De Mallorca a la Riviera Maya

25 de mayo de 2010

Pasan seis horas desde que empezara el día 25 de mayo 2010 en Palma de Mallorca. Se enciende una luz en el dormitorio, y ésta se refleja en el equipaje ya preparado en el pasillo. En algo más de cuatro horas, abandonaremos Baleares, España e incluso Europa durante unos días para realizar nuestro "viaje del año". Para conseguir un mayor contraste respecto a los dos viajes anteriores, en los que visitamos dos grandes ciudades como Nueva York y Washington, en esta ocasión nos vamos a un rincón apartado, en el que la principal ambición es descansar y exponerse al sol el mayor tiempo posible. Nos vamos a la Riviera Maya, en la costa este de Méjico.

De forma excepcional y por motivos exclusivamente económicos, hemos contratado nuestro viaje a través de una agencia. Se trata de Viajes Almeida, que recientemente inauguró su primera oficina en Mallorca en la Urbanización de Puig de Ros, a escasa distancia de nuestra casa. Como decía, el motivo por el que acudir a una agencia fue exclusivamente el coste: ya teníamos decididos el destino, los días, e incluso el hotel. La ventaja de hacerlo a través de una empresa como Travelplan radica en el coste del vuelo, ya que la diferencia entre el precio total por libre y a través de agencia, es prácticamente lo que pagaríamos por el viaje de ida y vuelta con Air Europa.

El hotel... podría decirse que el hotel fue el detonante de nuestro viaje. Fue lo primero que "descubrimos" a través de referencias por la red, y a partir de ahí decidimos cual sería nuestro próximo destino. Se trata del Grand Palladium Spa & Resort, situado a unos 30 kilómetros al sur de Playa del Carmen. Es un hotel con muy buena reputación, al parecer de los mejores de su zona. Incluso tiene una página no oficial estadounidense de gente absolutamente devota de éste y sus otros complejos turísticos.

Pero no es exactamente Grand Palladium el hotel, ya que el complejo incluye 5 hoteles. El Kantenah, el Colonial, el White Sand, el Riviera... y The Royal Suites. Mientras los cuatro primeros son muy similares y, de hecho, sus huéspedes reciben el mismo trato unos respecto a otros, alojarse en The Royal Suites tiene ciertas ventajas. La primera, y más importante para nosotros: solo se permiten adultos. Si, somos así, una pareja joven a la que los niños le irritan más que gustan, y no creo que haya que dar más explicaciones al respecto. Así que asegurarse de que en las mediaciones del hotel no habría nadie menor de edad es un punto importante. Otra cosa es que luego haya adultos que se porten como críos, pero contra eso poco queda que se pueda hacer.

La ausencia de niños no es la única ventaja de hospedarse en The Royal Suites, el cual, lógicamente, tiene un coste por habitación más elevado que el resto de hoteles del resort. Sus huéspedes tienen acceso a algunas zonas exclusivas, como una piscina y un restaurante solo para ellos, así como a ciertas ventajas como poder reservar mesa para cenar en cualquier restaurante del recinto todas las noches, y no solo hasta un máximo de ocasiones como en el resto de casos.

Pero ya descubriremos el hotel poco a poco con el pasar de los días. Volvamos ahora a Mallorca. Son las 6 de la mañana, y nuestro vuelo de conexión a Madrid sale dentro de más de 4 horas. No es que queramos ir con muchísima antelación: el motivo por el que madrugar tanto es un poco más... "friki". Pocas horas antes, la televisión norteamericana había emitido el final no de temporada, si no de toda la serie, de la ficción televisiva "24". Y yo, como buen fan de Jack Bauer, no podía resignarme a esperar dos semanas para poder verla en mi casa. Así que con relativa esperanza desperté a esas horas para intentar descargar el capítulo y los subtítulos en inglés y así poder disfrutarlos durante el viaje. Y la jugada salió bien: sobre la campana, cuando el taxi ya nos esperaba a pie de calle, la última parte del segundo capítulo emitido se descargó y copió a mi portátil.

Así que pasadas las 8:15 de la mañana, salimos en taxi camino de Son Sant Joan. Y vaya viajecito... de todos los taxistas de Llucmajor que trabajaban esa mañana, nos tocó el que más ganas de hablar tenía. Dicharachero y ex miembro del sindicato de taxistas, ahí es nada. Tras unos 20 minutos asintiendo con la cabeza y dándole la respuesta mínima necesaria para que continuara hablando -de todos modos, no creo que estuviera escuchando-, nos bajamos frente a la terminal. 20 minutos de viaje sin parar de hablar, y ni nos preguntó a dónde iba nuestro avión... él ya tenía temas de conversación suficientes.

Nos plantamos frente al mostrador de facturación de Air Europa con intención de pelear por unos buenos asientos en el viaje de Madrid a Cancún. Pero no hay suerte: todos los asientos "interesantes" -primeras filas de la clase turista y salidas de emergencia- están bloqueados y no pueden reservarse desde Mallorca. Así que nos asignan unos asientos cualquiera, y nos recomiendan que repitamos el intento en los mostradores de Madrid-Barajas.

Despegamos pasadas las 10 de la mañana, y 1 hora después el avión toca pista en Barajas. Allí no corremos más suerte: el personal de la compañía -que merecería un capítulo aparte, pero no vamos a empezar el diario echando pestes de la gente- nos dice que no hay nada que hacer. Los asientos están bloqueados y nadie sabe ni quien ha sido, ni por qué motivo. Curioso aspecto, el de los bloqueos fantasma en los vuelos de Air Europa.

Aguardamos en los aledaños de la puerta de embarque con 2 horas de margen y, tras tomar algo de almuerzo y ver la mitad del capítulo final de 24, se abre la veda. Empezamos a intuir lo que más tarde confirmaríamos: el pasaje va repleto de parejas de luna de miel. Husmeamos de reojo los papeles que la gente lleva en la mano, intentando encontrar referencias a nuestro hotel. Por ahora, solo un pequeño grupo de cuatro personas que llevamos delante parece ir también al Grand Palladium, pero seguro que habrá más.

El avión levanta el vuelo rumbo a Cancún puntualmente. Y entonces empieza el via crucis de Air Europa. Porque pese a que nuestra opinión previa de Air Europa era que, por prestigio y por precio, debía estar un peldaño por encima de otras compañías, la decepción que nos hemos llevado con esta compañía ha sido mayúscula. Las comidas son de opción cerrada, es decir, nada de "pollo o ternera". Los auriculares, ni siquiera te los "prestan" sin dar nada a cambio: deben alquilarse por 3 euros. El servicio de bebidas pasa a ser de pago durante la proyección de las películas. Y la disponibilidad de asientos, como ya hemos experimentado, resulta más que sospechosa. Pese a nuestros esfuerzos desde días antes por conseguir un asiento en las primeras filas de turista o en las salidas de emergencia, tuvimos que conformarnos con conseguir asientos en una fila de dos butacas, ya que todas las que queríamos estaban permanente bloqueadas. Las películas proyectadas son de calidad dudosa, pero eso es algo típico de los viajes con pasaje mayoritariamente turístico... no esperábamos que nos obsequiaran con V de Vendetta.

A los pocos minutos de estar en el aire, nos tememos lo peor: hay un niño a pocos asientos de nuestra posición. No entraré en el debate sobre si tiene sentido o no llevar a niños a destinos claramente orientados al turismo de adultos, pero si celebraré que, por una vez, la fortuna en lo que se refiere a pequeños delincuentes estuvo de nuestra parte: el chaval se comportó de forma ejemplar, sin un solo grito o llanto durante las interminables 11 horas de vuelo.

Sobrellevamos el eterno trayecto de la mejor manera posible. Crucigramas, sudokus, partidas a la PSP, algún capítulo de El Ala Oeste. Entre actividad y actividad, estudiamos al pasaje. Estamos a salvo. Por lo menos dos pasajeros colaboran en que el avión se mantenga en el aire gracias a sendas Power Balance. Incluso uno de ellos empuña dos pulseritas mágicas en la muñeca. Todo un héroe.

Se empiezan a divisar islotes y costas a partir de la novena o décima hora de vuelo. Al fin, tras las 11 horas planeadas y sin perder de vista el sol, el avión toma tierra en el aeropuerto de Cancún. Y la gente... aplaude. Otro de esos temas que dan para escribir un libro, el de aplaudir en los aterrizajes. Durante la ovación, solo se me ocurre un comentario: "agitemos nuestras Power Balance".

Tras apearnos del avión, recorremos los pasillos del aeropuerto hasta llegar al control de pasaportes. Allí todo transcurre con total normalidad: entregas la documentación que has rellenado durante el vuelo, y el agente de inmigración sella tu pasaporte y te da el famoso papelito verde. Este resguardo debe guardarse como oro en paño, ya que es tu billete de salida de Méjico. En caso de perderlo, debe abonarse una multa.

Tras el control de pasaportes y recoger nuestro equipaje -sin problemas ni excesiva demora- llegamos al control de aduanas, que bien merece una explicación.

En el Aeropuerto de Cancún -y desconozco si en el resto de aeropuertos mejicanos-, el control de aduanas consiste en un mostrador donde una empleada te insta a pulsar un botón. Cuando se acciona, una pantalla frente al botón muestra encendido uno de dos paneles: el verde -que es el más habitual, y te habilita para salir sin más preguntas-, y el rojo, que aparece de forma supuestamente aleatoria y a cuyos afectados obliga a abrir su equipaje para que el personal del aeropuerto compruebe que todo está en orden.

Así que nos dirigimos al mostrador, y ella pulsa el botón en primer lugar. El resultado ya se puede imaginar. Resumámoslo en que, inmediatamente, la empleada se dirige hacia el agente de aduanas y le grita: "¡Rojito!". Así que ella tuvo que abrir su equipaje para que lo inspeccionaran, algo que no le llevó más que un par de minutos.

Ahora si, con todos los consentimientos necesarios y el equipaje en nuestras manos, salimos al clima tropical, justo cuando el sol empieza a ponerse. Y no hay duda de que estamos en el Caribe: el calor húmedo se nos presenta como un puñetazo desde el momento en el que cruzamos las puertas automáticas. Por buscar un símil, es una sensación parecida a la que se puede tener en Mallorca uno de los días duros en pleno agosto. Calor sofocante acompañado de una humedad que acelera la aparición del sudor.

Frente a la salida del aeropuerto esperan dos agentes de Travelplan que empiezan a pasar lista a los recién llegados, dirigiéndolos a un autocar u otro en función del hotel de destino. Hay poca actividad, prácticamente todos los que salimos del aeropuerto hemos compartido vuelo. Poco a poco se va acumulando gente en el autocar que se dirige al Grand Palladium, así que efectivamente somos unos cuantos los que compartimos destino final.

Tras una espera algo larga ya en los asientos -algo más de treinta minutos-, el autocar sale del aeropuerto y pone rumbo al sur, donde cruzará Cancún, Playa del Carmen y finalmente alcanzará nuestro hotel. Las dos personas de Travelplan se dividen en sendos autocares; a nosotros nos toca Josefina, una mujer de mediana edad que, al parecer, suele ser habitual que de la bienvenida a grupos de españoles.

Durante la hora de trayecto desde el aeropuerto hasta el hotel, Josefina nos da la bienvenida y nos introduce en lo que nos espera en los próximos días. Aquí ya empezamos a intuir lo que sería el ambiente típico de los grupos de turistas de agencia: el guía hace las veces de animador, tratándonos como si fuéramos un autobús de escolares que nos vamos de excursión. Supongo que habrá gente a la que le gusta que le traten así en sus vacaciones, pero nosotros no entramos en esa clasificación.

Al preguntarlo Josefina, confirmamos lo que ya intuíamos: somos los únicos de todo el autocar que no están de luna de miel. Así que debemos ser los únicos que nos hemos pagado el viaje con el dinero de nuestros bolsillos.

Las recomendaciones de Josefina, sin embargo, coinciden en gran parte con lo mucho que habíamos investigado por nuestra cuenta durante los preparativos del viaje. Nos orienta respecto a los pesos, las zonas recomendables, los transportes, etc. Quizás en algunos aspectos (como en el que se refiere a alquilar un coche) en algunas ocasiones sus advertencias resultan algo exageradas, pero es algo comprensible tratándose de una actividad comercial.

Llegamos casi dos horas después de haber aterrizado a la puerta del Grand Palladium. Al parecer, todo el autocar se dirige a la misma zona: unos al Hotel Riviera, y otros a The Royal Suites. Así que el autocar entra en el recinto y pasa unos 10 minutos rodeando el resort hasta llegar a la zona de dichos hoteles. Nos apeamos en la recepción del Hotel Riviera.

Nada más bajar del último peldaño del autocar, empieza el festín: copa de bienvenida para todos. Aunque nadie nos lo confirmara, sospechamos que era un San Francisco: un combinado de varias frutas y sin alcohol. Muy bueno. Al bajar, nos separamos en grupos según el hotel. Los que se hospedan en el Riviera se quedan ya en la que es su recepción, y los huéspedes de The Royal Suites dejan su equipaje en uno de los carritos, que se encargará de distribuirlos por las habitaciones.

Nuestro grupo es dirigido a pie hasta la recepción de The Royal Suites. Sobre un mapa parecía que la distancia era mayor, pero apenas hay un minuto a pie entre ambos lobbies. Sin embargo, está estratégicamente situado. Como habíamos anticipado, toda la zona de The Royal Suites queda algo más aislada del resto, con la intención de que sus huéspedes tengan su propio espacio al que no tienen acceso los clientes del resto del complejo.

En nuestra recepción, nos sientan en mesas para darnos las indicaciones de bienvenida. En un pequeño sobre de cartón nos entregan toda la información útil para nuestra estancia. Mapa, programa de actividades, hoja de mayordomo, llaves de la habitación, etc. La hoja de mayordomo es un documento en el que los huéspedes indican aspectos como qué tipo de almohadas tienen, qué bebidas quieren siempre en su mini bar y a qué hora prefieren recibir el servicio de habitaciones. En este momento ya sabemos cual será nuestra habitación: la 6927.

Tras la bienvenida, y deseándolo con todas nuestras fuerzas tras el largo viaje, usamos por primera vez la tarjeta de nuestra habitación y descubrimos la Junior Suite. Es casi perfecto. Tal como indicamos, se encuentra en la segunda planta (cada "villa" tiene planta baja, primera y segunda) y está orientada al mar (aunque apenas se puede divisar porque queda a unos cientos de metros tras otras zonas del resort). Solo hay un pequeño pero: en lugar de una cama "King size", tenemos dos camas dobles, por lo que tendremos que dormir separados. No es algo que nos sorprenda, ya que sabíamos de antemano que la configuración de camas no era algo que pudiera garantizarse. Por ahora, solicitamos que nos busquen otra habitación con cama única, y si se presenta la ocasión de cambiar, ya decidiremos qué hacer.

Alrededor de 20 minutos después de nuestra entrada, llama a la habitación el botones que nos trae el equipaje. Posteriormente sabremos que no es un botones, si no uno de los conductores de carritos Royal llamado Josua, y haremos buenas migas con él. Sin embargo, la primera impresión no pudo ser más surrealista. Josua nos entrega el equipaje, contesta a un par de dudas y, cuando ya no había más que hablar, se queda en pie sin moverse y con una sonrisa imborrable... evidentemente, esperando una propina. Nos pilla desprevenidos, ya que estamos tan desorientados que no habíamos reparado en esa "cuestión", y pasamos a la improvisación. Yo me invento alguna duda adicional para ir haciendo tiempo, mientras ella en la retaguardia busca a toda prisa un par de dólares en mi cartera. Funciona como un resorte: extiendo el brazo con los billetes en la mano, Josua les echa el guante y lleno de energía nos desea buenas noches y se marcha a toda mecha. Afortunadamente, fue la única ocasión en la que nos ocurrió algo así: normalmente el personal del hotel no se queda plantado esperando la propina, ni siquiera el propio Josua cuando nos lo volviéramos a encontrar en días posteriores.

Casi inmediatamente después de que nos entregaran el equipaje, llega a la habitación la cena que pedimos al servicio de habitaciones en cuánto atravesamos la puerta. Eran pasadas las diez de la noche y ningún restaurante quedaba abierto, así que decidimos pedir la cena a la habitación y de paso nos ahorramos un paseo que ninguno de los dos deseamos.

El camarero entra con toda la cena dispuesta en una bandeja en una mano y un caballete en la otra. En un santiamén dispone la mesa y nos sirve: un sándwich para ella, un burrito para mi, y unos nachos de entrante para los dos. Para beber, echamos mano del mueble bar: una pepsi light y una cerveza Sol.

Terminamos de cenar (bastante buena la comida, especialmente los nachos), y no tenemos ganas ni de seguir investigando la habitación, así que nos damos una rápida ducha y nos vamos a dormir. Como suele ser costumbre, el primer día de un viaje transoceánico no puede ni llamarse "Día 1", ya que apenas se disfruta del destino. Termina así nuestro "Día 0", y mañana empieza la verdadera experiencia.

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