De Nueva York a Washington DC, National Mall

23 de mayo de 2009

Nuestro periplo estadounidense da un giro radical en su cuarto día. Para mi pareja y para mi comienza una etapa nueva, desconocida de las vacaciones. Para mi cuñado, empieza el viaje de verdad, ya que es una persona acostumbrada a visitar una sola ciudad durante mucho tiempo. Para mi suegro todo sigue siendo una novedad, por lo que el día de hoy no era más que una etapa más en la aventura en la que le habían metido sus dos hijos y su yerno.

Tan solo unos minutos después de despertarnos, el grupo ya se divide. Mi pareja y su padre se quedan en el hotel bajando el equipaje hasta recepción y tramitando nuestra salida. Mi cuñado y yo, por otra parte, cogemos un desayuno itinerante en un Starbucks y paseamos durante cinco calles al norte, hasta el cruce de la calle 50 con Lexington Avenue. Allí nos espera una de las oficinas de National Car, una de las empresas de alquiler de coches más económicas que pudimos encontrar.

Pasamos en la cola de espera más tiempo del que esperábamos por la poca cantidad de gente ya presente cuando llegamos. Cuando llega nuestro turno, todo marcha como la seda. Por algun extraño motivo, estábamos convencidos de que algun "pero" nos íbamos a encontrar, pero no ocurrió nada fuera de lo habitual. Nos confirmaron que nuestra reserva incluía una cobertura total ante colisiones, y que podíamos devolver el vehículo a cualquier hora gracias al servicio de Parking de 24 horas.

Tras los trámites, bajamos hasta el aparcamiento y un empleado nos trae nuestro medio de transporte para los próximos 3 días. Tal y como solicitamos, un Chevrolet Impala, considerado coche de la categoría "Fullsize", en el límite entre las categorías más modestas y las de lujo. Color rojo, y matrícula de Massachussets.

Una vez acomodados y con el GPS que traíamos de casa debidamente instalado, mi cuñado hace gala de todo su potencial: en menos de un minuto ya está circulando por las calles de Manhattan como si llevara toda la vida haciéndolo. En realidad, se podría decir que efectivamente lleva toda la vida al volante: un profesional del transporte con más de un millón de kilómetros a sus espaldas repartidos entre autocares, utilitarios, taxis, coches de lujo, etc.

Tras cruzar Park Avenue y disfrutar de la vista más frontal posible del Edificio Metlife, llegamos a la puerta principal del Hotel Roosevelt. Allí todo ha sido según lo previsto y los otros dos miembros del equipo están esperando a nuestra llegada. Con los cuatro listos para la carretera, ponemos rumbo a Washington DC.

Salimos de Manhattan a través del Lincoln Tunnel, el más cercano a la bahía de los que cruzan por debajo el Hudson River. Al otro lado del túnel ya nos espera Nueva Jersey, que sería nuestro acompañante durante alrededor de 110 millas, unos 180 kilómetros. Antes de pasar a otro estado, hacemos una primera parada en la típica estación de servicio, cuya extensión es casi la de un centro comercial en España.

La siguiente etapa en carretera es la más amena de todas, gracias a los eventuales cambios de estados y a bordear algunos nombres conocidos. Algo que no esperábamos es entrar en el estado de Delaware, conocido como "The First State" (El Primer Estado) gracias a ser el primero que reconoció la Constitución de los Estados Unidos. En realidad fue un paso casi anecdótico, ya que apenas rodamos sobre él los 7 kilómetros necesarios para cruzar el Delaware Memorial Bridge y pagar su peaje.

El Delaware Memorial Bridge es un doble puente colgante de vastas dimensiones que atraviesa el Delaware River. Dedicado a las víctimas de Nueva Jersey y Delaware en la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y la de Vietnam, es reconocido por las autoridades de Delaware como "el doble puente colgando más largo del mundo", y si no tienen razón no deben andar lejos. La intensidad del viento mientras se cruza a unos 100 kilómetros por hora es tal que apenas puedes respirar al sacar la cabeza por la ventanilla para tomar una fotografía.

Llegamos tras el peaje al estado de Maryland, protagonista de los siguientes 100 kilómetros. Han pasado ya unas 5 horas desde que salimos de Nueva York, ya que a los límites de velocidad (por debajo de los de España) se suma la no excesiva prisa y varias paradas por el camino. Llega la hora de comer y, más por no saber si más adelante podríamos parar que por hambre, pasamos por otra estación de servicio. Hubiéramos preferido poder detenernos en pueblos, pero al circular por interestatales no podemos abandonar la ruta sin pasar por un peaje de salida.

Tras pasar bordeando la ciudad de Baltimore, todavía con restos de un batido hipervitaminado con más de 10 tipos de fruta que mi pareja compró en la anterior parada, tomamos ya las indicaciones hacia el Distrito de Columbia. Son ya las cinco de la tarde cuando vemos en el horizonte el obelisco del Monumento a Washington, y posteriormente el Capitolio asoma entre las primeras calles de Washington DC.

Nuestro destino final es un hotel situado en la frontera entre Columbia y Virginia, y el itinerario del GPS nos hace pasar por pleno corazón de la capital estadounidense. Empezamos a notar un ajetreo mayor del esperado, incluso para un sábado del mes de Mayo. El Memorial Day está llevando montones de turistas nacionales a la capital del país, que celebrará numerosos actos en recuerdo de las víctimas en guerra. En lo que respecta a reservas de hotel fuera de Nueva York, nos relajamos creyendo que no habría problemas por encontrar habitaciones disponibles, pero ahora empezamos a temer por nuestro plan inicial.

El viaje que nos obsequia el GPS nos permite ver desde la ventanilla los jardines entre el Washington Memorial y La Casa Blanca. A cambio, retrasa demasiado nuestra llegada al hotel para dejar el coche, que habíamos estimado a primera hora de la tarde. Finalmente abandonamos Washington DC y, rodeando el Pentágono, el Cementerio de Arlington y el monumento de Iwo Jima, alcanzamos el Best Western de Arlington.

Nuestros malos presagios se cumplen, y el hotel está completo. Su ubicación estratégica, fuera de los altos costes y la inseguridad nocturna de Washington pero a tira de piedra en metro, lo hace una opción muy apetecible para los asistentes al Memorial Day. Gracias a la hospitalidad del personal de recepción contactamos por teléfono con nuestra segunda opción, un hotel de la misma cadena situado en Alexandria, a unos 15 minutos de carretera.

Tramitamos la reserva todavía desde Arlington, pero miramos el reloj y nos vemos obligados a cambiar de planes. Si seguimos con la estrategia de dejar el coche en el hotel y desplazarse hasta la capital en metro, las idas y venidas nos dejarán en la ciudad pasadas las 8 de la noche, con muy poco tiempo para una primera toma de contacto. Decidimos por lo tanto aparcar el coche cerca de la estación de metro de Rosslyn, todavía en Virginia, aprovechando que los parkímetros dejan de estar operativos en sábado a partir del mediodía.

Entramos por primera vez en el Metrorail, la red metropolitana que conecta Washington DC, Maryland y Virginia. Sus instalaciones merecerían un artículo entero para ellas solas. Empezando por la arquitectura de todas las estaciones, con unos materiales y una pobre iluminación más cercana a lo que se espera de un búnker que de una estación. En realidad, no es algo tan descabellado: toda la red de metro parece diseñada con la intención de servir de refugio a toda la ciudad en caso de un ataque a ésta. Teniendo en cuenta que su inauguración tuvo lugar en 1976, no sería de extrañar que en su concepción los ingenieros y políticos tuviera muy presente la Guerra Fría contra Rusia.

No es menos extravagante la forma de utilizar el metro para realizar un trayecto sencillo. Dejando de lado bonos de varios viajes que no nos interesaban para nuestro propósito, el modo de obtener un billete sencillo desde el punto A hasta el punto B es observando una tabla disponible en todas las estaciones indicando el importe para llegar a cada estación de la red. Posteriormente, se indica en las máquinas expendedoras la cantidad por la que estás interesado mediante unos botones de subir y bajar centávos, y finalmente obtienes el billete de metro que tanto sudor y esfuerzo te ha costado conseguir.

Cuando finalmente embarcamos en uno de sus vagones, confirmamos una de las leyendas que habíamos leído en experiencias de otros internautas: el Metro de Washington... está enmoquetado. Creíamos que se referían a las estaciones, pero en realidad es el piso de los vagones el que está cubierto de una silenciosa moqueta roja.

En alrededor de 15 minutos el tren recorre el trayecto desde la estación de Rosslyn hasta la de Metro Center, una de las principales de la capital. Al salir a la superfície nos encontramos a pocos metros de la esquina noreste de La Casa Blanca. Ante nosotros una de las vías principales, Pennsylvania Avenue, se extiende hacia el sureste para desembocar en un Capitolio blanco y brillante.

Tras dar un paseo rodeados por edificios gubernamentales, alcanzamos finalmente el punto más cercano a la fachada de La Casa Blanca. La pequeña area de asfalto que separa los jardines de la residencia de los Obama y los jardines de The Elipse está atestada de gente que no para de fotografiarse con una de las construcciones modernas más famosas del mundo. Mientras tanto, el Marine One, el helicóptero presidencial, se exhibe repitiendo una y otra vez el trayecto entre los jardines de la Casa Blanca y el Monumento a Washington.

Agobiados por el tumulto, nos alejamos de La Casa Blanca dirigiéndonos al enorme obelisco. Si bien existe la posibilidad de acceder por pequeños grupos a lo alto de la construcción, la lista de espera ya era lo suficientemente larga meses atrás para no ser una opción viable para nosotros. De todas formas, encontramos una alternativa que disfrutaríamos la mañana del día siguiente.

Llegamos a lo alto de la pequeña colina sobre la que se eleva el Washington Memorial, en una plaza rodeada de banderas norteamericanas. Desde este punto es posible divisar los principales puntos de interés de la capital sin dar un solo paso. Hacia el norte, La Casa Blanca se aprecia mucho mejor que desde la verja que limita su acceso. Al este, el Capitolio, visible desde los cimientos hasta la cúpula. Al sur, el monumento a Thomas Jefferson, con su enorme lago desgraciadamente oculto por los árboles. Al oeste se extienden los Constitucion Gardens (con su característica piscina alargada) para llegar hasta el Monumento a Lincoln, en cuyo interior espera una enorme estatua del primer presidente repúblicano de los Estados Unidos. Y mirando hacia las estrellas, la cima del obelisco del Monumento a George Washington. La esencia de Washington DC en todas direcciones.

Alcanzando las 9 de la noche y satisfechos por haber salvado la tarde pese a los retrasos, tomamos el camino hacia el metro con la esperanza de encontrar antes un sitio para cenar. Terminamos caminando por Pennsylvania Avenue, pasando frente a la Vieja Oficina de Correos y el Edificio J. Edgar Hoover, más conocido como el Cuartel General del FBI. Precisamente cerca de allí, nos decidimos finalmente por un restaurante de una categoría un poco mayor de lo que esperábamos encontrar. Es un local especializado en mariscos, pero que incluye entre su carta unas hamburguesas de cangrejo, formando nuestra elección junto a una ensalada.

Nos atiende un hombre camino de los 30 años, de color y un acento que no nos parece exactamente americano. Así era, ya que acaba presentándose como un francés que abandonó París hace unos años. Mi cuñado y mi suegro charlan con él, aprovechando que vivieron en Francia durante varios años.

Tras una cena aceptable, tomamos la estación de metro frente al edificio del Archivo Nacional. Otra vez escaleras mecánicas eternas, enormes bloques de hormigón formando las paredes ovaladas, y una iluminación escasa. Recuperamos nuestro coche, y tomamos el camino a Alexandria. Pasadas las 11 de la noche aparcamos en el Best Western Old Colony Inn. Una vez dentro, lamentamos llegar sin tiempo más que para dormir y marcharnos al día siguiente. El hotel ofrece un sinfin de comodidades por solo 100 dólares la noche y habitación. Pequeña cocina con todo tipo de artículos a disposición del hotel, gimnasio, jacuzzi... Nuestras dos habitaciones están comunicadas por una segunda puerta, por lo que la sensación es la de tener alquilado un apartamento a pie de carretera.

Llega la medianoche cuando las luces se apagan y dan paso al día siguiente.

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