Downtown, Winter Gardens, Staten Island Ferry, Playa de Brooklyn

21 de mayo de 2009

El despertador de nuestros móviles sonaba a las 9 de la mañana, pero no era necesario. El deseado descanso de nuestra primera noche de viaje no fue tal por dos razones. La primera, las obras en la esquina contigua al hotel que se extendieron hasta alrededor de las 12 de la noche. La segunda, que nuestros intentos en forma de productos milagrosos para evitar los ronquidos de uno de los viajeros fueron en vano. El primer problema era transitorio, ya que las obras no parecía que fuesen a repetirse la siguiente noche, pero los ronquidos amenazaban con desvelarnos durante toda la semana.

Así que nuestra primera tarea del día fue buscar una solución. Empezamos llamando por vía interna al servicio de reservas del Hotel Roosevelt. Dado que en momentos de necesidad el dinero son solo números en comparación con el riesgo de no descansar, finalmente reservamos una segunda habitación para todas nuestras noches en Manhattan. El presupuesto se nos iba de las manos ya en el primer día, pero tampoco suponía la bancarrota y en momentos críticos hay que establecer prioridades.

Superado el obstáculo de las futuras noches, iniciamos de verdad nuestro primer día íntegro en Estados Unidos, cuya agenda era la más apretada de cuánto habíamos planificado para el viaje.

Empezamos recargando tanto los estómagos como la nostalgia, ya que nuestro primer desayuno tiene como protagonista el Central Café. Se trata del local en el que mi pareja y yo desayunamos la mayor parte de nuestro viaje anterior, y dispone de cafés, zumos, bollería, comidas caliente, y casi cualquier cosa que te apetezca desayunar. Se encuentra en Vanderbilt Avenue, justo enfrente de una de las entradas a la Grand Central Station.

Saciada el hambre, entramos a la estación hasta los pasillos que conectan con el metro. Compramos sin problemas las cuatro metrocard que nos dan derecho a 7 días de uso ilimitado de todas las líneas de metro, a 22 dólares cada una. Nuestro primer paso por el andén nos lleva en dirección sur, hacia el distrito financiero en el Downtown.

Volvemos a la superfície por la Wall Street Station, y a apenas 100 metros tenemos nuestro primer hito de la mañana. La Bolsa de Nueva York en Wall Street, observada desde la fachada de enfrente por George Washington (en un edificio llamado Federal Hall National Memorial). Volviendo la vista atrás, donde nace Wall Street se observa la estirada fachada de la Trinity Church.

Callejeando hacia el noroeste llegamos a la esquina donde se encuentra la Reserva Federal. Un edificio discreto, pero cuyo interés aumenta según lo que se supone esconde bajo sus cimientos. Oficialmente bajo este suelo hay suficientes lingotes de oro para costear todos los dólares en circulación existentes.

Siguiendo nuestro rumbo, a apenas dos manzanas, el Red Cube nos da la bienvenida al World Trade Center. El enorme solar, ya en construcción, delimitado por vallas nos sigue recordando aquel 11 de Septiembre de 2001. Las obras empiezan a mostrar un aspecto mucho más avanzado, mostrando incluso los primeros pisos de una de las torres que incluyen el nuevo proyecto de Calatrava.

Frente a la zona cero se encuentra una fachada acristalada terminada en círculo. Se trata de Winter Gardens, un edificio de oficinas y locales de restauración que ofrece unas vistas inmejorables al lugar de la tragedia, gracias a sus enormes ventanales en primera línea. Su vestíbulo no es menos atractivo, con mucha vegetación, brillantes escaleras y abundante luz natural. Aprovechando la cobertura inhalámbrica gratuita de la Downtown Alliance, nos conectamos a la red por primera vez para enviar los inevitables mails de tranquilidad a la familia y comprobar los primeros cargos en nuestras tarjetas de crédito.

Saliendo de Winter Gardens por el lado opuesto, topamos con el lateral este del Hudson River. Fue en este río, un poco más al norte, donde meses atrás un amerizaje de un vuelo comercial proveniente de La Guardia convirtió a Chesley Sullenberger, el piloto de US Airways, en un héroe de la noche al día. Desde este lateral, convenientemente aclimatado de grandes espacios que los oficinistas aprovechan en su hora de comer, se puede divisar Nueva Jersey y la desembocadura del río, donde le espera Ellis Island y La Estatua de la Libertad.

Bordeamos el río en dirección sur, con un tiempo inmejorable (incluso demasiado caluroso) y un ambiente agradable. Nueva York sigue siendo una ciudad mucho más límpia de lo la gente se imagina, especialmente en los lugares más frecuentados por turistas. El paseo nos lleva hasta Battery Park, en el extremo más al sur de la isla de Manhattan.

Pasamos frente a Castle Clinton, una fortaleza levantada a principios del siglo XIX para defenderse de una posible llegada de los ingleses a la bahía. Ahora es conocido por ser el punto de partida de los ferrys a La Estatua de la Libertad y Ellis Island, antiguo control de entrada al país para los que buscaban el sueño americano transformado ahora en un Museo de la Inmigración.

Nuestro paseo por Battery Park nos lleva a The Sphere, una esfera que estaba instalada entre las Torres Gemelas el día de los atentados. Ahora se expone aquí, en el mismo estado que los derrumbes le provocaron, a modo de homenaje a las víctimas y para que el recuerdo no se olvide. Nuestro siguiente punto ya es el que veníamos a buscar, la South Ferry Station.

La South Ferry Station es el punto de salida de los ferries que comunican Manhattan con el distrito más "apartado" de la Ciudad de Nueva York, Staten Island. El trayecto que atraviesa el Narrows (nombre que recibe el estrecho que separa las bahías superior e inferior de Nueva York) es gratuito, gracias a que resultaba más viable no cobrar nada a costear el mantenimiento de taquillas para el billete que osciló entre los 5 y 50 centavos por viaje.

Tomamos uno de los ferry, lamentablemente de los modelos más antiguos, sin demasiadas terrazas exteriores para disfrutar del paseo al aire libre. Abandonamos el distrito financiero disfrutando de la vista según nos adentramos en el estrecho, con la posibilidad de disfrutar al mismo tiempo de Nueva Jersey, Manhattan, Brooklyn, los East y Hudson River y los puentes de Brooklyn y Manhattan.

Y según se aleja Manhattan, se acerca hacia nosotros uno de los símbolos, si no El Símbolo, de Nueva York en concreto y Estados Unidos en general. La Estatua de la Libertad, de un tamaño minúscula tras un día acostumbrado a pasear entre enormes rascacielos, y acompañada a su izquierda por Ellis Island.

En menos de 30 minutos el ferry alcanza la estación de Saint George en Staten Island. La población autóctona bromea con el hecho de que Staten Island resulta para los turistas un lugar de paso, ya que solo embarcan en ferry para ver La Estatua y su estancia en Staten se limita al tiempo que pasa entre el barco de ida y el de vuelta. Nosotros caímos en ese tópico en nuestro viaje anterior, y en esta ocasión decidimos darle una oportunidad al distrito olvidado y buscar un lugar para comer a este lado de la bahía.

Nos decidimos finalmente por un local sencillo de apariencia italiana, situado en una de las primeras calles según te alejas de la estación. La dueña nos atiende como es de esperar en un local donde la concurrencia no es ni de lejos la de lugares más frecuentados, y disfrutamos de hamburguesas, ensaladas, burritos y otras carnes por 90 dólares, incluyendo bebidas, postre y propina.

Tras descansar debidamente durante la comida, deshacemos nuestros paso en el regreso a la estación de ferry. El aparcamiento de la estación está hasta los topes, probablemente por los vehículos de gente que trabaja en Manhattan pero reside en Staten Island. Vuelve a tocarnos en gracia el modelo antiguo de los barcos, y antes de las 5 de la tarde volvemos a encontrarnos en Manhattan.

Recorremos ahora un par de paradas de metro desde Battery Park hasta Bowling Green, el que es el parque público más antiguo de la ciudad. A las puertas de dicho parque, escondido por la congregación de turistas que siempre lo rodean, está el Charging Bull, conocido como "El Toro de la Bolsa". Se trata de una enorme figura de bronce de un toro que simboliza una economía fuerte, emergente, cuya gráfica va de abajo hacia arriba, como un toro embistiendo. Su contrario es el oso, que simboliza una economía a la baja que ataca de arriba hacia abajo. Una de esas absurdas tradiciones llevan a los turistas a tocar sus testículos buscando buena suerte en lo relativo a la economía.

Cumplido el trámite del tocamiento de testículos, bajamos de nuevo a los pasillos subterráneos del metro, esta vez con dirección al este. Emergemos en City Hall Park, el parque que acompaña a las instalaciones del Ayuntamiento de Nueva York. Pero no es el alcalde lo que nos ha traído aquí, si no J&R Electronics, una de las más populares tiendas de electrónica de consumo de la ciudad.

J&R Electronics posee varios locales separados por temática en la calle de Park Row, provocando así que prácticamente toda la fachada de dicha calle sea propiedad de la franquicia. Existen locales de música y cine, de electrónica para el hogar, de fotografía, de instrumentos musicales, de videojuegos y, por supuesto, de informática.

Accedemos a éste último con motivo del ultraportátil cuya compra lleva en mente mi cuñado. Tocamos de cerca el MSI Wind U123 así como otros modelos y paseamos por las plantas de software donde compro una edición recopilatoria de Sim City por 18 dólares.

De vuelta al exterior, desde Park Row divisamos el enorme arco de piedra caliza, granito y cemento del Puente de Brooklyn. Lo cruzamos pero bajo tierra, hasta la estación de metro de York Street. Son aproximadamente las 7 de la tarde.

Pisando ya la superfície de Brooklyn, caminamos en dirección oeste esperando topar con el East River. De camino, y por accidente, topamos con una de esas fotografías que todo turista en Nueva York debería tomar. El imponente arco metálico del Puente de Manhattan asoma entre edificios, con vehículos cruzando el nivel superior y vagones de metro pasando por el hueco inferior. Y bajo el arco, como si éste lo protegiera, la silueta del Empire State Building. Es una imagen que, de forma inconsciente, suena familiar a quien la divisa, ya que protagoniza el cartel de la película "Érase una vez en América" (Once Upon A Time In America, 1984). La imagen se ve a la distancia perfecta desde el cruce entre las calles Washington y Front.

Antes de seguir avanzando, prácticamente en el mismo cruce paramos en un deli para aprovisionarnos de agua y algo de comer, ya que planeábamos pasar largo rato en nuestro destino final.

En todos los viajes aparece un momento, una frase, o una situación, que será la que quede para la posteridad cuando recordemos esos días. En nuestra ocasión ese momento estaba a punto de sucederse.

Mi suegro, un hombre que ha repartido toda su vida entre un pueblo de Salamanca, Burdeos y la isla de Mallorca, estaba pasando todo el viaje como un niño que no termina de asombrarse de algo cuando aparece otra cosa que llama todavía más su atención. En concreto, y por una cuestión de mera curiosidad, le resultaba imposible no prestar atención a cada judío que se cruzaba con nosotros con el atuendo clásico: una suerte de gabardina hasta los pies, un sombrero negro, barba larga y bucles de cabello en los laterales. Hay que reconocer que para alguien que espere encontrarse alguien con esa apariencia las primeras veces no deja de resultar impactante.

Pues bien, ese hombre, tras dos días cruzándose eventualmente con ese tipo de indumentaria, reflexiona en voz alta con una frase que pasará a la historia de los García: "Para mí que esa gente está metida en algún rollo religioso". Los cuatro no podemos parar de reír y repetir la frase durante más de media hora.

Seguimos caminando y, justo cuando parece que el río aparecerá tras el siguiente paso, entramos en un pequeño parque ubicado entre los edificios y el agua. Y es allí donde la encontramos: una pequeña orilla de piedras en el East River, con una vista perfecta a los rascacielos de Manhattan al otro lado del río, y delimitada por los Puentes de Brooklyn y Manhattan a izquierda y derecha respectivamente.

Aún con la presencia de unas 40 o 50 personas, el lugar no resulta conocido por cualquiera. Nosotros sabemos de su existencia gracias a nuestra necesidad compulsiva de documentarnos antes de un viaje, entrando casi a diario en foros dedicados exclusivamente a turistas en Nueva York. Aquí no se encuentra el típico turista de paquete vacacional y todo incluído. Aquí llegan los turistas que se preparan a voluntad la visita a la ciudad, y los afortunados ciudadanos de Nueva York, especialmente de Brooklyn.

Pasamos alrededor de dos horas disfrutando de todo el paisaje desde los oportunos escalones de piedra frente a la orilla. El sonido del río, casi inaudible salvo tras el paso de alguno de los cruceros que navegan por él. El sonido del tráfico procedente de los puentes. El estruendo de los vagones de metro golpeando los raíles bajo el Puente de Manhattan. Se nos hace de noche durante nuestra estancia, permitiéndonos disfrutar de un sol desapareciendo tras los arcos del Puente de Brooklyn. Manhattan se empieza a iluminar frente a nosotros, y desde ese momento sabemos que nos encontramos en quizás el lugar más recomendable que hemos visitado jamás en esta ciudad.

Cuando ya hemos pasado largo rato a la luz de los rascacielos de Manhattan, emprendemos el camino de vuelta, con solo dos cosas más en mente para el resto del día: cena y cama. Para lo primero, volvemos a entrar en el local donde nos habíamos surtido de provisiones anteriormente. Un Deli es una opción muy recomendable para no caer en la trampa de comer siempre lo mismo durante todos los días de nuestro viaje. Podría resumirse como una combinación de supermercado, bar cafetería y restaurante self service. La mayor parte del local la ocupan pasillos de estanterias con productos de alimentación e higiene. En alguno de los fondos, se instala una barra para pedir comidas calientes, como sandwiches o platos precocinados. En alguna sala entre pasillos, encuentras mesas de estilo buffet donde te sirves la comida en recipientes desechables, para posteriormente pagarla por peso. Y para finalizar, se dispone de mesas para que disfrutes de la comida "in situ".

Los deli supondrán durante parte de nuestro viaje una salida de emergencia, ya que en varias ocasiones apetecerá más una ensalada al gusto o una sopa caliente que otra hamburguesa más u otro plato de patatas fritas.

Con el trámite de la cena cumplido y tras un transbordo de metro, volvemos a la calle 45. Esta noche ya no hay obras en la calle, y los ronquidos quedarán aislados en la segunda habitación. Vamos a descansar.

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