Carretera hasta Madrid, por aire hasta Mallorca

2 de septiembre de 2010

Suena la alarma del móvil de L señalando que ya son las 7 AM. No hay tiempo para mucho: meter los pijamas en la maleta, ducharse, ponerse ropa cómoda, y bajar a desayunar con relativa urgencia. Una pena, porque al ser los primeros en acceder al servicio de desayuno, el de hoy es el más tranquilo y agradable de todos por la ausencia de gente en el reducido espacio que es el comedor. No habrá problemas por conseguir platos y tazas esta vez.

Entre sorbo y sorbo al café Delta, es momento de hacer balance de algunas cosas. Por ejemplo, de la cuestión lingüística. Entenderse en Portugal para un español es más difícil de lo que uno puede presumir. Por escrito, la deducción del idioma es casi simultánea, permitiendo leer carteles, periódicos y revistas casi del mismo modo que si estuvieran en castellano. Pero la comunicación oral ya es otra cosa, ya que tanto el tono como en el ritmo del habla de los portugueses poco o nada tienen que ver con el nuestro. En la mayoría de casos, he preferido recurrir directamente al inglés para conseguir información, por absurdo que pueda parecer viajar hasta la Gran Bretaña para que dos vecinos ibéricos puedan entenderse.

Tramitada la salida del hotel sin mayor inconveniente, todavía no han dado las 9 de la mañana cuando la Renault Scenic con nosotros a bordo ya está cruzando por última vez el Puente 25 de Abril. En dirección contraria, para entrar a Lisboa, los coches se detienen en colas kilométricas de lo que al parecer es una jornada laboral cualquiera en la ciudad.

No hay mucho que contar sobre el trayecto desde Lisboa hasta Madrid, sobretodo porque no recuerdo haber sucumbido a tantas siestas de forma consecutiva en mi vida. El bajo volumen de la radio haciendo las veces de hilo musical, y el ruido de fondo del motor acumulando kilómetros ejercen un efecto hipnótico, por el cual cada vez que cerraba los ojos me evadía por completo. Entre abrir y abrir de ojos, llego a deducir que como ya ocurrió en la ida, los 150 km de autopista antes de cruzar la frontera vuelven a ser para nosotros solos.

Esperamos a cruzar la frontera para llenar el depósito con los precios de combustible de España, más baratos que en territorio luso. Ya han pasado varias horas desde el desayuno, así que tomamos un café aprovechando la parada en Lobon, Badajoz.

Pasamos junto a la central nuclear de Almaraz, siendo la primera vez que contemplo en directo una instalación de ese tipo. Nada de chimeneas gigantescas y ni rastro de Lenny, Carl o Homer. Apenas un kilómetro después, acompaña a la autopista un considerable parque de placas solares. ¿Ironía o ejercicio de madurez y convivencia de fuentes de energía?

Se acerca la hora de comer, y tomamos la salida de Navalmoral de la Mata. El pueblo, como tantos otros, se encuentra en un valle varios metros por debajo del paso de la carretera. Ni un solo rincón se libra del sol que hoy campea a sus anchas libre de nubes, y se deja ver poca actividad por las calles de pueblo. Afortunadamente, damos con lo que parece una vía principal y en ella un restaurante, La Mina, con menú por 6 euros. Comemos tranquilamente -con un ojo en el reloj, aunque por ahora tenemos cierto margen- viendo el inicio del partido de baloncesto entre España y Canadá. Cuando ya nos disponemos a pagar para retomar el camino, el dueño se pone el traje de relaciones públicas y empieza a contarnos batallitas de sus riñas con el ayuntamiento y las normativas.

J, que tras dejarnos en Barajas hará noche en la Sierra de Gredos, se aprovisiona en un Mercadona cercano al restaurante. Llegamos a la T4 de Barajas según el horario previsto, sin prisas pero tampoco un excesivo margen.

El arco de seguridad tampoco se libra en esta ocasión de otra de esas escenas que viaje tras viaje la gente no parece corregir: cuando has pasado por los Rayos X y puedes recuperar tus cosas, ¡llévate tu maldita bandeja a las mesas que hay más adelante! La gente insiste en volver a guardar la cartera, el móvil, las llaves, ponerse el cinturón, y guardar el ordenador en la misma cinta, provocando que los siguientes pasajeros no puedan avanzar.

Tras un cambio de puerta de embarque que nos manda 500 metros más allá de la puerta original, el vuelo de Iberia sale sin retraso. Vemos tres atardeceres en 5 minutos gracias al despegue que nos vuelve a situar por encima del horizonte. A la llegada a Son Sant Joan, nos toca autobús en lugar de pasarela, cuando más deseábamos salir cuanto antes a por un taxi que nos lleve a casa.

Finaliza el viaje. Una semana mucho menos ambiciosa que las planeadas al otro lado del Atlántico, pero cuyo recuerdo será tan positivo como cualquier otro. Y que este diario sea la prueba de ello.