Descubriendo el Grand Palladium

26 de mayo de 2010

Son las 12 del mediodía... no, en realidad son las 5 de la mañana. Las siete horas de diferencia entre España y la Riviera Maya hacen mella en nuestro primer amanecer del viaje, y una hora antes de que salga el sol ya empezamos a despertarnos de un sueño que necesitábamos como el agua.

Así que, como todavía faltan 2 horas para que se inicie el servicio de desayuno, aprovechamos estas primeras horas para instalarnos en la habitación, con todas las cosas que no hicimos la noche anterior fruto del cansancio.

Empezamos estudiando con más detenimiento las vistas desde nuestra terraza. Tenemos justo enfrente, a unos 200 metros, uno de los puentes de madera que cruzan el lago del complejo, por lo que los peatones que pasen por él pueden vernos siempre que no estemos tumbados o echados en el jacuzzi. Las terrazas de las dos plantas inferiores tienen cortinas opacas para evitar a los mirones, cosa que no ocurre en nuestra planta, ya que, salvo excepciones como el mencionado puente, la vista desde la calle no alcanza a nuestra habitación.

Concluimos que las vistas no son malas. Estamos orientados al noroeste, pero tenemos sol durante la mayor parte del día. Hubiéramos preferido que la terraza apuntara hacia más allá del complejo, por aquello de no ver más que naturaleza y evitar el paso de gente, pero poder divisar la mayoría de zonas comunes desde la habitación tampoco está mal.

Observamos con más calma el jacuzzi privado. En las Junior y Royal Suite de nuestro hotel, se encuentra en la terraza. En las habitaciones del resto de hoteles, el jacuzzi -en el caso de que lo tengan- se encuentra en el interior. Las Royal Suite, además, doblan la superficie de nuestra habitación ya que cuentan con un salón adicional del mismo espacio que ésta. Por último, las Mayan Suite cambian el jacuzzi por una "simple" bañera, como compensación por la terraza a pie de lago y las "duchas Mayan", que no son más que duchas exteriores con cierta decoración.

Meditamos si colocar la ropa en el armario o dejarla permanentemente en la maleta. Ella decide lo segundo, pero yo aprovecho las perchas para ir colgando la ropa más susceptible de arrugarse.

Seguimos estudiando el resto de la habitación: el mueble bar tiene una nevera con cerveza Heineken, cerveza Sol, Pepsi, Pepsi light, 7up, limonada, naranjada, snacks y cuatro botellas de un litro de agua cada una. En la otra puerta, la cubitera (que puede rellenarse en la primera planta de cada villa), y cuatro botellas con vodka, whisky, ron y tequila, además de vasos largos.

Como ya habíamos anticipado, el baño está integrado en la habitación, sin una separación física. El enorme lavabo con su igualmente enorme espejo quedan a mano derecha nada más entrar, y el retrete y la ducha están aislados por una puerta de metacrilato.

Tras el examen a conciencia de la habitación todavía nos queda algo de tiempo de espera antes de bajar a las aceras, así que aprovechamos para rellenar la "hoja de mayordomo" con nuestras preferencias. Pedimos dos almohadas de pluma de pato, que posteriormente descartaríamos por tener un efecto "colchoneta hinchable" que para nada es de nuestro agrado. Indicamos los horarios para el servicio de habitaciones y el "servicio de buenas noches", que consiste en que dejen las sábanas entreabiertas y te coloquen una chocolatina sobre ellas. Sin embargo, comprobaríamos que la utilidad de indicar tus preferencias horarias es más bien nula, ya que al final pasan cuando buenamente pueden.

Salimos, ahora si, de la villa 69, situada justo enfrente del que sería uno de los espacios que más aprovecharíamos durante nuestro viaje, la piscina Royal. El camino hasta la recepción es corto, apenas rodear la piscina, cruzar un puente que atraviesa un río derivado del lago, y tomar un pequeño camino hacia la derecha. En la recepción de The Royal Suites se habilitan dos ordenadores con conexión a Internet, que aprovechamos para enviar correos y tranquilizar a la familia.

Desgraciadamente, el alcance de las redes inalámbricas no es suficiente para llegar a nuestra habitación, y traer un cable de red ha sido inútil ya que no conseguimos la conexión.

Pasada la recepción, a apenas 20 metros, llegamos a El Jardín. El Jardín es el restaurante exclusivo para The Royal Suites, y solo abre durante la mañana para servir desayuno, y a la noche para el servicio de cena. A diferencia del resto de restaurantes a la carta del Grand Palladium, es el único que no admite reserva previa, ya que su naturaleza exclusiva evita la necesidad de evitar que queden cortos de mesas.

Tomamos nuestro primer desayuno en tierras mejicanas. Nos da la bienvenida Damián, el maître de El Jardín que día tras día nos daría los buenos días con un tono de voz grave y educado. El desayuno, como ya viene siendo costumbre en cualquier hotel, es fuerte: un buffet que rodea el comedor tiene sección de fruta, embutidos, cremas para untar, platos calientes y otros, y siempre se puede rematar pidiendo alguna combinación a la carta, como huevos revueltos o tortitas. Pero lo mejor viene en jarra y se sirve en vaso: toda una variedad de zumos naturales bien fríos. Y mejor aún: tienen jugo de plátano licuado. Desde ese momento, y a excepción del café, pasa a ser un elemento fijo de nuestros desayunos durante la estancia.

Salimos del desayuno con el estómago lleno y volvemos hacia nuestra habitación, ya que queda algo de tiempo antes de que empiece la charla de Travelplan. Divisamos la primera fauna del viaje: un pato se zambulle en el lago y asoma la cabeza entre remojón y remojón. Con el paso de los días, una sensación de mezclarnos con la fauna y flora iría creciendo, gracias a como el hotel respeta rigurosamente su entorno.

Poco después de las ocho de la mañana asistimos a la charla introductoria de Travelplan. Esperábamos ser los mismos que ayer compartimos dos autocares, pero no, parece que días atrás habían llegado cargamentos de españoles a diario, ya que llenamos una sala de presentaciones con aforo para más de doscientas personas.

Primero toma la palabra Josefina, la mujer que nos acompañó en nuestro autocar la noche anterior. Un par de chistes, y pasar lista a todos los asistentes para confirmar la compañía y hora del vuelo de regreso a España. Y con ella termina la única etapa realmente útil de la charla, ya que lo que viene a continuación no es más que una acción comercial para intentar vender paquetes de excursiones, por mucho que se venda como valiosos consejos para conocer el entorno.

Esta segunda etapa la presenta René, el chico mejicano que viajaba en el otro autocar. Es un showman, y se nota que ha dado la misma charla semana tras semana durante más años de los que puede recordar. Resulta gracioso, pero es demasiado evidente lo guionizado de su intervención. Pasan los minutos, y nos venden las maravillas y ventajas de ir en grupo a Tulum, a Chichén Itzá, a los recintos de Xcaret, Xplor, etc. Cuando ya llevamos más de una hora perdiendo un valioso tiempo de vacaciones, ella y yo empezamos a revolvernos en la butaca. Tanto, que cuando ya vamos camino de la hora y media, aprovechamos un momento de dispersión general para levantarnos y salir disparados hacia la puerta, convenientemente cerca gracias a nuestra elección de asientos.

Pero no iba a ser tan fácil. Tras un hábil movimiento para evitar a los -si, todavía hay más- empleados que nos esperan a la salida para seguir vendiéndonos fantásticos servicios, oímos tras de nosotros los pasos de Josefina, que no ha perdido detalle de nuestra huída. Resulta impensable que dos turistas decidan abandonar la charla de las excursiones, así que su primera pregunta ya es: "Van a la habitación y vuelven, ¿verdad?". Toca explicarle que no, que abandonamos la charla porque ya hemos organizado el viaje por nuestra cuenta y ya tenemos cerrada -una mentira piadosa- nuestra agenda. Le falta tiempo para preguntarnos a dónde vamos a ir, y no se me ocurre responderle otra cosa que "Pues a donde queramos ir, que es asunto nuestro.". Sí, se que está haciendo su trabajo y todo ese discurso, pero en algunos momentos hay que ponerse en plan Doctor House para no alargar más de lo necesario situaciones indeseadas.

Así que tras conseguir derrotar la insistencia de Josefina, logramos al fin escapar de ese mundo de españoles que forman grupos numerosos para visitar sitios. Grupos de gente que en circunstancias normales jamás se saludarían por la calle y mucho menos entablarían una amistad, pero a los cuales la distancia -y la oportunidad de ser llevados de la manita, evitando el esfuerzo de pensar por uno mismo- parece cambiar su criterio a la hora de entablar relaciones.

Ahora si empieza nuestro verdadero viaje: diez días por delante, un enorme complejo hotelero por descubrir, toda la información necesaria para sobrevivir, y un cargamento suficiente de protección solar. Es el momento de empezar a conocer por nosotros mismos dónde nos hemos metido.

El Grand Palladium es un complejo situado a medio camino entre Playa de Carmen y Tulúm, casi equidistante a 30 kilómetros de cada uno. Las instalaciones incluyen cinco hoteles, aunque hasta hace no tanto eran solo cuatro. Estos cuatro son el Colonial y el Kantenah (situados en la zona más al norte del recinto), y el White Sand y el Riviera (ubicados en el sur). El quinto hotel es The Royal Suites, que consiste en tres villas de unas 36 habitaciones cada una, y cuya característica es suponer una zona más "exclusiva", solo para adultos y con acceso a algunos espacios adicionales que solo son accesibles para sus huéspedes. Cada hotel cuenta con su recepción, una enorme cabaña con techos de paja y bares, recepción y conexión a Internet. La recepción de The Royal Suites es algo diferente, ya que es la única cerrada y con aire acondicionado.

El recinto cuenta con dos grandes piscinas, una por cada par de hoteles. Adicionalmente, numerosas pequeñas piscinas se reparten por el mapa, algunas para todos los públicos y otras solo para adultos. Eso sin contar la piscina Royal, que se encuentra frente a las tres villas de The Royal Suites y cuyos huéspedes son los únicos que pueden utilizarla. En la zona sur, un gran lago rodea las recepciones. Por último, el lateral que comunica con el Mar Caribe es en su mayoría una gran playa, a excepción de un saliente al sur en el que se encuentra la piscina Las Rocas, que es la única piscina alimentada con agua salada.

Empezamos nuestra experiencia Palladium paseando por la zona más cercana a nuestra villa, la White Sand & Riviera. Disfrutamos sobretodo de los puentes que cruzan el lago, y descubrimos las terrazas de las Mayan Suite, un tipo especial de habitación a pie de lago, con posibilidad de adentrarse en éste gracias a la canoa amarrada a cada una. Alcanzamos la piscina principal de la zona y tenemos nuestro primer encuentro con las dueñas del lugar, unos animales respetados e iconizados: las iguanas. Unos animales que el primer día te hacen sentir incómodo, al segundo día te siguen dando un poco de asco y al tercer día secuestrarías para llevarte a tu casa de tanto cariño que les has cogido.

Las distancias parecen menores de lo que presumíamos viendo el mapa del hotel, pero aún así nuestro paseo se alarga más de lo que preveíamos. Es nuestro primer día y todavía no conocemos ninguno de los numerosos atajos que posteriormente utilizaríamos para plantarnos rápidamente en cualquier sitio. Como la charla de Travelpan nos ha hecho madrugar -lo hubiéramos hecho de todas formas-, los aledaños de la piscina todavía están muy tranquilos. Es una opción muy recomendable para quien quiera disfrutar de algunas zonas que empiezan a abarrotarse bien entrada la mañana.

Volvemos hacia nuestra villa no sin antes pasar por la recepción de Royal Suites. Allí realizamos nuestra primera reserva para restaurante.

El Grand Palladium cuenta con alrededor de una decena de restaurantes repartidos por todo el recinto. Cada uno de ellos sirve un tipo de comida temática, y solo abren al atardecer para servir cenas. Las comidas quedan a cargo de los cuatro restaurantes de tipo buffet igualmente repartidos.

Los restaurantes permiten la posibilidad de reservar mesa, pero la medida en la que uno puede aprovecharse de dicho servicio depende de donde se hospede. Los huéspedes Royal pueden hacer su reserva para todas las noches desde un mostrador en recepción, siendo el horario de reservas desde las 8 hasta las 13 horas. El resto de huéspedes, en cambio, disponen de un cupo de reservas disponibles, normalmente alrededor de las 3 reservas por cada 7 o 10 días de estancia.

Si alguien acude a un restaurante sin reserva previa y no hay disponibilidad de mesas, se le entrega un dispositivo de alerta para que lo lleve encima. En el momento en el que quede una mesa disponible, el dispositivo se activa desde la recepción del restaurante y el huesped recibe el aviso para dirigirse hacia él.

Nuestra primera reserva será en La Adelita, que es el restaurante de temática mejicana. Tras dar nuestro número de habitación y verificar que somos los huéspedes dando el nombre titular, se nos entrega una copia del comprobante con la hora, el local, y algunas indicaciones para la noche. La principal de ellas ya la conocíamos de antemano: los caballeros deben ir con el calzado oportuno -nada de sandalias- y de largo, prohibiendo la entrada de bañadores, pantalones cortos y piratas.

Tras la reserva, volvemos a nuestra habitación para preparar la mochila y enfilar el camino hacia la primera instalación que disfrutaremos: la playa. Tras cargar los libros -Millenium III para ella, El Símbolo Perdido para mí-, vamos hacia la recepción para pedir nuestro primer carrito.

Los carritos, así como un pequeño tren, pasan por las cuatro grandes recepciones del complejo, menos algunos especialmente destinados a pasar lo más cerca posible de las villas. Hay paradas repartidas por todo el recinto, y el tiempo de espera suele oscilar entre los 5 y los 20 minutos. Capítulo aparte son los carritos Royal, que transportan únicamente a huéspedes de The Royal Suites y pueden ser solicitados por teléfono para que vengan a buscarte allá donde estés. Sin embargo, comprobaríamos más adelante que esta no es la opción más aconsejable, ya que suelen tardar bastante en pasar a recogerte y en cambio basta con caminar menos de 5 minutos para llegar a un área común donde pasan con mayor frecuencia.

Nuestro primer carrito siguió el segundo caso: en dos minutos nos plantamos en la recepción Royal, y allí cogemos un carrito que está esperando clientes para ir a la "Playa Royal". En apenas un minuto estamos subidos y en marcha, pero no iba a resultar tal y como planeábamos. Por algún tipo de confusión, sumado al hecho de que obviamente todavía no conocemos las instalaciones, el carrito nos deja en la playa, si... pero en el extremo totalmente opuesto al que deseábamos ir.

Nos ayudamos de los mapas para poner dirección a la otra punta de la playa, pasando por el interior del resort para así de paso visitar más lugares. Pasamos por la piscina de la zona Colonial/Kantenah, y tras un eterno paseo atravesando las villas del segundo -alrededor de 15 minutos, sin exagerar- y sobresaltarse cada vez que sonaba el crujir de una rama mientras atravesamos la peculiar jungla, llegamos por fin a destino.

En realidad la "Playa Royal" no existe. Lo que nos encontramos es la llamada "Playa La Jarra", a la que todo el mundo tiene acceso. La confusión viene porque, adentrándose unos 20 metros en la orilla, unos frondosos arbustos delimitan una zona de acceso exclusivo para los huéspedes Royal, con camas con cortinas, mesas y tumbonas. Las camas, sin embargo, ya están "reservadas" cuando nosotros llegamos: la gente llega a primera hora, coloca un par de toallas y una mochila vacía, y se asegura que nadie le arrebate el puesto para cuando le apetezca aprovecharlo.

Vamos al bar La Jarra para conseguir nuestras toallas. La mayoría de huéspedes entrega una tarjeta que no recupera hasta entregar de nuevo las toallas en el mismo sitio, pero los Royal, aquí también, tienen una ventaja añadida, ya que podemos coger las toallas sin más. Llevarlas al montón de toallas sucias o dejarlas tiradas en cualquier parte es ya una cuestión de respeto y educación, pero no una obligación para recuperar un tarjeta.

Ya que estamos en el bar, no dejamos pasar la oportunidad de pedir nuestros primeros combinados. Cuando se prepara el viaje, la percepción de los bares es la de un lujo, y sin embargo termina siendo una necesidad. El pasar el día en exteriores soleados y con una considerable humedad provoca una sensación casi constante de sed. El tipo de brebaje con el que saciar esa sed, ya es elección de cada uno. Por ahora, nosotros empezamos con un Mono Sucio -con alcohol, y coco- y un Banana Mama -sin alcohol, y frutas rojas-.

Tras refrescarnos el gaznate y dejar nuestras cosas, nos descalzamos y, esta vez sí, vamos hacia el agua. Y ahí está esperándonos el Mar Caribe, con un agua de perfecto azul turquesa y una arena blanca tan fina que se escapa entre los dedos. Al entrar al agua templada -y sin algas en esta zona-, nos topamos con que algunas zonas del suelo están copadas por rocas algo resbaladizas, así que es conveniente andar con cuidado y -se de lo que hablo- no hacer la gracia de entrar corriendo al agua.

No vemos el momento de salir del agua. Ella echa en falta una colchoneta inflable para poner la guinda al pastel, pero eso llegará a su debido tiempo.

Pasamos alrededor de dos horas haciendo el recorrido tumbona, agua, bar y de nuevo tumbona. Cuando ya son las dos del mediodía, recogemos, pedimos un carrito en el Bar La Jarra, y salimos hacia las villas Kantenah, que son las más cercanas al mar en esta zona.

Los carritos para irse de la playa son los que más tardan con diferencia. Alrededor de 10 minutos que hay que sobrellevar con la ayuda de la sombra que proporciona una parada. Cuando por fin nos recogen, vamos hasta nuestra habitación donde nos quitamos un poco la sal del cuerpo y nos preparamos para ir a comer.

De entre todos los buffet disponibles, nuestra primera comida iba a ser en el Kabah, el buffet cerrado -no al aire libre como La Laguna- de la zona Riviera/White Sand. Al entrar damos con un atril vacío, así que decidimos tomar asiento por nuestra cuenta... y, obviamente, equivocarnos al sentarnos en un lugar que no estaba "abierto" para los comensales. Aún así, el personal nos atiende amablemente.

Damos una vuelta a todo el buffet -y no es pequeño- antes de decidir qué tomar. La comida de todos los buffet del resort es muy similar, y abarca un amplio espectro gastronómico. Siempre tenemos la zona de ensaladas, la de pastas, la de pizzas, la de carnes -rebozadas y a la parrilla-, comida mejicana, arroces, fruta...

Tras comer más de la cuenta -todavía estamos en esos primeros días en los que conservas el apetito-, volvemos hacia el lobby Royal. Queremos conectarnos a Internet, y la ausencia de conexión en la habitación -el mayor inconveniente de todo el viaje- nos obliga a venir aquí cada vez que deseamos acceder a la red.

Tenemos nuestra primera experiencia con Skype -previo pago de 5 euros de saldo mediante tarjeta-, y resulta muy satisfactoria. Existe un retardo perceptible pero aceptable, y pese a algún corte eventual -mayoritariamente por culpa del portátil, no del servicio-, conseguimos hablar con sendas familias durante largo rato y a precios muy bajos. Oyen nuestra voz por primera vez desde que cogimos el vuelo eterno del día anterior, así que les tranquilizamos diciendo que todo va según lo previsto.

Tras el reencuentro virtual, volvemos a la habitación con la intención de estrenar nuestro jacuzzi privado. No tardamos en dar cuenta de uno de los inconvenientes: tarda una vida en llenarse. Siendo optimistas, hasta pasada media hora el agua no cubre los surtidores de agua a presión. Así que con paciencia, esperamos a poder meternos y disfrutar del relax.

El otro gran pero del jacuzzi es que puedes quemarte la piel si no tomas todas las precauciones. La terraza está estratégicamente orientada para que el sol no quede escondido, y la porcelana de la bañera refleja los rayos, duplicando así el efecto de éstos. Como consecuencia, el agua apenas dura fría unos minutos antes de ascender hasta la temperatura ambiental.

En esta época del año en Méjico suele atardecer alrededor de las 6 de la tarde. Sumado al largo tiempo que hemos tenido que esperar para entrar al jacuzzi, al cabo de una hora conviene que salgamos de él. Cuando el sol se pone, los mosquitos sacan sus garras y lo menos aconsejable es estar con la piel desnuda y rodeado de agua.

Nos duchamos y preparamos para la primera cena de restaurante, aunque tras el festín del buffet en absoluto tenemos hambre. Llegamos con tiempo a la recepción Colonial, así que pasamos por el Sports Bar. Se trata de un bar centrado en retransmitir todos los deportes posibles, gracias a cuatro televisores repartidos y una enorme pantalla de proyector en el centro del local. Como no se está jugando nada de especial interés, se está bastante tranquilo y se puede jugar a futbolín, billar, ping pong o juegos de mesa. Nosotros decidimos echar una partida de ajedrez para hacer tiempo hasta la cena.

Llegamos a La Adelita, el primero de los restaurantes que cataríamos. Descubrimos la disposición de los restaurantes: siempre hay dos de ellos emparejados y compartiendo recepción, de modo que, cuando entras, accedes a una pequeña sala con el atril de recepción y una barra de bar al fondo. A ambos bandos, están los salones de cada restaurante. Probablemente en la trastienda cada par de restaurantes comparta la misma cocina.

En la recepción comprobamos en primera persona el mecanismo de los restaurantes: la gente hace cola frente al atril y, tras indicar cuántas personas forman el grupo, reciben uno de esos "busca" luminosos para ser notificados de que su mesa está lista. Excepto casos de reserva como el nuestro, claro, en el que tras mostrar la reserva y aguardar durante poco más de un minuto, un camarero sale en tu búsqueda para introducirte en el salón.

Como es nuestro primer restaurante, escuchamos atentamente las indicaciones que nos da el camarero -que, aquí más que en ningún sitio, se entregan con tal de conseguir una buena propina-. La carta de vinos no está incluida para nadie -o eso creemos, nunca llegamos a comprobarlo-, y la carta de platos se refiere únicamente a los platos fuertes, principales. Como entrante, todos los salones incluyen la llamada "isla de ensaladas", una suerte de buffet donde abastecerse de pan y diversos tipos de ensalada: de pasta, de marisco, totalmente vegetal... siempre ligeramente encarado a la temática de cada restaurante. Cuando llega el turno de los postres, un camarero se acerca con un carrito en el que se exhiben todas las opciones disponibles. Tras decidir qué quiere cada uno, el camarero se marcha y vuelve con los postres recién preparados.

Los excesos en la comida nos llevan a no degustar la isla de ensaladas y pedir aquello que parezca menos voluminoso. Dado que La Adelita es de temática mejicana, lo más conveniente era pedir algún tipo de burrito, fajitas o tacos. A duras penas terminamos el plato, ya que la calidad tampoco es la mejor que hayamos probado. Durante la cena, tenemos nuestro primer contacto con otro elemento que posteriormente sería recurrente: los mariachi. Una par de hombres ya entrados en años que, ataviados con su guitarra, se pasean por los salones entonando rancheras, con permiso de algún que otro éxito comercial.

Tras abandonar La Adelita, pedimos un carrito en recepción que nos lleve hasta la puerta de nuestra villa. Sin tiempo para más, nos metemos en la cama rendidos, deseando estar descansados para seguir disfrutando del hotel.