Ready Player One

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Ready Player One

No soy lo que se dice un lector empedernido. Tengo mis épocas en las que la literatura gana terreno al resto de aficiones, pero lo más habitual es que las series de televisión, el cine y los videojuegos consigan más cuota de tiempo que los libros. En cambio, cuando cae en mis manos e inicio un libro, raro es el caso en el que no me comprometa a niveles cercanos a la obsesión y mi televisor quede apagado en favor de mi libro electrónico.

Eso me ha vuelto a pasar con Ready Player One.

Todo empieza hace varias semanas, cuando un contacto en Instagram publica una fotografía del libro que estaba leyendo. Sobre el texto “¿Cómo no me va a gustar un libro con tantas referencias frikis?” se mostraba un párrafo en el que el protagonista, narrando la acción en primera persona, comparaba unas cabinas de teletransporte con la Tardis de Doctor Who. En pleno apogeo de mi obsesión por la serie británica, no tardé ni medio segundo en abrir Wikipedia y averiguar de qué libro se trataba. Y bajo el título de “Ready Player One” se escondía un trabajo de un tal Ernest Cline que prometía ser “la nueva gran novela para frikis”.

Por aquel entonces estaba en pleno recorrido de 11.22.63, lo último de Stephen King. Y además en inglés. El ritmo de lectura de mi versión angloparlante dista mucho de ser perfecto, así que las andanzas de Jake Epping viajando en el pasado a los años 60 me mantuvieron ocupado unas semanas más. Los últimos capítulos coincidieron con el lamentable accidente que supuso la muerte de mi Kindle Keyboard, pero encontrándome ya en el tramo final usé el comodín del lector web para terminarlo de una vez por todas.

Y así llego el pasado viernes 7 de diciembre. El día en el que un repartidor de MRW trajo a casa el nuevo Kindle que había comprado (era eso o abandonar la lectura indefinidamente), y en cuestión de minutos ya tenía cargado Ready Player One en su memoria interna. Apenas 4 días después, en la noche del martes 11 de diciembre, alcanzaba el 100%. De acuerdo, no es un libro excesivamente largo (aproximadamente un tercio de lo que puede extederse uno de los volúmenes más largos de Canción de Hielo y Fuego), pero para mi leerse un libro en 4 días es sinónimo de que me ha atrapado totalmente.

Ready Player One es, efectivamente, una novela para frikis. Pero no para cualquier friki: preferiblemente para aquellos nacidos entre los años 70 y los años 80. Ya sabéis, esas décadas donde hubo una explosión cultural en forma de ídolos musicales, grandes películas del género de ciencia ficción, salones de máquinas recreativas y ya hacia el final las primeras incursiones de la industria del videojuego en los hogares.

La acción se sitúa en un futuro no excesivamente lejano, en el que la sociedad está alcanzando (si no ha superado ya) la saturación en términos de consumo energético y la calidad de vida ha descendido drásticamente debido a la falta de recursos. En dicho futuro, un “videojuego” se ha convertido en un auténtico fenómeno universal, dando a la gente la oportunidad de vivir el día a día dentro de una simulación casi perfecta generada por software. Algo así como Matrix pero con gente enganchada voluntariamente a una versión muy mejorada de Second Life. Dicha simulación recibe el nombre de OASIS.

El pistoletazo de salida lo da un suceso por el cual se inicia la búsqueda dentro de OASIS de un huevo de pascua, término por el que se conoce a secretos y acciones fuera del guión habitual insertadas en el código fuente de un sistema. La recompensa por ser el primero en alcanzar dicho secreto es de tal magnitud que el concurso no tarda en convertirse en un fenómeno seguido por absolutamente toda la humanidad y con millones de personas participando en la búsqueda a escala mundial.

A partir de ahí, aproximadamente 40 capítulos en los que no hay una sola página que se libre de alguna referencia a la cultura de la mencionada época. Menciones a bandas de música como Def Leppard, Pink Floyd o Rush. Pasajes que se refieren a películas como Juegos de Guerra, Regreso al Futuro o Blade Runner. Menciones a series televisivas, desde Enredos de Familia hasta las por aquel entonces exóticas series japonesas sobre robots gigates. Detalles sobre juegos de rol “de sótano” basados en libros de Dragones y Mazmorras. Y por supuesto, decenas, cientos de referencias a máquinas recreativas que ahora podemos tener en apenas un puñado de megabytes y un emulador en nuestros ordenadores.

Pero no hablamos solo de referencias de pasada a todas esas obras, no. Prácticamente todas y cada una de ellas juega un papel importante en el transcurso de la historia, siendo el estudio de dichas canciones, películas, series y juegos las que ayudarán a progresar a los protagonistas en la búsqueda del huevo de pascua.

Como suele ocurrir en estos casos, la narración va de más a menos a medida que se disipa el efecto sorpresa. Pero gracias a esas incontables referencias a fenómenos culturales, cuando crees haber llegado a un punto en el que el libro ya no puede sorprenderte aparecen un puñado de páginas dedicadas a homenajear aquella película que devoraste decenas de veces en VHS cuando eras un niño. Y así renuevas el interés y la obsesión por seguir devorando el material página tras página.

Por si fuera poco el autor, Ernest Cline, organizó al cabo de un tiempo tras la publicación del libro una búsqueda real inspirada en la que cuenta en la ficción. Una búsqueda basada igualmente en encontrar pistas dispersas, esta vez en el propio relato. Una búsqueda que finalizo semanas después, con un participante batiendo el récord del videojuego clásico Joust y llevándose el gran premio que, como no podía ser de otra manera, se trataba de una recompensa cargada de simbolismo: ni más ni menos que un vehículo DeLorean con su propio condensador de fluzo.

El gran boom de Ready Player One está por venir ya que en 2010, un año antes de que el libro fuera incluso publicado, Warner Bros ya compró los derechos de la historia, que huele a película de culto por los cuatro costados. No hay mucho margen de error: el propio Ernest Cline será el encargado de adaptarla a un guión para la gran pantalla. Solo falta que el director sea Robert Zemeckis y reserven al malogrado Michael J. Fox un pequeño cameo para que el orgasmo friki-ochentero sea completo.

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