Por aire hasta Madrid, por carretera hasta Lisboa

26 de agosto de 2010

Empieza esta historia un jueves 26 de agosto en algún lugar de Marratxí. A, L y D despertamos alrededor de las 8 con el equipaje ya preparado, solo nos queda ducharnos y pedir un taxi hacia el aeropuerto. El destino del avión es Madrid, pero nuestro objetivo final queda un poco más allá hacia el oeste. Nos vamos a Lisboa.

El trayecto en taxi es ameno. Demasiado ameno, quizás. El taxista no necesita a nadie que le de conversación, pero aún así, D entra al trapo y le hace entender que él compartió el oficio hasta hace 5 años. Entonces el taxista saca todo su arsenal, a lo que le siguen unos 20 minutos de debate sobre como ha cambiado el mundo del taxi en Palma de Mallorca desde el 2005 hasta hoy.

Llegamos al aeropuerto media hora después y con 22 euros menos en el bolsillo. Solo con los suplementos por recogida, equipaje, y aeropuerto, ya se han ido 6 euros. Son Sant Joan en agosto es infalible, por mucho que haya crisis, sea jueves y apenas sean las 10 de la mañana. La zona de llegadas está atestada de autocares, esperando a los turistas con los brazos abiertos. Por el bien de la economía local, sean bienvenidos, euros extranjeros.

Como no facturamos, pasamos directamente hasta la puerta de embarque. Una vez más, vemos como las normas de seguridad se relajan a pasos agigantados. Apenas nadie necesita sacar de la maleta la bolsita de líquidos, y debo ser el único que saca de antemano el portátil por prudencia. Llegamos al pasillo de las puertas de embarque D, es decir, las de siempre.

En la puerta D80 permanece aparcado un avión de Air Europa. Teniendo en cuenta que el embarque de nuestro vuelo es supuestamente dentro de media hora, podemos empezar a intuir un retraso. Y efectivamente, no es hasta un buen rato después de marcharse el vuelo de Globalia cuando un avión de Iberia se acerca a nuestro finger y conecta con la pasarela. Sin embargo, un buen número de pasajeros ya estaba haciendo cola frente al mostrador, incluso sin avión en la puerta. Lo de hacer cola es un decir, ya que por nuestra experiencia parece que los españoles somos los únicos que preferimos el "efecto embudo" para acceder a los sitios en lugar de las colas ordenadas.

L arrastra ciertas dolencias estomacales desde la noche anterior. No es ninguna sorpresa: cuando pasa algo, allí está L. Por ahora lo aplaca tomando una manzanilla mientras esperamos que se abra el vuelo.

Horas antes, el servicio metereológico anunciaba máximas de hasta 39 grados para el día de hoy en Badajoz. Como no podía ser de otra manera, nuestra planificación implica cruzar Badajoz alrededor de las 6 de la tarde, cuando el sol tiene más presencia. Además, Lisboa está atravesando uno de los veranos más calurosos que se recuerdan. Nos espera un clima divertido.

Accedemos al avión aproximadamente a la hora a la que deberíamos estar ya dejando tierra, confirmando el retraso. La fila 5 deja un espacio con los asientos delanteros considerablemente mayor que el que hemos sufrido en vuelos transoceánicos, ya sean de Iberia o Air Europa. Probablemente sea debido a que, según las circunstancias, la clase business alcanza hasta la fila 8, aunque este no sea el caso.

Tomamos tierra en la T4 de Barajas alrededor de las 12. Nadie nos evita el eterno paseo que los aviones realizan desde que tocan la pista hasta que alcanzan la propia terminal. Al salir, vamos al punto de encuentro con J, justo en el arcén donde los coches paran frente a las salidas.

Por ahora todo el plan marcha según lo previsto: cuando llegamos allí está J y su Renault Scenic esperándonos. Cargamos maletas y nos ponemos en marcha, por ahora con dirección a Toledo.

Dan las 3 del mediodía justo cuando abandonamos la Comunidad de Madrid en favor de Castilla-La Mancha. Los estómagos rugen, así que paramos en el primer pueblo que se cruza en nuestro camino: Valmojado.

El pueblo parece desierto, en parte por tratarse de un día laborable en un destino no turístico y en parte por el calor que impregna las calles. Tras un par de vueltas damos con un Doner Kebab. No es que sea impregnarse de la gastronomía local, pero es lo que hay.

Tras la comida y avanzar unos cuantos kilómetros, paramos a repostar frente al pueblo de Maqueda. Lo preside un bonito castillo en lo alto de una colina. Miramos nuestros relojes, consultamos el mapa, y nos percatamos de que cuatro horas después de haber alcanzado Madrid, apenas hemos avanzado en dirección a la frontera. Habrá que ponerse las pilas, porque a este paso nos dan las uvas.

Siguiendo nuestro camino a unos 110 kilómetros por hora, un BMW azul metalizado nos pasa por la izquierda como una bala. Estimamos que debe circular a unos 150 km/h, si no más. Tan solo un minuto después, divisamos más adelante las luces de un coche de la guardia civil... que está ordenando al BMW que le acompañe hasta el próximo apartadero. Son tantas las ocasiones en las que ves a conductores imprudentes salir impunes, que cuando observas a uno recibiendo lo que se merece, no puedes evitar una reconfortante sensación de "te mereces eso y mucho más, gañán".

Damos esta vez un buen avance a la ruta, pasando ya Badajoz y cruzando la frontera. Resulta casi imposible echar una cabezada, J no para de hablar, reír, y hacer partícipes a todos en la conversación. Comprensible en parte para que no se le hagan pesadas las horas de conducción, pero en ocasiones le mataríamos por no permitirnos descansar un poco.

No me doy cuenta hasta ahora de que esta es la primera vez que cruzo una frontera por tierra, ya que todas las ocasiones anteriores lo había hecho a bordo de un avión. Sin embargo, pasar de un país a otro de la Unión Europea, y más aún en esta ocasión, no tiene ese encanto que se esperaba. Apenas una señal en plena carretera nos avisa de que hemos abandonado España, y lo único que parece cambiar es la tipografía de las señales de la vía.

Paramos en uno de los primeros pueblos portugueses que aparecen tras el cambio de país: Elvas. Tras dar un par de vueltas por lo que parece ser la parte amurallada, paramos frente a una pequeña plaza invadida por los supermercados. Tenemos un Lidl, y el local de una franquicia llamada Fontenova. Tras tomar algo en una de las terrazas -y probar por primera vez la cerveza Sagres, suave, muy buena-, entramos en los supermercados para comprar algunas cosas necesarias como gel de afeitar o desodorante.

Como habíamos anticipado, Portugal no es en absoluto barato. El precio de ciertos artículos, ya equiparable al de España, se ve todavía más perjudicado por el mayor impuesto que aquí se aplica: un 21%. Cosas que en casa nos cuestan 3 euros, aquí pasan de los 4. Teniendo en cuenta que el sueldo medio portugués está notablemente por debajo del español, no es de extrañar que el poder adquisitivo medio de nuestros vecinos salga perdiendo con mucho en la comparación.

Volvemos a la A-6, que es la autopista de peaje que conecta Badajoz con Lisboa. Durante los primeros 200 kilómetros, la carretera es prácticamente entera para nosotros solos. Volviendo a la cuestión económica, parece que 15 euros de peaje para ir hasta Lisboa es un precio demasiado alto para los conductores locales, que prefieren usar la carretera tradicional. Los pocos coches portugueses que se nos cruzan por el camino son Mercedes y BMW, casi sin excepción.

A 30 km del destino final, la afluencia de tráfico empieza a ser algo mayor, pero lejos de lo que nos esperaría en cualquier autopista española. El GPS nos dirige hacia el Puente 25 de Abril.

A 5 km del puente, ya divisamos la figura del Cristo Rei dándonos la espalda en su iluminado pedestal, que se ubica a escasos metros del lateral sur del río Tajo. Cruzamos el puente hermano del Golden Gate de San Francisco, que durante el mes de agosto pasa a ser gratuito. Ya en Lisboa, en apenas cuatro giros y tras divisar el Acueducto de las Aguas Libres, alcanzamos la Avenida Conde Valbom donde nos espera nuestro hotel de 3 estrellas, el Sana Executive.

Dejamos el coche en doble fila -todo el aparcamiento en la calle es de pago, y el hotel cuenta con parking aunque de dimensiones reducidas- y pasamos a hacer el check-in. Por un malentendido con los emails, la habitación para D y J tiene una sola cama de matrimonio, y no dos separadas. Pero el personal lo soluciona rápidamente asignándoles otra estancia dos plantas por debajo de la nuestra. Estarán en la quinta planta, y nosotros en la séptima.

Lamentablemente, a las diez de la noche las escasas 20 plazas del parking ya están ocupadas, por lo que el coche deberá dormir en la calle. Mañana a primera hora volveremos a intentarlo, con la esperanza de que algún huésped se haya marchado de excursión y dejado una plaza libre.

Dejamos nuestro equipaje tras dar un vistazo rápido a la habitación. En Portugal se cena temprano, así que preferimos no perder mucho tiempo y bajar a la calle para buscar un sitio en el que cenar. No necesitamos mucho tiempo: justo enfrente tenemos un restaurante chino con buffet. Lo de probar la comida autóctona lo dejaremos para los próximos días.

Mientras cenamos, la televisión portuguesa nos deleita con su versión nacional de Aquí no hay quien viva. Jose Luis Moreno debe estar todavía contando billetes.

Volvemos a nuestra habitación, ya con la intención de no salir hasta el día siguiente. Las llaves de las habitaciones son magnéticas, sin necesidad de introducirse en ninguna ranura. Los artículos de higiene dispuestos son bastante escasos: jabón de manos, pañuelos, un gorro de ducha, y dos irrisorios botes de champú y gel.

En la televisión, toda -sin excepciones- la producción extranjera está subtitulada, no doblada: series, late shows, documentales... Este es uno de los motivos por los que se alega que los portugueses tienen mucha más facilidad para los idiomas que los españoles. Por ahora, hemos podido contrastar que tanto el recepcionista del hotel como la camarera oriental del restaurante, dominaban el español con bastante fluidez pese a que no presuman de ello.

Ya duchados, nos metemos en la cama. Buenas noches, Lisboa.

Enlaces de interés