de la piscina, separado por una pared de cristal, se encuentra el gimnasio. No llegamos a visitarlo por dentro, pero desde aquí ya se intuye que tiene todo lo necesario para quien quiera mantener su rutina en sus días de vacaciones.

Volvemos por donde hemos venido para llegar de nuevo a las taquillas, donde nos secamos y recogemos nuestras cosas. A la salida, vemos que en la recepción se dispone de dos variedades de té para los clientes, uno de clorofila y otro de frutas más ácidas -todo muy sano, faltaría más-.

Aprovechando la cercanía desde el spa, tomamos el camino hacia la izquierda, en dirección al centro deportivo. Enseguida llegamos a la zona donde se concentran campos y canchas de voleibol, baloncesto, fútbol, badminton y, a lo que veníamos, minigolf. Bromeamos con el encargado de las instalaciones durante esa tarde, y vamos hacia el primer hoyo con ilusión. Ilusión que dura más bien poco, ya que todos los hoyos del minigolf se encuentran en montículos elevados con caída por detrás si no mides bien la fuerza. Resumiendo: un desastre para completos novatos como nosotros. Avanzamos por los hoyos casi por decencia, hasta que finalmente decidimos dar por definitivo el fracaso. Las iguanas -que aquí prácticamente se agolpan- deben estar pasándoselo pipa viendo nuestras habilidades.

Volvemos a nuestra habitación. Tras el spa, evidentemente no nos sentimos fatigados físicamente, pero si que llevamos acumuladas bastantes actividades durante el día que hacen que nos sintamos algo cansados. Así que nos duchamos y pasamos un largo rato tumbados en las camas viendo la tele, en lo que se convertiría en un clásico ritual de relax antes de la hora de la cena.

La televisión de la habitación -desconozco si los canales son los mismos en el resto de hoteles- es todo un descubrimiento. Son emisoras latinas, pero con contenidos en su mayoría estadounidenses y, lo mejor de todo, en la mayoría de casos emitidos en versión original subtitulada. Así nos topamos con capítulos de Lost, de Grey's Anatomy, V. incluso de Dawson's Creek. Pero lo mejor de todo viene cuando encuentro ¡la VH1!. Mi cadena musical favorita, que tanto disfruté cuando vivía con mis padres antes de que Ono decidiera hacerla de pago. Mantiene intacto su objetivo: emitir rankings y más rankings sobre cualquier cosa. Quizás ha cogido demasiado de la cultura MTV, ya que algunos de las clasificaciones son como, por ejemplo, "los 10 momentos más inolvidables de los reality shows".

Tras el descanso -que agradecemos- en la habitación, salimos ya preparados para ir hacia el restaurante. Hoy toca como temática la comida americana, gracias al local "Ribs & More".

Llegamos y pasamos por el mismo ritual del atril y la sala de espera, exactamente igual que la noche anterior. Pero a partir de aquí, la cosa iba a ir a mejor. Si la comida mejicana de La Adelita no nos entusiasmó, la del Rock & Ribs era justo lo que esperábamos. Distintos cortes de ternera, sabrosa, y con guarnición de patata al horno con salsa y media mazorca bien asada. Hasta el poco brócoli que acompaña a la mazorca está bueno.

Muy contentos con la cena -lamentamos tener los días justos para probar los demás y no poder repetir-, volvemos hacia nuestra villa. Dan las 11 de la noche, y estamos reventados. Tomamos un poco el aire desde la terraza, viendo las recepciones iluminados y con el ruido ahogado del Teatro Riviera de fondo. No tardamos mucho en cerrar la terraza -para que se vuelva a activar el aire acondicionado- y meternos en la cama.

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