De Mallorca a Nueva York, Times Square, Grand Central Station

20 de mayo de 2009

20 de Mayo de 2009. 07:00 horas. Palma de Mallorca.

Empiezan aquí ocho días de ocio, de vacaciones, de vuelos, de kilómetros, de pies cansados, de fotografías, de vídeos, de asombro. Todo a la vez. Mi suegro, mi cuñado, mi pareja y un servidor iniciamos nuestro periplo de una semana al este de los Estados Unidos.

El día que nos ocupa será largo, y no solo por el hecho de madrugar pese a no ir a trabajar. Cogeremos un vuelo desde Palma hasta Madrid a las 9 de la mañana, para luego tomar un Airbus con destino al aeropuerto JFK al mediodía. Horas más tarde, cuando nuestro reloj interno marque las 10 de la noche, pisaremos el suelo de Nueva York y allí serán todavía las 4 de la tarde.

Cuando se trata de combatir el jet lag, hay una técnica que debe ser la primera opción mientras el cuerpo aguante: adaptarse al nuevo horario lo más pronto posible. Así que cuando dejemos nuestras maletas en el Hotel Roosevelt, pese a que nuestro cuerpo nos esté pidiendo cena y cama, nosotros le daremos paseos hasta que llegue la hora de acostarse para los más de 8 millones de personas que duermen en la Ciudad de Nueva York, excluyendo turistas.

Irónicamente, se ofrece como chófer para llevarnos al aeropuerto de Son Sant Joan un familiar que trabaja como piloto de Iberia. Llegando con el siempre aconsejable margen de tiempo, pasamos por el mostrador de facturación a dejar nuestras maletas. Algunas de ellas llevan en su interior una segunda maleta de tamaño más reducido, en la que realmente están almacenadas nuestras cosas. Es la única manera de asegurar espacio a la vuelta para las compras que, a buen seguro, haremos como consecuencia de la fuerza del euro respecto al dólar, con un cambio de 1,40 dólares por euro en el momento de nuestro viaje.

El vuelo a Madrid, de apenas una hora de duración, no tiene complicaciones, y nos planta bajo el techo abombado de la T4 de Barajas. Una vez allí, con los deberes de planificación hechos y las tarjetas de embarque a Nueva York ya en nuestro poder desde antes de salir de Palma, buscamos las señales hacia las puertas de embarque R, S y U, ubicadas en la terminal T4S (con S de Satélite).

Tras el paso de los días, me sigue pareciendo cuanto menos extraño que una terminal necesite disponer de una instalación satélite desde el momento de su inauguración. Quizás haya otros motivos que no dejaran otra opción posible, pero me cuesta creer que con una mejor planificación no se hubiera podido conseguir levantar una sola terminal con capacidad para todo el tráfico aéreo de Iberia en la capital.

El tren especial que comunica las terminales T4 y T4S nos deja a poca distancia de la puerta U68. A pocos metros de llegar, un pequeño control nos da las primeras advertencias relativas a la Gripe A. Estaba convencido de que en el momento que abandonáramos la península no veríamos apenas rastro del alarmamismo por la dichosa gripe hasta nuestro regreso. Y no andaba desencaminado.

Entramos en la cabina del avión unos 30 minutos más tarde de lo previsto. Me parece un desvío aceptable, más teniendo en cuenta los precedentes. El pasado mes de Julio, en nuestro primer viaje transoceánico, el vuelo de Continental desde Barcelona hasta Newark sufrió un retraso de más de 3 horas, que se vió incrementado por una parada de emergencia en Canadá debido al temporal en la costa este. El resultado fue llegar a Manhattan más de 6 horas después de lo previsto, echando por tierra toda nuestra planificación para nuestra primera tarde norteamericana.

En pleno mediodía español nuestro avión toma pista y se eleva hacia el oeste, abandonando la península cuando sobrevolaba la frontera norte de Portugal. Las comodidades de la clase turista son las mínimas, sin ninguna prestación adicional que amenice las 8 horas de duración del vuelo. Al contrario que Continental, que ofrece pantallas individuales y tomas de corriente para cada pasajero, el avión de Iberia dispone de apenas 3 o 4 pantallas repartidas por toda la cabina y la imposibilidad de mantener los aparatos electrónicos como videoconsolas o portátiles conectados a la luz. Es un viaje para leer, descansar y, para el que sea capaz, echar una cabezada.

Recuperando en el aire el tiempo perdido en la terminal, comenzamos a divisar tierra por el lado derecho del avión poco antes de las 4 del mediodía, ya con los relojes ajustados a la zona horaria de la Costa Este. Se divisan pequeñas islas de apariencia frágil, casi artificial, que recuerdan a las construcciones sobre el mar levantadas a base de arena en Dubai. Se trata de la costa noreste de Estados Unidos, probablemente en el Estado de Rhode Island.

Tras media hora de lento descenso, divisando en el último tramo los rascacielos de la gran manzana a lo lejos, el avión alcanza la terminal 7 del John Fitzerald Kennedy International Airport, uno de los tres aeropuertos por los que entran miles de turistas al día en el Estado de Nueva York. Los otros dos son el de Newark, situado en Nueva Jersey, y el de La Guardia, el más cercano a Manhattan y utilizado únicamente para vuelos nacionales.

En la antesala a las cintas de equipaje, llega el siempre temido momento del control de inmigración. Los foros se llenan de historias, anécdotas y advertencias alrededor de este lugar. Gente que sufrió esperas injustificadas hasta finalmente conseguir entrar, recomendaciones sobre la actitud a tomar frente al personal de los mostradores, etc.

Siguiendo una de esas recomendaciones, tomamos el principio básico de "novios no es familia" y nos separamos en dos bloques. Por una parte, mis tres acompañantes compartiendo apellido. Por el otro lado, yo solo. En mi caso todo va bien, contestando únicamente a las preguntas típicas de "¿Para qué has venido?" y "¿Cuánto tiempo pasarás aquí?". En el otro grupo la cosa se iba a complicar más.

Tras pasar más tiempo del habitual de pie junto al primer control, el guardia hace ademán de dejarles pasar, pero con una indicación: que mi cuñado se diriga al pasillo que encontrará a mano derecha. Se trata del, en términos coloquiales, "cuarto oscuro" al que se manda a aquellos pasajeros que presenten alguna condición especial. Son muchos los motivos que te pueden llevar a dicho cuarto: compartir apellidos con algún criminal buscado, haber rellenado de forma errónea algun dato del formulario de entrada, y quién sabe qué más.

Afortunadamente, la incertidumbre no dura demasiado. A los 5 minutos mi cuñado aparece por el pasillo con autorización para entrar en el país. Sospechamos que todo se debió a un error al rellenar desde casa la ESTA (el formulario de entrada que desde hace menos de un año se rellena vía Internet) por el cual tuvimos que presentar su solicitud dos veces.

Mientras mi suegro y mi pareja esperaban junto al pasillo a la salida del cuarto pasajero, yo veía como nuestras maletas iban apareciendo en la cinta de equipaje. Así que para cuando estuvimos listos, ya no debíamos esperar más.

En la salida de la terminal, tropezamos con los típicos oportunistas que se ofrecen a llevarte hasta tu hotel. Normalmente son empresas totalmente ajenas a los servicios públicos, y no es recomendable seguirles el juego. Abandonamos el techo del JFK y damos de bruces con, esta sí, la parada de taxis oficial. Allí nos comunican el precio (tarifa fija, 45 dólares más peajes hasta Manhattan) y nos subimos a bordo de un monovolumen Toyota Siena conducido por un hindú, con turbante incluído.

Durante el trayecto damos gracias por la tarifa fija, ya que se alarga durante casi una hora debido a varios atascos en el camino. Disfrutamos mientras tanto del paisaje del distrito de Queens, con las Observation Towers como la estructura más reconocible.

A las 18:00 horas el taxi nos deja frente al 45 E 45th Street, la entrada del Hotel Roosevelt. Se trata del mismo hotel en el que nos alojamos la ocasión anterior. Tiene un precio ligeramente más elevado que los típicos hoteles de turista, aunque gracias a un código promocional que encontramos meses antes por Internet la tarifa se equiparó a la del resto de hoteles que teníamos anotados como posibles. A cambio, la calidad de las instalaciones mejora algo respecto a la media, especialmente en lo que respecta a los espacios comunes, con la apariencia de un hotel de muchísima más clase.

Tras un check-in sin problemas, dejamos nuestro equipaje en una habitación de la planta 14, solo 4 plantas por debajo de la altura máxima. Las vistas son hacia un edificio de oficinas. No son gran cosa, pero tampoco dan a un patio interior.

Ya a pie de calle y menos cansados de lo previsto, tenemos claro nuestro primer destino. Queremos esperar al día siguiente para obtener el bono de 7 días del metro, por lo que hoy es preferible alcanzar algún punto de interés a una distancia prudencial para ir a pie. Una de las cosas que más nos gustó el año anterior del Hotel Roosevelt es su ubicación. Se encuentra en una zona relativamente tranquila, pero en cambio muy cerca de varios lugares turísticos. Nuestro preferido de todos, a tan solo tres manzanas en dirección este, es Times Square.

Caminamos por la calle 45 hacia el este, empezando a respirar ese ambiente que tanto nos gustó la ocasión anterior. Todos estamos pendientes de mi suegro, el único que no había estado anteriormente en este lado del Atlántico, y que parece un niño pequeño que no sabe hacia dónde mirar frente a tanta novedad.

A medio camino topamos por accidente con la fachada del Applecore Hotel At Times Square, la que fue durante varias semanas nuestra primera opción para estos primeros días en Nueva York. Por lo menos desde el exterior, la apariencia es de un hotel sencillo, moderno y limpio, y en parte lamento no haberlo mantenido como opción preferente, por aquello de probar lugares nuevos.

Junto al Applecore, el hueco que deja un edificio demolido nos da unas vistas inesperadas al GE Building del Rockefeller Center, situado varias calles al norte. Toma su nombre, así como las letras que lo presiden, de la empresa General Electric, aunque su nombre original fue RCA Building. En la cima se encuentra el Top Of The Rock, un mirador no tan popular como el de la planta 86 del Empire State Building, pero mucho más recomendable a nuestro parecer. En próximos días volveríamos a subirnos a él por segunda vez en menos de un año.

Son las 7 de la tarde en Nueva York cuando nos ciegan por primera vez en nuestro viaje los carteles luminosos de Times Square. Con el paso del tiempo, fue el lugar del que mejor recuerdo conservamos en nuestro primer viaje, y no le faltan razones. El bullicio, los taxis, los enormes letreros, el ambiente a medio camino entre estresante y festivo. Todo ello hace de este lugar un punto de encuentro mundial.

Vemos en uno de sus extremos una estructura nueva para nosotros. Se trata de la escalera de TKTS, el local de venta de entradas para los teatros de Broadway. Concurrida por cientos de turistas, es un lugar perfecto para disfrutar del cruce entre Broadway y la Séptima Avenida. Pasamos allí una larga media hora, mirando a todas partes por temor a perdernos algún detalle.

Pasadas las 20:00 horas el sol empieza a dejar espacio a la noche, y tomamos el camino de vuelta hacia el hotel. Como nos parece pronto para cenar, pasamos antes por la Grand Central Station, la popular estación de trenes y metro con enormes vestíbulos retratados en varias películas. Pasamos los minutos disfrutando de la ida y venida de pasajeros, de la pequeña isla central de venta de billetes, de los enormes ventanales que iluminan de forma natural la estación durante el día. A la salida por el lateral este de la estación, nos encontramos con la típica estampa de la estación, el Edificio Metlife y el Edificio Chrysler en una misma fotografía. Ahora si, llega la hora de cenar.

En nuestra primera cena, no somos demasiado originales y recalamos en el McDonalds más cercano al hotel. Al salir, hacemos nuestra primera e inevitable visita a un Duane Reade, una franquicia de "Drug and convenience stores" (algo así como "tiendas de farmacia y artículos de emergencia" que vende todo tipo de artículos para el hogar, así como de higiene, alimentación, farmacia e incluso juguetes. Cuenta con cientos (si no miles) de locales, de forma similar a los cajeros de La Caixa en Barcelona. Muchos de ellos abren las 24 horas, y son un recurso perfecto para abastecerse de botellas de agua y demás artículos para llevar a nuestra habitación.

Cuando nos acercamos de nuevo al Hotel Roosevelt, llega la primera mala noticia del viaje. Precisamente en el cruce más cercano a la ventana de nuestra habitación, unos operarios están haciendo obras sobre el pavimento, haciendo uso de un martillo neumático. Cuando llegamos a nuestra habitación, verificamos que el ruido llega con claridad hasta ella, y nos preguntamos hasta qué hora considerará oportuno el Ayuntamiento realizar obras en una zona plagada de turistas.

Aún con el presagio de que las obras solo durarían esta noche, solicitamos en recepción un cambio de habitación a partir de mañana. El personal del hotel toma nota de ello con total normalidad, y volvemos a la planta 14 para descansar como buenamente podamos durante esta noche. Mañana será el día con la planificación más apretada de toda nuestra agenda.

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