Castelo de São Jorge, Alcântara

31 de agosto de 2010

Despierto con un poco de sueño. La noche anterior un canal de televisión estaba emitiendo La Isla en versión original, y a Ewan y Scarlett nunca se les puede decir que no.

Al salir a dar una vuelta tras el desayuno descubrimos que, aparentemente, los supermercados en Lisboa abren algo antes que los de España. No son las 9:30 y tanto el Lidl como el Minipreço ya están al pie del cañón.

Dejamos a J y D descansando en el hotel y recargamos nuestras tarjetas de metro en la estación de Säo Sebastiäo. Tenemos ciertas dudas sobre el número de transportes que usaremos para nuestra excursión, así que nos curamos en salud y obtenemos al pase de 24 horas para no preocuparnos por ello. Atravesamos bajo tierra toda la estación para llegar al andén de la línea azul, que nos lleva hasta Baixa-Chiado. Allí, transbordo para retroceder una estación y bajarnos en Rossio.

Revisitamos la zona de nuestro primer día de turismo, y esta vez si reservamos unos minutos para ver el interior de la Estación de Rossio. Aunque no parece que nos perdiéramos nada del otro mundo, ya que el interior de la estación no va en consonancia con la destacable fachada. Observamos que la mayoría de los trenes esperando para salir comparten el mismo destino: Sintra.

Accedemos a la Plaza de Figueira, codo con codo con la Praça de Pedro IV, y empezamos a buscar la parada del autobús 37 para ir al Castillo de San Jorge. Sin embargo, hasta que no hemos recorrido todo el perímetro no caemos en la cuenta de que todas las líneas de autobús de la ciudad empiezan por 7, así que lo que buscamos es el 737, y no el 37 como nos indicaba el mapa de la oficina de turismo. El minibus nos planta, tras 10 minutos de subida por calles estrechas dificultadas por el tráfico de coches y tranvías, a escasos metros de las taquillas del Castillo.

El precio para acceder al recinto del Castelo de São Jorge es de 7 euros, aunque con un carnet joven o de estudiante se rebaja en un 50%. Así lo aprovechamos, aunque la chica tras el mostrador apenas preste atención al Carnet Jove de L y mi Carnet de la UOC.

Entramos ya en el recinto, cuyos patios previos a la fachada del castillo son mayores de lo que esperábamos. Las vistas permiten observar toda la mitad sur de Lisboa, acompañada del río Tajo. El día no acompaña especialmente, con mucha calima que entorpece las vistas al otro lado del caudal, pero se puede disfrutar igual de los tejados anaranjados de la ciudad.

Un hombre que compartía trayecto de autobús con nosotros ataviado con una flauta también se encuentra en el castillo, y saca de su mochila un arsenal de comida de gatos que enseguida provoca que los numerosos mininos del castillo le estén rodeando.

Recorremos el interior del castillo: un gran patio interior con escenario incluido, y numerosas escaleras de piedra para ascender a las torres donde seguir disfrutando de las vistas. Visita recomendable.

Bajamos a pie desde el castillo hacia la catedral, frente a la cual pasaba el recorrido del autobús. Como nos había parecido en fotografías, su aspecto es bastante lamentable. Nada que ver con catedrales siempre impecables, como recién restauradas. Esta guarda numerosas marcas de la edad, como humedades, grietas, etc. Aprovechamos los numerosos puestos de souvenirs para buscar los dos objetos de coleccionismo que tenemos pendientes: el clásico dedal de costurera para mi madre, y la pegatina con la bandera de Portugal para el coche de J. En el primer caso tenemos suerte, no ocurre lo mismo con el segundo.

Decidimos esperar frente a la catedral a que pase un tranvía de la línea 28, la más clásica de todas y que, según las guías, permite disfrutar del grueso de los puntos de interés de la zona desde las vías. Sin embargo, en 30 minutos de espera solo un tranvía de dicha línea pasa en dirección descendente y, por supuesto, en su cabina no cabe ni un alfiler. Decidimos repetir uso del autobús 737 para descender hasta Chiado.

Esta revisita a la zona de Rossio y Chiado me permite confirmar las sensaciones del primer día: se parece muchísimo a la Puerta del Sol de Madrid y sus alredores. Incluso la disposición de la Praça de Dom Pedro IV rodeada de calles comerciales parece un calco de la capital española. Hasta la proximidad de un Fnac es algo que tienen en común. Y como ya habíamos observado, tampoco difieren en los precios.

Ya de vuelta en el hotel y con el equipo reunido, decidimos repetir la experiencia de comer en la churrasquería puerta con puerta del Sana Executive. Bueno, bonito y barato, una vez más.

Con el estómago lleno, llega el momento de buscar con qué rellenar el día y medio de agenda restante, ya que todo lo que teníamos apuntado como visita obligada ya está cubierto. J propone una visita a la freguesía de Alcântara, a pie del río poco antes de llegar a Belém. Hacia allí nos dirigimos con la Renault Scenic.

Alcântara es una freguesía -podríamos tratarlo como un barrio- situada al sur de Lisboa. Es famosa, sobretodo, por el paseo junto al puerto deportivo en el que los establecimientos se rifan el espacio para colocar sus terrazas. Terrazas que, cuando cae la noche, se convierten en una suerte de discotecas al aire libre, constituyendo así la "zona de marcha" de la ciudad. Pero tiene algo más, y mucho mejor para nuestras preferencias: las vistas al río Tajo desde justo debajo del Puente 25 de Abril.

Pasamos un largo rato en el paseo comprendido entre el río y el puerto deportivo. Tras la ola de calor, la temperatura ha bajado y el frío que entra desde el Atlántico es frío. La marea ahora mismo es baja, por lo que las embarcaciones quedan un par de metros bajo nuestros pies. Sería muy interesante conseguir un timelapse -sucesión de fotos desde un punto fijo, dando la sensación de video acelerado- del puerto, para disfrutar así de como tanto las embarcaciones como el propio embarcadero suben y bajan al son de la marea.

En dos minutos de coche volvemos a plantarnos frente al Monumento a los Descubrimientos, que ya protagonizó una de las paradas de nuestro primer día de visita. Aprovechamos la cercanía para acercarnos al Museo de Arte Contemporáneo. Estatuas levantadas con botellas, una furgoneta pintada, suelo que desprende nubes de gas. Mi opinión sobre lo que llaman "arte moderno" no ha mejorado mucho, visto lo visto.

Buscamos bibliotecas que J recuerda haber visitado, con la esperanza de cazar ese punto de acceso a Internet que se nos resiste desde que iniciamos el viaje. Seguimos sin suerte.

Cruzamos la fachada del Monasterio de los Jerónimos y volvemos a la ilustre Pastelería de Belém, a la búsqueda de más pasteles: los que nos pensamos tomar en una de sus mesas, y las que nos pensamos llevar al hotel para mañana. Los primeros no nos saben tan bien, pero no es culpa de la receta. Unos portugueses escandalosos, un bebé llorando de sueño y un camarero a medio camino entre la torpeza y la brusquedad, no resultan la mejor de las compañías para sentarse a charlar. Las cajas en las que van los pasteles para llevar tienen capacidad para 6 unidades, así que conviene comprar una cantidad múltiple de 6 para que éstos no bailen en el envoltorio. Junto a la caja, se incluyen sobres con azúcar y canela, idéntica a la que se dispone en las mesas.

Queda poco para anochecer, y volvemos a cruzar el paseo marítimo para acercarnos al río. Cada uno tira un céntimo: si no era una tradición, para nosotros ahora ya lo es. Aquí, sentados junto al Monumento a los Descubrimientos, anocheche en Lisboa y vemos a las truchas remontar el río para acabar picando en el anzuelo de un pescador portugués. Hay demasiada contaminación lumínica para sacar buenas fotografías del puente.

Tras relajarnos sin prisas al borde del río, enfilamos el camino de regreso al hotel. Al llegar el recepcionista lamenta que no haya plazas de aparcamiento libres, pero decidimos bajar a pie hasta el sótano para verificarlo. Y hicimos bien: en el primer nivel, un amplio espacio entre los mandos eléctricos y los contenedores de basura alberga sitio más que suficiente para aparcar el coche. El recepcionista no opone resistencia y nos abre cuando le decimos que hemos encontrado una plaza.

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