De Barcelona a Newark con Continental Airlines

23 de julio de 2008

Amanece en Barcelona el Miércoles 23 de Julio. Son las 8 de la mañana y, solo unas horas después de haber llegado a la ciudad condal desde Palma, empieza un día que sería muy largo para los dos. Empieza el día en el que viajamos por primera vez (y espero que no última) a La Gran Manzana. Nos vamos a Nueva York.

El viaje está contratado íntegramente por Internet, ya que evitamos las agencias de viajes a toda costa. El vuelo, con Continental Airlines, que opera dos vuelos directos entre Barcelona y Nueva York cada mañana. Nosotros saldremos de Barcelona a las 13 horas (hora española), con un aterrizaje en Newark esperado para las 16 horas (hora de la costa este).

Desayunamos y ponemos rumbo al Aeropuerto del Prat. Vamos con bastante tiempo de antelación, ya que es nuestro primer gran viaje (lo más lejos hasta ahora había sido París) y tenemos que facturar equipaje. Más de 3 horas antes de la salida prevista ya estamos dentro de la terminal B.

Frente a los mostradores de Continental se presenta una considerable cola, probablemente en su mayoría de pasajeros del vuelo que sale a las 11 de la mañana. L, siempre hábil para estas cosas, investiga un poco y consulta con alguno de los asistentes de la compañía. Gracias a llevar ya impresas vía Internet las tarjetas de embarque, pasamos directamente por otro mostador en el que no hay nadie esperando.

Antes de entregar las maletas, nos detiene otro empleado de la línea aérea, que debe formularnos varias preguntas antes de seguir. Todas son referentes a si llevamos controlado nuestro equipaje, si tenemos la completa certeza de que nadie ha tenido acceso a él, y si llevamos con nosotros algo que pueda ser interpretado con un arma. Tras una rotunda negativa a todas sus preguntas, y después de haberme dicho que parecía americano, pasamos al mostrador. Facturamos sin problemas: una maleta grande cada uno, con una maleta más pequeña en su interior. Es muy recomendable dividir el equipaje de ambas personas entre los distintos bultos, para evitar el riesgo de quedarse con las manos vacías en caso de equipaje perdido. Antes de haber llegado al mostrador, ya conocíamos la primera mala noticia: el vuelo sufre un retraso de 3 horas debido a la tardía llegada del avión.

El empleado de facturación comprueba si hay alguna posibilidad de entrar en el vuelo anterior, pero no hay nada que hacer, está completo. Así que, por el momento, ya se nos esfuman tres horas de nuestro planning previsto, y eso sin saber lo que estaba por llegar.

Tras vagar durante largo rato por la parte "abierta" de la terminal y maldecir no llevar ningún portátil ni ocio electrónico encima, pasamos el trámite del arco de seguridad. Llegamos (en nuestra primera vez) al control de pasaportes, y en un momento estamos frente a la supuesta puerta de embarque, aún con un par de horas por esperar.

Comemos en el aeropuerto gracias a los vales que nos ha entregado Continental debido al retraso, y por fin llega la hora del embarque. Cambian la puerta y nos toca viajar en autobús hasta el avión.

Entramos al Boeing 757. Sus dimensiones, menores de las que esperábamos. El espacio para cada pasajero es solo ligeramente superior al de cualquier vuelo nacional. Sin llegar a ser incómodo, es mínimamente decente para una persona de estatura normal (yo soy el más alto y no llego a los 1,80), pero alguien con medidas superiores puede pasarlo mal en un asiento tan limitado durante todo el trayecto.

Frente a cada asiento, una pantalla táctil que, por ahora, muestra el trayecto previsto, así como las condiciones y hora del origen y el destino. Una vez iniciado el vuelo, esa pantalla da acceso a un sistema que incluye varios juegos (algunos con posibilidad de multijugador entre varios pasajeros), visionado de series y de películas, todas en perfecto inglés y algunas con la posibilidad de escoger como audio el español neutro.

Despegamos y abusamos durante largo rato de la pantalla táctil, único entretenimiento disponible salvo mirar por la ventana. Jugamos partidas de Solitario, Sudoku y demás mientras cruzamos la península en una hora, entrando al Atlántico desde Galicia. Al poco rato empiezan a servir la comida: una ensalada con su aliño, un pan pequeño, y un plato principal a elegir entre pollo y ternera. Ambos van acompañados de una pequeña guarnición, nada excesivo. Y de postre, un Brownie.

Tras varias horas de vuelo, algo está ocurriendo. Las pantallas (que también disponen de un apartado de seguimiento del vuelo, que muestra la posición exacta del avión en cada momento), muestran un destino distinto al esperado, un punto inconcreto de la orilla norteamericana del Atlántico y en las proximidades de la frontera entre Estados Unidos y Canadá. Al cabo de un tiempo, se anuncia por megafonía lo que está ocurriendo: debido a un fuerte temporal en Nueva Jersey, el aeropuerto de Newark permanece cerrado imposibilitando la llegada de aviones. Eso, sumado a que el avión no lleva exceso de combustible que le permita esperar en el aire, nos obliga a hacer una parada de espera en el aeropuerto de Halifax.

Entramos en Canadá por su extremo sureste y quedamos atónitos con el paisaje. Bajo nuestros pies no hay más que enormes bosques y lagos, como si de una enorme reserva natural se tratara que no terminara hasta más allá de donde nuestros ojos alcanzan. El avión inicia el descenso, y acabamos tomando tierra en Halifax, un aeropuerto canadiense que se caracteriza por ser el primer punto de aterrizaje disponible tras cruzar el Atlántico de este a oeste.

El avión permanece parado durante una hora y media que se hace eterna. Con esto ya son casi 5 horas el retraso acumulado a la hora de llegada prevista. Nuestros relojes, ya marcando el nuevo horario, marcan las nueve de la noche pasadas. Nuestra primera tarde en Nueva York se ha ido al garete.

Por fin, hora y media después, el avión despega y toma rumbo a Newark, supuestamente reabierto. A medida que nos adentramos en los EEUU, se confirma lo que estaban comunicando desde la torre de control. La tromba de agua es impresionante, y por nuestra ventana no paran de sucederse relámpagos que iluminan intermitentemente el paisaje.

Enfilamos la pista de aterrizaje y el avión se posa sobre suelo estadounidense. Pero no avanza hasta la terminal. El chaparrón es todavía tal, que los vehículos de asistencia no pueden abandonar la terminal para ir en busca de la nave. Tras unos 20 minutos, finalmente llegan a "rescatarnos" y llegamos a una pasarela del aeropuerto.

Abandonamos el avión tras unas 10 horas en su interior y caminamos por los pasillos de la terminal, siguiendo las indicaciones hasta el control de inmigración. Allí hacemos caso de los consejos que habíamos obtenido de antemano: ir cada uno por separado, negando que viajemos con familia. Ser novios no se considera familia, y entrar en una discusión sobre ello con los agentes de inmigración puede acarrear problemas innecesarios. Primero pasa L, y luego paso yo. Las preguntas son las típicas: vienes por vacaciones, ha llegado algún amigo contigo, es tu primera visita al país, etc. Foto de webcam, huella dactilar, y vía libre a la recogida de equipajes.

Empiezan a salir maletas. Ningún problema con la mía. Bueno, viene chafada como si un elefante se hubiera posado sobre ella, pero eso me ocurre siempre que la facturo. Pasa el rato, la gente empieza a marcharse, y la maleta de L no aparece. Somos los únicos que quedamos esperando, y la cinta se detiene. Preocupados, acudimos a los dos hombres que supervisan la sala. Uno es norteamericano, el otro hispano. Es una introducción de lo que nos encontraríamos durante todo el viaje.

Contamos lo que ocurre, y los agentes se ponen manos a la obra. Primero contactan con el personal de pistas, que asegura que no queda nada por llevar a la terminal. Luego nos dan las señas para contactar con equipajes perdidos, dándonos la esperanza de que en un máximo de 48 horas la maleta llega a nuestro hotel. Y por último, tras saber que habíamos sido de los primeros en facturar en el origen, plantea la posibilidad de que la maleta haya volado en el vuelo anterior y esté en otra terminal, en la oficina de equipaje perdido de la compañía.

Es una posibilidad ínfima, pero la perspectiva de no tener que esperar dos días a recuperar la maleta hace que nos aferremos a ella. Vamos a pie a la otra terminal, a unos 10 minutos bajo la lluvia, y llegamos a equipajes perdidos. Damos el ticket de seguimiento, y una mujer hispana dice que nos dirijamos a otra sección, donde podremos recoger nuestra maleta. Llegamos allí y, efectivamente, conseguimos recuperarla. Había llegado hace varias horas con el vuelo anterior.

Faltaba una sorpresa más: el candado de la maleta estaba saltado y habían inspeccionado su interior. Los candados de la TSA, comprados por eBay y que a priori garantizan que los agentes no tengan que romper el cierre y puedan abrirla con una llave especial, no han servido de nada. Han arrancado de cuajo las anillas que sostienen el candado. Es un mal menor, por lo menos tenemos la maleta.

Salimos de la terminal, son casi las 12 de la noche, 6 de la madrugada para los españoles. El plan inicial era llegar hasta Manhattan con el autobús express de Newark, pero es muy tarde y queremos llegar a nuestra habitación cuanto antes. Recurrimos al taxi. Una asistente de la compañía de taxis nos hace un recibo con un precio de 62 dólares, y nos acompaña a un vehículo. El conductor nos vuelve a preguntar nuestro destino y se pone en marcha, mientras habla por el móvil.

Llegamos a un peaje y se confirma lo que creíamos: el pago va a cuenta del pasajero. Un dólar para salir del aeropuerto, y ocho dólares para atravesar el túnel que nos llevará hasta Manhattan. Llegamos finalmente a la fachada del Hotel Roosevelt, y pagamos al conductor. Han sido 62 dólares del trayecto, más 9 dólares de peajes, más 10 dólares de propina (el 15% del precio total, un cálculo extraoficial).

Entramos a la recepción del hotel. Tal cual aparecía en las fotos, tiene un aspecto clásico pero bien conservado. Pese a ser un hotel de 3 estrellas, la apariencia es más lujosa que eso. En recepción no tenemos ningún problema. Pagamos con tarjeta de débito, y nos dan dos tarjetas magnéticas para la habitación. Han tenido en cuenta la petición especial que hicimos vía email tras la reserva. La habitación apunta a una vía principal (no a un callejón, ni a un patio interior o algo así), y se encuentra en la planta más alta del edificio: la planta 18.

Subimos al ascensor sin saber lo que nos espera y alcanzamos la planta 18. Entramos a la habitación, y respiramos aliviados al ver el buen aspecto que tiene todo. Una cama de matrimonio de dimensiones estándar (aunque más alta de lo habitual), un escritorio, una cómoda de tres cajones, un televisor plano de 32 pulgadas. Baño con ducha, y un armario con perchero.

La estancia durante 6 noches en el Hotel Roosevelt nos sale por 1600 dólares, apróximadamente unos 1000 euros (más 100 de fianza que cobran a la entrada). Es un precio muy razonable para tratarse de pleno centro de Nueva York. Hoteles más "habituales" como el Milford o el Pennsylvania barajan cifras similares, pero el Roosevelt está un peldaño por encima en lo que a calidad se refiere.

Apenas sacamos los pijamas de la maleta y echamos un pequeño vistazo por la ventana, estamos rendidos. Las vistas no apuntan a ningún edificio principal, pero si muestran varios edificios de oficinas con buen aspecto. No nos podemos quejar. Nos vamos a dormir deseando que amanezca el día de mañana para por fin empezar a pasear por la gran ciudad.