Old Post Office, Museo del Aire y el Espacio

24 de mayo de 2009

Amanece en Alexandria, una ciudad de 140.000 habitantes justo en el límite entre el Estado de Virginia y el Distrito de Columbia, con el que limita a través del río Potomac.

Tras una buenísima primera impresión la noche anterior, comprobando a contrarreloj las prestaciones del hotel sin nada más en mente que caer redondos en la cama, durante la mañana confirmamos que hemos acertado en la elección. Habitaciones de dimensiones más que suficientes, limpias, bien equipadas, conexión a Internet gratuita, cercanía del personal del hotel.

Bajamos al comedor antes de que termine el horario de desayunos y las sensaciones no hacen más que mejorar. Una mesa alargada cubre todo un fondo con artículos de repostería, cafés, zumos, cereales, incluso una plancha para hacer gofres y todos los ingredientes necesarios.

Como en lo que respecta a Washington vamos muy perdidos en el ámbito gastronómico, aprovechamos el desayuno incluído con la reserva por si llegado el momento no encontramos ningún local que sacie nuestro apetito. Decidiendo relajar la tensión por llegar en hora a todas partes, desayunamos y nos preparamos tranquilamente, hasta abandonar el hotel a las 11 de la mañana.

El servicio de transporte gratuito que ofrece el hotel hace cambiar nuestros planes iniciales de desplazaranos en coche. En su lugar dejamos el Impala con todo nuestro equipaje en el aparcamiento para clientes, y una furgoneta nos lleva hasta la estación de metro más cercana, además de un número para contactar de nuevo con el chófer a nuestro regreso. Todo ello en un momento en el que ya no seremos clientes del hotel, pasadas las 12 del mediodía.

La furgoneta nos deja en la estación de Braddock Road, la última disponible en Alexandria. Lamentando no disponer de más tiempo para disfrutar de una ciudad que hasta el momento parece encantadora, nos subimos al vagón para volver al núcleo de Washington DC.

Bordeamos por la superfície el Aeropuerto Internacional Ronald Reagan, cruzamos los túneles subterráneos del Pentágono, pasamos de largo en el Cementerio de Arlington, y tras varias paradas llegamos a Federal Triangle. A pocos metros, en una Pennsylvania Avenue que horas antes habíamos recorrido de noche, se levanta el Old Post Office Pavillion, lo que en otra época fue la oficina central de correos.

Damos una vuelta completa a la manzana buscando un acceso abierto, ya que deberíamos poder acceder ya a su anterior y sin embargo todas las entradas parecen cerradas. Es una vuelta muy grande, y cuando volvemos al punto de inicio se ha formado una cola en las escaleras principales, presumiblemente para acceder al interior.

Al fin se abren las puertas, y dentro nos esperan decenas de terrazas, tiendas de souvenirs y locales de restauración en lo que antaño debieron ser ventanillas y almacenes con todo el tráfico postal de la zona. En una de las esquinas, debidamente indicado está el ascensor para acceder a la Torre de Correos.

La Old Post Office Tower es la alternativa para aquellos que quieren disfrutar de Washington DC desde las alturas, pero no han llegado a tiempo para reservar acceso al Monumento de Washington. Con un acceso totalmente gratuito, sus casi 100 metros de altura permiten divisar gran parte de los puntos de interés de la capital. Uno de los mejor ubicados es el Capitolio, íntegramente visible allí donde termina Pennsylvania Avenue. Antes, la fragmentada fachada del Cuartel General del FBI se percibe mucho mejor que desde pie de calle. Al otro lado, el omnipresente Monumento de Washington está rodeado de un entramado verde en el que se insinúan los monumentos a Jefferson y Lincoln, así como la Casa Blanca oculta tras varios edificios. A los pies del mirador se extiende el Ronald Reagan Building, hogar de varios departamentos gubernamentales.

Tras pasar alrededor de media hora en la Torre de Correos, volvemos al nivel de calle para tomar rumbo al sur. Cruzamos con esfuerzo la Constitution Avenue, cortada toda la mañana al tráfico debido a un desfile de moteros con motivo del Memorial Day. El ambiente es festivo, pero no más que un domingo cualquiera. Parece que los que mejor se lo pasan son los propios moteros, y un armario empotrado de color y con cojera que no dejaba de repetir "Thank you! Thank you!" a cada moto que pasaba, apretando el hombro de decenas de cazadoras de cuero a cada minuto.

Por fin conseguimos aprovechar una brecha entre motos para pasar al otro lado de la avenida, y cuando alcanzamos los parques del National Mall, empieza a dislumbrarse la fachada de nuestro próximo destino. El principal motivo por el que mi cuñado dijo sí a este viaje fue visitar el Smithsonian Museum of Air & Space, uno de los más populares museos decidados a la aviación y la astronomía.

La recepción del museo representa la mejor bienvenida posible. Enormes cabinas de aviones clásicos colgando del techo, cohetes que parecen listos para elevarse hasta el cielo, los primeros modelos de aeronaves que se utilizaron para poner a astronautas en órbita. Todos los progresos tanto estadounidenses como soviéticos concentrados en una extensión de varios cientos de metros cuadrados.

Mi cuñado no tarda en perderse entre las salas disponibles, no tan excesivas como en algunos museos más universales, pero suficientes para invertir varias horas empapándose de ciencia. Salas dedicadas a las misiones Apollo, a las estaciones espaciales, a los primeros vuelos de los Hermanos Wright. Mi pareja y mi suegro deciden quedarse sentados frente a una recreación de las pruebas de acomplamiento entre un módulo Apollo y otro Soyuz. Yo temo desperdiciar un tiempo precioso en el que me gustaría visitar un par de lugares más, y decidimos dividirnos. Cuando ellos hayan terminado en el museo, me avisarán por teléfono y nos reencontraremos en la estación de Alexandria, pensando ya en el regreso al Este.

Tomo el metro en la estación de L'Enfant Plaza y una frecuencia menor de la deseada provoca que pase casi una hora hasta que llego al Cementerio de Arlington. Al salir a la superfície, la tarde se antoja mucho más interesante. A pocos metros, una verja me separa de las enormes extensiones de césped plagadas de lápidas en memoria de los caídos en guerra. Al otro lado de la carretera, el Arlington Memorial Bridge me separa del Monumento a Lincoln, con Abraham esperándome en su interior. Pero apenas camino cien metros, y la emoción desaparece. Mi teléfono comienza a sonar y debo tomar el camino hacia Alexandria, por el bien de todos teniendo en cuenta los kilómetros que debemos recorrer en lo que queda de día.

Me despido a lo lejos de Lincoln y de los caídos, y vuelvo a los túneles del metro. Nos reencontramos en Braddock Road, y allí la misma furgoneta nos devuelve a la entrada del Best Western Old Colony Inn. Nos acomodamos, configuramos el GPS y ya volvemos a estar en carretera. Pasan las cinco y media de la tarde.

Los primeros kilómetros no son en dirección a nuestro destino, ya que no queremos desperdiciar la oportunidad de visitar un sitio... diferente. A menos de quince minutos en dirección norte, acompañando por el oeste al Potomac River, se encuentra el pueblo de Langley. No es un lugar conocido por ningun acontecimiento especial, o por ver nacer a alguna celebridad. En Langley se encuentra el Cuartel General de la CIA, y lo más cerca que estamos de comprobarlo es un cartel que así parece indicarlo justo antes de un paso con barrera debidamente vigilado.

Satisfecha nuestra curiosidad, paramos a repostar y ahora si ponemos rumbo al este. No volvemos a Manhattan, aunque así podría parecerlo durante gran parte del camino. Tras casi seis horas de viaje y con varias paradas a nuestras espaldas -la última de ellas en una lúgubre gasolinera en la que solo quedaban camioneros durmiendo en sus cabinas-, llegamos al hotel Best Western Inn at Hunt's Landing en el distrito de Matamoras, en Pennsylvania. A un tiro de piedra tenemos los estados de Nueva Jersey y Nueva York.

Más cerca de la una que de las doce de la noche, la llegada al hotel es similar a la de la noche anterior, sin tiempo para disfrutar de lo que nos rodeaba. Afortunadamente, la agenda para mañana no es nada apretada y es más que probable que al despertar tengamos tiempo de sobra. Dormimos a unos 60 kilómetros de Woodbury Common Premium Outlet, el paraíso de las compras que nos mantendrá ocupados durante todo el día siguiente.

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