Europe, Whitesnake… y Def Leppard

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Vivian Campbell y Phil Collen (Def Leppard)

24 de junio de 2013. Para muchos, esa fecha quedará como una más de una larga lista de grupos que pudieron disfrutar a escasos metros sobre las tablas de un escenario. Pero no para mí. Para mí esa fecha irá también a esas listas, pero en un puesto muy destacado. Porque lo que sucedió esa tarde en el Poble Espanyol de Barcelona no era solo un concierto. Era una asignatura pendiente que jamás pensé que iba a tener la oportunidad de aprobar.

Europe y Whitesnake eran las dos primeras patas del trípode que conformaban la pequeña gira española anunciada para los días 23 a 28 de junio. Y no son nombres a los que despreciar, pero no eran ellos los que hacían de esa una noche tan especial. La clave estaba en la tercera pata que completaba el cartel. Por primera vez en 17 años, y todavía arrastrando la celebración del 25º aniversario de su más exitoso álbum, Def Leppard volvía a España.

Por la época musical que me ha tocado vivir, no me correspondería tener la piel de gallina ante la posibilidad de ver a Def Leppard en directo. Apenas había cumplido los 3 años cuando Hysteria se lanzó al mercado, y la última vez que visitaron Barcelona mi yo de 12 años se quedó en casa mientras sus hermanos acudían a Zeleste para disfrutar del Slang World Tour. Pero precisamente ellos, mis dos hermanos, fueron los causantes de que mi primera devoción musical, la cual todavía prevalece por encima de cualquier otra, fuera la banda de Sheffield.

Crecí y tomé conciencia de lo que la música significaba para mí escuchando a Joe Elliot, Rick Savage, Phil Collen, Rick Allen y el difunto Steve Clark, posteriormente reemplazado por Vivian Campbell en otro episodio de la conocida “Maldición de los Leppard”. Una etiqueta sobradamente merecida para una banda en la que, entre otras desgracias, uno de sus guitarristas no sobrevive a sus problemas de adicción, su batería pierde un brazo en un accidente, y recientemente sabemos que a su más reciente incorporación (Vivian) se le diagnosticó un cáncer meses atrás.

Tengo otras bandas en mi selecto grupo de grandes nombres (Bon Jovi, Garbage, Green Day, Foo Fighters…), pero ninguna es capaz de hacer frente a la alargada sombra que Def Leppard proyecta en mi recuerdo. Una sombra con una parte especialmente oscura, ya que perdida la popularidad de la banda en España, tener la ocasión de disfrutarlos en directo parecía una posibilidad cada vez más remota. Remota hasta el punto de no descartar, algún año, planificar uno de mis viajes a Estados Unidos con un ojo puesto en alguna gira programada, intentando que mi estancia en alguna ciudad estadounidense coincidiera con un concierto suyo. Por eso cuando saltó el rumor de que años después podían volver a Barcelona supe que, de confirmarse, nada me iba a impedir ser uno de los asistentes.

Y así llegamos al día de ayer. Concretamente a algo antes de las 17h, con más de una hora de antelación respecto a la hora de apertura de puertas pero sin que ello impida que ya una larga cola se extienda desde las Torres de Ávila que presiden la entrada al Poble Espanyol de Barcelona. Un escenario de emergencia que sustituye al inicialmente previsto, un Pavelló Olímpic de Badalona cuyo aforo parece que la promotora ha temido no llenar lo mínimo necesario para no dar la sensación de fracaso de asistencia.

La hora de espera se acaba convirtiendo en 90 minutos, que mi hermano y yo sobrellevamos entablando conversación con compañeros de espera, todos coqueteando con los mismos 40 años que el mediano de la familia está a punto de cumplir. Finalmente empezamos a movernos y ya superamos las 18:30h cuando pasamos los poco estrictos controles, que apenas deben controlar la prohibición de entrar al recinto con botellas y cámaras profesionales. En principio toda cámara está prohibida, pero ningún control se plantea no dar dejar entrada a teléfonos móviles o cachear calcetines en busca de cámaras compactas escondidas.

Esperando a la apertura

Nos encontramos en la Plaza Mayor del Poble Espanyol, un discreto escenario que no renuncia a cierto encanto, especialmente comparado con otras instalaciones de puro cemento y grada que no tengan más que ofrecer a la vista. Los puestos de camiseta están haciendo su agosto a 25 euros la pieza, pero al igual que con el precio de la entrada (más de 60 euros teniendo en cuenta los gastos de gestión), muy aberrante debía ser el precio de una camiseta de Def Leppard para renunciar a ella. Finalmente no me cuesta nada ya que mi hermano decide tener ese detalle conmigo y, al fin y al poco de cumplir los 29 años, puedo contar en mi armario con una camiseta oficial de mi banda favorita.

El escenario de la Plaza Mayor

Dan las 19 y la plaza, en la que nos hemos instalado a una distancia intermedia, empieza a abarrotarse. El hilo musical se desvanece y el escenario, en el que se puede ver como ya han instalado los tres sets ordenados por orden de aparición, capta las miradas de los asistentes cuando Joey Tempest y sus Europe inauguran la sesión a ritmo de Riches to Rags. El sol todavía brilla con fuerza y había muchas ganas de rock, por lo que el ambiente es inmejorable. Ayudan a ello unos suecos que traen un sonido muy limpio, unos ánimos muy altos y un líder con un carisma por encima de lo esperado. El bueno de Joey ya está rozando los 50 años, pero llega con una energia y unas maneras sobre el escenario que me recuerdan a una suma de Jon Bon Jovi y Steven Tyler.


Los buenos de Europe son claramente el entrante del día y solo cuentan con 45 minutos para maravillarnos, pero lo consiguen con creces. Alternando repertorio clásico con sus últimos temas, el protagonismo se lo llevan inevitablemente Superstitious, la muy coreable Carrie, Rock the Night y, con la plaza viniéndose abajo, ese teclado anunciando su fin de fiesta particular a ritmo de The Final Countdown. Fiesta, alegría y primeras gargantas que se resienten. La noche no podría haber empezado mejor.

La locura con The Final Countdown de Europe

Europe se despide y los técnicos no pierden un segundo en desmontar su equipo y poner en primera línea el de los siguientes invitados. Llega el turno para el que era el plato fuerte de muchos de los asistentes, mi hermano entre ellos. David Coverdale, con 61 añazos, aparece en el escenario para desatar la euforia. Nos queda por delante hora y media de los míticos y longevos Whitesnake.

David Coverdale

Pese a ser una banda de seis miembros y el sobradamente demostrado talento de sus guitarras Doug Aldrich y Reb Beach, la gente tiene dos claros favoritos: el citado Coverdale, que juega al despiste con una voz más propia del Rockefeller de José Luis Moreno para acto seguido soltar el mejor de los “gritos heavies”, y un inclasificable Tommy Aldridge en la batería. Aldridge suma ya 62 años pero está visiblemente aún más envejecido que Coverdale, con una larga, rizada y encrespada melena blanca que recuerda a Brian May… o a la Duquesa de Alba, ya puestos. Pero cuando se sienta en el taburete y coge las baquetas parece rejuvenecer 40 años y sus brazos se mueven a una velocidad a la que parecería incapaz que pudiera desplazarse si te lo cruzas por la calle.

Whitesnake suponen la pieza más tradicional de la noche. Hard rock esencial, repartiendo todo el protagonismo entre los solos de guitarra a dos bandas -bestial uno de los duelos que se prolonga varios minutos- y los berridos de David. Aquí es más complicado dictaminar cuáles son los momentos álgidos de la actuación, aunque seguramente jóvenes y mayores se pondrían de acuerdo en que el cierre, encadenando dos himnos como Here I Go Again y Still of the Night, es difícimente superable.


Whitesnake, despidiéndose

Una pena que en esta ocasión el sonido llega algo más saturado, no sé si por el hecho de no venir preparados para un recinto de pequeñas dimensiones, o porque mis oídos ya empezaban a acusar varias horas de música estridente. Pero nada de eso importa durante la inyección de adrenalina que supone el show que Coverdale y los suyos nos brindan, y que deja más que satisfechos tanto a los que más esperaban de ellos como a los que menos.

Y entonces llega la hora. El momento que, solo de pensarlo, me quebraba la voz al intentar imaginármelo en los días anteriores. Los técnicos desmontan la batería de Aldridge y colocan en su lugar unas escaleras metálicas que ascienden hasta una plataforma oculta tras una lona. Suena por megafonía el Won’t Get Fooled Again y, de forma totalmente repentina y sin que nadie sepa como han llegado hasta allí, cinco británicos están ya listos sobre el escenario y deciden terminar a su manera con el exitazo de The Who. Tras años como hilo musical de mi vida y viéndolos siempre a través de una pantalla, Def Leppard, en carne y hueso, están frente a mí.

Def Leppard

Voy a intentar no excederme en la parte emotiva y reconocer que la actuación de Def Leppard, aún siendo un gran concierto, no fue necesariamente tan memorable para todos como pudo resultar para mí. Lo que sí me vais a permitir es opinar que esos primeros 10 minutos, empezando con dos platos tan suculentos como Let’s Get Rocked y el Action de Sweet, puede haber sido uno de los momentos más intensos que he vivido hasta donde puedo recordar. El absoluto éxtasis que suponía para mí corear sus temas rodeado de un público entregado no me permitió derrumbarme, pero podría haberlo hecho. Como dije al empezar, se trataba de algo más que un concierto, y ese arranque me lo confirmó.

El repertorio que sacó a relucir Def Leppard fue muy notable. De hecho, cualquier selección que hubieran interpretado me lo hubiera parecido, así que no suponía ninguna sorpresa. Sí reconozco que tuvo sus puntos buenos y sus puntos no tan buenos. En la parte positiva, temas como Action y Promises no eran esperados, más aún sabiendo que no habían entrado en el setlist de sus últimos conciertos. En el lago negativo, parece que el tiempo jugó en su contra y no les permitió interpretar de principio a fin el Hysteria, dejando fuera dos temas en los que había depositado muchas esperanzas como son Run Riot y Excitable.

Pero no importó. Y no lo hizo porque en las algo menos de dos horas hubo tiempo de sobra para multitud de grandes momentos. Ese Rocket, que prácticamente se canta solo. Ese vídeo que rendía homenaje al malogrado Steve Clark y servía de lanzadera para interpretar el tema que da título a su mejor disco. Ese Joe Elliot teniendo un gesto con Vivian Campbell para que no se sintiera desplazado entre tanto recuerdo de una época en la que el todavía no pertenecía a la banda y dejando que se diera un pequeño baño de masas en el centro de la pasarela.


Fue una noche de pasado y presente. La gran pantalla instalada en el escenario mostró durante la mayor parte del tiempo fotografías y vídeos de la época más laureada del grupo. Pero sobre el escenario demostraban que seguían en una excelente forma (bueno, Phil Collen más que nadie, obsesionado como está con su cuerpo y su forma física). El cierre con Rock of Ages y un celebradísimo Photograph fueron una despedida, pero con la promesa en boca del propio Elliot de que esta vez no nos harán esperar otros 17 años para volver a vernos. Y ahí espero estar yo cuando cumplan con su palabra.

Vivian Campbell y Phil Collen (Def Leppard)
Joe Elliot, Phil Collen y Rick Savage (Def Leppard)
Vivian Campbell (Def Leppard)
Def Leppard, despidiéndose
Def Leppard, despidiéndose

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