Washington Square Park, New York Public Library, Fifth Avenue, Top of the Rock

22 de mayo de 2009

La mañana del 22 de Mayo el despertador de nuestros móviles si que fue necesario. Aunque personalmente ya llevaba un rato despierto en la cama impulsado por la emoción del viaje, dos días muy largos sin un descanso en condiciones habían dejado bajo mínimos a los demás. Así que hasta que a las 9 de la mañana no empezó a sonar la música, nadie se movía en ninguna de nuestras habitaciones.

Ya recuperados, planteamos nuestra agenda del día echando un ojo a la planificación que traíamos de casa. Hoy la mayor parte del interés se centre en la región al norte del hotel, entre la calle 45 y Central Park. En cambio, y aunque fuera solo fugazmente, creíamos que valía la pena que mi suegro visitara algunos lugares míticos de la ciudad pese a que nosotros ya hubiéramos estado en ellos.

Así las cosas, y con mi cuñado deseoso de pasar largo rato en la Biblioteca Municipal (uno de sus lugares favoritos), decidimos dividir esfuerzos. Mientras mi pareja y yo acompañamos a mi suegro a una excursión fugaz hacia el sur de Manhattan, mi cuñado pasará la mañana en la biblioteca esperando turno para poder navegar por la red, hasta que nos reencontremos al mediodía en la entrada principal.

Nuestro primer descenso del día a los túneles del metro nos sorprende con un grupo ambulante actuando en el andén del Times Square Shuttle, el tren lanzadera que conecta Times Square con la Grand Central Station.

Mediante transbordo en Times Square, volvemos a la superfície en la calle 34. A nuestras espaldas emerge Macy's, unos grandes almacenes de estilo muy similar a El Corte Inglés. Ya pasamos en el largo rato la anterior ocasión y no nos pareció merecedor de una segunda visita. Pero lo que venimos a ver nace frente a nosotros, hasta elevarse un total de 381 metros (443 si tenemos en cuenta la antena). El Empire State Building, uno de los principales iconos de la ciudad, recuperó tras el derrumbe de las Torres Gemelas el honor de ser el edificio más alto de Nueva York y el segundo en todos los Estados Unidos.

Cubierto el trámite de ver de cerca el ESB, seguimos descendiendo por la isla en metro. En esta ocasión no consideramos necesario volver a subir hasta el mirador de la planta 86: ya disfrutaremos de jugosas vistas de la ciudad esa misma noche desde nuestro mirador favorito, que no es el Empire. El metro cruza once calles hasta detenerse en la calla 23. Allí nos espera el Edificio Flatiron.

Rellenando el cruce de la Quinta Avenida con Broadway, el edificio se estrecha hasta finalizar en punta dándole un aspecto similar al de una plancha, lo cual da lugar a su nombre. Pese a su altura (87 metros escasos en comparación con la arquitectura que lo rodea), el Flatiron fue en su día el edificio más alto de Nueva York, gracias a que su estructura de acero fue levantada en 1902, casi 30 años antes de la inauguración del Empire State.

Frente al Flatiron, lo que hace un año era una isla peatonal de tierra rodeada de conos para disuadir al tráfico, es ahora una terraza con sombrillas, asientos y vegetación. Aprovechamos nuestro margen de tiempo para sentarnos en una mesa libre. De frente al Flatiron, asoma entre los edificios del norte un Empire State del que ahora nos separan 11 manzanas.

Vistos dos de los edificios más reconocibles de la ciudad, nos espera una última parada todavía más al sur. En este caso, se trata de un lugar nuevo para los tres, no solo para mi suegro. En la calle 4, muy cerca ya del distrito financiero del Downtown, un arco preside el nacimiento de la Quinta Avenida. Tras de si, el ambiente festivo se adueña de Washington Square Park.

El arco en cuestión es el Memorial Arch, un arco de mármol que evoca a una versión reducida del Arco de Triunfo de París. Fue levantado en 1889 para conmemorar el centenario de la presidencia de George Washington, y su estructura original de madera y escayola se sustituyó por la actual de mármol tres años después. En él inician las 142 manzanas de la Quinta Avenida, que no muere hasta llegar al río Harlem.

Al otro lado del arco, Washington Square Park mantiene un ambiente de ocio, como si todos los días fueran domingo. Su emplazamiento, junto al campus de la Universidad de Nueva York, permite que a todas horas haya gente descansando en él, tomando el sol, un refreso, o incluso metiéndose de lleno en la fuente de su parte central. Parece un buen para dejar pasar las horas, permitiendo incluso retar a algún neoyorkino a una partida de ajedrez en las mesas habilitadas en una de sus esquinas.

Finalizado nuestro periplo al sur de la isla, retomamos la marcha en busca de una estación de metro que nos lleve hasta la biblioteca. En el camino, todavía recorriendo la calle 4, encontramos unas canchas de baloncesto callejero como las que uno espera encontrar en zonas más marginales.

Pasan las 2 del mediodía cuando llegamos a la estación de Bryant Park, el parque que acompaña en uno de sus laterales a la New York Public Library, la Biblioteca Municipal. Allí nos espera mi cuñado, y aprovechamos para revisitar alguna de sus salas principales. A modo de souvenir, invierto cinco minutos en inscribirme como socio de la biblioteca. Además de un carnet con el que presumir de vuelta a casa, como socio puedes reservar un ordenador con acceso a la red.

Aprovechamos una de las antesalas con teléfonos públicos para llamar a casa, ahora que en España eran las 8 de la noche. Tras mucho pelear con las cabinas, unos con el servicio de llamada a cobro revertido de telefónica y otros con una tarjeta prepago de las que se encuentran en cualquier kiosko, conseguimos hablar con Mallorca y Barcelona respectivamente. Salimos de nuevo a la calle, buscando ahora un lugar para comer antes de iniciar nuestra agenda de tarde.

Nos decantamos por el Central Café, en el que tras protagonizar algunos desayunos sentíamos curiosidad por saber qué tal se comía al mediodía. La variedad es bastante similar a la de un deli, con barra de buffet y comidas calentadas en el momento. Tras saciar el apetito, entramos en la Grand Central Station para dirigirnos ahora hacia el norte.

Llegamos a la altura de la calle 59, donde debemos dirigirnos al este. En el cruce con la segunda avenida nos espera otra estación, pero en este caso no es de metro. Desde aquí arranca el Roosevelt Island Tramway, un teleférico integrado en el sistema de transporte metropolitano que atraviesa el East River conectando Manhattan con Roosevelt Island. Tras una espera más larga de lo deseado en el interior de la cabina, con un microclima tropical en su interior por la ausencia de aire acondicionado y el impacto directo del sol, el teleférico comienza a sobrevolar las avenidas más al este de Manhattan para acto seguido cruzar el río y descender al pequeño islote entre Manhattan y Queens.

Roosevelt Island es una isla alargada, de aproximadamente 3 kilómetros de norte a sur. Se considera territorio de la zona de Manhattan, y está conectada mediante el citado teleférico y una estación de metro. En su interior alberga algún edificio social como hospitales, gimnasios o colegios, y varios bloques residenciales, aunque la mayoría de ellos se hayan convertido en locales de alquiler.

El mayor atractivo turístico de Roosevelt Island es, además del trayecto en teleférico que te permite acompañar desde el aire al Queensboro Bridge, las vistas hacia el lateral este de la zona media de Manhattan más allá del río. Especial mención al Edificio de las Naciones Unidas, cuya fachada acristalada se divisa mucho mejor desde aquí que desde el acceso principal por tierra.

Tras algo más de media hora disfrutando de las vistas hacia el río en una zona verde, volvemos a tomar el teleférico hasta Manhattan. El trayecto dura algo más de 4 minutos.

Ya de vuelta en Manhattan y tras una parada de metro, alcanzamos la esquina sureste de Central Park. Pasamos frente al Hotel Plaza, uno de los más lujosos y tradicionales de Nueva York y escenario de varias películas, entre ellas la segunda parte de Home Alone (Solo en casa). Frente a él, un cubo acristalado con una escalera de caracol descendente y el logo universal de la manzana mordida dan la bienvenida a la Apple Store de la Quinta Avenida.

En el interior de la tienda, el ajetreo habitual de un local que abre las 24 horas de los 365 días del año. Cientos de personas utilizando los modelos de exposición para navegar por la red, charlas técnicas en alguna de las mesas redondas. La Apple Store tiene una apariencia más cercana a una sala de exposiciones que a un comercio, y solo los mostradores situados en uno de los fondos te recuerdan que tambien puedes comprar algo. No es nuestro caso, unos ateos de la religión del Señor Jobs por varias razones.

Todavía en los entresijos de la Apple Store, mi cuñado pone la nota cómica del día. En un pequeño mostrador en una de las paredes, una serie de portátiles Macbook están conectados a un monitor de grandes dimensiones y un teclado y ratón. Todos ellos ocupados. Sin embargo, mi cuñado se dirige hacia uno de los portátiles (no a la pantalla y el teclado) y empieza a interactuar con él. A un metro a su izquierda, un chico observa como el cursor de su ordenador empieza a moverse solo. Se gira a su derecha, y mientras sus labios dicen "Perdone...", su mirada dice "¿Pero qué demonios...?".

A pocos metros del acceso a la Apple Store, una entrada más discreta de lo que esperábamos da acceso a FAO Scharwz, una famosa juguetería tambien protagonista de algunas películas. Eso si, no puede faltar el empleado disfrazado de soldadito dando la bienvenida a todos los clientes.

En el interior, dos plantas de juguetería cuyas dimensiones engañan, ya que la tienda se extiende a lo largo disimulando así su amplia superfície. Maquetes, peluches pequeños, peluches grandes, peluches enormes, personajes de película construídos a base de piezas de Lego, marionetas, muchas, muchas estanterías de juguetes... y el piano gigante. Aquel que un niño metido en el cuerpo de Tom Hanks tocaba con los pies en una escena de la película Big.

Ya en la calle, y con un peluche más en el ya bien curtido inventario de mi pareja, bajamos por la Quinta Avenida hasta llegar a nuestro destino final del día. En la Rockefeller Plaza, el edificio con las letras GE de su fachada apuntando al sur nos espera. La entrada al mirador del Rockefeller Center, conocido como Top Of The Rock (traducido literalmente como "La cima de la roca", haciendo un juego de palabras con la abreviatura de Rock-efeller) cuesta 20 dólares. Sin embargo, basta un poco de planificación y acceso a Internet para conseguir unos tickets de descuento de 3 dólares por entrada. No son gran cosa, pero la ocasión está ahí.

Entramos ansiosos en la recepción del Top Of The Rock, tanto o más ansiosos que la primera vez a sabiendas del espectáculo que nos espera 86 plantas más arriba. 86 plantas que se suben en un curioso ascensor que, durante el ascenso, proyecta en el techo un breve video con la historia del edificio, conocido por albergar los estudios de la cadena NBC.

En menos de un minuto ascendemos 250 metros, y accedemos a las numerosas terrazas de la azotea. Es aquí donde nacen los motivos por los que consideramos el Top of the Rock un mirador muchísimo más recomendable que el Empire State Building. Es indiscutiblemente más espacioso, ya que mientras el Empire se limita a un perímetro de unos dos metros de ancho alrededor del edificio, el TOTR incluye varias y espaciosas terrazas, en las que uno puede incluso sentarse en bancos. Las terrazas del nivel inferior están delimitadas por unas placas de metacrilato que evitan tanto al viento como a los suicidas. Las del nivel superior, sin embargo, aprovechan que no están en primera línea de calle para prescindir de las placas, ofreciendo así una vista completamente natural en todas las direcciones.

Desde lo más alto del Top Of The Rock, mirando al norte encontramos los 4 kilómetros de largo de Central Park, muriendo donde nace Harlem y con el Bronx al fondo del paisaje. Al oeste, el Hudson River separa a Manhattan y Nueva Jersey. Al este, el East River y el Queensboro Bridge separan Manhattan de Queens. Y al sur, una vista espectacular a todo el complejo de rascacielos de Manhattan, presidido por un Empire State habitualmente iluminado de blanco. En esta ocasión, sin embargo, la iluminación es roja, blanca y azul, emulando los colores de la bandera con motivo del próximo Memorial Day en el que se homenajea a los caídos en las guerras con participación estadounidense.

Nunca sabes cual es el momento de marcharse del Top of the Rock. Pero en algún momento habrá que bajar, así que cuando ya ha pasado más de una hora desde el anochecer enfilamos el ascensor de salida. Nos plantamos en Rockefeller Plaza, con la ausencia de la tradicional pista de hielo en verano ocupada por terrazas de restaurantes.

Como mi pareja y yo no tenemos demasiada hambre, vamos directos hacia el hotel. Mi cuñado y mi suegro, sin embargo, deciden a última hora pasar por el McDonalds, y de entre todos los McDonalds de Manhattan escogen justo uno que no abre las 24 horas, por lo que se llevan sus menús al hotel.

Luchando contra las ganas de caer redondo en la cama, comenzamos a dejar el equipaje listo para salir. Al día siguiente debemos abandonar el hotel cargados con nuestras maletas alrededor de las 9 de la mañana, pero nuestra aventura no ha terminado. Llega el punto en el que nuestro viaje toma un camino distinto al del año pasado, usando un coche de alquiler para recorrer los 400 km que separan New York City de Washington DC.

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