Jackson Hole, Central Park, Times Square de noche

26 de mayo de 2009

Nos levantamos en nuevas habitaciones del Hotel Roosevelt algo antes de las 9 de la mañana. Esta vez nos alojamos en planta 12, pero ya no disfrutamos con vistas a nada en especial: solo un simple bloque de oficinas con las luces encendidas día y noche.

Pese a haber pasado solo unas horas de nuestra visita consumista al Outlet de Woodbury, a mi pareja y a mi nos parece el momento adecuado de dar una segunda oportunidad a algo que nos defraudó en el primer viaje: los grandes almacenes Century 21.

Dejando a mi suegro con su merecido descanso y a mi cuñado con ganas de navegar desde la biblioteca para comprobar precios de portátiles, tomamos el metro para volver a los aledaños de la Zona Cero. En la esquina de Cortland Street se eleva el edificio de Century 21, un centro comercial amado por unos y odiado por otros. En nuestro caso, el año anterior apenas duramos 5 minutos en su interior agobiados por lo poco espacioso de sus pasillos y el escaso orden de los cientos y cientos de artículos de textil que alberga.

Esta vez intentamos adaptarnos a lo peculiar del lugar, y siguiendo las recomendaciones de otros visitantes llegamos allí relativamente pronto, antes de que las aglomeraciones supongan un problema en un local tan difícil de transitar. Parece que hemos acertado, ya que por lo menos esta vez somos capaces de empezar a mirar los percheros. Sin embargo, en su mayoría nos parece ropa algo desfasada en lo que a moda se refiere, y con unos precios sensiblemente más altos que los que encontramos en el día de ayer.

Es posible encontrar alguna ganga debidamente de oferta entre las montañas de ropa, pero hay que tener mucha calma y paciencia para hacerse con ellas. Mi pareja no la tiene, y yo todavía tengo la suerte de encontrar un par de camisas con un precio decente y salir de allí sin las manos vacías. Antes de marcharnos visitamos la planta de artículos del hogar, atraídos por los comentarios acerca de la cantidad de relojes a precios ridículos disponibles allí. Los comentarios son ciertos, pero tras mucho darle vueltas, no nos decidimos por ninguno. Valga decir que tampoco somos dos habituales de los relojes de pulsera, por lo que nuestra visita era más por una cuestión de curiosidad que de necesidad.

Son las 12 del mediodía cuando abandonamos la Zona Cero, y aprovechando que aún faltan un par de horas para reencontrarnos y comenzar nuestro "día turístico", nos dirigimos a la Rockefeller Plaza donde tengo una cuenta pendiente. Ahora sí, tras encontrármela ya cerrada el día que pasamos por delante, podemos entrar en la Nintendo World Store, la tienda oficial de la firma de videojuegos japonesa.

La primera impresión es de decepción: si bien la primera planta dispone de algunas Nintendo Wii y Nintendo DS de exposición sobre las que echar unas partidas, la mayor parte de la superfície está invadida por los insufribles Pokemon y su enorme catálogo de merchandising. Videojuegos, llaveros, peluches, pegatinas... el paraíso friki, para el que le gusten esos bichos.

Aprovecho una de las Wii libres para echar una partida al Punch Out, y pregunto a un empleado si es posible conseguir una batería de repuesto para la Nintendo DS. No tengo éxito, ya que al parecer no es un artículo que la compañía comercialice en tiendas físicas. Subo ahora a la planta superior, y la situación mejora un poco. Por lo menos aquí el merchandising es realmente de Nintendo, con camisetas y peluches de Mario, Luigi y el resto de la tropa. Sin embargo, aparte de esos dos tipos de artículo no hay mucha más oferta. La verdad es que no se que esperaba, pero con antecedentes como la tienda de M&M's (un local de tres plantas en Times Square con todos los articulos imaginables sobre los caramelos de chocolate), esperaba... algo más.

Lo más destacable termina siendo una serie de expositores en la parte central de la planta superior, en los que se exhiben modelos históricos de la compañía, como todas las variantes de Game Boy del mercado, algunas rarezas en forma de periféricos de la Nintendo NES, o la más curiosa de todas: una Game Boy que sobrevivió un ataque de la Guerra del Golfo, notablemente dañada en su carcasa, pero todavía funcionando.

Por aquello de llevarme un recuerdo de la experiencia, termino comprando un llavero con forma de mando de NES. Salimos de una a todas luces decepcionante Nintendo World Store y enfilamos el camino de vuelta al hotel, donde deberían esperarnos los otros dos miembros para comer y empezar nuestra actividad turista del día, que en este caso es adentrarse en Central Park.

Tras pasar un rato en la habitación retirando etiquetas a todo lo comprado el día anterior, volvemos hacia la Grand Central Station para desplazarnos hasta la calle 64. Allí, a varias manzanas del lateral derecho de Central Park y escondido por una discreta entrada escaleras hacia abajo, tiene uno de sus locales la franquicia de hamburgueserías Jackson Hole.

En un local con luz ténue y debidamente decorado con placas de carretera, carteles de cine y mobiliario de la América más clásica, toman nota de nuestro pedido los camareros, todos ellos de procedencia latina. Las hamburguesas y los nachos que nos traen pasan el aprobado, aunque por las referencias que traíamos creíamos que iba a ser algo mucho más... memorable. Si es de agradecer la sensación de estar en un lugar mucho menos turístico, con la única compañía de un par de mesas ocupadas por gente que si no son autóctonos, podrían pasar por ello.

Con el estómago lleno, salimos a la calle para cruzarla en dirección este. Varias manzanas después, más de las que creíamos, topamos con la pared lateral de Central Park, prácticamente en la zona del Central Park Zoo.

Empezamos a bordear el parque hacia el norte, como si nos dirigíeramos a la "Museum Mile", el tramo de Quinta Avenida copado por algunos de los museos más conocidos, como el Frick, el Guggenheim, o por supuesto el Metropolitan. Según avanzamos son visible desde la calle algunas zonas del zoológico, algo desangelado desde que gran parte de sus animales fueron trasladados al zoológico del Bronx. Tenemos ocasión de ver un grupo de llamas y, por supuesto, muchas ardillas, aunque no es necesario ningún zoológico para eso.

Pero no nos dirigimos a los museos, si no a una parte concreta del parque. Antes de llegar a la Museum Mile, entramos en el recinto apareciendo a pocos metros de un lago oval. Éste es una de las principales bazas de Central Park: puedes llevar apuntados ciertos puntos de interés, pero paseando por su interior descubres que cada rincón bien merece pasar una tarde observándolo.

Escarmentando de la experiencia del año anterior en la que cada vez que tomábamos un camino nos perdíamos, esta vez nos ayudamos de un mapa debidamente preparado desde casa. Con él llegamos fácilmente hasta la plaza de Bethesda Terrace, presidida por la fuente de Bethesda Fountain.

La plaza está delimitada al norte por uno de los laterales de The Lake, uno de los lugares más populares de Central Park, con parejas surcándolo con botes de remos a cualquier hora del día mientras el sol acompañe. Es un lugar reconocible por aparecer en películas, como Solo en Casa 2 y Encantada, y también en series, como en Gossip Girl o Lipstick Jungle.

Abandonamos la plaza por la izquierda, subiendo por un camino empinado que nos lleva directamente al Row Bridge. Éste es el puente que divide en dos partes The Lake, cruzándose bajo él. Desde aquí, mirando hacia el oeste, por encima de las copas de los árboles asoma el Dakota Building, el que en su día fue bloque de edificios donde se alojaba John Lennon, en un apartamento que todavía a día de hoy ocupa Yoko Ono.

Nos hacemos algunas fotografías aprovechando que el día todavía parece darnos una tregua en lo climatológico, y seguimos caminando hacia el sur. esperando llegar al que será nuestro último destino del parque: Sheep Meadow.

Tras un alto en el camino en uno de los cientos de bancos repartidos por todo el parque y debidamente custodiados por ardillas que deambulan libremente, alcanzamos la esquina noreste de Sheep Meadow. Traducible literalmente como "Pradera de ovejas", se trata de una enorme extensión de césped perfectamente cuidado en el que tumbarse y observar como los rascacielos asoman tras la copa de los árboles.

Un cesped tan cuidado, que el año pasado no pudimos adentrarnos en él ya que el enorme tractor cortacésped no había acabado su ronda diaria. De ahí nuestro interés por, esta vez si, extender una manta de Iberia y dejarse invadir por el olor a hierba fresca en plena gran ciudad.

Desgraciadamente, pocos minutos después de nuestra llegada finaliza nuestra tregua con el cielo y las primeras gotas hacen acto de presencia. Es hora de abandonar el parque, y mi pareja y mi suegro se deciden por volver al hotel a descansar, con la sensación del deber cumplido y nada pendiente por visitar.

Mi cuñado y yo, sin embargo, tenemos otra mentalidad en lo que respecta a los viajes, y decidimos aprovechar algo más el tiempo. Dado el creciente interés de mi cuñado por conseguir un ultraportátil, nos dirigimos a otro de los puntos de visita obligada para los apasionados de la tecnología: la B&H Photo Video Superstore.

B&H es un negocio judío con varios locales, estando el más grande que ellos en el Midtown de Manhattan, a pocas manzanas del Madison Square Garden. Su popularidad atañe especialmente al sector de la fotografía, aunque también incluye en su catálogo una amplia variedad de artículos de informática en general.

Alcanzamos la tienda, con sus inconfundibles empleados y su infraestructura de cintas transportadoras captando todo el protagonismo. Subiendo una planta alcanzamos la sección de informática que, esta vez si y al contrario que el año anterior, dispone de bastante género de ultraportátiles en exposición. El modelo que estamos buscando, el MSI Wind 123, está allí esperándonos, y pasamos un rato estudiándolo a fondo, todo el que nos permite el horario de la tienda, que cerrará en unos 20 minutos.

Saliendo de B&H, mi cuñado empieza a fraguar la decisión de no comprarlo a la espera de la nueva hornada de ultraportátiles algo más grandes y potentes que se avecina dentro de un par de meses. Yo, sin embargo, eternamente preocupado por la duración de la batería y el peso de mi HP 2133, empiezo a meditar la opción de comprar por segunda vez en portátil en Nueva York. Las dudas alcanzarían su fin a la mañana siguiente.

Volvemos hacia el hotel, pero ya que somos los dos miembros del equipo a los que menos nos pesan las piernas, decidimos hacer parte del camino a pie, disfrutando de la ciudad. Llegamos así a la entrada sur de Times Square, un punto que, aunque resulte extraño dado nuestro entusiasmo por este lugar, nunca habíamos llegado a conocer.

Entrando por este lado tenemos a tiro de piedra la comisaría de policía, así como el centro de reclutamiento de los ejércitos de los Estados Unidos. En una acera contigua, una de las típicas tiendas de souvenirs que pueden encontrarse a pares en este tramo de Broadway. Aprovecho para comprar un encargo familiar y, a pocos metros tras haber abandonado el local, el hombre que vigila la entrada y salida de clientes me alcanza por la espalda para devolverme un dólar que se me había caído.

Llegamos ahora a la altura del Hard Rock Café y a la columna de pantallas televisivas del sur. Otra vez más, en Times Square. Y otra vez más esa sensación de poder pasar allí horas y horas, hipnotizado por los sentidos de la vista y el oído. Pasado el hechizo inicial, nos damos cuenta de algo en lo que no habíamos reparado hasta ahora: aquí faltan coches.

Meses atrás, se anunciaba el proyecto del alcalde Bloomberg por el que gran parte de Times Square quedaría cortado al tráfico, pasando a ser mayoritariamente peatonal. Hoy es el día cero del proyecto. Algunos de los tramos que horas antes seguían ocupando los vehículos, están ahora cortados y ocupados por butacas de playa. Evidentemente, ahora es posible estar mucho más ancho mientras das vueltas y vueltas mirando alrededor. Aunque reconozco que el incesante paso de taxis, coches y limusinas, también daba su encanto al lugar.

Volvemos hacia el hotel tras una última parada en un local de Best Buy, otra de las más conocidas cadenas de electrónica del país. Nos encontramos en la habitación descansando, pensando como podemos invertir las horas que nos quedan antes de nuestro último sueño del viaje. El avión de mañana despega a las 9 de la noche, por lo que nos interesa apurar algo más la noche de hoy y despertar relativamente tarde al día siguiente.

Decidimos ir a cenar a algún deli que no hayamos visitado ya, y posteriormente volver a Times Square sin más iluminación que la de las pantallas, estando presentes todos los miembros.

No nos cuesta mucho encontrar un deli más desconocido hasta el momento pero con buena pinta. El encargado abre para nosotros toda la planta superior, que permanecía cerrada ante la ausencia de clientes a esas horas de la noche en un día laborable. Volvemos a ratificar nuestra opinión de que los delis son el compañero perfecto de viaje, y tras una comida sin prisas vamos hacia Times Square.

Otra vez el hechizo. Nos plantamos a la altura de la tienda de Toys 'R' Us. Ya está cerrada, pero a través de sus ventanales podemos ver la noria que alberga en su interior. Aprovecho mi última ocasión del viaje para comerme un perrito caliente en Times Square, todo un ritual.

A los pocos minutos, junto a la comisaría, el destello de toda una cola de vehículos de policía nos deslumbra. Se trata de un pequeño espectáculo que representa el cambio de turno de guardía. Todos los vehículos activan sus luces giratorias, para al cabo de unos minutos emprender la marcha hacia sus destinos. Se trata de otro reclamo de tantos para turistas, y cumple su cometido.

Alcanzamos la 1 de la madrugada cuando abandonamos Times Square. Pocos minutos después ya estamos en nuestras habitaciones, preparando en la medida de lo posible el equipaje para el día de mañana. A las 12 del mediodía deberemos haber dejado las habitaciones y entregado nuestro equipaje en la consigna. No tenemos ningún plan para el día siguiente, asi que nos limitaremos a dejar todo listo y luego ya improvisaremos.

Nos vamos a dormir alrededor de la una y media de la noche. Nuestra última noche a este lado del Atlántico.

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